El Fenómeno del Reguetón: Un Análisis Profundo

17.11.2025

El reguetón, nacido en Panamá y asentado en Puerto Rico a finales del siglo XX, es un fruto del mestizaje. Esa mezcla, ennoblecida con sampleados de salsa, se convirtió en la banda sonora de la juventud puertorriqueña. Sin embargo, sus contenidos pronto se asociaron a los bajos fondos y a la violencia, debido a que el reguetón es muy, pero que muy machista.

Fue en 2002 cuando la senadora boricua Velda González (1933-2016) promovió un famoso proyecto de ley que iba, justamente, en favor de las buenas costumbres. Pues bien: el intento censor de González ha recibido, a lo largo del tiempo, acusaciones de todo tipo. Por su calibre, me quedaré con estas dos: de él han dicho que era reaccionario y racista.

Con otros argumentos, esta vez relativos a la delincuencia, Pedro Rosselló, gobernador de la isla desde 1993 hasta 2001, lanzó la campaña “Mano dura contra el crimen”, que volvía a describir al reguetón como el himno de los suburbios más peligrosos. En realidad, esa faceta del reguetón como diferenciador social quedó desactivada cuando, tras su entrada en Estados Unidos, pasó a formar parte de la tendencia mayoritaria (el dichoso mainstream). De esta forma, lo que había sido un ritmo suburbial, mestizo, combativo y de dudosa moralidad, se convirtió, gracias al mercadeo de las discográficas, en otro sonido más de la música latina.

Y cuidado porque, camino de su legitimación definitiva, también ha prosperado en Puerto Rico y en otros países un reguetón menos machista e igual de festivo (ahí tienen “Yo perreo sola”, de Bad Bunny). Al final, tienes que fiarte de tus gustos. Venero la música clásica. Colecciono discos de jazz y de rock progresivo. Me encanta el pop sofisticado, y también el soul y el funk. Soy omnívoro, ya lo ven.

Ahora miren a su alrededor. Observen a la chavalería que pasea por la calle. El reguetón, a veces cruzado con el trap, o en su línea más pura y underground, ya es el sonido ubicuo de esos encuentros juveniles. Para el melómano, suena como una galera de trabajos forzados, pero niños, adolescentes y adultos lo disfrutan a lo grande. O eso parece.

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Los músicos de otras épocas tenían que luchar con el desinterés del público. El reguetón se produce para un público que nace sin interés, y que considera la música una aplicación más de su celular. Suena y ya está. Como esas melodías neutras que retumban en el ascensor.

Uno puede simpatizar con el reguetón por razones festivas, o porque le trae recuerdos de su tierra. Obvio: la música pop siempre ha estado sexualizada. Supongo que lo que hoy mide el éxito de un artista ya no es un álbum adorado por los críticos, ni un disco de culto, maravillosamente producido, sino un lanzamiento que triunfa por el número de reproducciones y visualizaciones en el móvil.

El reguetón y el trap, en buena medida, complacen a consumidores sin mayores exigencias. A pesar de su carga sexual y de su agresividad poco disimulada, el reguetón se ha convertido en un estilo dominante. Como las pantallas están por todas partes, parece adecuado que el reguetón sea su anestésico predilecto. Puede que nos parezcan consumidores compulsivos, pero a la hora de disfrutar de la música, su catálogo es limitadísimo e intercambiable.

Pero el mercado musical del siglo XXI ignora la escala de grises. Maneja muy pocos dialectos. Y el reguetón, junto al pop electrónico y la música dance, ya es uno de ellos. Para entender a los habitantes del planeta reguetonero, digamos que es un lugar donde todo el mundo conoce tu nombre. Los diminutivos y las rimas de guardería inspiran confianza. Y con tres o cuatro metáforas masticables, todo suena aún más fácil (“Voy a hacerte una llave con un perreo agresivo / Y hacerte la dormilona pa’ despué’ meterte el chino / Yah / Está’ como agresiva, león como churumba / Y me gustan así como tú, adicta a la rumba”).

Claro que lo es. Pero hemos de preguntarnos, de manera seria, cómo es posible que, para muchos, comprender a los reguetoneros se parezca al reto de comunicarnos con extraterrestres. Una leyenda de la salsa, mi admirado Rubén Blades, defiende el reguetón como parte del patrimonio panameño (lo puso en marcha el rapero Edgardo Arias Franco, “el General”).

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En opinión de Residente, el rapero de Calle 13, “ahora el reguetón es pop, pop masivo. No tengo nada malo contra el reguetón y el pop, sino que simplemente no es urbano. Ambas opiniones, la de Blades y la de Residente, me llevan a otras dos certezas. Ese vacío que llena hoy el reguetón de Daddy Yankee, Zion y Lennox o Wisin y Yandel equivale al desconocimiento de un legado prodigioso y anterior ‒el de maestros de la salsa como Eddie Palmieri, Ray Barretto, Héctor Lavoe, Johnny Pacheco, Willie Colón o Celia Cruz‒.

El otro factor que lo eleva a la categoría de catástrofe es su triunfo entre un público que lo ignora casi todo sobre la gran música popular del siglo XX. Jóvenes infantilizados, gregarios, que no van a poder pronunciar palabra sobre esta herencia asombrosa.

Alain Finkielkraut nos dice: “Así pues, la barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura. A la sombra de esa gran palabra, crece la intolerancia, al mismo tiempo que el infantilismo. Cuando no es la identidad cultural la que encierra al individuo en su ámbito cultural y, bajo pena de alta traición, le rechaza el acceso a la duda, a la ironía, a la razón ‒a todo lo que podría sustraerle de la matriz colectiva‒, es la industria del ocio, esta creación de la era técnica que reduce a pacotilla las obras del espíritu (…).”

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