Los Niños de Himmler: Historia de las Maternidades Nazis
El control de la natalidad siempre se ha usado de manera eficaz para someter a las mujeres. Tanto en tiempos de guerra como en periodos de paz, la disposición (o la carencia) de métodos anticonceptivos, así como la regulación (o la prohibición) del aborto, han condicionado y condicionan millones de vidas alrededor del mundo. Estas circunstancias se agravan bajo regímenes totalitarios.
En España, sin ir más lejos, se conoce la maternidad de Peña Grande, en Madrid, donde, entre 1960 y 1984, miles de jóvenes embarazadas de familias sin recursos dieron a luz en un entorno que califican de «horror», soportando a diario la explotación y las humillaciones por parte de las monjas. De ahí salieron buena parte de los bebés robados que hasta los primeros años de la democracia han continuado agraviando a miles de mujeres y miles de niños.
Otro caso de centro de maternidad aterrador que ha dejado el siglo XX es el que evoca la escritora belga Caroline De Mulder (Gante, 1976) en Los niños de Himmler (Tusquets), una novela inspirada en el Heim Hochland, que se considera la primera maternidad nazi, fundado por Heinrich Himmler en 1936 como parte del programa Lebensborn («el Manantial de la vida»), que tenía como fin la limpieza étnica de los futuros ciudadanos de la patria. El programa, que también controlaba orfanatos y contó con centros en diferentes países ocupados, se inició en la maternidad de Baviera que la autora elige como marco para la novela.
El Programa Lebensborn: Una Fábrica de Vida Aria
El nazismo fue un régimen de muerte. Bajo la sanguinaria batuta de Adolf Hitler se asesinó a seis millones de judíos. Se calcula que 60 millones de personas murieron en la Segunda Guerra Mundial. A pesar de dejar un rastro de sangre allá por donde pasaban, los nazis quisieron ser también una fábrica de vida.
Heinrich Himmler fue un monstruo, un criminal de guerra, el brazo derecho de Hitler, el líder de las temidas SS y uno de los principales responsables del Holocausto. Pero, por si fuera poco, también fue el principal impulsor de una perversa iniciativa para repoblar el III Reich de magníficos niños arios, de niños arios pluscuamperfectos, de niños arios de pura cepa.
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A principios de 1935, en el marco de las leyes nazis de protección y promoción de la raza aria, Himmler puso en marcha un programa bautizado como Lebensborn (fuente de vida, en español), que se materializó en la apertura, sobre todo en Alemania y en Noruega, de una treintena de guarderías y maternidades. En esos centros, conocidos como Heim (hogar), se cuidaba con extremo mimo a las mujeres embarazadas y consideradas genéticamente aptas para dar a luz a bebés destinados a purificar la raza aria; allí, entre algodones, nacieron casi 10.000 niños con los que los nazis pensaban regenerar la sangre alemana. Porque aquellos críos que no cumplían con los requisitos de perfección requeridos, que a ojos de los nazis eran defectuosos, eran directamente eliminados.
“Gracias a vosotras, queridas madres, que sois vom besten Blut, de la mejor sangre, y que habéis sabido elegir una pareja superior desde el punto de vista racial, bastarán unas generaciones para hacer desaparecer de nuestra Alemania todo rastro de sangre impura. Un siglo, como mucho. Nuestros Heime se han concebido para que nazcan en ellos los elementos más soberbios de nuestra raza: vuestros hijos. Nuestra religión es nuestra sangre”, arengó en una ocasión a las mujeres de uno de esos Heime el propio Heinrich Himmler, quien supervisaba personalmente el proyecto Lebensborn y apadrinó a numerosos niños nacidos en esos centros.
Los Niños de Himmler: Una Mirada a la Cotidianidad Nazi
La escritora belga Caroline De Mulder ha escrito ahora una brillante novela, Los niños de Himmler (Tusquets), con la que se adentra en el proyecto Lebensborn y en uno de esos centros de maternidad destinados a traer al mundo impecables niños arios. El libro, todo un fenómeno de crítica y lectores en Francia y que ya se ha traducido a 13 lenguas (entre las que no se encuentra ni el alemán ni el noruego), es fruto de una minuciosa investigación y nos traslada al corazón de las políticas eugenésicas del Tercer Reich a través de la vida cotidiana en unos esos siniestros centros.
“He intentado reconstruir lo más fielmente posible el marco histórico de esas maternidades nazi”, asegura a El Confidencial Caroline De Mulder, cuya novela discurre en el Heim Hochland, cerca de Múnich, entre 1944 y 1945.
La narración sigue el día a día de dos mujeres que viven allí, una interna y una enfermera, alternando capítulos. Por un lado, está Renée, una joven francesa repudiada por su familia después de enamorarse de un soldado alemán; un perfil frecuente entre las chicas que recurrían a este tipo de instalaciones. Corre el año 1944 y Renée llega al centro sola e indefensa, ingresa allí porque es la única opción a su alcance. Aún echa de menos al hombre, aunque es consciente del destino incierto de los oficiales. Le escribe cartas de amor que no sabe si llegará a leer. Expresar sus emociones, sus esperanzas, es lo poco que le permite escapar de una rutina estricta, sin libertad para las mujeres, que poco a poco se va apoderando de ella, de su individualidad; el control autoritario las despersonaliza hasta convertirlas en meros instrumentos para preservar la raza.
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En paralelo, Helga, una de las enfermeras, trabaja con diligencia en el centro. Le gusta su trabajo en el hogar infantil, sobre todo cuidar de los recién nacidos. Soltera y sin hijos, la relación con las futuras madres, a las que no puede evitar juzgar cuando no están casadas, le cuesta más. Helga es, en apariencia, una empleada modélica, que no solo cumple a rajatabla las órdenes como sus compañeras, sino que es la mano derecha del doctor Gregor Ebner, un médico que existió en la realidad y fue el responsable de la muerte de muchos bebés y de la esterilización de otras tantas mujeres.
La novela, escrita con un estilo casi documental -se nota que la autora cultiva tanto la ficción como el ensayo, y que ha investigado a fondo el tema-, registra la rutina de ambas mujeres al milímetro a lo largo del embarazo de Renée y después de dar a luz, en ese año donde la Segunda Guerra Mundial dejó de pintar favorable para el régimen. Tal como descubrirá Renée, la maternidad, con el pretexto de proteger la pureza aria, lleva a cabo numerosas prácticas vejatorias contra ellas y contra los niños, incluido el tráfico de bebés, que en ocasiones se robaban para entregarlos a familias alemanas «de bien». El «problema» de Renée, con todo, no será ese, sino el hecho de dar a luz a un niño que será considerado «imperfecto».
Caroline De Mulder hace una inmersión en la cotidianeidad de esos hogares desde la perspectiva más humana, esto es, la de sus protagonistas, víctimas y verdugos.
La Vida en los Heime: Análisis y Pureza Racial
Los Heime estaban siempre ubicados en lugares remotos, porque entre las internas había muchas madres solteras cuya identidad debía ser preservada. Eran lugares protegidos, lejos de los disparos, de los bombardeos y de los horrores de la guerra. “Uno de los puntos de partida de mi libro es una imagen de archivo en la que se ve unas cunas al aire libre, en plena naturaleza, cubiertas con lino blanco inmaculado y debajo de la bandera negra de las SS. El contraste me pareció desafiante: la guerra en ese momento estaba arrasando toda Europa, y esos lugares eran una especie de remansos de paz, de gineceos protegidos de todo, llenos de bebés y mujeres jóvenes seguidas por los mejores médicos y donde la comida fue abundante hasta el final de la guerra. En todas partes había gente que moría de hambre y, no tan lejos, cientos de niños y bebés morían en los campos de exterminio. Esas mujeres sabían que había una guerra en curso, pero no la vieron, no la sintieron ni reaccionaron ante ella, no experimentaron privaciones”, explica Caroline De Mulder.
En esas maternidades, la vida cotidiana estaba estrictamente regulada, con un horario preciso y un reglamento al que todas las residentes debían ajustarse. Y, por supuesto, antes de ingresar en esas maternidades, las mujeres eran sometidas a minuciosos análisis para comprobar la pureza de su raza.
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Tal y como describe Caroline De Mulder en Los niños de Himmler, las futuras madres eran medidas a conciencia: de pie, sentadas, en cuclillas, las caderas, la cintura, el perímetro craneal, el diámetro biparietal, el espacio interocular, la frente, el espacio entre la nariz y los labios… Además, se cotejaba el tono de su iris, de su pelo y de su piel con los de unas cartas de colores que indicaban si estos eran o no lo suficientemente arios. Además, ya fueran esposas legítimas o madres solteras, los médicos también se interesaban por los detalles de los padres biológicos, por conocer al dedillo su ascendencia.
Aunque los Heime acogían en un principio sólo a mujeres alemanas, a partir de 1942 también aceptaron a mujeres no alemanas -siempre que fueran arias, claro está- y que estuvieran embarazadas de soldados alemanes o de miembros de las SS.
“El nazismo prefería que los padres y los hijos fueran alemanes, pero no descartaba a niños de otras nacionalidades, como polacos o franceses, al considerar que había elementos valiosos en el campo enemigo. Querían quedarse con la buena sangre estuviera donde estuviera y eso provocó el secuestro de muchos niños que eran arrancados de los brazos de sus madres extranjeras para integrarlos en el Lebensborn”.
Secuestrados o nacidos en los heims , los niños de Himmler eran sometidos a estudios médicos para comprobar la pureza de su sangre. “Se les examinaba desde todos los ángulos, altura, color del cabello y de los ojos, pero también se comprobaba la distancia entre la nariz y los ojos, entre los ojos, la forma de la cara, la textura del cabello o el tono de la piel. Había una decena de criterios y puntos que se sumaban en cada apartado.
Las madres solteras podían renunciar a sus bebés, y en ese caso los niños eran entregados a familias alemanas. “Pero si los niños tenían alguna discapacidad física o mental, eran sacrificados”, señala De Mulder. “Durante el trabajo de investigación que realicé para escribir esta novela, leí la (breve) historia de un pequeño, Jürgen, nacido en el Heim Hochland y sacrificado unos meses después en Brandenburg-Görden. A este niño ni siquiera le dieron una tumba, fue incinerado después de ser asesinado. Quería rendirle homenaje convirtiéndolo en uno de los personajes de mi novela”, nos cuenta.
“No tenían piedad. Si algún niño nacía enfermo o con alguna anomalía, lo descartaban inmediatamente, lo retiraban y se lo llevaban a una institución donde se practicaba la eutanasia, lo estudiaban y después lo mataban. Su cerebro era entregado a los investigadores nazis. No se devolvía el cuerpo a las madres. Por contra, las mujeres embarazadas y los bebés nacidos en los heims y aceptados por el régimen contaban con todas las comodidades incluso en los últimos meses de la guerra cuando los alimentos escaseaba en Alemania.
De Mulder, que ha estudiado en profundidad el programa Lebensborn , sitúa su relato en las postrimerías de la guerra y lo articula a través de tres personajes. Renée es una chica francesa que ha quedado embarazada de un oficial de las SS. En su país ha sufrido un gran rechazo por su relación con el enemigo.
Helga, el segundo de los personajes, es la enfermera más cualificada y trabajadora de la maternidad donde se aloja Renée. A los 20 años, Helga solo ha conocido el nazismo. Ha crecido a la sombra de las consignas de Hitler y los suyos y cree que su trabajo contribuye a mejorar el mundo de acuerdo con la moralidad que le han inculcado. “Helga está adoctrinada”. Aunque a veces tiene dudas.
La abundancia del lugar contrasta con la situación de Marek, el tercer personaje de la novela. Un polaco que fue capturado por los nazis y enviado a un campo de exterminio del que logró escapar. Marek vive en las inmediaciones de la casa de maternidad y se alimenta primero de raíces y después solo de tierra.
El Destino de los Niños Lebensborn Tras la Guerra
Terminada la II Guerra Mundial, la mayoría de las mujeres alemanas que dieron a luz en estas maternidades nazis regresaron con sus familias. Pero para las mujeres no alemanas, la situación fue bastante más delicada. En sus países de origen eran por lo general muy mal recibidas, por lo que tendían a ocultar que habían pasado por esos centros e, incluso, que habían tenido un hijo.
El destino de los críos del programa Lebensborn también fue en ocasiones trágico. Hijos la mayoría de madres solteras, algunos fueron recuperados por sus progenitoras, mientras que otros terminaron en orfanatos o en familias de acogida. Muchos de estos niños buscaron sus orígenes durante muchos años, a veces sin éxito o conociéndolo sólo después de mucho tiempo.
“Se ha escrito mucho sobre los campos de exterminio, pero no sobre lo que constituía su reverso: 'los campos de vida'. Son en realidad dos caras de la misma moneda, porque en las maternidades no se trataba tanto de suprimir como de reemplazar: suprimir a los indeseables y reemplazarlos por elementos de la raza pura”, destaca Caroline De Mulder.
Su novela Los hijos de Himmler zambulle al lector en una de esas escalofriantes maternidades nazis a través de tres personajes memorables: Renée, una adolescente francesa de 16 años que tras quedarse embarazada de un oficial de las SS, es repudiada por su familia y se ve obligada a abandonar su pueblo de Normandía; Helga, una enfermera que trabaja en una de estas maternidades y que se encuentra dividida entre su devoción al Reich y su empatía por el sufrimiento de las madres; y Marek, un miembro de la resistencia polaca que ha pasado por Dachau y que ahora trabaja en condiciones infrahumanas en la construcción de los edificios necesarios para albergar a las madres y a los niños.
“Quería acercarme a la Segunda Guerra Mundial a través de la ficción y desde el punto de vista de mujeres, especialmente de las mujeres que por elección o, más a menudo, por las circunstancias, se encontraron en el lado equivocado”, nos cuenta Caroline de Mulder. “Para mí era importante escribir una novela y no un ensayo o un libro de Historia. El libro de historia cuenta, la novela representa, hace sentir, hace vivir. La novela permite vivir y hacer vivir la Historia”.
La autora de Los niños de Himmler considera necesario seguir hablando y escribiendo de la Segunda Guerra Mundial. “Es uno de los períodos más trágicos que haya conocido Occidente. Nos confronta con los límites de nuestra humanidad y con su fragilidad. Nos recuerda que la humanidad puede deslizarse, caer fácilmente en el horror. Y que no estamos a salvo de que algo similar se repita, incluso bajo una forma completamente diferente".
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