María Embarazada: Un Análisis de la Historia Bíblica

27.11.2025

Generalmente en nuestros itinerarios de educación a la fe mostramos personajes y signos bíblicos como modelos estáticos, es decir, en su perfección final. Con ello contribuimos a subrayar aún más la distancia existencial y cultural que nos separa del texto bíblico. Propongo seguir un camino alternativo: identificarnos con los lectores. El autor del texto bíblico ha previsto y programado estratégicamente el camino del lector ideal y entre ambos ha creado vínculos de estrecha colaboración.

Se requiere adquirir las habilidades de un lector agudo. No somos los primeros lectores de la palabra de Dios, sino que somos afortunados «enanos a lomos de gigantes». Vamos a seguir la dinámica mencionada aplicada al primer capítulo del evangelio de Lucas, donde emergen a la existencia tres figuras de una talla increíble, seducidas por el Misterio de Dios. Nos referimos a Zacarías, Isabel y María.

El Contexto Inicial: Zacarías e Isabel

Un buen inicio atrapa al lector. Como en nuestros cuentos: «Érase una vez…». El narrador nos dibuja así el marco: «en los días de Herodes (tiempo), rey de Judea (espacio)…»(Lc 1,5). La presentación de los personajes clave viene a continuación: Zacarías e Isabel. El narrador hace una descripción externa: marido y mujer, ambos de linaje sacerdotal, devotos de la Torah y sin hijos. Nada se dice de su vida interior ni hay valoración de su situación.

Zacarías vive una situación dramática. Un anciano sacerdote sin hijos es una contradicción viviente: el hombre que debía garantizar a los hermanos la bendición de Dios, no la tiene para sí. Pero si su situación es dramática, la de su esposa es una tragedia. En el mundo antiguo la esterilidad era culpa de la mujer. Pero la situación ya no tiene visos de solución: los dos son ancianos.

La Anunciación a Zacarías

La acción se desenvuelve en el Santuario del Señor, en una ceremonia de servicio litúrgico. Se le aparece el ángel. En el AT aparece con frecuencia el «mensajero del Señor» casi siempre de manera anónima. Los únicos ángeles designados por sus nombres en el AT son Miguel (Dn 10, 21; 12,1), Rafael (Tob 12) y Gabriel (Dn 8,16; 9,21).

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La reacción de temor de Zacarías implica un reconocimiento de lo que está ocurriendo, aunque él mismo no sepa por qué -ésta es la primera interioridad de un personaje que nos ofrece el narrador-. Zacarías se encuentra ante un signo que pide ser interpretado. En este punto la narración se imposta en clave decididamente ocular: la localización del ángel se visualiza con minuciosidad («a la derecha del altar del incienso» Lc 1,11) y el narrador nos presenta un Zacarías sobresaltado por lo que ve.

Para saber por qué se le ha aparecido el ángel, Zacarías necesita oír y la narración ha de situarse ahora en un plano auditivo. El ángel silencioso no habla hasta el v. 13, en discurso directo. ¡Atención! el cielo habla por primera vez. Las primeras palabras son un estereotipo en las apariciones de la Biblia: «no temas»; porque su petición ha sido escuchada.

Ciertamente nada se nos dice explícitamente de que pidiera algo a Dios, pero en el camino del lector que llevamos ya sabemos a lo que se refiere. Y Dios escucha. Lo importante es que el ángel anuncia lo que Dios se dispone hacer, en una dinámica de promesa-cumplimiento: Zacarías tendrá un hijo. Interesante cómo lo dice: «Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo» y se anuncia su nombre:» a quien pondrás por nombre Juan».

El ángel además interpreta el anuncio y lo hace retornando al pasado: este hijo será el precursor prometido de la salvación escatológica que Dios va a realizar. Al interpretar este nacimiento, el ángel adopta el lenguaje de la Escritura, pero sugiere que el recto conocimiento de la promesa y su cumplimiento dependerá de una recta lectura de los signos del pasado bíblico. ¿Cómo mirar atrás? El narrador compone el discurso del ángel a modo de tapiz de retazos de citas y reminiscencias del AT.

Dios actúa ahora como siempre ha actuado. Zacarías puede pensar que ya conoce el sentido de la promesa como respuesta a su oración. Pero lo que el ángel le ofrece es una interpretación mas amplia: ese hijo tendrá la misión de preparar un pueblo para el Señor. Según se desarrolla la interpretación del nacimiento, la figura de Zacarías se va desdibujando y se alcanza a los hijos de Israel (todo el pueblo) de modo que el centro lo ocupa Dios.

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En el v.18 recoge la reacción de Zacarías. No es casual que la palabra clave de la pregunta sea el verbo «conocer». Esta es la pregunta que nos presenta el narrador: ¿Se requiere algún tipo de conocimiento para acoger el Misterio? En la respuesta de Zacarías resuena la pregunta de Abrahán (Gn 15,8; 17,7; 18,11). El que se parece a Abrahán en no tener hijos, tiene que parecérsele también en la pregunta.

Es verdad que ambos son estériles y de edad avanzada. Pero Zacarías es sacerdote, Abrahán no. Abrahán es el primero en la serie de personajes que en el AT no tienen descendencia, Zacarías es el último. En Gn 15,6 se dice que Abrahán puso su fe en Dios antes de plantear su pregunta, pero de Zacarías no. Digámoslo claramente, la pregunta de Zacarías supone que conoce esa tradición.

Si conoce la escritura, debe saber que se cumplirá la promesa de Dios, lo que significa que no hay motivo alguno para que haga esa pregunta. El relato no podría expresar mejor la situación contradictoria en que se encuentra Zacarías: por un lado, tiene fe para pedir; por otro, no es capaz de creer ante la promesa de Dios. Así el narrador quiere que aparezca la fe de Abrahán encarnada en los personajes. Si bien Abrahán no ha sido citado hasta ahora.

A lo largo de la obra lucana los planes de Dios no sólo no se verán amenazados por las dudas humanas o por el rechazo frontal, sino que paradójicamente se reforzarán en su trayectoria. Dios espera que el ser humano acepte sus planes, pero no depende del ser humano para su cumplimiento. El ángel se presenta a sí mismo y exhibe sus credenciales. Recuerda a Dn 9, 21-27. El narrador deja la interpretación a cargo de uno de sus personajes. Mientras que Zacarías reclama conocimiento, Gabriel le recrimina su falta de fe.

Zacarías buscaba un signo para conocer, y el signo que recibe es el desconcierto inicial del mutismo y del silencio hasta que se cumpla la promesa. El signo es a la vez punitivo y propedéutico, un juicio a la incredulidad y una pedagogía para la fe, sin obligarle ni imponerle a la fuerza esa fe… El narrador no le hace decir a Gabriel que no podrá hablar hasta que el otro crea. El narrador nos sugiere que la fe se basa en un conocimiento de cierto tipo, en particular un conocimiento de la fidelidad de Dios a sus promesas en el pasado, pero debe ir más allá de él. El conocimiento es necesario, pero insuficiente.

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El narrador deja el santuario en el v. 21 donde están Zacarías y al ángel y se desplaza al exterior, donde el pueblo se extraña de su tardanza. Cuando sale Zacarías el pueblo no está ya en oración, sino desconcertado. Tanto para Zacarías como para el lector, su mudez, da testimonio del poder de la palabra de Dios. El pueblo juzga diversamente: cree que es por haber contemplado una visión. Pero el lector sabe que es por no haber creído (Lc 1, 20).

El pueblo necesita escuchar una palabra de interpretación y hasta que no la escuche, no tendrá conocimiento suficiente que le sirva de base para su fe. De nuevo no es casual que en la respuesta del pueblo se encuentre el verbo conocer (= comprender) ( cfr Lc 1,18). Termina rápidamente y lo hace volver a casa ¿Dónde es? En Lc 1,23 Zacarías desaparece de escena e Isabel, que ha sido sólo nombrada, pasa al centro de la escena.

El Embarazo de Isabel

El embarazo de Isabel es el segundo signo de cumplimiento del relato. Ahora toca a Isabel la interpretación. El v. 25 es una lectura acertada, aunque incompleta del signo que es el embarazo: acertada porque reconoce que Dios ha intervenido -ha concebido (no se lo ha revelado un ángel ni su marido)-; la lectura es incompleta porque se centra demasiado en ella misma. Se pretende que en las palabras de Isabel resuenen las de Sara (Gn 21,6) y Raquel (Gn 30,23).

El narrador emplea su clausura de modo estratégico. Si María sabe que su prima está embarazada es porque le ha sido revelado. En el umbral del segundo episodio los lectores saben qué va a ocurrir: Dios quiere un pueblo bien dispuesto para su visita y que el hijo de Zacarías e Isabel está destinado a prepararla; pero no queda claro cómo realiza Dios esa visita.

La Anunciación a María

El narrador hace una vez más que tome el cielo la iniciativa, reforzando la dinámica de promesa-cumplimiento establecida en el episodio anterior. Se trata de una técnica de reanudación: recupera elementos del episodio anterior y los matiza: va a explorar en qué consiste esa fe en la que insistió Gabriel. El relato avanza en el tiempo («al sexto mes» del embarazo de Isabel), se sitúa en un espacio distinto: en Nazaret, una ciudad de Galilea, y presenta un nuevo personaje, María.

En el relato anterior Zacarías se movía de un lado a otro mientras que el ángel permanecía fijo. María es una joven, soltera aunque comprometida, de cuyo linaje y piedad nada se dice. Se dice dos veces que es «virgen» para preparar lo que sigue. José es mencionado en su condición de descendiente del rey David. Aparecen tres personajes cuya identidad los vincula a los planes de Dios (Gabriel como el mensajero, María como virgen - cf.

En el episodio anterior el ángel permanece silencioso. Ahora le hace empezar con un saludo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). A lo largo de todo el episodio los detalles visuales son acallados en favor de detalles auditivos. Por ejemplo, nada se dice sobre la aparición o si María vio al ángel… se hablará de palabras, oído, saludo… En una historia dominada por la fe el relato se narra en clave auditiva.

En v. 29 se turba María por lo que oye. Comienza el relato de la promesa. Lc 1,30-33: anuncio e interpretación. Se inicia la respuesta a la pregunta de María. Gabriel se dirige a ella por su nombre. Se aclara en qué va a consistir la visita divina anunciada en los vv. 13-17, es decir, mediante el Mesías davídico. vv. 13-17 anuncian un nacimiento y luego ofrecen una interpretación del mismo con expresiones tomadas de la Escritura. La iniciativa es absolutamente de Dios: ha encontrado gracia ante Dios, y en el v. 32 será llamado Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David su padre. (Dios se nombra de tres maneras para dejar clara su iniciativa absoluta).

Ya se sabe el qué pero ¿y el cómo? ¿Cómo será esto puesto que no conozco varón? (Lc 1,34). Dado que María está prometida a José, varón de la casa de David, tanto ella como el lector podrían contar con que el Mesías habrá de nacer durante el inminente matrimonio. Resulta sorprendente la pregunta de María en el v.

En el anuncio hay muchos enigmas: Si el niño habrá de nacer durante el matrimonio ¿Por qué omite Gabriel cualquier alusión a José que es el descendiente de David? ¿Por qué a una mujer prometida y no casada? Los especialistas rechazan cualquier intento de explicación a partir de la psicología de María, se trata de un recurso del narrador para preparar la revelación culminante en v. 35. María y Zacarías en el arte narrativo de Lucas poseen la misma información, quizás esté en desventaja María, ya que no se le anuncia el modo concreto: tener un hijo como Zacarías. - María no exige ver, sino que afirma simplemente su incapacidad para ver.

Por segunda vez se menciona al Espíritu Santo. La primera, en el v. 15. Se trata de un lenguaje de comunicación entre Dios y María. No se menciona a Jesús por su nombre, sino «al que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios». Cuando el lector espera que Gabriel diga más cosas sobre Jesús, como hizo con Juan, el ángel pasa a hablar de Isabel, ya embarazada. Así dirige la atención a un Dios que tiene poder para hacer algo que quizá parezca menos verosímil que producir a un niño de un vientre estéril.

La dirección del relato va de Jesús a través de Isabel a Dios. Para María la sorpresa consiste en saber que su prima está embarazada. Para el lector la sorpresa es saber que son parientes. Isabel es un signo del que María oye hablar pero que no ve. Mientras Zacarías pedía un signo capaz de conferirle algún conocimiento, a María se le da un signo que exige la fe. Mientras que a Zacarías se le pedía que creyera que Dios iba a hacer de nuevo lo que ya había hecho antes, a María se le pide que crea que Dios hará lo que nunca habrá hecho antes. No se le da más que a Zacarías pero se le pide mucho más.

El narrador busca hacer converger la fe y su interpretación.

La Visita a Isabel

La atención en el v.39 continúa sobre María de viaje a Judea, sola, sin la mención a José. Se describen cuatro acciones de María: se levantó, se fue, entró y saludó. Si en la primera escena se narraba el movimiento de Zacarías, en la segunda, del ángel, en la tercera, de María. El relato se centra cada vez más estrechamente en María. Una vez que ha llegado ni Isabel ni María se mueven.

El narrador no dice nada acerca de las razones de María para emprender el viaje, se da noticia de cuándo marcha (» en aquellos días»), con qué talante («con prontitud») y ello libremente. Parece quedar sin respuesta el por qué lo hace. Con la indicación de que son parientes basta. ¿Por qué quiere el narrador que ambos personajes se encuentren? Porque quiere que sea la fe la que desencadene la acción desde el primer momento. En los dos primeros fue la iniciativa del cielo la que puso en marcha la acción; ahora toca a la respuesta humana.

No es mera coincidencia que vaya al único personaje que ha leído de manera acertada aunque incompleta los signos. Para así dar una interpretación completa y cierta de los signos. El relato guarda silencio acerca del embarazo de María, el narrador sigue eludiendo hablar de Jesús. Una vez que se ha informado del saludo de María al final del v. 40, el relato pasa a una modalidad fuertemente auditiva que predominará en todo el episodio.

La acción es puesta en marcha por el saludo y el narrador suprimirá los detalles visuales a lo largo de todo el episodio, como hizo ya en el anterior. Esta decisión de transportar a un modo auditivo la narración de la fe y sus consecuencias sugiere que en la respuesta de la fe, para el narrador, importa más lo que se oye que lo que se ve. Las tres referencias al saludo de María (vv.40.41.44) subrayan su importancia. No es de su contenido, sino de su efecto, del que se da cuenta largamente.

Se habla de María como la que ha creído. ¿En qué pone María su fe? El v. 41 es el único momento del episodio en que el narrador abandona el relato externo para informarnos del salto del niño en el vientre de Isabel.

María: La Primera Misionera

En aquel viaje de la Visitación, la Virgen María, que era poco más que una adolescente, realiza el primer viaje misionero de la Historia, saliendo de su tierra de Nazareth, al Norte de Tierra Santa, para ir al encuentro de su prima Isabel, en Ain Karem, en los montes de Judea, a más de 100 Kms. al Sur, muy cerca ya de Jerusalén, un viaje plagado de peligros y asperezas, fiándose en solo Dios y llevando a Jesucristo en su seno para dárselo a conocer a su prima y al Precursor en gestación, Juanito, al que un día llamarán “el Bautista”, quien señalará, con su vuelco en las entrañas de Isabel, la presencia del divino Redentor, como diciendo con su salto lo que un día dirá de palabra, cuando sea mayor: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn.1,29), pues es lo que el Mesías acababa de hacer por él en el seno de su madre.

¿Y quién envía a María como misionera? El propio Dios a través del Arcángel Gabriel, quien se presentó a María al sexto mes: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc.1,26-27)… ¿al sexto mes de qué? De la concepción del Precursor, del embarazo de Isabel, pues dice: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc.1, 36-37).

¿Y cuál es la clave de la misión de María en este envío? Así pues, era de todo punto necesario que María visitara a su prima Isabel, para que el Mesías conociera a su Precursor y le habilitara para su misión precursora. Y María, llena del Espíritu Santo y guiada por Él, viajará hasta donde se encuentra el Precursor. Por eso, libre ya del pecado original y lleno del Espíritu Santo -“desde el seno materno”, tal como anunciara el Arcángel Gabriel a Zacarías (cf.

Así pues, la Virgen María no sólo es misionera, sino la primera misionera, propiamente dicha, que su Hijo Jesús tuvo en la Tierra y en la Historia de la Salvación. Y María precederá a los misioneros de todos los tiempos, e, incluso, a su propio Hijo y al mandato misionero por El dado, formulando Ella su propio mandato: “Haced lo que El os diga” (Jn.2,5), un mandato que marcará el inicio de la actividad misionera y mesiánica de su Hijo con el milagro de las bodas de Caná.

Y no sólo será la primera misionera porque fuera la precursora de todos los demás misioneros que en el mundo han sido, sino también por la calidad de su apostolado, con un testimonio vivo y una entrega plena y fiel hasta el extremo, como sólo una Madre -y Primera Discípula- sabe hacerlo. El cántico que María llevaba en su corazón y que sólo Dios y Ella conocían; quizás se lo habría cantado muchas veces a Dios, en la soledad de su cuarto, en los días que siguieron a la aparición del ángel y lo habría ido completando y alargando, hasta hacer un cántico enteramente suyo, en las duras jornadas de viaje hasta la casa de Isabel, en que la repetición del mismo, en el interior de su alma, debió convertirse en su mayor consuelo y entretenimiento.

Así, pues, no es difícil pensar que le saliera de un tirón cuando Isabel, al reconocer en María la acción poderosa de Dios, tocó la tecla precisa y la llamó: “Madre de mi Señor” (Lc.1,43). Pero el verdadero mensaje de María misionera es su propia vida: su sencillez, su humildad, su docilidad, su disponibilidad y su fidelidad a toda prueba, en una palabra, su sí gratuito e incondicional a Dios y a su plan de salvación sobre los hombres, de una vez para siempre y en cada acontecimiento y situación, por duro que fuera, incluido el de ver morir a su Hijo en una cruz, con el “Hágase en mí” de la Anunciación en los labios y en el corazón.

Otros Eventos Significativos

  • La Anunciación: San Lucas (Lc 1, 26-38) cuenta que Dios envió al arcángel Gabriel a Nazaret, pueblo de Galilea, a María, una joven desposada con José. El ángel le anuncia que concebirá al Hijo de Dios.
  • La Visita a Santa Isabel: Lucas (Lc 1, 39-45) narra cómo María, ya embarazada, visita a su prima Isabel, quien también está esperando un hijo. Isabel reconoce a María como la "Madre de mi Señor".
  • El Nacimiento de Cristo: Lucas (Lc 2, 8-14) describe el viaje de María y José a Belén para el censo, donde María da a luz a Jesús.
  • Encuentro en el Templo de Jerusalén: Lucas (Lc 2: 22-38) relata cómo María y José llevan a Jesús al templo en Jerusalén para consagrarlo, cumpliendo con la ley de Moisés.
  • Jesús con los Doctores: Lucas (Lc 2,42) cuenta cómo Jesús se queda en el Templo, hablando con los doctores, causando preocupación a María y José.
  • Las Bodas de Caná: Juan (Jn 2, 1-2) describe cómo María interviene en las bodas de Caná para que Jesús realice su primer milagro público, convirtiendo el agua en vino.
  • María al pie de la cruz: Juan (Jn 19, 26-27) relata cómo Jesús, en la cruz, encomienda a María al cuidado del discípulo Juan, simbolizando su papel como madre de todos los cristianos.

La Perspectiva Evangélica sobre María

Los evangélicos respetan y honran a María como una mujer ejemplar elegida por Dios para ser la madre de Jesús. Reconocen su fe, humildad y obediencia, pero no le rinden culto ni la adoran. Creen que la adoración debe ser dirigida únicamente a Dios.

María, fue una mujer ejemplar y digna de imitar, que nos dejó enseñanzas muy importantes para nuestras vidas. Ella, siendo virgen, concibió por obra y gracia del Espíritu Santo (Mateo 1:18). Si bien el evangelio de Mateo nos dice que María concibió antes de juntarse con José, es porque posteriormente se juntó con José.

Además, el evangelio de Mateo utilizará el terminó «conocer», que es un verbo que en griego conlleva la idea de tener relaciones sexuales, que son normales en una pareja que viven casados: «Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús.» (Mateo 1:25). Ella fue la madre de Jesús, no de Dios, ya que Dios no fue creado, ni tiene madre: «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.» (Salmo 90:2).

El motivo por el que fue reconocida como bienaventurada tiene que ver con esto, es decir, porque tuvo fe: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos» (Hebreos 11:1-2). María sería la primera madre del mundo que entregará su vida a Jesús, siendo salvada por la gracia de Dios: «Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1:47).

María invocaría el nombre del Señor para su salvación como dice el libro de Hechos 2:21, «Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo». Necesitamos madres que invoquen el nombre del Señor, y que puedan experimentar esa salvación que transforma y que bendice a la familia. María fue una mujer especial por ser la madre de Jesús, y merece todo nuestro respeto y honores. Ella estuvo junto a la cruz, al igual que el apóstol Juan, cuando Jesús entregaba su vida por todos. Ella, estuvo orando junto a otros discípulos y los hermanos de Jesús el día de Pentecostés.

En el pasaje de Lucas 1:39-56, María eleva un cántico que se conoce como el «Magníficat». María no era una diosa, era una madre, y antes de conocer lo que supondría el poder de Dios, haciéndose efectivo en la venida del hijo que iba a tener, podría sentirse sucia e incompetente: «Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones» (Lucas 1:46-48). Lo Santo, ha de producir en nosotros ese sentido de necesidad para depender de Dios; este es un principio fundamental para ser una buena madre.

Un ángel de Dios le hace el anuncio, pero además le plantea que Dios está con ella, que el Espíritu Santo ha de producir un milagro porque vendría el Salvador a través de ella. María halló gracia porque Dios le dio el privilegio de ser la madre de Jesús, y esto supuso que fuese muy favorecida, porque ella abrió el corazón a Dios.

Tabla Resumen de Eventos Clave

Evento Referencia Bíblica Descripción
Anunciación Lucas 1:26-38 El ángel Gabriel anuncia a María que concebirá a Jesús.
Visita a Isabel Lucas 1:39-56 María visita a su prima Isabel, quien reconoce su rol especial.
Nacimiento de Jesús Lucas 2:1-20 Jesús nace en Belén, cumpliendo las profecías.
Presentación en el Templo Lucas 2:22-39 María y José llevan a Jesús al Templo para su consagración.
Bodas de Caná Juan 2:1-12 María interviene para que Jesús realice su primer milagro.
María al pie de la Cruz Juan 19:25-27 María presencia la crucifixión de Jesús.

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