Dioses de la Fertilidad Masculina en la Mitología
La fertilidad humana siempre ha estado íntimamente ligada con la tierra y los frutos que ésta produce, así la palabra semen procede del vocablo latino “semen-seminis”, es decir semilla. Inicialmente y a lo largo de la antigüedad, el protagonismo en lo que a la fertilidad se refiere, lo asumió de forma casi absoluta el semen, lo que dado la influencia cultural de la época no es de extrañar.
El Semen como Origen de la Vida
Así Hipócrates (460-370 a.c.) postuló que existían dos tipos de semen, uno originado por los varones, mediante la eyaculación y otro por las mujeres que era su sangre menstrual. Para los hinduistas el dios Brahma se autoformó a partir de su propio semen y luego originó el resto de la creación. En las culturas orientales las valiosas piedras preciosas procedían de gotas de semen. En las ricas mitologías precolombinas la naturaleza es un ser vivo que contiene la energía potencial para lograr la conservación y desarrollo de todo ser vivo, existiendo una vez más una muy estrecha simbiosis entre la diosa tierra Pachamama y su esposo Pachamac, dios creador del cielo, que le otorga y premia con el poder de generar. Para los griegos la atractiva y lujuriosa diosa del amor y el sexo Afrodita, se originó a partir de la fusión de la espuma del mar con la sangre y el semen de Urano, al que Cronos despojó de sus genitales y lanzó al mar, lo facilitó la simbiosis de esos tres líquidos. El importante protagonismo seminal perduró a lo largo de varios siglos, aunque lógicamente con evidentes variaciones. Así, los grandes pensadores clásicos, Aristóteles, Hipócrates y Demócrito, le dedicaron extensos estudios a este “valioso liquido”, con muy diversas y curiosas versiones e interpretaciones (Aristóteles, 1997).
Teorías sobre la Formación del Individuo
Fue en la antigua Grecia donde surgieron 3 líneas de pensamiento para explicar las leyes del la formación y el desarrollo del nuevo individuo: el preformacionismo, la pangénesis y la epigénesis. El preformacionismo establecía que el desarrollo de un cuerpo no era más que el crecimiento de un organismo que estaba ya preformado (Leucipo de Mileto s.V BC; De rerum natura, Demócrito; Oliva y cols., 2008). Curiosamente, esta teoría resultaba coherente con las observaciones de Nicolas Hartsoeker en el siglo XVII, cuando representó un supuesto “homúnculo” dentro del espermatozoide (Hartsoeker, 1649). Estas observaciones se produjeron tras que el inquieto comerciante y aficionado investigador holandés Antonie van Leeuwenhoek descubriera la presencia de pequeñas “serpientes” en la observación de eyaculados de conejos y perros, mediante unas lentes que el mismo había diseñado (Laine, 2015). Otra de las líneas de pensamiento nacida en la antigua Grecia fue la Pangénesis, que establecía que el semen se formaba por la suma de pequeñas partículas procedentes de todas las partes del cuerpo que, circulando por la sangre, llegaban hasta el testículo, y se transmitían durante el acto sexual a la descendencia (Anaxágoras, Demócrito, y textos Hipocráticos; s.V a.c.). Esta fue la base de la hipótesis de la herencia de las características adquiridas de Lamarck (s.XIX), que posteriormente fue desplazada por la demostrada y aceptada teoría de la evolución de Darwin. Finalmente, en la antigua Grecia surgió la teoría de la epigénesis la cual establecía que los órganos del adulto no existían al principio, si no que se formaban durante el desarrollo (Aristóteles, 350 BC).
Los investigadores Jean-Louis Prevost (1790-1850) y JeanâBaptiste Dumas (1800-1884), publicaron que los responsables masculinos de la fecundación eran los espermatozoides y que por tanto éstos no eran unos simples parásitos del liquido seminal, tal como inicialmente se creyó (“Sur les animalcules spermatiques des divers animaux”, 1821). Poco después, Karl Ernst von Baer (1792- 1876) acuñó el término espermatozoide y logró identificar ovocitos en ovarios de mamíferos y de mujeres, hallazgo que publicó en “De ovi mammalium et homonis genesi” (Academia Imperial de las Ciencias de San Petersburgo, 1827). El espermatozoide es el producto resultante de un muy complejo proceso de diferenciación celular, la espermatogénesis, el cual consiste en que una célula indiferenciada, la espermatogonia, sufre una serie de importantes modificaciones genéticas, cromatínicas, bioquímicas y estructurales, que le confieren unas características muy específicas y singulares, dando lugar a la única célula del organismo capaz de desplazarse de forma autónoma. Pero para poder adquirir esta movilidad independiente, el espermatozoide una vez generado en la luz de los túbulos seminíferos, debe aún sufrir una serie de importantes modificaciones que realizará a lo largo de su tránsito por la vía seminal, especialmente por los varios metros del epidídimo, y mediante el intercambio de componentes moleculares con los fluidos de las glándulas sexuales accesorias. La distribución del contenido cromatínico del espermatozoide no se halla de forma anárquica y desordenada, si no que está perfectamente estructurada en dos dominios, uno formado por filamentos de ADN empaquetados por nucleosomas con histonas y otro constituido por unos bloques más compactos que contienen ADN empaquetado y protaminas.
El espermatozoide para poder fecundar al ovocito de forma correcta debe hiperactivarse, realizar la reacción acrosómica, penetrar al gameto femenino, decondensar sus membranas, al igual que su cromatina y poner en marcha los canales de calcio que eviten la polipenetración. Posteriormente, el genoma paterno y materno se reconocerán, se fusionaran y activarán, y no es hasta alrededor del tercer día de desarrollo, cuando el embrión ya se encuentra en estadio de 4-8 células, que se dará lugar a la activación de la transcripción del genoma embrionario. El espermatozoide dispone de un contenido proteico que parece ser crucial para poder llevar a cabo con éxito todos estos procesos. Lógicamente el espermatozoide debe aportar al ovocito un centrosoma funcional, imprescindible para reorganizar el material genético, pero también le aporta proteínas, ARNs y ADN con marcas epigenéticas que podrán transmitirse a la descendencia.
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Dioses de la Fertilidad en Diversas Culturas
Han existido variedad de figuras pertenecientes al Olimpo de los dioses relacionadas con el mundo de la fertilidad. En concreto, la diosa a la que más se le asocia este mundo es Afrodita. Representaba el culto a la madre naturaleza, a la vida y a la fertilidad, así como la exaltación del amor y los placeres carnales. La diosa, relacionada con el planeta Venus, fue venerada por los cananeos, los filisteos y los fenicios… y tuvo templos erigidos en su honor, como los de Ashkelon y Bet Shean. Con el tiempo Astarté, la diosa de la fertilidad, se tornó en diosa de la guerra y recibía cultos sanguinarios de sus devotos.
En la naturaleza humana como medio indispensable para su continuidad, estamos subordinados a los sexos, que marcan la línea vital de la reproducción. Por tanto, esta dualidad masculina/femenina tiene su representación en la religión germánica de una manera primordial. Asimismo, hemos de tener en cuenta la propia dicotomía humana en cuanto que cada persona, independientemente de su sexo, porta características masculinas y femeninas en proporciones aleatorias, y esto también se proyecta a sus Dioses. Dioses masculinos como Odín tienen su contrapartida en Diosas guerreras como Freya. Diosas femeninas como Freya tienen también su contrapartida en Dioses de la fertilidad, como Freyr. Todo se recombina para dar funcionalidad a la estructura social y anímica de un pueblo.
Tácito, en su Germania (hacia el 98 ne) nos narra la gran ceremonia de Nerthus, nombre que se suele interpretar (en forma etimológicamente correcta) como el dios nórdico Njörðr conocido por relatos y poemas; pero este es oficialmente el dios nórdico del mar, y masculino, mientras que Tácito nos habla de una diosa asociada con las aguas (interiores). ¿Una división de funciones? Sería bonito, fácil y muy patriarcal: la diosa, “más débil”, se encargaría de ríos y lagos. Pero el papel del dios masculino, en nuestras fuentes escritas, no es especialmente relevante, aunque tenemos datos suficientes para pensar que las cosas eran originalmente muy distintas (lo que sucede también con otros dioses, como Tíwaz/Týr, que debió de ser el más importante en época antigua: su nombre se relaciona con los de Zeus y Júpiter). Sin duda alguna, en la mitología del norte ciertos dioses sustituyeron en algún momento como cima del “Olimpo” a una serie de divinidades que habían ostentado el papel principal en una fase histórica anterior de los pueblos germanos.
Algunas peculiaridades de Njörðr nos pueden dar una idea de cómo pudieron suceder las cosas. En primer lugar, el dios nórdico Njörðr es masculino y Nerthus es femenina. En ambos casos la forma era originalmente *Nerþuz, de una declinación que incluye tanto sustantivos masculinos como femeninos (es decir, originalmente serían de género simplemente “humano”). La interpretación más habitual es la que quiere ver aquí una pareja de hermanos, como la formada por Freyr y Freyja (supuestamente, hijos de Njörðr). Aunque no existe absolutamente nada que lo atestigüe: ni en otros textos ni en la plástica a la que accedemos por la arqueología. Se habla también de una posible divinidad hermafrodita, pero tampoco hay ningún apoyo objetivo para tal interpretación. Lo que está claro es que Tácito nos habla de una diosa, ni hermanos (a los que se menciona en otros lugares de Germania, sin embargo), ni hermafroditismos (que no encontramos por ningún lado en el mundo germánico): Nerthus era indudablemente una diosa y además tan importante que los (supuestamente) esclavos que participaban en el ritual eran ejecutados y arrojados al agua al finalizar aquel. Es probable que algunos al menos de los numerosos cadáveres encontrados en ciénagas y turberas del norte de Europa hubieran sido sacrificados a la diosa: a Nerthus.
Min: El Dios Egipcio de la Fertilidad Masculina
Min era el dios egipcio de la fertilidad varonil. Sus tópicas imágenes, con el pene erecto, plasman de forma muy descriptiva el vínculo de Min con la capacidad procreadora masculina. Esta cualidad también hizo que se relacionara a Min en la civilización egipcia con otras muchas ideas, especialmente con el mundo agrario, adorándose como fuerza de las semillas y de la germinación, especialmente del trigo, y era igualmente protector del ganado. Esto hizo que el culto a Min, en teoría, propiciara tanto los embarazos humanos, como las buenas cosechas y la reproducción de las reses. El toro, símbolo tradicional de potencia fecundante y la propagación vital, era uno de sus símbolos asociados; pero también la lechuga, considerada afrodisíaca en el antiguo Egipto, fue uno de sus emblemas. Min representado en la Capilla Blanca de Sesostris I en el Museo al Aire Libre de Karnak, con su aspecto tradicional faraónico: pene erecto, plumas como tocado, brazo en alto, cetro, y, tras él, una plantación de sus predilectas lechugas.
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Se sabe que en Egipto a Min se le adoró desde muy antiguo, ya hacia el 3300 a. C., en la ciudad de Coptos, se realizaron esculturas que muestran a este dios (actualmente conservadas en el Ashmolean Museum). La representación muestra a una figura con pene erecto y dos largas plumas en la cabeza como corona, que son distintivos propios de Min. No muestra un brazo en alto, que es gesto característico en el dios faraónico, aunque carece de uno de ellos. Pero es interesante que se le presente como un pastor que cuida de una res que amarrada con una cuerda, por eso algunos investigadores le identifican como “dios protector de vacas”. En realidad estas representaciones de pastores cuidando de animales, que lucen además largas plumas como ornamento en la cabeza, no son raras entre los petroglifos en el desierto considerados propios del predinástico, pero no se dan en la iconografía posterior del dios. Aunque la verdadera excepcionalidad radica en la semejanza de este petroglifo con la iconografía que durante miles de años identificó a Min, y si esta imagen es realmente de una cronología remota, podrían estar ya aquí mostrándose algunos atributos propios de la estética del dios y también algunas de sus atribuciones simbólicas.
En el antiguo Egipto, la fertilidad y la procreación eran fundamentales para la supervivencia y el desarrollo de la civilización. La adoración a Min, como dios de la fertilidad, tenía un carácter eminentemente popular y su culto era practicado tanto por la élite como por las clases más bajas de la sociedad. Min también tenía un papel clave en las ceremonias relacionadas con la agricultura. La fiesta del “levantamiento del brazo de Min” se celebraba al comienzo de la temporada de cosecha, como un rito propiciatorio para asegurar una abundante producción agrícola. Dada la importancia de Min en la vida cotidiana de los antiguos egipcios, no es sorprendente que existieran varios templos y centros de culto en su honor. El templo de Min en Coptos se erigió en una posición estratégica, cerca de la intersección entre el río Nilo y la ruta comercial que conectaba el Alto y el Bajo Egipto. Este centro religioso adquirió gran importancia durante el Reino Medio y el Reino Nuevo, siendo objeto de ampliaciones y mejoras por parte de diversos faraones.
Las representaciones de Min pueden encontrarse en diversas manifestaciones del arte egipcio, desde relieves y estelas hasta esculturas y pinturas murales. Además, en el contexto funerario, Min aparece en varios textos y representaciones iconográficas en las tumbas, como en el Libro de los Muertos. A lo largo de la historia egipcia, Min fue objeto de sincretismo con otras divinidades, lo que refleja la adaptabilidad y evolución de las creencias religiosas en la antigua civilización del Nilo. También es importante mencionar la relación entre Min y la divinidad lunar Khonsu, pues en ciertos aspectos, ambos compartían características similares, como su representación con un brazo alzado sosteniendo un flagelo.
Príapo: El Protector de Jardines y la Fertilidad Masculina
Príapo, el dios de la fertilidad masculina y la procreación, protegía jardines, viñedos y campos cultivados con su presencia fálica exagerada. Hijo de Afrodita y Dioniso (según la versión más extendida), nació con una deformidad que Hera había causado por celos hacia su madre. A pesar de su apariencia grotesca, Príapo se convirtió en una divinidad fundamental para la agricultura y la protección de propiedades rurales, siendo especialmente venerado por agricultores y jardineros.
Como guardián de huertos y jardines, Príapo ahuyentaba tanto a ladrones humanos como a plagas que amenazaban las cosechas. Su figura se erigía en forma de hermes (estatuas con cabeza y torso sobre pilares) en las entradas de propiedades rurales, sirviendo como advertencia divina contra intrusos. También presidía la fertilidad animal, la reproducción de rebaños y la abundancia de frutos. Por venganza, Príapo sacrificó al animal a los dioses. En otro mito, perseguía a la ninfa Vesta, pero nuevamente un asno lo delató con sus rebuznos.
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La Agricultura y la Religión: Una Simbiosis Ancestral
Desde que el hombre es hombre, ha mirado al cielo entre el temor y el agradecimiento, alabando y buscando las respuestas de aquellos que, en su origen, le proporcionaron las herramientas para desarrollarse. La relación entre agricultura y religión nace de la más absoluta necesidad. Los ciclos del cultivo o la fertilidad de las tierras eran unos acontecimientos que los hombre primitivos relacionaban con fuerzas mágicas, pues les parecían a todas luces inexplicables. ¿Cómo entender, por ejemplo, que de una pequeña semilla nace un fruto? En antropología prácticamente todo el desarrollo del ser humano se explica a través de la religión. Da igual el punto del planeta donde nos encontremos o de la sociedad que estemos hablando. Si hay agricultura, hay religión, y si hay religión, sea la que sea, seguro que hay un dios o una deidad relacionada con ella.
Saber cuándo comenzó esta simbiosis no es complicado. Los primeros agricultores, los hombres del neolítico, aprendieron a mirar al cielo y con ello cambiaron el panorama religioso de la prehistoria. Aquellos hombres deseaban ante todo que lo que habían plantado, lo que habían sembrado, creciera y diera fruto: era fundamental para su supervivencia y la de los suyos. Por eso, para ellos tierra, sol, lluvia y viento era lo más importantes. Por los vestigios encontrados, parece ser que aquellos primeros labradores adoraban al cielo bajo la forma de una divinidad que era al mismo tiempo el dios del sol y del rayo. Del mismo cielo provenía también la lluvia, y era el viento quien agitaba las nubes. Si observamos todas estas referencias, nos damos cuenta de que nuestra cultura popular sigue salpicada por algunos de estos rituales.
El culto a las deidades de la agricultura también está ligado con la fecundidad y con los roles de “masculinidad” y “feminidad”. Por eso, normalmente, se asocia la tierra con diosas o deidades femeninas, al igual que la fecundidad, estableciendo símiles entre los ciclos de la tierra y el propio ciclo de la fecundidad de la mujer. Una de las primeras religiones del mundo precisamente está relacionada con el culto a la diosa Tierra y la Diosa Madre, común en diferentes puntos del planeta y cuyo origen parece encontrarse en la cuenca del Danubio, en el sudeste europeo, donde existía un culto muy fuerte a la diosa de la fecundidad, la Magna Mater. Este culto o similar se venía dispensando también desde épocas glaciares y está unido al de la diosa oriental de la Tierra.
Los campesinos guardaban en sus cabañas pequeñas estatuas de la diosa groseramente modelada por ellos mismos (grandes pechos y pubis prominente, símbolos de la fertilidad) ya que aseguraba la fertilidad de los campos, la fecundidad del ganado y la prosperidad del hogar. Este culto se extendió por toda la cuenca del Mediterráneo encontrándose santuarios a la diosa en Malta y Gozo. La primera deidad agrícola fue la Tierra. Entre los restos encontrados de esta diosa, los más famosos son las Venus, especialmente las de Willendorf y Laussel, consideras como unos de los restos arqueológicos más importantes del Paleolítico.
Al igual que la Venus de Laussel, existe otro caso en el que la deidad que representa la agricultura no se sabe si es masculina o femenina. Se trata de Peko (Pekko), deidad de la cultura finlandesa que fue adoptado por distintas religiones escandinavas. Sin embargo, esto son casos excepcionales, pues como veremos a continuación la fertilidad suele ir asociada con diosas. Tal es el caso de Anat, una de las diosas más importantes de Mesopotamia, y considerada la madre de los dioses. Se representaba al igual que Venus paleolíticas con los pechos descubiertos. Anat parece ser el origen de casi todas las diosas que después se relacionarían tanto con la fertilidad como con el amor y su culto se extendió principalmente por Fenicia, Siria, Chipre, Palestina y finalmente Egipto.
Tradicionalmente, Osiris es el dios egipcio asociado con los difuntos, pero acorde con las creencias de aquella civilización, la muerte es sinónimo de resurrección. Por lo tanto, ante todo Osiris es el rey de la resurrección, y con ella, de una alegoría de la regeneración continua del Nilo, fundamental para la vegetación y para la agricultura. Otro dios, esta vez en la antigua China, fue el encargado de enseñar a los hombres de Asía cómo cultivar la tierra. Se trata de Shennong, también llamado “El Divino Granjero”, de cuya historia ya os hablamos en otro artículo. El dios Shennong alude a la figura real del Emperador Yan o «El emperador de los cinco granos» quien, según reza la mitología china, fue el primer agricultor de la historia.
En el caso de la mitología celta, el dios que se relaciona con la agricultura es también el de la naturaleza. Se trata de un dios sanguinario, Esus, que lejos de las imágenes tradicionales de los dioses de la fecundidad es famoso por su representación en el bloque del pilar de los Nautae, donde aparece talando un árbol con una herramienta podadora, y porque su culto estaba relacionado con los sacrificios humanos. Sabiendo que su amante está allí, la diosa Rigani vuelve a convertirse en la Madre-Tierra al bajar ella también a las entrañas de la tierra. La historia nos resulta familiar por otro mito clásico, también relacionado con la agricultura y, como en este caso, con el ciclo agrícola de la Tierra. Se trata de la historia de Ceres y Perséfone (Deméter y Proserpina, en griego).
Si nos trasladamos al otro lado del Atlántico, en las culturas precolombinas, encontramos que la mayoría de los dioses están relacionados con la naturaleza y la agricultura, y especialmente con el maíz. Es el caso del dios maya K’awil y de Xochipilli, considerado por los aztecas como el príncipe del maíz joven y de los festejos, y cuyo nombre significa “príncipe de las flores”. De ahí que se relacione con la primavera, época de festejos porque los campos florecen. Xochipilli estaba desposado con Mayáhuel, la diosa del Maguey, una planta suculenta de la que se obtiene, entre otras cosas, la dulce aguamiel. La diosa también estaba relacionada con la embriaguez.
En la mitología griega Pan era un semidiós, Fauno en la mitología Romana, hijo de Hermes y la ninfa Dryops. Considerado Dios de los pastores y rebaños, de las brisas del amanecer y del atardecer, de la fertilidad y de la sexualidad masculina desenfrenada, atribuyéndosele un gran apetito sexual y ciertos dones proféticos. Habitaba en los bosques y selvas, persiguiendo las ovejas y asustando a los hombres que penetraban en sus terrenos. Al nacer tenía sus miembros inferiores semejantes a los de una cabra, en la cabeza presentaba dos cuernos, cara arrugada y barbilla prominente, el resto del cuerpo con apariencia humana aunque cubierta de pelos. Se hacía acompañar de un bastón de pastor y tocaba un instrumento, la siringa, también conocida como Flauta de Pan. Fue abandonado desde pequeño por su apariencia monstruosa y rescatado por su padre siendo llevado al Olimpo donde fue objeto de burlas, por lo que prefirió vivir en los bosques de Arcadia rodeado de ninfas. Desde la Edad media su imagen se relaciona con la del “diablo”.
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