El Nacimiento de Superman: Origen y Legado del Hombre de Acero
En EE.UU., las revistas de historietas vieron la luz en la década de 1930. El cómic no se consideraba un arte; era poco más que un negocio de venta de papel.
Las garras de la Gran Depresión causaban estragos. Un tercio de los estadounidenses subsistían por debajo de mínimos en lo relativo a la alimentación, la vivienda y la indumentaria.
“La gente esperaba un nuevo tipo de héroe..., aunque desconocía de dónde iba a venir”, ha escrito Paul Levitz, una de las autoridades mundiales sobre historia del cómic. Ese héroe lo crearían dos jóvenes judíos de Cleveland y aterrizaría en los quioscos en el primer número de la revista Action Comics, fechado en junio de 1938.
No es de extrañar que, en 1938, los jefes de DC Comics tuvieran pensado el nombre de su inminente publicación, Action Comics, sin la más remota idea de cuál sería su contenido.
El personaje que crearon Jerry y Joe tiene influencias en estos primeros héroes, como la capa y la identidad secreta de El Zorro o los toques de ciencia ficción -origen, viaje espacial, superpoderes explicados con pseudociencia...-, y también en las tiras animadas de carácter periódico, como la fuerza de Popeye.
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Entonces llegó este tipo con calzoncillos rojos y mallas azules, un personaje lleno de colorido que resaltaba en las viñetas. Sus creadores buscaban una imagen icónica a la vez que simple.
Los estadounidense se rindieron al personaje, su fama lo convirtió en el héroe más popular del país en un abrir y cerrar de ojos. Había nacido la mitología estadounidense.
El superhéroe no tardó en traspasar fronteras y volar hacia Europa. Luego se expandiría al resto del mundo.
En 1932, existía sólo un concepto. Superman nació de las cabezotas del escritor Jerry Siegel y el diseñador gráfico Joe Shuster. Primero lo concibieron como un villano calvo con poderes mentales que quería dominar el mundo.
Por suerte, con el paso de los meses Jerry atemperó su frustración: su creación perdió el artículo y el guion y se pasó al bando de los buenos.
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A Joe Shuster, también hijo de un sastre emigrado, en este caso de Ucrania, le apasionaba dibujar ya en la infancia. Estudió en una escuela de arte, pero nadie le auguraba mucho futuro: era tan corto de vista que el papel no podía estar alejado más de 10 cm de sus gafas.
Jerry era hijo de un sastre emigrado de Lituania que regentaba una tienda de ropa de segunda mano. De pequeño, sus gafas y su timidez le convirtieron en objeto de burlas en el colegio. Cuando contaba 22 años, su padre falleció de un ataque al corazón mientras unos ladrones atracaban la tienda. Fue entonces cuando Jerry, airado, inventó “the Super-Man”: un villano que ansiaba dominar el mundo, dotado de una fuerza descomunal y visión telescópica.
En una noche del verano de 1934, todas las piezas del rompecabezas parecen encajar en la cabeza de Siegel. Shuster se entusiasma con la idea y comienza a traducirla en imágenes.
Con rapidez, se diseña el icónico traje azul, la capa y botas rojas, así como una insignia amarilla y negra en el pecho. Ambos creadores coinciden en que dicho emblema no es lo suficientemente atractivo, y deciden incluir una gran «S» roja en su interior, inicial del nombre del personaje y del apellido de los padres de la criatura.
Su principal fuente de inspiración se encuentra en los forzudos de circo, cuyas vestimentas incluían las mallas ajustadas y pantaloncillos cortos por encima de ellas.
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Concretamente, es muy probable que Siegel y Shuster tuvieran en mente a Zishe Breitbart, un popular artista cuyo espectáculo pudieron ver en Cleveland durante su infancia. Breitbart doblaba barras de hierro con sus manos y era conocido entre el gran público por apodos tan sonoros como «The Superman of the Ages».
Satisfechos con el resultado gráfico, los creadores del Hombre de Acero imaginan más detalles: una doble identidad Clark Kent/Superman, una novia llamada Lois Lane, enamorada del superhéroe pero que apenas tiene ojos para el anodino Kent, etc.
A Jerry y Joe les dieron con la puerta en las narices durante casi seis años. Nadie le veía la gracia a su idea, la consideraban tonta e inmadura.
Tras ser rechazado en varias editoriales, el proyecto vuelve a hibernar. Por fin, el 10 de enero de 1938, el sueño se hace realidad. Vin Sullivan, editor de Detective Comics (conocida popularmente como DC), ha visto las viejas historias de Superman y decide que el personaje es el adecuado para la nueva revista que tiene en mente.
Encarga a Siegel y Shuster trece páginas del héroe, pero el plazo de entrega es tan corto que los autores deciden reaprovechar lo ya creado, cortando viñetas para adaptarlas al formato de comic-book que tiene la revista. En junio de 1938 aparece en el mercado el número 1 de la revista Action Comics.
Por su trabajo recibieron 130 dólares, diez por página, una tasa razonable. Por aquel dinero renunciaban, además, a todo tipo de derechos en el futuro sobre la criatura. Así eran las prácticas entonces. Sin embargo, nunca antes había existido un fenómeno como el que acabaría siendo Superman. Una figura que levantó en solitario una industria.
Del primer número de Action Comics se vendieron 130.000 ejemplares. Un año después eran 415.000. El primer mensual de Superman, lanzado en 1939, lo compraron 1.100.000 lectores, y así se mantuvo a lo largo de los años cuarenta.
El público estadounidense andaba hambriento de héroes, y Superman reunía la alquimia correcta para ser el elegido. Su disfraz, con los colores de la bandera americana, transmitía optimismo. No se ocultaba tras una máscara, y tampoco escondía sus intenciones: era uno de los buenos.
El superhéroe se camuflaba entre los humanos bajo la apariencia de Clark Kent: en este aspecto, los dos jóvenes de Cleveland vertieron el sueño de muchos judíos de aquella época, el de salir del gueto e integrarse en la sociedad americana.
Mucho se ha teorizado sobre el superhéroe y el judaísmo. El nombre de Superman en su tierra natal era Kal-El, que puede traducirse del hebreo como recipiente o voz de Dios.
Fuera o no judío en espíritu, el físico del superhéroe era, una vez más, la gran aspiración de sus creadores: el del prototípico chicarrón del Medio Oeste americano, criado con cereales y filetes de ternera. Shuster confesó haberle añadido una pizca de Douglas Fairbanks Jr.
Para no faltar al respeto a los miles de soldados que perdían la vida en el frente, Superman no combatió en la Segunda Guerra Mundial: al someterse al test de visión leyó mal la pizarra (tenía activados los rayos X y leyó la de la habitación aneja) y falló la prueba de ingreso.
El Ejército utilizó la imagen de Superman para pedir donaciones de sangre o vender bonos. Que no combatiera resultó ser una jugada comercial perfecta.
Siegel y Shuster, que permanecieron bajo contrato de DC Comics durante diez años, pronto recurrieron a ayudantes para abarcar todo el material que tenían que producir. La mitología y los superpoderes que conocemos se fueron creando y alterando con el tiempo.
Si en un principio los ejecutivos no querían saber nada de la parte artística del asunto, una vez vieron que aquel tipo de vestimenta estrafalaria era una gallina de oro, empezaron a entrometerse. Pidieron que el superhéroe se embarcara en menos cruzadas sociales, que se acortaran sus brazos para que no pareciera un simio, que no se le rizara tanto el pelo y, sobre todo, que se rebajara el volumen de sus glúteos.
De cualquier modo, Superman, con todos sus cambios de imagen a lo largo de las décadas, más o menos descarados y más o menos oscuros, había venido para quedarse. Sus nuevos revivals en el cine le han acercado a unas generaciones que poco saben de sus raíces en la Gran Depresión.
La batalla de Siegel y Shuster por recuperar el copyright de su creación se perpetuó más allá de su muerte, y a principios de 2013 sus herederos aún se enfrentaban en los tribunales a Warner Bros, propietaria actual de DC Comics.
El éxito de Superman lleva a otras compañías rivales a lanzar sus propias versiones del héroe, que mayoritariamente terminarán ante los tribunales, teniendo que hacer frente a una denuncia por plagio.
Ante semejante proliferación de personajes, DC hacer lo propio y comienza a diseñar nuevos personajes inspirados en su superhéroe más rentable. Así, en 1945 se crea a Superboy para la colección More Fun Comics, que pasa a tener título propio a partir de 1949.
Krypto, el superperro aparece en las páginas de Adventure Comics en 1955. Su historia es singular: Jor-El, padre de Kal-El (nombre kryptoniano de Superman), emula a los cosmonautas rusos con Laika y decide hacer una prueba, lanzando a Krypto al espacio antes de poner en órbita a su propio hijo.
Otra superviviente del planeta Krypton llegada a la Tierra en otra nave espacial es Kara Zor-El, conocida como Supergirl y prima carnal de Kal-El, cuyas aventuras aparecen de forma regular en Action Comics desde 1959, continuando en su propia colección a partir de 1972.
Así, Superman’s Pal, Jimmy Olsen nace en 1954. Se trata de una colección pensada para jóvenes y adolescentes de las décadas de los cincuenta a los setenta, y en ella se ve rejuvenecer al héroe de Krypton, creado en la ya lejana fecha de 1938.
Junto a él, Superman baila en fiestas donde suenan las canciones de The Beatles, juega al béisbol o participa en combates de lucha libre.
Lois Lane es la protagonista de otra colección titulada Superman’s Girl Friend, Lois Lane, creada en 1958.
En apenas un par de décadas, DC había copado el mercado de comic book norteamericano con diversas colecciones en torno al Hombre de Acero, pero lo cierto es que, consciente del potencial del personaje, también apuesta desde el primer momento por darlo a conocer en ámbitos que van más allá del papel impreso.
Otro hallazgo del serial es la famosa kryptonita, aunque en realidad dicho mineral ya existía bajo el nombre de «Metal-K» en el guion y bocetos de una aventura en papel de Superman. En ella se descubre el auténtico talón de Aquiles del superhéroe, y además Lois Lane averigua la identidad secreta del Hombre de Acero.
DC considera que el personaje no debe evolucionar tanto, y decide que la historia no se publique. Sin embargo, el Metal-K va a resultar muy útil en el serial radiofónico.
Con un inteligente giro de guion, el Metal-K reaparece rebautizado como kryptonita. Bajo sus efectos, Superman habla con una voz más gutural, que transmite que el personaje está herido o enfermo; es decir, que puede ser interpretada por un actor distinto a la estrella del programa.
Bajo sus efectos, el kryptoniano sufre mutaciones tan curiosas como transformarse en un hombre hormiga, en un niño, en un gorila, en un gigante que, emulando a King Kong, trepa a lo alto del Empire State, en un diablo rojo con cuernos, en un obeso Superman de toneladas de peso, etc.
El personaje vuelve al cine con el filme Superman (Richard Donner, 1978), que cuenta con estrellas de la talla de Marlon Brando, Gene Hackman o Glenn Ford, pero, sobre todo, lanza a la fama a un actor prácticamente desconocido hasta la fecha: Christopher Reeve.
Quizá el más conocido de todos los personajes televisivos que se basan en Superman sea Super Ratón, un dibujo animado creado en 1940 por el estudio Terrytoons. Este roedor obtiene sus poderes de una alimentación rica en supernutrientes, y acostumbra a despedir cada programa con la popular frase: «Hasta luego, amigos. No olviden supervitaminarse y mineralizarse».
Cuando Hollywood anuncia a bombo y platillo que está rodando Superman (Richard Donner, 1978), otros productores intentan aprovechar el revuelo mediático de esta superproducción y realizar su propia versión del superhéroe.
El atuendo del personaje no camufla demasiado el plagio, ya que se limita a invertir los colores del uniforme del Hombre de Acero. Sus poderes también serán muy similares, e incluso tendrá un punto débil que en esta ocasión no es la kryptonita, sino la exposición a determinados ultrasonidos.
Para terminar de relacionar a ambos personajes, en el lanzamiento internacional de la película se utiliza la siguiente variante de la mítica frase del Hombre de Acero: «¿Es un pájaro?, ¿es un avión?
En los cómics Clark Kent ha dado muestras en repetidas ocasiones de ser un consumado bailarín, y lo cierto es que en la gran pantalla se ha aprovechado muy poco esta habilidad; con la excepción de esta película, donde se canta y baila a rabiar.
Huelga decir que, con el boom de internet, el número de parodias se dispara entre los internautas, evidenciando que la figura de Superman sigue muy presente en el imaginario popular de nuestro tiempo.
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