El Diario Íntimo: Reflexiones sobre la Conciencia, la Fe y la Vida

21.11.2025

El misterio de la libertad es el misterio mismo de la conciencia refleja y de la razón. El hombre es la conciencia de la naturaleza, y en su aspiración a la gracia consiste su verdadera libertad.

Estando en Munitibar cuando el apuro del parto de Ceferina, me salí a la carretera, y sólo se me ocurrió rezar. En aquel trance de nada me servían mis vanas doctrinas, y del fondo del corazón me brotó la plegaria, como testimonio de la verdad del Dios Padre que oye nuestras súplicas. Y yo no entendí mi propio testimonio, cerrados mis oídos a la voz que hablaba en mí mismo.

Resabios de antes, resurrección automática de fondo antiguo... mil explicaciones de razón buscaba en las sutilezas de la psicología, y no quería ver la verdad, que al impulso de la piedad se descubrió en mí. Rotura de costras y versión de contenidos. No entendía yo entonces que esa costra era la del pecado, y la de la soberbia sobre todo, y que es la humildad lo que desnuda el alma. Ni entendía que esa confusión es la caridad cristiana.

Vuelto cada hombre a sí, ruegue por todos, y todos unidos en una oración común harán un solo espíritu. Morir en Cristo es confundirse con los demás y llegar al toque de alma a alma. Y todo aquello del sobre-hombre en la sobre-naturaleza, ¿qué es más que una visión de la gloria, del bienaventurado en el reino de la gracia eterna?

Naturalizarse el hombre es hacerse sencillo y cristiano, y humanizar la naturaleza es descubrir al Criador en ella y hacerla canto vivo de Él. Con la razón buscaba un Dios racional, que iba desvaneciéndose por ser pura idea, y así paraba en el Dios Nada a que el panteísmo conduce, y en un puro fenomenismo, raíz de todo sentimiento de vacío. Y no sentía al Dios vivo, que habita en nosotros, y que se nos revela por actos de caridad y no por vanos conceptos de soberbia.

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«... Pero si os oyeran hablar de ellos mismos, no pudieran decir nunca: El Señor nos engaña, o esto es mentira.

El que quiere todo lo que sucede consigue que suceda cuanto quiera. Omnipotencia humana por resignación.

Muchas veces he escrito de la diferencia entre la razón y la verdad sin entenderlo bien. Así como puso Dios deleite en la procreación y la nutrición para que hagamos de grado lo que por deber no haríamos, puso deleite de vanagloria en los trabajos de arte y ciencia para que los llevemos a cabo. Mas así como aquel deleite carnal, aquella concupiscencia, es causa de la muerte de muchos, así es causa de muerte este deleite espiritual, cuando se nutre de soberbia del espíritu.

Entro en la fe con la soberbia de los años de mi sueño, y todo se me vuelve maquinar vanaglorias en ella, haciendo que Dios me sirva y no que sirva yo a Él. Pensaba en los conversos célebres y en las vanidades de un catolicismo de relumbrón.

Nunca he podido ser un sectario, siempre he combatido todo dogmatismo, alegando libertad, pero en realidad por soberbia, por no formar en fila ni reconocer superior ni disciplinarme.

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Padre nuestro. Padre; he aquí la idea viva del cristianismo. Dios es Padre, es amor. Y es Padre nuestro, no mío. Santificado sea el tu nombre. Venga a nos el tu reino, venga a nos, y no vayamos a él. Sin Tu gracia no podemos llegar al reino de la vida eterna y ¿qué es la gracia más que un llevarnos Tú a él? El Verbo bajó, encarnó en María, y se hizo hombre, para traernos el reino de la vida eterna. No fue la humanidad al Verbo, no ascendió el hombre a Dios, sino que por su aspiración a Él, Él bajó.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Suprema fórmula de la resignación y de la paz.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Hoy, sólo hoy, ¿quién es dueño del mañana? «No os inquietéis por el mañana, ni qué comeréis o beberéis, etc.». Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿Nuestros deudores? ¿Qué nos deben? Esto o aquello, que proviene del Señor. ¿Es mío lo que me deben?

Y no nos dejes caer en la tentación. Mas líbranos del mal. Es de lo único que debemos desear ser libres, de lo que el Señor sabe que es nuestro mal, no de lo que creemos nosotros que lo es.

La comedia de la vida. Obstinación en hundirse en el sueño, y representar el papel sin ver la realidad. Y llega al punto de representar a solas, y seguir la comedia en la soledad, y ser cómico para sí mismo, queriendo fingir delante de Ti, que lees en nuestro corazón. ¡Ni para nosotros mismos somos sinceros y sencillos!

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Debo tener cuidado con no caer en la comedia de la conversión, y que mis lágrimas no sean lágrimas teatrales.

Socialismo y comunismo. ¿Qué hace la comunidad del pueblo sino la religión? ¿Qué les une por debajo de la historia, en el curso oscuro de sus humildes labores cotidianas? Los intereses no son más que la liga aparente de la aglomeración, el espíritu común lo da la religión.

La niñez. «Dejad que los niños se acerquen a mí». La letra mata, el espíritu vivifica. La verdad es objetiva y subjetiva. Objetivamente es la verdad la relación de las cosas con la gloria de Dios, así como la razón su correspondencia con la mente divina, y subjetivamente es su relación con nuestra salvación. Es verdadero cuanto glorifica a Dios (todo) y cuanto nos conduce a nuestra salvación en cuanto a ella nos conduce.

Yo no quiero ser nada, ni que nadie se acuerde de mí. Trabajar, ¿para qué? Me encierro aquí, entre cuatro viejos, y a vivir. Mis aspiraciones están ya satisfechas.

En un principio pedía paz, sosiego, no acordándome más que de mí. Y un día, en Alcalá, al abrir la Imitación y leer aquello de: «No tengo boca para hablar sino sola esta palabra: Pequé, Señor, pequé; ten misericordia de mí; perdóname», comprendí al punto que había de pedir perdón y no paz. ¡Perdón, y no otra cosa!

Si llego a creer ¿para qué más prueba de la verdad de la fe? Lo que lloré al romper la crisis fueron lágrimas de angustia, no de arrepentimiento.

Esta noche, cavilando aquí, en el balcón, en esta calma de Alcalá, al observar mi sequedad y pensando en la muerte se me ha ocurrido esta idea: yo no tengo alma, sustancia espiritual, no tengo más que estados de conciencia que se disiparán con el cuerpo que los sustenta. Y es que he perdido el alma, que la tengo, pero muerta por el pecado. Es alma carnal, no alma espiritual.

Un acto, un solo acto de ardiente caridad, de húmedo afecto, de amor verdadero, y estoy salvo. Pero ¿qué me llevará a ese acto si ya no hay más que conceptos en mi espíritu?

«El verdadero siervo de Dios no conoce más patria que el cielo».

«... las fechas reales de la vida de un hombre son los días y las horas en que le ha sido dado adquirir una nueva idea de Dios. Para todos los hombres quizá, pero seguramente por lo menos para los hombres reflexivos y virtuosos, toda la vida es una sensación creciente y continua de Dios. Puede suceder que no sepamos este año más teología que en el anterior, pero indudablemente hemos adquirido conocimientos nuevos con relación a Dios.

«Las verdades antiguas se fortalecen, las verdades oscuras se aclaran, y otras verdades nuevas aparecen sin cesar en el horizonte de nuestra inteligencia. ¿Qué mayor milagro que el que haya millones de hombres, en largas generaciones, que crean cosas incomprensibles, misterios que repugnan a la razón? Es un milagro de humildad colectiva. ¿Por qué creen tantos hombres?

Ocurre con frecuencia en las conversaciones que se llega a tratar de lo que las gentes llaman filosofía, de la brevedad de la vida, de la vanidad de todo. Vive en nosotros el recuerdo de las personas queridas que se nos han muerto; pero al morir nosotros, ¿morirá ese recuerdo? Moriremos nosotros, y quedará nuestro recuerdo en la tierra. ¿Qué es ese recuerdo? Dejo un nombre, ¿qué es más que un nombre? ¿Qué seré más que los personajes ficticios que he creado en mis invenciones?

El sentimiento del paisaje es un sentimiento moderno, se dice. Lo que es el sentimiento del paisaje es un sentimiento cristiano. Una puesta serena de sol en medio del campo, entre las montañas buriladas en el cielo blanco, es un reflejo del cielo, una vislumbre de su calma. ¿Cuántas veces no deseamos prolongar aquel estado? ¿Y si en su prolongación creciera en dulce deleite, y cada momento de aquella serena quietud fuera excitante para desear sucesivos momentos? Entonces nos perdemos, y se nos ocurre rezar, no para pedir nada, sino para verter el alma.

¿La muerte es un misterio? También el nacimiento lo es. Saber llorar, ¡qué gran sabiduría! Gratias agimus tibi, propter magnam gloriam tuam. Te damos gracias por tu gran gloria; gracias porque nos permites ser espectadores de ella. ¿Hemos penetrado bien en esas palabras que canta el pueblo fiel?

Puesto que la muerte es el término natural de la vida, el camino natural de ésta es ir a aquélla, y su natural luz la luz de su fin. Sólo se comprende la vida a la luz de la muerte.

¡Sencillez, sencillez! Dame, Señor, sencillez. Con la fuerza del Sol, común a todas las criaturas, se evaporan las aguas y los jugos de ellas y suben a formar nubes que flotan en el espacio, iluminadas por el Sol común y llevadas por los vientos, que el mismo calor solar produce y rige. Así es en la región del espíritu con la oración, sobre todo con la oración común.

La devoción a la Iglesia nos traería desde luego, entre otras gracias, la de la sencillez, dice el P. Los filósofos forman serie y uno desaparece mientras aparece otro, destruyendo éste lo que aquél edificó. La Iglesia es desarrollo permanente, en ella viven todos los santos y todos los doctores, y cada nuevo miembro va a añadirse a los precedentes. Y a sus pensadores, y sus poetas y sus santos se une la muchedumbre que ora y ama en silencio.

Las especulaciones que el amor arranca a aquellos de sus hijos que hacen gloria de la fe, se elevan sobre la nube de la oración común de los humildes. Por debajo de las palabras inflamadas de cada uno de sus doctores palpitan lágrimas de humildes, abnegaciones de sencillos, afectos del pueblo. Es un hecho, un gran hecho, un hecho asombroso el de la vida de la Iglesia. He llegado hasta el ateísmo intelectual, hasta imaginar un mundo sin Dios, pero ahora veo que siempre conservé una oculta fe en la Virgen María. En momentos de apuro se me escapaba maquinalmente del pecho esta exclamación: Madre de Misericordia, favoréceme.

Llegué a imaginar un poemita de un hijo pródigo, que abandona la religión materna. Al dejar este hogar del espíritu sale hasta el umbral la Virgen y allí le despide llorosa, dándole instrucciones para el camino. De cuando en cuando vuelve el pródigo su vista y allá, en el fondo del largo y polvoriento camino que por un lado se pierde en el horizonte ve a la Virgen, de pie en el umbral, viendo marchar al hijo. María es de los misterios el más dulce.

La mujer es la base de la tradición en las sociedades, es la calma en la agitación, el reposo en las luchas. Se oye blasfemar de Dios y de Cristo y mezclarlos a sucias expresiones; de la Virgen no se oye blasfemar.

«Todas las acciones de la vida son reparables, excepto la última (la muerte), que ningún procedimiento, ni aun sobrenatural, puede reparar.

Así, sapientiae, y no scientiae; así, asiento de sabiduría. María, misterio de humildad y de amor, es el asiento de toda sabiduría.

Este verso de Marcial me ha parecido mucho tiempo la crema de la sabiduría. «No temer a la muerte es tratar con ligereza al que hizo de ella un castigo. No desearla es una indiferencia para con aquel a quien no podemos llegar, sino por esa puerta», escribe el P.

Reconoce humildemente su pecado y la inocencia de Jesús, se cree digno del castigo que sufre. Y luego se vuelve al Señor y dice: Domine, memento mei, cum veneris in regnum tuum. «Nos, quidem, juste in damnatione mortis sumus, nam digna factis nostris recipimus, Jesus vero nihil mali gessit. Domine, memento nobis, in regno tuo».

«La costumbre de creer debe llegar a ser más fuerte que la de apoyarse en el conocimiento».

Aquí, en la huertecilla del Oratorio están gorjeando los pajaritos mientras se bañan en la luz del sol común. Gorjean de pura sencillez, es su canto el rebosamiento de su sencilla alegría de vivir. No les entristece la muerte, que no se imaginan, porque no es para ellos un castigo. Jamás han deseado la inmortalidad y gozan de su breve vida, que es un paraíso pasajero. ¿Para qué esos pájaros?

Entre los dones que debemos a la Bondad de Dios es uno de los mayores el de la música. No hay música mala. Hay obras literarias malsanas, impías, desoladoras; hay cuadros que excitan a la concupiscencia. La música es según se la recibe. La música ahonda nuestros sentimientos, los nuestros; hace que seamos más nosotros mismos. No hay música más grande ni más sublime que el silencio, pero somos muy débiles para entenderla y sentirla.

Una calma de muerte, una enorme sequedad. No veo mi asunto más que intelectualmente; se me ha secado todo afecto.

Confesó su pecado Judas, pero a quienes no debía hacerlo, no a su Dios. ¡Cuántas confesiones así!

¿Qué han sido durante años las más de mis conversaciones? Murmuraciones. Me he pasado los días en juzgar a los demás y en acusar de fatuidad a casi todo el mundo. Yo era el centro del universo, y es claro, de aquí ese terror a la muerte.

Muchas veces he observado ese triste carácter de todas las conversaciones mundanas; el de que sean más que diálogos, monólogos entreverados. Los que conversan permanecen extraños entre sí, siguiendo cada cual su línea de pensamiento. No se escucha con atención benévola, impaciente por decir lo propio, que se cree siempre más importante que lo ajeno. Casi nunca se llega a la confusión de afectos, a la unión de intención, a la comunión de espíritu en lo que se conversa.

No discutas nunca; Cristo nunca discutió; predicaba y rehuía toda discusión.

Las Cuentas de conciencia son los textos menos conocidos de santa de Teresa de Jesús, aunque son una de las joyas de la espiritualidad teresiana. Como si de un diario personal se tratara, abren una ventana para observar cómo vivía y alimentaba su alma con la palabra de Dios. En este libro, Pilar Huerta explora la corriente bíblica que corre bajo estos fragmentos, como hizo antes con el Libro de la vida y el Camino de perfección.

Teresa tuvo en vida una enorme capacidad de seducción. La sigue teniendo muchos años después. José María Javierre ha hecho de ella un retrato magnífico, una biografía estupenda. Su estilo es cortado, vivo, coloquial, chispeante, anecdótico, ameno, reflejando su condición de periodista, literato e historiador de alta calidad.

En su origen, no pretendí publicar estos apuntes que hice para mi uso personal. Posteriormente, pensé que podrían aprovechar a los lectores que no conocen mucho a santa Teresa de Jesús para que tengan una idea breve y segura del contenido de sus enseñanzas y para que, al menos algunos, cayeran en la buena y posible tentación de leer sus Obras completas. Santa Teresa seguirá interesando.

Como Santa, doctora, escritora, pese a la gran distancia que nos separa de ella; nos parece viva, íntima, elevada, popular, amiga, consejera y actual. Por santa Teresa sabemos que todo nuestro edificio espiritual -y yo diría que todo nuestro ser y hacer como personas- deberíamos basarlo en la humildad.

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