Elizabeth Taylor: Hijos, Nietos y el Legado de una Leyenda

28.11.2025

Elizabeth Taylor, una de las actrices más icónicas de Hollywood, dejó un legado imborrable tanto en el cine como en su vida personal. Su belleza fascinante y su talento actoral la catapultaron a la fama, convirtiéndola en una leyenda cuyo impacto perdura a través de sus hijos y nietos. Este artículo explora la vida de Elizabeth Taylor, sus hijos, nietos y su dedicación al activismo, especialmente en la lucha contra el SIDA.

Los Hijos de Elizabeth Taylor

Elizabeth Taylor tuvo cuatro hijos a lo largo de su vida:

  • Michael Wilding: Fruto de su matrimonio con Michael Wilding.
  • Christopher Wilding: También hijo de Michael Wilding.
  • Elizabeth Frances Todd: Hija de Mike Todd.
  • María Burton: Adoptada en 1964 durante su matrimonio con Richard Burton.

Sus hijos jugaron un papel crucial en su vida, especialmente durante sus momentos de adicción. Siempre trató de mantenerlos al margen de la fama y las miradas curiosas de los fotógrafos y periodistas.

Los Nietos de Elizabeth Taylor

Con 39 años, Elizabeth Taylor ya era abuela. A su muerte, dejó diez nietos y cuatro bisnietos, quienes continúan su labor como embajadores de su fundación para la lucha contra el SIDA. Entre sus nietos, destacan:

  • Naomi Wilding: Nieta de Elizabeth Taylor, guarda un gran parecido físico con su abuela. Estudió moda en la Central Saint Martins de Londres.
  • Laela Wilding: Diseñadora gráfica en Portland, Oregon, y una de las nietas más activas en la fundación de su abuela.
  • Tarquin Wilding: Cineasta y actor que vive en Los Ángeles y ha participado en series como Shameless.
  • Caleb Wilding: Adoptado por Christopher Wilding y su primera esposa, Aileen Getty.
  • Andrew Wilding: Director de cine, también hijo adoptivo de Christopher Wilding y Aileen Getty.
  • Lowell Wilding: Creó el Archivo de Elizabeth Taylor y está implicado en la fundación de su abuela.
  • Quinn Tivey: Actor y director general de Elizabeth Taylor Trust, encargado de recoger fondos para la fundación de la actriz.
  • Rhys Tivey: Músico y compositor que ha continuado el legado solidario de su abuela.
  • Elizabeth Carson: Trabaja para el departamento de Protección a la Infancia en Manhattan y es embajadora de la Elizabeth Taylor AIDS Foundation.

Quinn Tivey: Heredero de la Belleza y el Legado

Quinn Tivey, nieto de Elizabeth Taylor e hijo de Liza Todd, ha heredado su famosa belleza. Actualmente, defiende el legado familiar como embajador de la Fundación de SIDA Elizabeth Taylor, continuando el trabajo de caridad iniciado por su abuela.

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Tivey recuerda a su abuela con cariño: "Siempre la conocí como abuela. Ella era la mujer con la que podía acostarme en la cama para charlar y ver películas. No la experimentamos como una estrella de cine".

La Fundación Elizabeth Taylor AIDS Foundation

La Fundación Elizabeth Taylor AIDS Foundation (ETAF) es una organización que aborda el problema del VIH/SIDA de raíz. Elizabeth Taylor se involucró profundamente en esta causa, mostrando una fuerza sobrehumana en su dedicación.

El Legado de Elizabeth Taylor

Elizabeth Taylor falleció en 2011, pero su legado perdura en el mundo del cine, la televisión y el activismo. Su trabajo continúa inspirando a nuevas generaciones a luchar por un mundo mejor.

Además de su impacto en el cine y el activismo, Elizabeth Taylor también influyó en la vida de otras figuras destacadas, como Aileen Getty, a quien apoyó durante sus luchas personales y su diagnóstico de VIH. Getty, a su vez, ha seguido el ejemplo de Taylor dedicándose a la filantropía y al activismo climático.

La vida de Elizabeth Taylor estuvo llena de glamour, amor y tragedia, pero su legado de compasión y dedicación a los demás sigue vivo a través de sus hijos, nietos y la fundación que lleva su nombre.

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Mientras que la actriz Elizabeth Taylor cosechaba éxitos en el cine y se casaba y se divorciaba como quien va a comprar el pan, una tocaya de nombre y apellido escribía. Aunque tuvo que vivir con la incomodidad de ser la otra, se labró una buena carrera con más de una decena de novelas y relatos con los que logró ser una de las escritoras británicas más admiradas de su generación. Sus títulos, escritos entre 1945 y 1972, se han publicado traducidos en España gracias a diferentes editoriales a lo largo de las últimas décadas. El más reciente que ha llegado a nuestras librerías es Prohibido morir aquí -también el último que sacó en vida, en 1971- de manos de Libros del Asteroide, con traducción de Ernesto Montequin. El libro se adaptó al cine -de alguna manera, la Taylor escritora también tuvo su propio lugar en la gran pantalla- en 2005, de la mano del director Dan Ireland. Rupert Friend y Joan Plowright dieron vida a los protagonistas, la señora Palfrey y su improbable amigo Ludo, una viuda y un aspirante a escritor muerto de hambre que encuentran en el otro la compañía que necesitan. La protagonista se ha mudado al hotel Claremont (una especie de paso previo a la residencia de ancianos) para poder disfrutar de las oportunidades de ocio de Londres y la visita de su nieto, que trabaja en el Museo Británico. Pero ni ella tiene ganas de espectáculos ni el descendiente aparece por su alojamiento, así que cuando el destino le ofrece la posibilidad de atar lazos de amistad con un joven melenudo, la acepta. Su relación se asemeja a la de una abuela y un nieto reales, pero también a la de dos colegas que juegan a tomar el pelo a quienes les rodean. Nacida en Reading en 1912, Taylor era una excelente observadora. Ella aún estaba lejos de ser vieja cuando escribió la novela, pero supo ponerse en la piel de un grupo de personas de la tercera edad para contar una realidad compartida: el peso de la soledad que no escogieron y el sentimiento de ser cada vez menos capaces de vivir en una sociedad que les infantiliza. «Ser viejo era un trabajo duro. Era como ser bebé, pero a la inversa. Un niño pequeño aprende algo nuevo cada día; un anciano olvida algo cada día», dice la escritora en el texto, con compasión pero sin condescendencia. La ironía sutil es uno de sus rasgos distintivos y la aleja de cualquier atisbo de cursilería. Luis Solano, fundador y director de Libros del Asteroide, considera que la autora «es una impecable observadora de la vida cotidiana y de las sutilezas de la realidad femenina. Hay algo en su mirada que la hace especialmente moderna, en sus libros no hay grandes crisis, pero sí una percepción muy aguda del devenir de los días, así como un sentido del humor y una ternura hacia sus personajes que los lectores aprecian mucho». Con esta novela quedó finalista del Premio Booker, el único reconocimiento notable que obtuvo además del Whitebread-Prize, pero que se le concedió de manera póstuma en 1976 (murió en 1975 en Buckinghamshire). Aunque puede que sea su título más importante, llevaba tres décadas descatalogado en España. «Es un caso curioso, porque es una autora con obra en distintos sellos y recuperaciones recientes de varios libros suyos, pero no de este. Llevábamos años detrás de ese libro, pero nos costó un poco más conseguir que nos vendieran los derechos», explica Solano. De pluma afilada Taylor forma parte de una generación de escritoras británicas que analizaron con finura la sociedad del tiempo que les tocó vivir. Una de las más famosas es Muriel Spark (Bruntsfield, 1918-Florencia, 2006), una escocesa intrépida que tuvo una vida digna de película y escribió algunas de las novelas más divertidas de su tiempo. Su educación transcurrió en la escuela James Gillespie, solo para niñas, donde se le encendió la pasión por la literatura gracias a una profesora llamada Miss Christine Kay, en la que años después se inspiró para componer a la protagonista de La plenitud de la señorita Brodie (1961). Tras trabajar de secretaria y profesora, en 1937 aceptó la proposición de matrimonio de Sidney Oswald Spark, lo que creyó que sería una vía de escape hacia la libertad. Se mudó a Rodesia con su esposo y tuvo un hijo llamado Robin. Pero Sidney tenía problemas mentales y la vida se convirtió en una montaña rusa de contratiempos que le hicieron plantearse saltar a las cataratas Victoria y acabar con todo. Sin embargo, lista como era, optó por separarse y perseguir su objetivo de ser una autora de éxito. Metió a su hijo en un internado mientras arreglaba todo el lío del divorcio, que no fue fácil y menos con la Segunda Guerra Mundial en marcha. Tardó dos años en salir de África, pero finalmente logró volver a Londres donde trabajó en una radio del Ministerio de Exteriores británico centrada en el contraespionaje. Perversa pero divertida Trabajadora incansable, publicó su primera novela The Comforters (1957) gracias a la ayuda económica de amigos como Graham Greene. Tenía 39 años y un problema de adicción a la dextroanfetamina, un fármaco depresor del apetito (el Ozempic del siglo pasado) que le causaba alucinaciones. De ahí su compulsión por archivar documentos para constatar que los hechos habían ocurrido y no eran producto de sus delirios. Ahora parte de esa ingente recopilación está en la Biblioteca Nacional de Escocia y otra en novelas de tintes autobiográficos como La entrometida (1981). Como escribió Rachel Cusk en The New Yorker, Spark coló muchos detalles de su vida en sus textos aunque «por lo general, le gustaba mantener su mundo ficticio y a las personas que lo habitan a mayor distancia, para poder infligirles violencia». Blackie Books tiene ese título en su catálogo junto a El esplendor de la señorita Jean Brodie. Su editora Rebeca G. Izquierdo afirma que «no concebimos un mundo en el que Muriel no esté en los estantes de una librería. La literatura universal estaría huérfana sin ella: suyas son algunas de las novelas más perversas y sin embargo divertidas de las letras contemporáneas, y algunos de los personajes femeninos más complejos y enigmáticos». Su obra alcanzó más de 20 novelas y otros tantos títulos divididos en obras de teatro, biografías -algunas muy aplaudidas como la de Mary Shelley-, relatos y a saber cuántos artículos y reseñas en medios. Terminó su vida retirada en la Toscana, en la casa de la escultora Penelope Jardine, primero secretaria y después albacea de todo su trabajo.

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