La Historia de Claudia Victoria Poblete Hlaczik: Una Identidad Robada en Argentina
Así comienza una vida: en el mismo instante en que una mujer de casi 22 años acaba de conocer delante de un juez que ella no es ella. Que esas manos que la acunaron, que le dieron un biberón, que la peinaron, que le llevaron a la iglesia a rezar, que le limpiaron una herida o le acariciaron la mejilla; esas manos, decimos, son las mismas manos que -a su manera- también arrojaron vivos al mar a su madre y a su padre, drogados con pentotal sódico, semidesnudos en aquellos famosos vuelos de la muerte.
No te llamas Merceditas. Sino Claudia. No has nacido el 13 de marzo de 1978. Sino tres meses antes. Los que piensas que son tus padres no son tus padres. Sino los que te secuestraron cuando tenías ocho meses.
"Fue un momento muy arrasador. Fue como si de repente me sacaran la alfombra de los pies. No recuerdo enfadarme. Pero sí que, delante de aquellos papeles, lloraba y lloraba y lloraba y lloraba y lloraba y no podía dejar de llorar, como si se hubiese roto algo y no hubiese manera de pararlo".
El Regreso a Casa y el Descubrimiento de la Verdad
Entonces, la nueva Claudia -que hace un minuto se llamaba Merceditas y ahora no- llega finalmente a casa, se deja caer en la cama matrimonial de sus apropiadores ya detenidos, escoge esa cueva nupcial y no otra: Ceferino Landa ("mucha gomina", "meticuloso y detallista", "teniente coronel", "primero Dios; luego la patria, y enseguida, su familia") y Mercedes Moreira ("la mujer que decía ser su madre, ama de casa, siempre de acuerdo con su marido"). Se tira en la cama tibia de ese matrimonio criminal. Tiene a mano unas 90 cintas de casete que le han dado en el juzgado con testimonios de familiares. Para que sepa de dónde viene.
Los que hasta hace nada eran sus adorados padres y ahora no son ni una cosa ni la otra, le han dejado una nota manuscrita. Como quien te dice que vayas a comprar el pan o que no olvides sacar a la perra. La nota dice así: "No te preocupes por nosotros, estamos bien. Te queremos mucho".
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La chica empieza a escuchar las cintas.
Una Infancia Robada: Recuerdos y Silencios
La historia de Claudia Victoria Poblete Hlaczik está recogida en Tu nombre no es tu nombre (Libros del K.O.) y lleva la firma del periodista argentino Federico Bianchini. Advierte el autor en sus páginas: "Narrar la desaparición es como intentar describir un silencio".
Porque una cosa es la infancia que recuerda, la que vivió y escuchó, y otra es la que le gustaría recordar, ese silencio oscurísimo, esa nada densa.
La infancia que recuerda Claudia y nos evoca por teléfono es una "infancia feliz en Belgrano" (uno de los barrios más caros de Buenos Aires). Un "colegio de monjas". La vida de una "hija única muy sobreprotegida". Una nena que "no iba a ningún sitio sola" y a la que no le dejaban "dormir fuera de casa". Una que no daba crédito cuando escuchaba que algunas detenidas fueron torturadas metiéndoles ratas en la vagina. Una adolescente que, en una discusión del colegio, se levanta e interviene en mitad de un debate: "Yo quiero decir que ni todos los militares son malos ni todos los subversivos son buenos. Se trató de una guerra. Y también quiero decir que no hubo 30.000 desaparecidos. ¿Cómo va a haber 30.000 desaparecidos? Un poco de sentido común".
La infancia silenciada es la del breve espacio de los ocho primeros meses de vida que pasa con su papá (José Poblete) y con su mamá (Gertrudis Hlaczik). Ese líquido amniótico que no podrá recordar. Por los testimonios y documentos rescatados en el libro, hoy sabe que sus padres eran militantes montoneros. Que él se desplazaba en silla de ruedas porque un tren le segó las piernas. Que ella nació el 25 de marzo de 1978. Que le pusieron Claudia Victoria en homenaje a Claudia Grumberg, una compañera desaparecida. Que a la bebé la apodaron la Mundialito porque estaba a punto de empezar el Mundial de Fútbol. Que en verano sus padres la iban a llevar a la playa de Santa Teresita. Que en esa última foto, con ella en brazos, antes de que desaparecieran, su mamá tenía 20 años y su papá tenía 23.
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El Secuestro y la Separación Familiar
Y entonces anochece un martes, día 28 de noviembre de 1978, y estallan los cristales de su casa. Unas horas antes han secuestrado a su padre en el centro de Buenos Aires. Ahora vienen a llevarse a su madre. Y también a ella.
En El dictador, María Seoane y Vicente Muleiro lanzan una pregunta: "¿Es posible recrear el momento del robo, el momento de una impiedad esencial, del mal en estado puro, en el llanto de una madre que sabe -sabe- que jamás volverá a ver a su hijo y que no volverá a verlo porque será asesinada, y que su hijo no podrá verla nunca porque nunca sabrá que nació de esas entrañas, y no solo no lo sabrá, sino que será condenado, tal vez, a amar a los asesinos de su madre?".
Todas las respuestas caben en los insomnios de Claudia Poblete.
Nos contesta: "Aquella noche fui secuestrada en la casa de Guernica junto a mi mamá. Lo hizo un suboficial de Policía, represor y torturador, al que llamaban el Turco Julián [condenado a 25 años de cárcel por aquello]. A mi papá lo habían agarrado antes. A los tres nos llevaron al centro clandestino de detención El Olimpo. Allí pasamos cuatro o cinco días. Luego el Turco Julián [al que le gustaba llevar una esvástica en el llavero] le dijo a mi mamá que el bebé, o sea yo, iba a ser entregado a su madre, o sea a mi abuela. Pero nada de eso pasó. Me entregaron a Landa [hoy ya ni lo llama por su nombre]... Me resulta difícil hacer que el tema no me atraviese todo el tiempo".
El Centro Clandestino "El Olimpo" y el Horror
Lo que hoy sabe Claudia se lo debe al extenso trabajo documental de las Abuelas de la Plaza de Mayo, a su causa judicial, a los testimonios de los testigos. En Tu nombre no es tu nombre, algunos de los que pasaron por aquel centro de detención detallan las condiciones de la estancia en El Olimpo. Según consta en un expediente, a José se le veía por el suelo "arrastrándose por el piso con los muñones". Según consta en otro, "Gertrudis estaba desnuda y siendo arrastrada de los pelos hacia la sala de torturas". Según un testimonio, "uno llegaba a reconocer los diferentes tipos de alaridos y sabía si a alguien lo estaban picaneando, garroteando o arrancándole una uña". Según otro, a José, su padre, sus captores lo veían desplazarse como podía "ya que le habían sacado la silla de ruedas" y lo denigraban llamándolo el Cortito. Porque no tenía piernas.
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La última vez que vieron a aquella pareja de jóvenes con vida fue el 28 de enero de 1979.
El Cementerio y la Falsa Identidad
Por eso aquella tarde, sus apropiadores llevaron a la que ya era su hija al cementerio de la Chacarita. Por eso, sus falsos padres se pararon delante de una lápida a cuyo difunto honraron. Por eso, Landa le dijo a la niña muy amorosamente: "Vos naciste gracias a este médico".
Se llamaba Julio César Cáceres Monié. Fue el médico militar que firmó la partida de nacimiento falsa de Merceditas.
La Búsqueda de la Verdad y la Reconciliación
"Hasta ese momento no tenía sospecha de aquello, claro. Sí tenía la noción de que acaso no era hija biológica de ellos, por la diferencia tan grande de edad pensaba que sería hija de algún tío o algo así. Yo como adolescente no trataba de prestarle atención a ese pensamiento, de no mirar ahí, por miedo, por lealtad a ellos dos, qué sé yo", nos comenta. "Al principio no quería hacerme aquellos análisis [en el marco de una investigación judicial]. Pensaba que todas las Abuelas de la Plaza de Mayo estaban locas, que me iban a engañar... Pero al ver la foto de mis padres con aquella bebé en brazos me di cuenta de que todo era cierto".
Según el resultado de la prueba de ADN, había un 99,99999% de probabilidades de que ella fuera hija de José y Gertrudis.
Federico Bianchini, autor del libro, pone el énfasis en lo que vino después. En "la valentía que tuvo Claudia de enfrentarse a eso". "Ella pudo desandar ese camino, aceptar esa verdad y manejarla".
Porque no fue nada sencillo.
Y así fue.
Durante un tiempo, Claudia Poblete Hlaczik estuvo visitando a sus apropiadores presos: fue la primera condena por robo de bebés que recibió un militar.
Durante un tiempo, siguió viviendo con ellos en su casa de Belgrano, cuando ya quedaron en libertad.
Durante un tiempo, los Landa siguieron siendo "sus padres": en el día de su boda, sus apropiadores estuvieron como invitados.
Durante un tiempo, estuvo celebrando dos cumpleaños y no uno.
El Impacto en la Vida de Claudia y su Familia
Bianchini recoge varios testimonios sobre aquel caso que sacudió Argentina, que en el libro funcionan como el coro de una tragedia griega que rellena los huecos de la historia.
Habla Gabriel Cavallo, el juez que dictó la sentencia: "Es muy difícil decirle a una persona que tiene 20 años: 'Mirá, vos no sos quien creíste ser todo tu vida'. Es difícil que uno tenga que provocar en la vida de una persona un cambio tan sustancial, tan tremendo. ¿Entendés? Un cambio que le puede provocar daños psicológicos enormes. Uno no está acostumbrado a eso".
Habla su tío Fernando, hermano de su padre: "Lo único que conocía de la revolución era la derrota. Me sentía en una soledad absoluta. Entonces encontrar a Claudia fue eso. La confirmación de que, de alguna manera, si resistís, resistís, algo cambia, algo se produce (...). Sí. Creo que, para mí, haberla encontrado tiene que ver con eso -hace una pausa-. de alguna manera, sintetiza la lucha de toda una vida -se emociona-. Es eso, sentir que ganamos".
Habla su prima Francia Victoria: "Al principio nos encontramos con la Claudia que nosotros queríamos que fuera, y después encontramos a la Claudia que era: la que quería vivir con sus apropiadores, la que los amaba. Una pretendía que dijera: '¡No! ¡Hijos de puta! ¡No los quiero!'. Pero ella dice que no tienen nada que ver con la desaparición de sus padres. Piensa: 'Bueno, pobres, ellos no sabían'".
El Despertar de una Madre y el Final de una Era
Hasta que "el vínculo fue cambiando poco a poco". Comenzó cuando tuvo a su primera hija.
"Me di cuenta de cómo era posible que una mujer tuviera un bebé en brazos, que estuviera dándole la mamadera, y no pensara en la otra madre... Pensé en lo que yo habría sentido si me hubiese pasado algo así, algo como lo que le pasó a mi madre cuando yo tenía ocho meses. Y también pensaba en lo que tuve que sufrir yo: porque mi hija necesitaba la teta mía, mi piel, mi calor, y seguro que el bebé que fui también extrañó todo eso con la separación brutal".
En el libro refiere una conversación con su hija Guadalupe.
-¿Pero cómo era la vida con tu no mamá? - le preguntó un día su hija.
-Más o menos igual que la tuya. Iba al cine. Iba a la plaza-contestó Claudia.
-¿Pero ellos te querían?-Sí. Claro.
-¿Por qué decís que te querían si ellos te mintieron siempre? Eso no es quererte.
Hoy nos cuenta que aquella frase desanudó algo que llevaba dentro.
En 2018 murió Landa. Ese mismo año, en el salón de la casa de Belgrano, a sus noventa años, Mercedes Moreira le dijo a Claudia:
-Yo no me arrepiento de nada.
Y luego añadió:
-¿Por qué para vos es tan importante el arrepentimiento?
Así acabó todo. "Nunca más", se dijo la hija de aquellos dos desaparecidos. Fue la última vez que estuvieron juntas.
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