El parto de Victoria: Un viaje inesperado
Como todo en la vida, uno puede hacer planes pero luego la vida tiene sus sorpresas. Con el parto de Victoria fue así también.
Yo tenía la idea en mi cabeza de un parto que al final se desarrolló de una manera muy distinta a como yo había soñado.
Un viernes por la tarde empecé con contracciones irregulares estando de 40 semanas y dos días. «Ya está», pensé, «Victoria ya viene».
Estuve toda la noche despierta navegando el dolor de las contracciones, caminando por la casa, en la pelota de pilates y en cuadrupedia.
El dolor que traían era profundo y penetrante, pero yo agradecía cada una de las contracciones con alegría porque significaba que mi cuerpo se preparaba para dar la bienvenida a Victoria.
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Me concentraba en el dolor y movía el cuerpo para buscar las posturas que más lo amplificasen, para favorecer la intensidad de la contracción y ayudar a poner en marcha el proceso de parto.
Sin embargo, pasó la noche entera y las contracciones no se hicieron constantes.
Escribí a mi matrona (Elena) por la mañana para contarle Io sucedido y me dijo que se trataba de pródromos previos al parto y que eran útiles para la dilatación, que era probable que esa noche volvieran a empezar y se estableciera una dinámica activa de parto.
Pasé el día tranquila y muy feliz, y efectivamente al llegar la noche las contracciones volvieron.
Fueron más fuertes que la noche anterior y yo trabajé con cada una de ellas para hacerlas Io más amplias y profundas posibles, pero una vez más al amanecer se fueron.
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Al día siguiente era domingo y volví a llamar a Elena a primera hora. Le conté que era la segunda noche sin dormir pasando un dolor muy intenso, y le pedí recomendación sobre qué hacer.
Me propuso que me acercara a la clínica esa misma mañana para realizarme una exploración y un monitor y en función de los resultados poder recomendarme una cosa o la otra.
Nos vimos allí, y Elena me confirmó que estaba dilatada de 1.5 cm y que la salud de la niña era perfecta.
Pasé esa tarde de domingo dolorida y con contracciones, y durante la noche se intensificaron de nuevo.
El dolor ya era muy intenso y me costaba controlar la voz para no despertar a los vecinos. Además era mi tercera noche sin dormir y ya estaba muy cansada.
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Sin poder evitarlo, ya no agradecía cada contracción y me sumergía en ella, sino trataba de buscar la postura menos dolorosa y de evadirr-ne y esperar que pasase Io más rápido posible.
A las 6 de la mañana, vomitando después de una contracción, rompí la bolsa de aguas. El líquido fue claro, y desde ese momento las contracciones aumentaron su frecuencia. Pasaron de ser irregulares a ser cada 3 minutos.
Yo sabía que para ir a la clínica a dar a luz necesitaba una dinámica de parto de contracciones cada 3 minutos durante al menos 1 - 2 horas y apenas había pasado la primera hora, pero estaba empezando el lunes, los atascos estaban empezando a formarse, y me sentía insegura con la bolsa rota y agotada para enfrentar varias horas más de dolor en casa sin la ayuda de Elena.
Llegamos a la clínica, entramos en el paritorio y Elena me exploró lo primero de todo para ver de dónde partíamos de cara al parto.
El resultado de la exploración me cayó como un jarro de agua fría: estaba dilatada de Io mismo que el día anterior, 1,5 cm.
Elena fue muy honesta conmigo: me dijo que en el estado en el que me encontraba quedaba mucho trabajo de parto por delante porque con el nuevo día seguramente las contracciones se ralentizarían, y que quizás diera a luz esa noche o incluso al día siguiente.
Yo estaba física y emocionalmente agotada. Llevaba tres días en vela soportando más dolor del que creía tolerable, y la perspectiva de tener que aguantar varios días más así me hacía querer morirme.
No entendía como podía ser que después de la noche que había pasado no hubiese dilatado más, y Elena me explicaba que necesitaba contracciones más frecuentes; que por muy dolorosas que fueran, si no aumentaban su frecuencia a cada tres minutos o menos no iban a tener capacidad de dilatar el cuello del útero.
Todos mis fantasmas se me echaron encima de golpe. La temida oxitocina, sobre la que yo había leído que incrementaba significativamente el dolor y que adulteraba el parto, se me presentaba como la única solución si quería poder tener ese mismo día a mi bebé en brazos (y ni siquiera me Io garantizaba).
Los últimos resquicios de motivación y fortaleza mental que me quedaban en el trayecto hacia la clínica me abandonaron de golpe en ese momento.
No tenía fuerzas para seguir y tampoco fuerzas para tomar una decisión.
Eran las 8 de la mañana y estaba bloqueada para tomar una decisión, por Io que Álvaro y yo le pedimos a Elena un rato para ubicarnos física y mentalmente en el paritorio y luego poder decidir.
A las 10 de la mañana las contracciones se habían espaciado y ahora eran cada 8-10 minutos en vez de cada 3, pero de un dolor insoportable para mi.
Llamamos a Elena y le pedimos proceder con la inducción con oxitocina. Yo había leído sobre los riesgos de una inducción, y poco a poco empecé a hacerme la idea de renunciar a mi parto soñado.
Álvaro y yo hablamos de la posibilidad de que el parto acabase en una cesárea o un parto instrumental, y nos mentalizamos juntos para tener la mente abierta y aceptar lo que sea que el día nos aguardase.
También le dije a Álvaro que teniendo en cuenta que íbamos a estimular artificialmente el parto, iba a pedir la epidural, y Io que no sabía era cuánto iba a aguantar hasta pedirla.
Mi sueño siempre había sido tener un parto natural sin epidural para poder acompañar a mi bebé en todo el proceso de su nacimiento, pero en ese momento asumí la renuncia a ese sueño en favor de no volverme loca de dolor y cansancio.
Elena se fue a por el gotero de oxitocina y volvió al cabo de unos minutos con la medicación y con otra matrona, Victoria. Elena me explicó que Victoria se estaba formando en su equipo y me pidió permiso para que estuviese con nosotras durante el proceso del parto para aprender.
Mientras me quitaba la ropa le pedí a Elena que por favor tuviesen lista la epidural para cuando la pidiese, que calculaba que iba a ser dentro de no mucho, y ella me garantizó que podía pedirla en cualquier momento.
Elena me explicó que Victoria se estaba formando en su equipo y me pidió permiso para que estuviese con nosotras durante el proceso del parto para aprender. Mientras me ponía la vía para la oxitocina le dije a Elena que empezásemos con la dosis mínima para ver cómo reaccionaba mi cuerpo, con la esperanza de que las contracciones volviesen a ser más constante y regular, que era Io que necesitábamos para dilatar. Yo no la creí.
Una vez me metí en la bañera de partos, todo empezó a cambiar. Serían ya las 10:15 de la mañana, y nada más entrar en el agua el dolor constante que tenía en el cuerpo desapareció. Empecé a tener contracciones regulares cada 3 minutos y en vez de gritar y retorcerme con cada una fui capaz de respirarlas, acogerlas, y dejarlas ir cuando habían pasado.
A eso de las II vino Elena y me propuso aumentar un poco la dosis de oxitocina. Me dijo que como tenía la bolsa rota no me podía explorar con frecuencia, y que cuando me explorase la próxima vez quería poder darme una buena noticia. Así lo hicimos, y el dolor y frecuencia de las contracciones rápidamente aumentaron.
A eso de las 12 yo ya había llegado al que creía que era mi límite de tolerancia del dolor. Me exploró sin hacerme salir del agua y con una enorme sonrisa me dijo que estaba de 7 centímetros, que no me quedaba nada, y que siguiese así.
Yo le decía que precísamente porque no me quedaba nada que me pusiese la epidural, que no entendía por qué no me la habían traído ya, y Elena me miró a los ojos y me recordó el parto que yo había dibujado en mi plan de parto y que todavía estaba a tiempo de tener.
Natural, sintiendo el proceso y sin epidural. «Inés, has llegado hasta aquí y estás ya muy cerca de tener a tu bebé en el parto que quieres y puedes tener. Os dejo a Álvaro y a ti a solas para que toméis la decisión final sobre la epidural y me llamáis con Io que decidáis».
Elena se fue y yo me quedé desolada, porque tenía razón. Miré a Álvaro y él me dijo «venga, tú puedes». Dejé caer la cabeza y llegó otra contracción de las de 10 respiraciones que casi me parte por la mitad. Justo entró Natalia, mi ginecóloga, a saludar y decirme que estaba arriba pasando consulta para Io que necesitase. Le comenté que estaba muy cansada y que además tenía ganas de ir al baño y me devolvió una gran sonrisa.
De pronto, con la siguiente contracción, noté aún más presión hacía el coxis, y sentí como mi cuerpo empujaba involuntariamente el bebé hacia abajo. Fue una sensación totalmente inesperada y liberadora.
Yo había leído que el cuerpo hacía el trabajo de pujar de manera involuntaria cuando había llegado el momento oportuno, pero yo todavía estaba de 7 cm y Elena me había dicho que quedaba un buen camino por delante. Otra contracción y aún más presión. Me acordé de las palabras de Natalia «no te cortes, si tienes ganas de empujar, empuja», y me dejé llevar totalmente por la contracción.
Al oirme gritar, Elena y Victoria entraron rápidamente al paritorio sonriendo. «iPero qué bien suena eso!» recuerdo que dijo Elena. Yo estaba alucinada con Io que mi cuerpo estaba haciendo y bastante descolocada. No entendía nada.
Otra contracción, otro alarido, otro pujo involuntario y sentí como si un melón fuese abriéndose paso a través de mi coxis y abriéndome por la mitad. Al ver Elena esta nueva contracción y cómo me estaba comportando cogió rápidamente unos guantes. «Un momento» me dijo, «te voy a explorar porque tú tienes pinta de estar empujando, y quiero comprobar de cuánto estás dilatada».
Me exploró sin hacerme salir del agua una vez más y a partir de ese momento ya mis recuerdos empiezan a estar disipados entre neblinas. Recuerdo escuchar a Io lejos la voz de Elena diciéndome que estaba casi dilatada del todo, y que empujase con fuerza cuando lo sintiese; también me decía que con cada pujo que tratase de concentrar la fuerza hacia la parte baja del abdomen en vez de dejar ir la fuerza en los gritos, pero ahí yo ya estaba en otro planeta y me parecía lejano todo Io que me decían. Solo hacía Io que mi cuerpo me pedía.
Las contracciones llegaban una tras otra y donde antes eran duras e insoportables ahora yo las percibía como productivas, y si bien dolorosas, podrían clasificarse de liberadoras.
Sentía como con cada contracción empujaba al bebé hacia abajo y eso me asustaba, alegraba y motivaba a partes iguales. Entre contracción y contracción el dolor desaparecía por completo y una paz total me embargaba.
Pasados ya unos cuantos pujos (no sabría decir si fueron 20 minutos o una hora, pero debieron de ser unos 40 minutos), la sensación de presión y de apertura ósea llegó a su pico de intensidad. El dolor ya había pasado a un segundo plano para mí, y solo sentía la intensidad de las sensaciones.
Tenía la percepción de que me iba a partir por la mitad y eso me daba mucho vértigo. En mitad de este pico de intensidad, tuve la percepción de que no podía más, temía que mi cuerpo colapsrse en algún momento.
Y no por el dolor y el cansancio, sino por la enorme intensidad de sensaciones que se apoderaban de mí en cada contracción. ‘No puedo más» le dije a Álvaro.
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