El Origen y Desarrollo de las Religiones: Una Perspectiva Histórica y Científica
Cuando de pequeño me enseñaron la Historia Sagrada, una de las primeras preguntas que me hice fue: ¿Y por qué Dios se reveló en ese momento y no antes o después? Me pareció tremendamente injusto que quienes no habían conocido la ley de Dios estuvieran en el infierno, o hubieran ido al cielo sin habérselo tenido que ganar.
Al margen de los incomprensibles designios de Dios, preguntarse por qué las religiones mayoritarias surgieron en un momento concreto de la Historia y no en otro es perfectamente válido desde el punto de vista científico. Más aun cuando consideramos que aproximadamente entre los años 500 y 300 AC, tres regiones diferentes del mundo (China, India y el Oriente Medio) vieron la emergencia de tradiciones religiosas con valores, hasta la fecha desconocidos, de disciplina personal, ascetismo y moralidad. Estas religiones incluyen el Budismo, el Jainismo, el Brahmanismo, el Daoísmo, el Judaísmo del Segundo Templo y el Estoicismo.
Esta época de la historia de la Humanidad fue bautizada por el filósofo alemán Karl Jaspers, en 1947, como la era Axial. Según Jaspers, en dicho periodo se produce el nacimiento de “lo humano”, ya que es también cuando aparecen grandes doctrinas filosóficas, con figuras de la importancia de Sócrates, Platón, Aristóteles, o Confucio. Con ellos, el ser humano adquiere consciencia propia y no solo eso sino que posiblemente también se define a sí mismo, como un ser libre, dotado de inteligencia y voluntad, cuya vida posee un propósito trascendental. Las preguntas y respuestas sobre el significado de la existencia fueron inventadas en esa época.
Obviamente, muchos creerán que la respuesta a la pregunta de por qué surgieron las principales religiones en esa época es, simplemente, porque Dios así lo tenía planeado. No obstante, desde el punto de vista racional y científico, es necesario analizar si otras razones, humanas y no divinas, explican este desarrollo histórico. Afortunadamente, la ciencia progresa y muchas investigaciones están encontrando fascinantes evidencias científicas que explican por qué las cosas sucedieron de una forma y no de otra, como, por ejemplo, por qué Europa descubrió América y no fue América la que descubrió Europa.
Ahora, investigadores en economía y psicología de varias universidades de los EE.UU. y Francia deciden abordar el problema del nacimiento casi simultáneo de las mayores religiones del planeta. Los investigadores utilizan avanzados modelos de inferencia estadística para intentar establecer la probabilidad de potenciales relaciones causa-efecto entre los factores mencionados y la emergencia de las religiones. En sus estudios, publicados en la prestigiosa revista Current Biology, del grupo Cell press, los investigadores indican que una situación de riqueza y seguridad causan cambios predecibles en la psicología de las personas, haciendo que estas sustituyan un modo de “vida rápida”, del día a día, por una “vida lenta”, en la que se persiguen objetivos a más largo plazo.
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Los autores indican que, en sus modelos, la población, la complejidad política y las grandes ciudades son factores que no guardan relación con la aparición de las religiones. Estos resultados apoyan la idea mantenida hace ya tiempo por algunos de que las religiones son consecuencia de cerebros bien alimentados y despreocupados por la alimentación futura. Cubiertas las necesidades materiales, podemos ocuparnos de las espirituales.
Perspectivas Antropológicas y Filosóficas
Se trata de contribuir a una mejor comprensión de cómo surgen y evolucionan los sistemas religiosos en relación con los respectivos sistemas socioculturales a los que pertenecen. El artículo lleva a cabo un análisis del comportamiento de la religión como un subsistema, al objeto de hacer ver que su estructura y funcionamiento responden a las cambiantes circunstancias históricas, lo que da lugar a paradigmas históricos sucesivos. Al mismo tiempo, se descubre que tanto la formación como la transformación de la religión está mediada por determinados mecanismos del espíritu humano, que están presentes en todas las grandes tradiciones. Se alude al caso del cristianismo primitivo.
La Evolución de la Religión y la Cultura
La religión evoluciona al compás de la evolución sociocultural. Los sistemas religiosos pertenecen al tiempo histórico, por la misma razón por la que forman parte del respectivo sistema sociocultural: en él surgen y con él evolucionan. Todos los cambios evolutivos se deben a la inestabilidad sistémica y, en general, responden a las necesidades de adaptación y supervivencia. De hecho, se evidencia una clara relación entre la evolución cultural y la evolución de la religión en el seno de la cultura. La relación entre una y otra parece inextricable, aunque conviene no confundirlas y mantener la distinción teórica entre ambas.
Ante el interrogante de si la religión es un subsistema específico del sistema social o una dimensión inherente a cualquiera de los subsistemas que integran la sociedad, la respuesta sería que es ambas cosas. Es cierto que, en todas partes, encontramos un subsistema particular, sea instituido o carismático, como actividad circunscrita a un tiempo especial. Pero, a la vez, observamos que es una dimensión omnipresente, hasta el punto de que cabe analizar las implicaciones religiosas de cualquier subsistema o actividad de una sociedad, o incluso de una persona. No es imprescindible que esta implicación religiosa genérica se corresponda con lo que la gente piensa que es la religión establecida.
Consideramos que cada tradición religiosa constituye un sistema complejo, que desarrolla su vida en medio de circunstancias cambiantes, y en interacción con ellas preserva o modifica su estructura y funcionamiento. Como todo sistema, el religioso consta de un núcleo duro, que incluye el mensaje fundacional: unas creencias fundamentales y unos “postulados sagrados últimos”. A ello hay que añadir un conjunto de subsistemas articulados en torno al núcleo y un dispositivo inmunológico que lo defiende de ataques exteriores y trata de armonizar las contradicciones internas. El núcleo comporta implícito un código, como un genoma generador de mensajes en formas históricas que lo expresan e interpretan de maneras muy diversas. En este contenido medular se sintetiza una cosmovisión, unos valores, unos símbolos esenciales y una organización básica.
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En su formulación, los sistemas religiosos pueden presentar una visión del mundo más o menos abierta, o bien una doctrina más o menos cerrada dogmáticamente, quizá anquilosada en plasmaciones arcaicas. Pero, aun cuando se mantengan las más antiguas configuraciones sacras de mitos, ritos y prácticas, no hay que esperar que permanezcan inmutables. Un desarrollo histórico milenario puede estar marcado por una tendencia general, debida quizá al predominio de uno de los componentes, sea el mito, el rito, la norma ética, el modo de organización o el personaje prototípico.
Todo sistema religioso se autoorganiza ajustando sus componentes y su encaje en la sociedad. Se reorganiza constantemente y trata de responder a los desafíos del ecosistema político y social. De ahí se siguen derivaciones y desviaciones históricas, en múltiples direcciones, a través de las cuales discurre la evolución. De tiempo en tiempo, surgen innovaciones significativas y estas pueden conducir a una morfogénesis aceptada, renovadora del sistema. Sin embargo, en ciertas coyunturas críticas, la diversificación emprendida desemboca en una cismogénesis, debido a la resistencia al cambio de los sectores más tradicionalistas. En casos extremos, llega a alterarse el mensaje inicial, introduciendo mutaciones en el código generador, hasta el punto de dar nacimiento a una nueva religión.
Etapas de la Evolución Religiosa
No está de más distinguir entre las etapas de la evolución religiosa, desde el punto de vista de la antropología, y las fases de desarrollo de las grandes tradiciones, desde el punto de vista de la historia de las civilizaciones. En el primer enfoque, hay teorías clásicas como la que compendia Marvin Harris, quien establece cuatro variedades principales de culto con implicaciones evolutivas, según la escala de integración sociocultural: cultos individualistas, cultos chamánicos, cultos comunitarios y cultos eclesiásticos (Harris 1988). Los cambios estructurales de lo religioso siguieron una secuencia definida en todas las latitudes, en relación con el aumento de la magnitud demográfica y la complejidad de la organización.
Los estudiosos de la historia de las religiones ponen de relieve las distintas fases que estas atraviesan a lo largo de las épocas (Díez de Velasco 1995, Smith 1991, Eliade 1967). Como he señalado, cada gran tradición se funda en un núcleo de verdades y postulados en cierto modo esenciales, cuya formulación es necesariamente histórica desde los momentos originales.
Hans Küng emplea el método de los paradigmas en su análisis histórico de las religiones denominadas abrahámicas. Así, en el judaísmo (Küng 1991) establece la siguiente secuencia:
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- Paradigma de las tribus de la era preestatal.
- Paradigma del reino de la era monárquica.
- Paradigma de la teocracia del judaísmo posexílico.
- Paradigma rabínico-sinagogal de la Edad Media.
- Paradigma de asimilación a la modernidad.
En su obra sobre el cristianismo (Küng 1994) la sucesión de paradigmas es:
- Paradigma protocristiano-apocalíptico.
- Paradigma veteroeclesial helenista.
- Paradigma católico-romano medieval.
- Paradigma de la Reforma protestante.
- Paradigma moderno ilustrado.
Por otra parte, al tratar del islamismo (Küng 2006) distingue:
- Paradigma de la comunidad protoislámica.
- Paradigma del imperio árabe.
- Paradigma del islam clásico como religión universal.
- Paradigma de ulemas y sufíes.
- Paradigma de la modernización.
Sería interesante aplicar el mismo método a la investigación y diseñar un modelo análogo para la evolución de las religiones asiáticas de China y de India, aunque probablemente tenemos ya un anticipo en los períodos que distinguen los historiadores (Smith 1991, Cheng 1997, Ricard 2000). Por ejemplo, en la milenaria historia de la tradición hindú, probablemente sea acertado señalar:
- Paradigma védico.
- Paradigma brahmánico de los Upanishads.
- Paradigma del hinduismo reconstituido.
- Paradigma de coexistencia con el islam.
A grandes rasgos, las religiones históricas superaron los límites tribales, crecieron en un contexto nacional y se abrieron virtualmente a un horizonte mundial, al menos en el área geográfica de una gran civilización. Por su propio impulso, evolucionaron en todas partes del etnicismo a alguna forma de universalismo, dentro de los límites políticos de cada época y contexto. Incluso en el caso de la religión hebrea, sabemos que conoció esta apertura a todas las naciones, profetizada en Isaías, si bien el judaísmo rabínico, tras la diáspora, acabó retrotrayéndose a considerarse como religión nacional judía. En cambio, el cristianismo, a partir del movimiento de Jesús (Crossan 1998, Theissen 2004), abrió su mensaje a la cultura grecorromana, desde los años 30 y 40, en una línea continuada y defendida por Pablo de Tarso. Por su parte, el mahometismo surgió como religión de árabes y fundó un imperio árabe, antes de que los califas abasíes franquearan sus puertas a gentes de otras procedencias, imprimiendo al imperio musulmán un signo universalista (Küng 2006: 275 y ss.).
La compleja historia de las sociedades humanas, y en su seno la historia de la religión, despliega su existencia lejos del equilibrio: los sistemas se autoorganizan, se reorganizan sin cesar, recomponiendo sus estructuras y ajustando su funcionamiento. En general, parece que cada gran tradición presenta en su seno, en mayor o menor grado, todas las tendencias, como si buscara explorar todas las potencialidades del espíritu humano. Va otorgando una importancia variable a cada uno de los factores constitutivos, como son el mito o visión del mundo, el rito o simbolización vivida, el principio o norma práctica ética, la organización comunitaria e institucional.
Asimismo, hay caracterizaciones en las que observamos una típica decantación hacia una de las opciones u orientaciones posibles, de tal manera que los paradigmas vienen a ser una combinación de opciones más o menos marcadas en una orientación, lo que le confiere un perfil histórico específico. No es difícil recopilar una muestra de estas polaridades, como alternativas (no siempre excluyentes del todo) en torno a un eje, si bien es preciso insistir en la idea de que nada podrá suplir la necesidad de llevar a cabo el análisis minucioso de cada caso concreto.
Un elemento religioso supone una codificación de significados, la comunicación de un mensaje en forma de pensamientos, de vivencias o de actuaciones. Y este mensaje comporta tomas de postura o polaridades, explícitas o implícitas, con respecto a una multiplicidad de aspectos. Cada una de las grandes tradiciones, a lo largo de su historia, ha explorado efectivamente todo el rango de las alternativas subyacentes en el ámbito de lo religioso, un campo muy extenso, aunque sin duda limitado. En él podemos detectar polos de atracción, ejes de desplazamiento, bifurcaciones, alternancias, oposiciones, interacciones intrasistémicas y ecosistémicas en relación al contexto sociocultural.
En fin, la idea de evolución de un sistema religioso se entiende en un doble sentido. El primero alude al cambio en el seno de una tradición, por el que se va operando una transformación gradual del sistema, mediante pequeñas mutaciones endógenas o por asimilación de ciertos elementos exógenos. En este caso, evolucionar se reduce a producir variedades dentro de la misma especie, que se mantiene. El segundo sentido es más radical y supone la evolución de un sistema hacia otro que da inicio a una tradición tan diferenciada que supone la aparición de mutaciones inasimilables por la tradición preexistente, hasta el punto de llegar a originarse una nueva religión.
Adaptación y Cambios en las Condiciones de Vida
Al explorar las múltiples alternativas teóricamente posibles, los distintos elementos del sistema religioso lo hacen en función de los nichos sociales disponibles y en respuesta a determinados cambios en las condiciones de vida de los grupos, clases o castas sociales. Así ocurre en los grandes procesos, como cuando el budismo mahayana se adaptó para expandirse y para ser religión oficial del Imperio Mauria de India, en el siglo III antes de nuestra era, bajo los auspicios del emperador Asoka. De manera análoga, cuando el cristianismo primitivo limó el radicalismo de Jesús y de las cartas del Pablo auténtico, para adaptarse a la sociedad romana y, más tarde, a lo largo del siglo IV, ser incorporado como credo oficial del Imperio Romano.
Así pues, los mecanismos que intervienen en la adaptación se hallan siempre presentes, dispuestos a activarse en todo momento, y probablemente representan un repertorio de recursos inscritos de algún modo como esquemas o estructuras del “espíritu humano” (Lévi-Strauss 1964: 23) y explicitados en moldes históricos. La asunción religiosa más básica es que hay un orden o dimensión invisible que se manifiesta de algún modo, dando lugar a epifanías de lo divino, sagrado, excelso, absoluto, sea cual sea el término con el que se denomine. Tal epifanía se constituye mediante la atribución del carácter divino, santo, excelente, etc., sin prejuzgar su carácter, a determinada experiencia, palabra, obra, persona, lugar, objeto.
En los orígenes es fundamental la tarea de un iniciador, o varios, o acaso algún recopilador, aunque su nombre no siempre se haya conservado, como sí ocurrió con Ajenatón, Moisés, Zoroastro, Laozi, Confucio, Gautama Buda, Sócrates, Jesús, Mahoma, etc. El fundador asume inevitablemente el papel de mediador privilegiado e imprescindible para el acontecimiento epifánico, sea cual sea la variante que adopte su manifestación: visión, inspiración, revelación, meditación, experiencia. Hay que subrayar que el mediador (cuando se trata de un personaje, pero lo mismo podría decirse de cualquier elemento de mediación) es siempre una realidad de este mundo que, dentro de un marco de creencias, se presupone que está en contacto o comunicación con la dimensión invisible, lo verdaderamente real, lo sagrado. Esta realidad última, a su vez, en la escasa medida en que es alcanzable, aparece únicamente como una idea asociada a la idea de mediación.
A partir de las experiencias e ideas originantes, lo primero que destaca en la formación de una tradición radica en un proceso de exaltación que, sobre la base de unos acontecimientos vividos como algo extraordinario, los reviste de tal significado que los transmuta y trasciende. Una vez puesto en marcha el proceso, la necesidad de expresión y consolidación lleva a echar mano de toda suerte de antecedentes históricos, creaciones literarias, categorías míticas, filosóficas y teológicas. De modo que es el proceso de exaltación hagiográfica el que rige la narración de los hechos, a veces recreados o metamorfoseados como instrumentos simbólicos para transmitir el mensaje. El profeta Elías, prototípico para judíos y cristianos, no solo hablaba y obraba milagros en nombre de Dios. Laozi, iniciador del taoísmo chino, al final de sus días y según relatos legendarios, partió montado a lomos de un búfalo de agua en dirección hacia el lejano occidente, donde su rastro desapareció para siempre (Smith 1991: 201). Kongzi (Confucio), fundador del confucianismo, aconsejaba el mayor respeto a los rituales, los sacrificios y el culto al Cielo. Tras su muerte comenzó entre sus discípulos la “glorificación” del sabio maestro (Smith 1991: 164) y el culto a su vida, obra y enseñanzas. Buda Gautama, tan...
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