Un cronista moderno de Córdoba: Recuerdos y opiniones de la ciudad

11.10.2025

Es el moderno Ramírez de Arellano. Le acerca al autor de 'Paseos por Córdoba' el amor por su ciudad y sus gentes, el gusto por la crónica y los avatares cotidianos.

Le aleja de aquel -presto a narrar cualquier duelo, lance donde hubiese un arma, riñas o relatos sobre amores y desamores- la ausencia de cualquier atisbo de habladurías o sensacionalismo.

Tomó el nombre de su blog prestado por homenaje a la recopilación de artículos 'Notas cordobesas' del periodista Ricardo de Montis. Destaca a Gracia Boix como otra de sus referencias, también a Miguel Salcedo Hierro.

"Parece mentira que gente tan ilustre haya narrado tantas historias sobre la ciudad", nos dice.

Desde el año 2008, que escribió su primer texto en sus 'Notas cordobesas', han venido otros muchos, hasta 1.896 'post'. Y eso de momento.

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Dejó el colegio a los 9 años y llegó a ser alcalde accidental de Córdoba un par de días. Entre medias fue aprendiz de orfebre, panadero que no hizo pan y profesor.

Recuerdos de la Judería y la Córdoba de antaño

La Judería era una plaza de mercado con puestos en las calles. Esos puestos desaparecen y crean el mercado de Fléming. Era una Judería sin turismo.

Donde veías un aubobús de Atesa, la empresa nacional de transportes del franquismo cada... pufff. Los turistas eran todos muy viejos. Yo pensaba de niño que todos los turistas eran viejos. Y no. Es que era como el Imserso de hoy día, pero en Francia.

Había dos o tres tiendas y dos o tres guías oficiales, que son los que se llevaban las comisiones.

Luego vivimos cuatro años en Medina y Corella, 4. Era la puerta falsa que está pegando a lo que era maternidad, que ahora es la Filmoteca.

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Una casa enorme, con 30 ó 40 familias, una fuente con agua del Cabildo, unas pilas y cuatro váteres para todos. Las madres nos mandaban al Patio de Los Naranjos a jugar. Allí no había problema. De todas maneras, no había coches.

Y allí veías a personajes ilustres. Recuerdo ver a Hussein de Jordania, el padre, con una señora guapísima que era la reina. Pero no había bulla ninguna. Otra vez vimos a Sara Montiel embozada en un abrigo de piel. Éramos nenes, tú estabas allí y veías entrar a esa gente.

A quien no vi, aunque lo cuento en el blog, fue a Fléming. Donde está el hotel Los Patios había un guardacoches, con su gorra y todo.

Y llegó el doctor Fléming. El guardacoches empezó a toser, porque había estado enfermo de tuberculosis. El doctor, a través del intérprete, le preguntó "¿qué le pasa a usted?". Se lo contó y le regaló un vale para comprar penicilina.

Las primeras tiendas que se montaron fueron las del Adarve, en el edificio que montó Azorín. Donde está el Bandolero... El siguiente para abajo amarillo. Era una Judería de vecinos.

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Y además había una cosa muy curiosa. La gente de dinero se juntaba con, voy a exagerar, los desgraciados del Casco. Con los que eran más o menos de su edad. No había diferencias.

Por ejemplo, Manolín Aparicio, que era el heredero de la finca de La Palomera, se juntaba con mi primo, que trabajaba en la librería Luque llevando libros con un carrillo. Había una socialización muy curiosa. O los Baquerizo, que eran muchos: Manolo, Fernando, Alfredo, Álvaro...

Inicios laborales y trayectoria profesional

Lo dejé. Con 9 años me pongo a trabajar de orfebre. Con Paco Díaz Roncero. Un amigo de la familia que tenía un taller en Medina y Corella, 4. Era una cosa muy normal. Nada de trauma. Me fui del colegio, porque los maestros te pegaban.

Y un maestro, Don Enrique, lo hacía con una correa de cuero. Y me pegó por error. Yo le dije "Don Enrique, me ha pegado usted y yo no soy el culpable de esta historia". "Usted se calla Carreras". Me llamaba de usted y por el segundo apellido, soy Muñoz Carreras.

Le insistí en que me había pegado injustamente. "Que se calle y se siente". Y le dije "pues Don Enrique, sepa usted que me voy a mi casa". Era un trabajo de aprendiz. Ibas allí y ya está. Te mandaban a por los bocadillos y te enseñaban cuatro cosas del oficio. Me daban 6 pesetas a la semana. Las primeras se las di a mi madre. Me dijo que me quedase con ellas.

Era un forzudo. Mallorquín. Lo que hacía era arrastrar con los dientes un camión lleno de gente, doblar barras de hierro... Burradas. Luego salió la Sansona. Pero este Sansón del Siglo XX era famosísimo.

Sacador de fuego es el que construye las piezas. En joyería normalmente están el sacador de fuego, el engastador o clavador, que es el que pone las piedras, está la pulidora... En aquellos tiempos se hacía todo prácticamente a mano. No había mecanización, no había microfusión.

Luego estuve en varios talleres. ¿Cómo se introdujo en ese trabajo? Sí, era más fácil. Tuve que cambiar, porque las fluctuaciones en el precio del oro afectaban mucho a la platería y hubo una fluctuación considerable creo que sobre el 69, cuando salí de la Mili, donde fui voluntario en Lepanto.

Por esas fechas me enteré de que había 10 plazas de cobradores. Y me presenté. Pero es verdad que no había tanta complicación. De cobrador estuve como tres años. Muchos años después estuve de presidente del consejo de administración de Aucorsa. Las paradojas de la vida.

Volví a la platería, me casé en el 73, me quedé parado, entré a hacer Formación Profesional Acelerada, que se llamaba entonces, en San Carlos. Hice Electromecánica, donde saqué matrícula de honor, y luego electrónica industrial. Pero es que al año siguiente fui allí el profesor de electrónica industrial, porque el profesor contrajo una hernia de disco y no tenían a quién para dar clase. Y dijeron "éste". Estuve dos meses de profesor. Que fue cuando más aprendí.

Ahí sale una plaza de panadero de intendencia, porque mi padre era panadero de intendencia. Y nos presentamos dos. Así que tenía el 50% de probabilidades de conseguirlo. Entré. Por mi padre.

Había estado practicando. La teoría me la sabía al dedillo. Si te soy sincero la prueba del chusco, que se llamaba chusco a aquel pan, fue horrorosa. El otro muchacho no tenía la teoría, pero era panadero. Yo tenía mucha teoría, dominaba lo que a ellos les interesaba, pero a la hora de hacer el pan... Bueno... Horroroso.

El jefe de aquello le preguntó a quien nos examinó, que fue un sargento, "cómo ha estado el examen práctico de Muñoz". El sargento le contestó "¿le digo a usted la verdad, mi comandante?". Y dijo "no, no, vale". Aunque era panadero pasé a trabajar en la oficina de intendencia. Nos ocupábamos de cuestiones relacionadas con las nóminas del personal que formaba parte de una especie de reserva, no estaban agregados a ningún cuerpo.

Hubo una reestructuración, pasé a ser administrativo. Y luego con otra nos hicieron funcionarios. Hubo un intervalo donde fui durante cuatro años concejal de Seguridad y Tráfico del Ayuntamiento y más tarde salió una comisión de servicio en Patrimonio Mundial, lo que ahora es Turismo. Allí estuve seis años y luego volví a mi trabajo. Siempre había tenido inquietudes. Y en aquel tiempo trabajando con los militares, imagina. Me tenían tachado de comunista. Puede que no lo fuera de carné, porque no lo he sido nunca, pero sí de corazón. El establishment de entonces a todo el que protestaba lo tachaba de comunista.

Contribuciones a la ciudad y anécdotas políticas

Yo te puedo decir una cosa muy curiosa. Casi todas las glorietas que se han hecho en esta ciudad las empecé yo [ríe]. La idea surge porque había que cortar un eje de circulación que llegaba de Tejares se metía por Cruz Conde, seguía para la calle Nueva y luego por la calle de la Feria. Se hizo una semi-peatonalización, sólo podían pasar residentes y los que tenía cochera. No es cachondeo. Hasta por teléfono.

Me acuerdo de que los comerciantes de la calle Nueva, algunos eran amigos, nos decían que les arruinábamos al no dejar que los coches pasaran por ahí. Y yo les contestaba "no es eso, la vida te la ha arruinado el hecho de que el mercado de la Plaza de la Corredera ya no existe".

En la calle Nueva estaban todas las ferreterías de Córdoba, estaban las tiendas de perfumes, las zapaterías, las relojerías, las droguerías... La gente venía de los pueblos a hacer sus encargos, se tomaba un bocata de calamares en la Malagueña, al lado del Gran Bar, y bajaban luego a la Corredera, donde estaba el mercado, donde había de todo. Era el tráfico de personas más grande que había en la ciudad entonces. Claro, con todo ese flujo la calle Nueva era una mina. La culpa no fue de la semi-peatonalización. Las peatonalizaciones son positivas. Está demostrado que la calle florece cuando la gente pasa andando.

Otra cosa que implantamos fue el resalto en los pasos de peatones. Pensamos que cuando el vehículo sube un resalto se mete en un terreno que considera que no es suyo. Y el peatón no tiene que bajar a un terreno que es del automóvil [Francisco Muñoz va gesticulando remedando al resalto, las subidas y bajadas]. El coche reduce la velocidad y consigues que haya algo más de seguridad.

Otra cosa que implantamos fue la posibilidad de que no se pagase la primera multa de tráfico siempre que la gravedad lo permitiera.

¡Mmmm! Fueron cuatro años malos. Es un trabajo ingrato, de muchas horas, de mucha dedicación y de tener la culpa de casi todo. Tengo ese orgullo [ríe]. Eso pasa de casualidad, como pasa casi todo en la política. Yo era el sexto teniente de alcalde. Y el alcalde y muchos de los primeros se fueron a un congreso. Así que se tenía que quedar de alcalde el teniente de alcalde que estaba por encima de mí, el quinto. Pero el quinto dijo "dos días tú y dos días yo". Así que fui alcalde dos días.

El blog y la memoria de Córdoba

"La inquietud la tienes siempre. Yo ya tenía un blog cuando se les llamaba Cuadernos de Bitácora, allá por el los años 2002, 2003, 2004... Y hacía mis cosas. Hasta que un día Conchi, mi mujer, me dijo 'tira p'alante'. Mi hijo Gabriel Muñoz es profesor de guitarra flamenca del Conservatorio. Grabé una conferencia que sobre guitarra de concierto. En ese 2008 sólo hay dos entradas. La inquietud la tienes siempre.

Aunque quiero decir de antemano que no soy un erudito de nada. Pero hoy en día tenemos muchos sitios donde mirar. Primero Internet, que es algo maravilloso. Luego los archivos, el Municipal, que es una joya -y el personal extraordinario-, el Archivo Provincial lo mismo, aunque con contenidos muy distintos. Y luego los amigos, que me han metido hasta en berenjenales de ir por cuevas [ríe]. Y también que uno tiene una edad y recuerda muchas cosas que la gente más joven ni ha vivido. Pero que quede claro que no soy un erudito.

Una vez, por un texto sobre el Charco de la Pava, una zona de prostitución que había en la llamada Huerta del Rey, una señora se pensó que yo era experto en historia de la prostitución [ríe]. El caso es que me pidió que investigase sobre su familia, que procedía de Castro del Río. La señora familiar suyo sobre la que quería saber era una prostituta llamada "La Berenjena", su tía. Y el caso es que investigué y fue muy curioso toparse con los censos antiguos, con los certificados de defunción... Al final encontramos muchísimas cosas de la historia de su familia.

También hay páginas interesantísimas para contar con información, como la de 'A desalambrar', que es mi libro de cabecera. Ahí está todo lo relacionado con caminos, fuentes y patrimonio. O la de Javier Palero, llena de mapas interesantes. Puedes superponer los actuales y eso es una máquina del tiempo. Es un mundo apasionante.

El blog estimula memorias, y al hacerlo estás trabajando con un montón de ordenadores en red. Posiblemente tengamos una imagen deformada de nuestra memoria. "Yo creía que esta casa estaba aquí o era de tal manera". En el caso de los periódicos hay comentarios instructivos, pero un alto porcentaje son peleas en insultos a la mínima. Es horroroso. Yo antes no lo controlaba, pero tuve que empezar a hacerlo por las cosas que me dicen. Las tengo guardadas todas [ríe]. De todo. Sí, muy bien, pero a mí siempre se me ve el plumero hombre... Eso es tontería [ríe]. Pero es que algunos te sueltan unas cosas...

Tengo una espinita clavada por un tema de Las Ermitas. Cuando subía allí de pequeño había un carretera con su peón caminero, o sea, la carretera tenía en medio una casilla. La obligación de este hombre era tener la carretera en perfecto estado. Esa carretera se llamó camino de los Lagares. Empezaba en la esquina del hotel El Brillante, subía por El Patriarca arriba y llegaba hasta el entronque con la que ahora va desde Palma del Río hasta Lagar de la Cruz. Y seguía para el Bañuelo o Nuestra Señora del Rosario... Toda esa serie de cortijos. Y no había conexión hasta la fuente de Las Ermitas. Desde abajo lo que sí existía era la trocha o la cuesta del Reventón. ¿Y la espinita? No, eso está ya más que demostrado. La espinita es que a pesar de ello todo el mundo siga diciendo lo contrario [ríe].

Comentaba antes que también le ayuda el ser mayor y tener muchos recuerdos. Creo que a poco que uno tenga determinados años habrá visto una Córdoba trasformada. Esto es ahora mismo una ciudad media. Pero antes era una ciudad pequeña. Nos conocíamos todos.

Personajes y anécdotas de la Córdoba de antaño

Te cuento. Había uno que tenía de mote 'Directo'. Era un gran aficionado a los toros. Y sobre todo a Manolete. Cuando iba por la calle se quitaba la gabardina y toreaba por ejemplo a alguna bicicleta, pero con toda la parafernalia del toreo. Y la gente "¡ole, ole!". Vivía por la Piedra Escrita. En una ocasión cuando estaba toreando llegó un tunante en las Beatillas y le echó agua con una cubeta. 'Directo' llegó a ir a ver a Manolete a Barcelona en los topes, o sea, que había casetas donde los trenes frenaban y 'Directo' iba cogiendo mercancías en marcha, bajándose cuando le pillaba la Guardia Civil y cogiendo otro mercancías en marcha y escondiéndose ahí.

Había también un tío de los Baquerizo, Don Enrique Barranco, que decía que tenía electricidad. Mi abuelo, Rafael Carreras, tenía una barbería. Y a lo mejor entraba Don Enrique. Y decía que iba a desaparecer. Y hacía "zas, ya he desaparecido". Y los de la barbería "oye, Don Enrique no está". Yo estaba allí, era un nene chico, y le decía a mi tío o mi abuelo "pero si Don Enrique está ahí". Y pom, me daban un guantazo. Y luego Don Enrique aparecía. Se reían de él, Don Enrique Barranco Luna. Un hombre muy culto. Pero claro, estaba 'tocao'. Él pensaba también que curaba a la gente pasándole la mano.

En cierta ocasión el sereno, porque había sereno, se puso una vejiga de marrano en la espalda, y el carnicero, Cándido, que era un cachondo, le dijo a Don Enrique que tratase al sereno, porque le había salido un bulto en la espalda. "Eso se lo quito yo inmediatamente", dijo Don Enrique. Cuando tocó la espalda alguien pinchó la vejiga y aquello reventó. Don Enrique se cayó hacia atrás, se dio un golpe contra la acera y dijo "me voy porque tengo tal carga de electricidad hoy que no quiero causar una desgracia" [ríe]. Eran unos personajes... Sí.

Tenía un puesto de flores en la Puerta Gallegos. Recogía papeles del suelo. Se los iba metiendo por las mangas. Claro. Gente con trastornos, borrachines... Fíjate. Pues ahí ponían un guardia de circulación, debajo de la torre, en el arco.

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