El Sonajero de la Guerra Civil: Una Historia de Memoria Recuperada
En agosto de 2011, un equipo de arqueólogos se topó con un sonajero dentro de una fosa de la Guerra Civil. Era un juguete rosa y amarillo chillón, con forma de flor, que estaba junto a un cadáver rociado con cal viva y enterrado sin ataúd.
El sonajero fue llevado al etnógrafo Fermín Leizaola, quien cortó un pedazo del plástico y lo acercó a una llama, en la que prendió rápidamente dejando un “característico olor a alcanfor”. Eso probaba que era de celuloide, un plástico desarrollado en 1870 muy usado en objetos cotidianos hasta los años setenta del siglo XX. El juguete podía ser de la época.
Un Objeto, Una Familia, Una Historia
Este objeto y la historia que hay detrás de él ha servido para que toda una familia recupere la memoria de unos hechos que habían estado enterrados hasta ahora.
Los registros del cementerio viejo de Palencia indicaban que el cadáver era de Catalina Muñoz Arranz, de 37 años y natural de Cevico de la Torre, un pueblo a 30 kilómetros de la capital palentina. Tenía cuatro hijos cuando la mataron.
Aquel bebé es hoy un hombre de 83 años que vive en una casa humilde de la calle principal de Cevico de la Torre, con unos 400 habitantes. Habla poco, tiene la mirada fija y unas manos muy anchas de toda una vida trabajando, pues empezó a los ocho años.
Lea también: El sonajero y su impacto en las habilidades del bebé
“Fui pastorcillo y luego trabajé en el campo. Nunca fui a la escuela”, explica en la cocina de su casa, donde vive con su mujer y con su hija Martina, de 56 años.
“De mi madre no recuerdo nada», dice Martín de la Torre Muñoz. «No sé ni qué cara tenía, porque no tenemos ninguna foto suya, esa es la pena”, confiesa.
Tras la muerte de su madre, a Martín le crió una tía en Cevico. Su padre, Tomás de la Torre, estaba en la cárcel acusado del asesinato de un falangista en una reyerta que sucedió en el pueblo el 3 de mayo de 1936. Le condenaron a 17 años. Su mujer corrió peor suerte.
El Juicio y la Ejecución de Catalina
La detuvieron el 24 de agosto, algo más de un mes después del golpe de Estado impulsado por Franco, que triunfó en Palencia.
Catalina no sabía leer ni escribir, pero sí firmar, según el sumario de su juicio, que se conserva en el archivo militar de Ferrol. Es fichada como una mujer de 1,51, morena, de pelo y ojos negros, de apodo Pitilina.
Lea también: Guía completa sobre sonajeros para bebés
A pesar de la falta de pruebas, el tribunal la condenó por rebelión militar con la pena máxima. Murió el 22 de septiembre a las «cinco y treinta horas del día […] por heridas producidas por arma de fuego de pequeño proyectil en cráneo y pecho”, según el detallado sumario, que coincide casi a la perfección con el análisis osteológico que hicieron los antropólogos en 2011 tras desenterrar su cadáver.
Recuerdos Familiares
Unos pocos metros más abajo de la casa de Martín está la única familiar que recuerda a Catalina: Lucía, su hija y hermana de Martín. Ella tiene ahora 94 años, la memoria algo frágil y las mismas manos anchas que su hermano.
En una sala de visitas de la residencia de ancianos de Cevico donde vive Lucía recuerda el día que detuvieron a su madre. “Salió de casa corriendo con el niño y se cayó en la trasera de una casa y fueron a cogerla. Al niño no le pasó nada. Ella gastaba un delantal de medio cuerpo y pico negro para taparse. Es lo único que llevaba cuando salió de casa”, relata.
Aunque no recuerda el sonajero, Lucía dice que es probable que su madre lo llevase en el bolsillo de ese mandil. «Tenía mucho genio, en eso me parezco a ella. Si le decían algo… Jesús. Y por eso la mataron. Desde hace unas semanas no paro de llorar acordándome», lamenta con los ojos humedecidos y la mirada perdida.
Lucía tenía 11 años cuando fusilaron a su madre.
Lea también: Playgro Caballo: Un juguete ideal para tu bebé
“De entre el centenar aproximadamente de mujeres asesinadas en los primeros meses de la guerra en la provincia de Palencia, Catalina Muñoz es la única que fue juzgada y condenada a muerte, al resto las pasearon”, resalta Pablo García-Colmenares, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Palencia (ARMH).
El Legado y la Recuperación de la Memoria
Cuando el padre de Martín salió de la cárcel, se fue a trabajar a Bilbao. Muchos años después, ya jubilado, volvió a Cevico y vivió allí los últimos ocho años de su vida.
Martín no sabía que a su madre la habían enterrado sola en Palencia y ahora ha visto por primera vez la foto del juguete que se llevó a la tumba.
Al no haber reclamado nadie los restos y las pertenencias de Catalina, fueron enterrados en el cementerio nuevo de Palencia junto a otras víctimas de la represión, pero en una caja separada.
Martina ha acudido por primera vez a Palencia a ver el monolito de La Carcavilla que recuerda a las víctimas, donde figura el nombre de su abuela, ha comprado el libro sobre las víctimas de la Guerra Civil de Colmenares y quiere hacer una urna para guardar el sonajero para que sus hijos y nietos conozcan la historia.
«Al ver el nombre de Catalina grabado en el monolito he sentido una sensación de vacío muy rara, pero por otro lado estoy muy contenta de poder recuperar a mi abuela y llevarla junto a mi abuelo. Yo creo que él no fue el culpable de lo que le pasó a mi abuela, como se pensaba, sino que fue él quien se entregó para cubrirla a ella, fue un gesto de amor», explica Martina.
El Valor de los Objetos en el Estudio de la Guerra Civil
Los objetos como el sonajero de Catalina son pequeños tesoros para los arqueólogos contemporáneos, que aplican métodos científicos a la recuperación y estudio de materiales de episodios de la historia reciente.
En ocasiones, emblemas militares o alianzas de boda son claves para identificar a algunas víctimas. “Los objetos personales que se recuperan junto a los cuerpos permiten un acercamiento a la cotidianidad de las personas represaliadas”, explica García-Rubio en Mujeres en la Guerra Civil y la posguerra. Memoria y Educación (Audema).
“Un lápiz, unas gafas, un reloj, un peine, un recorte de periódico con el resultado del Tour de Francia de ese año 1936, son pequeños fogonazos de la vida de cada uno reflejada en lo que llevaban en los bolsillos en el momento en que fueron detenidos.
Esta alianza recuperada en la fosa Andaya permitió identificar el cadáver de Tomás Requejo, que era segundo teniente de alcalde de Aranda del Duero y fue asesinado en verano de 1936.
En otros casos los objetos aportan una visión diferente a episodios de la historia reciente, explica Alfredo González-Ruibal, arqueólogo del CSIC que lleva años excavando trincheras y campos de concentración de la Guerra Civil, de la que ha recuperado decenas de miles de objetos que son catalogados y archivados y que, a su manera, resumen la contienda.
Hay medallas, crucifijos, botes de perfume, zapatos de tacón, además de kilos de metralla y munición.
Este crucifijo lo perdió algún soldado carlista o falangista en una trinchera de Belchite entre finales de agosto y principios de septiembre de 1937. Fue una ofensiva republicana que fracasó pero se cobró muchas vidas, sobre todo del bando franquista, que resistieron de forma tenaz.
"Esto nos habla muy bien de cómo fue la guerra y de la ideas de los carlistas, de la conexión entre violencia y religión, de que estaban dispuestos a morir y matar por sus ideas", señala Alfredo González-Ruibal. También portaban detentes, unas medallas-amuleto que enganchaban a los uniformes para 'defenderse' de las balas.
Esta botella de Jerez, con el escudo de Pedro Domecq -quien tenía un hijo luchando a las órdenes de Franco-, fue hallada junto a 22 cadáveres en una fosa común aledaña al campo de concentración de Castuera (Badajoz).
"Los restos arqueológicos muestran que fueron asesinados por milicias derechistas locales que iban con una lista al campo y se los llevaban, porque no son balas reglamentarias, sino que tienen cuatro calibres distintos", señala el arqueólogo del CSIC.
Los milicianos, probablemente, actuaran borrachos, fusilasen a los prisioneros y arrojasen la botella de Jerez, que tenía más graduación que el vino, a la fosa.
Un escenario de la "batalla olvidada" de la Guerra Civil fue el lugar de la Enebrá Socarrá (Abánades, Guadalajara), en la primavera de 1938. Un grupo de republicanos muy jóvenes se había parapetado en un caserío. Los sublevados decidieron terminar con esta resistencia por la vía rápida: con fuego de tanques y artillería.
La metralla -trozos de metal que pueden tener más de un palmo de largo y con un montón de aristas, que cercenan la carne humana al lanzarlos al rojo vivo- alcanzó a uno de los soldados en el cuello. Era un fragmento de 25cm hallado con el cadáver. "Es el alimento de las guerras contemporáneas, el gran asesino", dice González-Ruibal.
Estas espoletas fueron halladas en el Cerro Garabitas, en la Casa de Campo, donde estaban situadas las baterías de artillería de Franco que bombardeaban Madrid. González-Ruibal y su equipo han documentado las posiciones de estas fortificaciones gracias a las espoletas y otros elementos encontrados en las inmediaciones.
Perteneció a una mujer que fue asesinada por los sublevados que tomaron la localidad de Fregenal de la Sierra (Badajoz). "Nos habla del tipo de violencia que se desarrolló sobre todo en el sur de España y que sufrieron las mujeres. Llevar tacón era una forma de rebeldía, una afirmación de identidad y política, que a la larga resultó letal para muchas", señala el arqueólogo. También se han hallado restos de otras señoras que fueron víctimas de los republicanos, como en Camuñas (Toledo).
En la batalla de Belchite (verano de 1937), las trincheras estaban separadas por apenas 30 metros. En esa tierra de nadie se amontonaron los cadáveres que se habían registrado durante una ofensiva franquista. Había 40ºC a la sombra y el lugar era un paraje tórrido.
En las excavaciones en esa zona, además de trozos de granadas y balas, se halló el fragmento de un frasco de colonia masculino. ¿Por qué un soldado republicano llevaba al frente, entre sus escasas pertenencias, una botellita de perfume?
"El combate se prolongó durante 15 días y la colonia, probablemente, era para evitar el olor de los cuerpos humanos que se pudrían bajo el sol; hay testimonios que dicen que se necesitaron máscaras para recoger los cadáveres", señala González-Ruibal.
En una exhumación realizada en el cementerio de la Carcavilla (Palencia) por Almudena García Rubio, se halló un sonajero de plástico y de colores al lado del cadáver de una mujer. "Estaba tan nuevo que no parecía de la Guerra Civil", dice González-Ruibal.
Resultó ser el cuerpo de Catalina Muñoz, fusilada en septiembre de 1936 por ser esposa de un dirigente republicano y participar en la muerte de un falangista. Tenía varios hijos en el momento de su ejecución, uno de ellos de ocho meses. Y al paredón se llevó, en el bolsillo del mandil, su sonajero.
Martín, de 83 años, recibirá este sábado el sonajero que la guerra le arrebató cuando era un bebé acompañado por su hermana Lucía, diez años mayor que él y que tenía once cuando se llevaron a su madre. Antes habían comenzado a perder a su padre, Tomás de la Torre, con el que recuperarían el contacto años después de la guerra.
Gijón era zona leal al Gobierno al comienzo de la guerra, por lo que Tomás nunca fue entregado a los facciosos, que, en represalia, optaron por acabar con Catalina en un episodio de pena de muerte consorte, los crímenes "por sustitución" que el historiador Antonio Peiró ha documentado en su libro "Eva en los infiernos".
"A Catalina la fusilaron por venganza de su marido", explica José Luis Posadas, presidente de la ARMH de Palencia, que reclama el acceso a los archivos de la Guardia Civil y el ejército para "saber qué pasó ahí. Sabemos que su historia está escrita, que se puede documentar, porque en aquel tiempo nadie dejaba entrar o salir a nadie de un edificio oficial sin registrarlo".
Catalina fue fusilada el 22 de septiembre. Tenía 37 años.
Tras matarla, su cadáver fue arrojado a una fosa del antiguo cementerio de Palencia, sobre el que años más tarde el ayuntamiento levantaría el parque infantil de La Carcavilla. Alguien había decidido que los niños debían columpiarse sobre los cadáveres de varios cientos de republicanos represaliados.
Allí fue localizado hace ocho años el cadáver, con las suelas azules de sus alpargatas prácticamente intactas y con un objeto de plástico junto a él que inmediatamente llamó la atención de los arqueólogos que llevaban a cabo la excavación, impulsada por ARMH. Era el sonajero de Martín, que este sábado, casi 83 años después, volverá a tener en sus manos.
"Nunca habíamos visto algo así", explica Almudena García Rubio, arqueóloga y antropóloga de la Sociedad de Ciencias Aranzadi que dirigió los trabajos y que también estará en el acto en Palencia. Y no será porque en las exhumaciones no aparezcan con relativa frecuencia objetos reveladores de la vida de sus portadores.
El celuloide con el que fue fabricado había resistido tres cuartos de siglo bajo tierra.
De las 90 mujeres asesinadas en la guerra civil en Palencia, solo sobre Catalina pesaba una condena formal. "Simboliza a las demás mujeres, a todas las que sufrieron la represión, tanto las que murieron y pasaron por la cárcel como las viudas , las madres y las huérfanas de los hombres que perdieron la vida", anota.
ARMH estima que en la zona había medio millar de cadáveres de fusilados, de asesinados en sacas y de muertos localizados en cunetas. Localizaron 122, de los que quedan, en un panteón cedido por el ayuntamiento, 68 por identificar. "Sabemos sus nombres, pero estamos pendientes de las pruebas de ADN", indica Posadas.
tags: #sonajero #guerra #civil #historia