Tienes Que Nacer de Nuevo: Un Llamado a la Transformación
Os presento esta carta pastoral con el deseo de que pueda contribuir a considerar nuestra relación con Dios, que no deja de buscarnos, para que nos dejemos encontrar por Él y podamos experimentar el estilo de vida que nos hace verdaderamente humanos, testigos de su amor.
Retomando una tradición que arranca en el Antiguo Testamento se ha querido en este año 2025 volver a tomar conciencia de cómo estamos viviendo la relación con Dios, el trato con el prójimo, con nosotros mismos, con lo que se posee y con el resto de la creación, lo que contribuye, si la relación es auténtica, a que el ser humano pueda crecer integralmente en su paso por este mundo.
Son evocadoras estas palabras, que hablan de la posibilidad de volver a empezar (SNC 10), a restituir lo que el tiempo y las decisiones, muchas veces equivocadas, han provocado en los vínculos que nos construyen, como hemos señalado antes, nuestro trato con Dios, con los demás, con uno mismo y con lo que se encuentra a nuestro alrededor. Esta hermosa tradición de la Iglesia desde hace siglos de pararse a contemplar lo que va provocando el paso del tiempo y a actuar en consecuencia para no dejarse llevar por inercias inadecuadas, tiene a la misericordia como hilo conductor de sus acciones.
El Encuentro con Nicodemo: Una Invitación a Nacer de Nuevo
Por eso, nos hemos fijado en unas palabras del encuentro de Jesús con Nicodemo (cf. Jn 3 1-22), un famoso fariseo, miembro del Sanedrín, el tribunal que interpretaba la ley de Dios, según el pueblo judío. Nacer de nuevo es la expresión que hemos querido señalar como continuación del Año Jubilar porque muestra el deseo de Dios para todos, una novedad siempre posible, obra de la gracia y no mero empeño que escapa a nuestras posibilidades pero que grita en nuestro interior como una exigencia de nuestro ser más profundo. Dios sale al paso de nuestra limitación ofreciéndonos lo que es posible para Él, e imposible para nosotros (cf.
Como Nicodemo, quizá nos acercamos al Señor con muchas cautelas, las que cada uno presenta según su propia experiencia. ¿Cuáles son nuestras reticencias para acercarnos a Dios? Puede que las tengamos más al alcance de la mano, que sean más inmediatas o estén menos visibles a nuestro entender, o que se hayan ido posando con el tiempo, más por dejadez que por una determinación concreta.
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El diálogo entre Jesús y Nicodemo podría ser nuestro diálogo con cualquier persona que se relacionara con nosotros, por una cuestión de fe, o por cualquier otro motivo. De fondo partimos de una certeza: Jesús, el fundador de la Iglesia (no es, entonces, un proyecto humano) ha querido identificarse para siempre con ella, y, por tanto, es ésta la que permite el acceso seguro a su persona, para que su figura no quede desdibujada por modas o acercamientos parciales que quisieran apropiárselo.
Como Nicodemo, buscamos su sentido cuando vemos que lo que se nos ofrece es auténtico, que suscita en nosotros unas expectativas que deseamos que se cumplan en nuestra existencia. Necesitamos la determinación del fariseo amigo de Jesús y acudir a él con confianza y desahogar ante él nuestro corazón porque él se interesa por nosotros (cf.
Nacer implica dejar atrás, una renuncia, y, al mismo tiempo, un acto de confianza, una forma de entender la vida que tiene sus nuevas etapas, y, por tanto, sus nuevos nacimientos, en los que se vuelve a repetir la doble maniobra del dejar y del seguir, la elección que siempre nos acompaña a los que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, en los que la libertad siempre está cuestionada, aunque para el creyente, iluminada por la fe, y animada por la esperanza que no defrauda, volviendo a emplear la afirmación de S.
En cualquier caso, todo comienza con la experiencia personal de un encuentro con Cristo, como el que hemos escogido para nuestro comentario. De la constancia en nuestro trato personal con el Señor se van a dar el resto de dedicaciones posteriores y habremos dado con la fórmula de diálogo íntimo con Jesús para descubrir los tesoros que tiene preparados para cada uno. Estas conversaciones a solas con quien sabemos que nos ama, que diría Sta.
Jesús nos ha dejado varios de estos encuentros personales en los que los personajes que han intervenido se han visto descubiertos, acogidos, transformados y enviados a mostrar a otros lo que con ellos ha sucedido, para repetir de nuevo el ciclo de salvación que quiere difundirse y llegar a cuantos más mejor, según el plan de Dios. Seguro que recordamos, por ejemplo, la conversación con la mujer samaritana (cf. Jn 4, 5-42), y el diálogo con Zaqueo (cf.
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El Agua y el Espíritu: Elementos Esenciales del Nuevo Nacimiento
Junto con el lema que nos ocupa, hemos querido resaltar con una imagen otra de las palabras de Jesús en su diálogo con Nicodemo: el que no nazca del agua y del espíritu no puede ver el Reino de Dios (Jn 3, 5). Con esta afirmación se nos está mostrando cómo el crecimiento y el destino feliz de nuestra vida es pura gracia, pero necesita también de la aceptación libre de la persona que ha de acoger la propuesta de Dios. Se une nuestro presente histórico con la meta definitiva de nuestra existencia.
El bautismo, al que hace referencia Jesús en sus palabras, es la puerta de entrada al encuentro con el Señor, a injertarnos en su misericordia, en su plan de salvación. Al quedar incorporados a Cristo, el Sol que nace de lo alto, quedamos orientados, es decir, mirando al Oriente, lugar del nacimiento del Sol. Nuestra vida, por tanto, como hemos indicado, está orientada, tiene un sentido.
Nuestros mártires calagurritanos, como todos a lo largo de la historia de la Iglesia, nos anuncian a todas las generaciones de cristianos que no todo es compatible con la fe, ya sea que se niegue a Dios o se denigre la dignidad humana. El criterio último de discernimiento sigue en vigor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (cf.
La Reconciliación y la Eucaristía: Caminos de Renovación
Lo mismo ocurre con el sacramento de la Reconciliación. ¿Acaso no vuelve a nacer quien ha reconocido su pecado, lo verbaliza con humildad al confesor, recupera con la absolución la amistad perdida con el Señor, y se esfuerza con la gracia en mantener la fidelidad que Dios reclama para nuestra felicidad?
Qué decir de la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana (Lumen Gentium 11). Cabría preguntarse si la vivimos así. Debemos insistir en la Diócesis en cuidar la liturgia, sus gestos, palabras, cantos, etc., para que podamos celebrar con gozo lo que la Iglesia quiere transmitir, lejos de toda arbitrariedad ajena al sentir eclesial.
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Signos Visibles de una Realidad Invisible
Si bien es verdad que los sacramentos son signos visibles de una realidad invisible que transmiten la gracia de Dios, nuestra actividad eclesial debe contar con otros signos que todos entiendan y que ayuden a reconocer que Dios está en medio de nosotros a través de esas acciones directas, de tal manera que, si no las pudiéramos encontrar, nuestro mensaje de esperanza quedaría puesto en entredicho. Es la consecuencia natural del seguimiento de Jesús, que se muestra en los ámbitos de la caridad, de la cultura, del compromiso social, etc.
No podemos predicar nacer de nuevo, sin todas las implicaciones que tiene secundar las palabras de Jesús. De ahí la importancia de la convocatoria que todos los años hacemos en el Paseo del Espolón de Logroño, este año, Dm, el sábado 21 de marzo, fecha próxima al día 25, Solemnidad de la Anunciación, porque para nacer de nuevo primero hay que nacer, aunque bien sabemos que los que no han llegado a nacer ya han nacido a la vida verdadera, lo cual no nos exime de seguir reclamando justicia para los más débiles e indefensos.
El Significado de Nacer de Nuevo
Nacer de nuevo es que Dios le da a los pecadores nueva vida en Jesús. Naciste la primera vez como un bebé. aunque eras un hermoso bebé, la Biblia dice que eras pecador.
Nacer de nuevo es algo que tu no puedes hacer que suceda. La primera vez naciste porque tu lo decidiste? No! tampoco puedes nacer de nuevo por ti mismo (Juan 1:13; Santiago 1:18). Él nos da nueva vida a través de Jesús.
Sí has nacido de nuevo eres una nueva persona de adentro hacia afuera (2 Corintios 5:17). Seguirás peleando para no pecar después de que has nacido de nuevo. Pero sí has nacido de nuevo, te arrepentirás de tus pecados y seguirás confiando en Jesús.
Sin él, el pecado y la muerte han sido vencidos. Es el comienzo de una nueva Creación. Es un nuevo comienzo de todo. Y acogemos con gusto la Gracia de Dios, porque viene en muchos sentidos a reforzar nuestra manera de vivir y a darnos consuelo y energía extra que necesitamos, porque la vida es muy cansada y porque la vida tiene muchas fatigas y contratiempos, y luego porque nos da ciertamente la esperanza de la vida eterna.
Pero aquí el Señor dice algo muy tremendo: que hay que nacer de nuevo. Es decir, que es una vida completamente nueva. Que ser cristiano es como un nuevo nacimiento. Eso, evidentemente, no está en nuestras manos. Eso es fruto del Espíritu que, como dice el Señor, “el que ha nacido del Espíritu y del agua”, es decir, del don del Espíritu que se realiza en el Bautismo, pero que se hace consciente luego en la vida mediante los signos que podemos percibir en ella, de cómo la vida de la Iglesia fecunda la vida humana y la hace nueva y grande, y hermosa… pues, uno comprende que sí, que es posible nacer de nuevo.
Es necesario tener una mirada nueva, un corazón nuevo, unos sentimientos nuevos, conformados a los de Cristo Jesús, una alegría nueva de cuál es el significado de qué es lo que es importante en la vida y qué es lo que realmente la hace rica, y no como un premio para nuestras buenas obras después de la muerte, sino ya en el momento presente, que es lo que la llena, porque Cristo está en nosotros, está en la realidad misma. Es la realidad misma la que ha sido transformada por la Resurrección de Jesucristo, por el triunfo de Cristo.
En la oración de la Misa de hoy, hemos pedido ser imagen de aquel que es nuestro nuevo Padre. Cuando se habla de nuestro Padre Jesús, en un sentido es muy verdadero, porque Jesús, con el don de su vida y con el don de su Espíritu, nos ha engendrado a una vida nueva. En ese sentido, es perfectamente legítimo hablar de nuestro Padre Jesús, que comparaba con nuestro padre terrenal, que no se refiere a nuestro padre o al padre de ninguno de nosotros; se refiere a nuestro padre Adán. A que nos conformemos a la imagen de Cristo. Pero ser Cristo es algo que no está en nuestra mano. Es un don del Espíritu.
Nicodemo: Un Ejemplo de Transformación
En este pasaje bíblico nos encontramos con Nicodemo. Era una persona importante en Jerusalén y seguramente pertenecía al concilio político - religioso del pueblo judío. No sabemos si Nicodemo estaba buscando un aliado en la persona de Jesús.
Nicodemo no podía avanzar con solo el hecho de reconocer señales o bien basarse en lo bueno que hacen otros, ya sean instituciones o personas. Este no era el punto. Si Jesús iba a compartir con Nicodemo el verdadero significado de su venida entonces tenía que romper sus esquemas y el marco de referencia de aquel. Nicodemo tenía que eliminar su manera de ver las cosas.
Es nacer de nuevo, “desde arriba” o “de lo alto”. Nicodemo estaba respondiendo como lo hacían las autoridades del Templo y tomó las palabras de Jesús de manera literal.
Nacer del Espíritu representa el poder divino. “El ser humano tiene que pasar por una transformación que uno mismo es incapaz de lograr y que debe venir como don de Dios. Esta fuera de nuestro poder y control”[3].
El Reino de Dios nos confronta y a su vez nos invita a todos. Nos invita a nacer de nuevo y a participar en la misión de Dios. “Nicodemo no se tenía que ver como un maestro de Israel sino como alguien herido con necesidad de curarse por el poder de Dios”[4] (Jn 3:14). Es un llamado a reconocer nuestra limitación, renunciar a nuestras pretensiones y dejar que Jesús nos salve.
La venida de Jesucristo sigue generando una crisis en el mundo de hoy. La crisis es esta: hay que definirse. El nuevo nacimiento viene de lo alto o desde arriba pero sucede aquí en la tierra. Si Nicodemo quería entrar a la vida celestial tenía que arreglar sus cuentas aquí y ahora.
Nicodemo en los tiempos que escribe Juan también podría representar “a los cristianos de trasfondo judío quienes en el tiempo de Juan querían mantener secreta su fe en Jesús, para no entrar en problemas con los demás judíos de la sinagoga. Nicodemo empezó a salir de la oscuridad para encontrarse con la luz y aparece más adelante arriesgándose a favor de Jesús (Jn 7:50-51).
Nicodemo se transformó en discípulo. Lo encontramos finalmente junto a José de Arimatea. Ellos tomaron el cuerpo de Jesús para darle sepultura (Jn 19:38-42). Esto requería valor y fue parte de un proceso que lo transformó en seguidor de Jesús. En el momento de la crucifixión vio la gloria de Dios encarnada en la persona de Jesucristo (Jn 12:32).
Su Reino es una invitación abierta para aceptar sus prioridades. ¿Qué significa creer? ¿En qué casos Jesús nos confronta? ¿Qué cosas nuevas tiene que hacer el Espíritu de Dios en nuestras propias vidas y la vida de la iglesia?
La vida consagrada es, por definición, un marco maravilloso para entender qué significa ser discípulo o discípula, pero hoy tiene un “problema intestinal grave”. Las estructuras que nacieron para ser expresividad de amor han degenerado en control; la generosidad, capacidad y gracia, imprescindibles para el servicio de liderazgo, se han reducido, en algunos casos, al antojo de algunos corazones mediocres que solo ven y viven desde el sentimiento, sin ejercicio de discernimiento, ni sueño sobrenatural. Por eso, el Espíritu Santo, que hace bien las cosas, nos habla de manera penetrante de un final de ciclo expresivo.
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