Rosalía de Castro: El Significado de un Desliz en su Vida

22.10.2025

Rosalía de Castro nació en Santiago de Compostela el 23 de febrero de 1837. En un documento firmado ante notario en 1843, doña Teresa de Castro reconoce a Rosalía como su hija natural y da como fecha del nacimiento el 23 de febrero de 1837. El documento estaba con los papeles del expediente de boda de Murguía y Rosalía.

Esas palabras esconden tantos secretos y misterios que se podría escribir partiendo de ellas una novela de intriga, pero vamos a centrarnos en las investigaciones que han ido desvelándolos en parte. En primer lugar, lo que se refiere a los padres incógnitos.

Los Padres Incógnitos de Rosalía

Su madre, doña María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía, tenía treinta y tres años cuando nació Rosalía y pertenecía a una familia hidalga venida a menos. Su padre fue don José Martínez Viojo, que contaba treinta y nueve años cuando nació la niña y era sacerdote. Su condición sacerdotal le impedía reconocer a su hija, y delegó su cuidado en sus hermanas. La recién nacida fue llevada a Ordoño y allí amamantada por la esposa de un sastre llamado Lesteiro.

Aunque no sabemos con exactitud cuando fue ese momento, hay pruebas documentales que demuestran que lo hizo siendo aún Rosalía una niña pequeña. En el curso de unas obras en los archivos del Ayuntamiento de Padrón se descubrió un documento que recoge los nombres de quienes vivían en la ciudad entre el 1 y el 30 de octubre 1842. Fue publicado y estudiado por primera vez por Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda, que ofrece un detallado estudio del documento y del modo de vida de los habitantes de Padrón en ese momento.

En el documento consta que doña Teresa de Castro reside en aquella localidad como cabeza de familia, con su hija Rosalía y una criada llamada María Martínez. Se dice que el estado civil de doña Teresa es el de soltera y que tiene treinta y seis años, dato erróneo, señalado también por la investigadora. Según datos del Libro de Bautizados de Iria Flavia, doña Teresa había nacido el 24 de noviembre de 1804; estaba, pues, a punto de cumplir treinta y ocho años.

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Otro punto que se ha aclarado es el de la identidad de la mujer que actuó de madrina en el bautizo de Rosalía y que se llevó con ella a la niña. Se creyó en un primer momento, debido a la similitud de apellidos, que se trataba de alguien de la familia del padre, lo cual demostraría el interés del sacerdote por el fruto de sus amores, y su intención de proteger a la criatura. En realidad, se trataba de una sirvienta de doña Teresa de Castro, sin ninguna vinculación con la familia Martínez Viojo. Es la misma mujer que aparece en el padrón de 1842 conviviendo con doña Teresa y con la niña Rosalía, aunque allí se la mencione solo como María Martínez.

Destaquemos en primer lugar que el bautizo de Rosalía en el Hospital Real permitió a los padres mantener el anonimato, inscribiendo a la criatura como de padres incógnitos, cosa que les convenía tanto al padre sacerdote, como a la madre soltera de la alta sociedad. Lo raro fue que no pasase a la Inclusa, que era el destino normal de los así bautizados. Según investigaciones de Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda, el número de muertes en estas instituciones era elevadísimo.

Con estos antecedentes familiares, entendemos que doña Teresa no quisiera dejar a su hija en aquella institución. Por otra parte, que la niña fuese llevada inmediatamente a Ortoño y entregada allí a un ama de cría hace evidente la intervención del padre.

El Debate Sobre la Relación Madre-Hija

Siempre hubo voces que criticaron que doña Teresa hubiera ocultado en los primeros años la existencia de su hija. La influencia de Manuel Murguía, marido de Rosalía, y el respeto que inspiraban ambas figuras mantuvieron las críticas silenciadas, pero una carta las sacó a la luz.

En contra de lo que esa carta dice, mi opinión, que mantuve desde mis primeros estudios sobre Rosalía, es que doña Teresa nunca abandonó a su hija. Me baso para pensar así en la interpretación del librito A mi madre, que Rosalía escribió tras la muerte de su madre. En él da muestras de un dolor que solo puede producirse por la pérdida de una larga y feliz convivencia con ella.

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Al dolor por la muerte de su madre se suma el dolor de haber perdido un refugio seguro.

Cariño, compasión y agradecimiento eran los sentimientos de Rosalía hacia su madre. Debió de compadecerla, como a muchas de las protagonistas de sus poemas: una mujer enamorada y engañada por el varón. Pero también la respetaba y la admiraba como a la mujer valerosa que se enfrentó a la sociedad para reconocer el fruto de su desliz.

Una vez instalada en Santiago con su madre, su vida transcurrió como la de cualquier niña de su clase social. Parece que su instrucción fue escasa, como lo era la de la mayoría de las mujeres en aquella época. Según datos proporcionados por la familia Murguía, citados por Filgueira Valverde, Rosalía tocaba la guitarra inglesa, la española, el arpa, la flauta y, por último, el harmonium.

Sabemos que frecuentó las aulas del Liceo de la Juventud, institución fundada en 1847, que se dedicaba a instruir por medio de la Literatura y Bellas Artes, impartiendo clases de literatura, pintura, música y declamación que, probablemente, le proporcionaron a Rosalía conocimientos en esas disciplinas.

Matrimonio e Hijos

Rosalía se casa en 1858 y tuvo los siguientes hijos:

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  • Alejandra, nacida en mayo de 1859 en Santiago de Compostela, casi a los siete meses exactos del matrimonio de sus padres.
  • Aura, nacida en diciembre de 1868 (obsérvese el largo intervalo sin descendencia).
  • Gala y Ovidio, gemelos, nacidos en julio de 1871.
  • Amara, nacida en julio de 1873.

El Carácter de Rosalía y su Legado

La envidia, que siempre está al acecho, forjó la leyenda de las desavenencias, y hasta hubo quien creyó que Rosalía fuera una mártir del sagrado vínculo. Hace muchos años, basándome en las acusaciones y quejas que aparecen en las escasas cartas conservadas, llegué a la conclusión de que Murguía había destruido las que estaban en su poder para proteger su propia imagen. La primera y más importante es que esa destrucción es un eslabón más de una larga cadena de actos de Murguía destinados a proteger y enaltecer la figura de Rosalía de cara a la posteridad, y que contribuyeron a convertirla en un mito, en lo que hoy es: la representación del espíritu de Galicia, su Alma Mater.

La imagen que dejó Rosalía de sí misma es la de una mujer sola. Cualquier lector con sensibilidad que se acerque a su obra poética percibirá el sentimiento de soledad que se desprende de sus versos, y no me refiero a una vivencia de la soledad existencial del ser humano sino a la soledad sentimental y afectiva. El origen de ese sentimiento de soledad, que impregna la obra de la escritora gallega, puede proceder de su infancia. Los estudios de psicología infantil aseguran que los tres primeros años de la vida de una persona marcan de modo casi indeleble su desarrollo psicológico posterior.

La irregularidad de su nacimiento y los acontecimientos de los primeros años de su vida dejaron una impronta en el carácter y en la obra de Rosalía. Desde muy pronto la crítica tendió a destacar la influencia de aquellos hechos.

Esas «agitaciones del espíritu» eran en su caso problemas psicológicos antiguos, derivados probablemente de las circunstancias de su infancia. Rof Carballo, psiquiatra de profesión, además de estudioso de su obra, observó en ella síntomas de lo que se conoce como Complejo de Polícrates. Y Murguía, en el Prólogo citado, se refiere a esa característica de su carácter: Nada la asustaba tanto como la posesión de una dicha inesperada.

El proceso de mitificación que se produjo en Galicia respecto a la figura de Rosalía, afectó también a su carácter. Con frecuencia se destacaron solo aspectos positivos, como la generosidad, la solidaridad con los que sufrían y su modestia. Un aspecto poco citado de su carácter es la modestia con la que juzgaba el valor literario de su obra.

Con todo ello se configura la imagen de una mujer toda dulzura y paciencia, que está muy lejos de la realidad. Rosalía tenía un carácter fuerte, y su bondad y generosidad no impedían que reaccionara con energía cuando se sentía atacada o lo eran aquellos a quienes ella estimaba. Quien hablase a Rosalía, vería que era la mujer más benévola y sencilla, porque en su trato todo era bondad, piedad, casi, para los defectos ajenos.

En las pocas cartas que conservamos dirigidas a su marido, hay muestras de impaciencia, irritación, aspe­reza o deseos de molestar. Bien es verdad que, muchas veces, seguidas de peticiones de perdón y de reconocimiento de las propias faltas. Conmueve la imagen de Rosalía que nos dan estas cartas: una mujer enferma, con poco dinero, alejada de su marido, irritándose con la ignorancia de los médicos y los tiquis­miquis de la familia política.

La imagen real de Rosalía es quizá menos perfecta, menos modélica que la del mito, pero es mucho más humana, cercana, entrañable. Con frecuencia manifestó en su obra el deseo de un reposo definitivo, que identificaba con la muerte. A veces, este deseo se convierte en tentación de suicidio, sobre todo cuando se encontraba ante las aguas profundas del mar. La identificación del mar con la muerte es un tema recurrente en la literatura española desde las coplas de Jorge Manrique, pero en Rosalía no es un símbolo, una identificación abstracta.

Esa visión de la muerte como un mar que te acoge en su seno debía de estar profundamente arraigada en el espíritu de Rosalía, porque volvemos a encontrarla en los últimos instantes de su vida. Ya agonizando, le dijo a su hija mayor: Abre esa ventana que quiero ver el mar.

Tabla Resumen de Hijos de Rosalía de Castro

Nombre Fecha de Nacimiento
Alejandra Mayo de 1859
Aura Diciembre de 1868
Gala y Ovidio (gemelos) Julio de 1871
Amara Julio de 1873

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