¿Dónde Nace la Maldad? Una Perspectiva Psicológica

25.11.2025

Muchas veces nos preguntamos si realmente existe la maldad en el ser humano. Sin embargo, más que personas malas, quizás deberíamos hablar de conductas que causan daño y sufrimiento, un tema con una larga tradición en la psicología social.

La Maldad como Enfermedad

Planteándolo así, la maldad del ser humano, en términos de enfermedad, sería necesario clasificarla dentro de las enfermedades mentales. Entonces, ¿se podría tratar en consulta de psicoterapia? Se podría si se quisiera.

Sería difícil (no imposible), que una persona que no diferencia entre el bien y el mal, acuda a consulta de psicología, planteando esto. También, sería difícil (no imposible), que alguien que detecta amenazas irreales, que le hacen defenderse con agresividad, plantease este motivo de consulta.

Pero, creo, que ésta, mi reflexión, puede ayudar sobre todo, a aquellos que realmente sufren o han sufrido a personas “malas”. Porque parte de su terapia, puede ser la de aparcar el rencor.

Estudios Clásicos sobre la Agresión y la Maldad

El estudio de conductas que causan daño y sufrimiento tiene una larga tradición en la psicología social. Destacan los experimentos de la prisión de Stanford llevados a cabo por Zimbargo, Haney y Jaffe en 1973 y el de Milgran en 1964. Ambos experimentos se circunscribían dentro del estudio de la agresión.

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A finales de la década de los ochenta surge una línea de trabajo centrada en la maldad, entendida ésta como un conjunto de conductas que causan daño severo y persistente, manifestándose en escenarios diversos.

El Experimento de Milgram

En ese mismo año, se empezó un estudio en la Universidad de Yale dirigido por Stanley Milgram, que se publicó en 1964. Incluía más de mil voluntarios, que fueron reclutados mediante la colocación de letreros en el campus universitario, solicitando voluntarios para un “experimento”.

Se les hizo una prueba psicológica previa para asegurarse de su normalidad. Cualquier tipo de rareza, fobias o traumas excluía al aspirante. Luego se les introducía a una sala en la que había una máquina que soltaba descargas de 15 a 450 voltios, y que aumentaba la potencia de 15 en 15 voltios.

Los resultados fueron distintos a los esperados: todos rebasaron los 300 voltios de descarga; 65% alcanzaron los 350 voltios; 35% llegaron a los 400 o más. De hecho, sin importar que a partir de los 300 voltios el actor ya no respondiera, muchos siguieron propinando descargas.

Las conclusiones de Milgram fueron vertidas en su libro de 1964: “Los peligros de la obediencia a la autoridad”.

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El Experimento de la Prisión de Stanford

Diez años después de eso, en 1971, Philip Zimbardo, de la Universidad de Stanford, hizo un ensayo algo similar. Él Solicitó estudiantes, y 75 se inscribieron, de los cuales se escogieron 24. Los “presos” fueron capturados por la policía normal, que no sabía que se trataba de un experimento y a la cual se le dio la información de que se trataba de personas peligrosas.

El estudio no duró las dos semanas que se tenía planeado. Ya desde el primer día hubo deserciones, reemplazos precipitados y a los 6 días, una psicóloga, a quien Zimbardo había invitado para que viera su “fantástico” experimento, en lugar de quedar impresionada, fue directo a las autoridades universitarias y éstas retiraron su permiso pues el mejor parecido a esa “cárcel” manejada por estudiantes era una en Irak manejada por soldados que estaba siendo investigada por tortura indebida a los presos.

Todos, incluyendo éste último, requirieron terapia psicológica post trauma. La frase recurrente entre los carceleros era: “Nunca creí lo malo que yo podía llegar a ser. ” ¡Y eso que ellos podían irse a su casa al terminar su turno y actuar como si nada!

La Banalidad del Mal

A partir de 1961 la periodista Hanna Arendt escribió, en el New York Times, una serie de artículos a los que nombró “La banalidad del mal.” Ella había asistido al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén.

“Uno esperaría -dice- que con la cantidad de crímenes imputados al asesino éste debería lucir como un monstruo y tener un comportamiento especialmente aberrante. Pero no era así: Eichman, en el juicio, fue revisado por seis psiquiatras y todos lo consideraron normal. Incluso como padre de familia sus relaciones eran mucho mejores que el promedio.

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El Factor D: Un Origen Común de la Maldad

Si bien la maldad no está diagnosticada como enfermedad mental, se han hallado factores de personalidad que correlacionan con ésta. En este sentido, un estudio reciente llevado a cabo por Zettler, Hilbig y Moshagen ha mostrado un origen común de la maldad llamado “Factor D”.

Y es que este Factor D se podría definir como la “auténtica maldad”, que alguien manifestaría cuando intenta maximizar su utilidad a nivel individual ignorando, aceptando e incluso provocando de manera maliciosa la inutilidad de los demás, siempre acompañado de creencias propias que le sirven como justificaciones. El estudio, publicado en la revista especializada , supone todo un avance en el estudio de los diferentes rasgos de la personalidad y sus posibles causas, siendo la primera vez que se establece un origen común o relacionado.

El estadounidense Harvey Cleckley perfiló la definición de la maldad, vista desde un punto de vista clínico, en su libro “La Máscara de la Cordura”, publicado en 1941. En él define como malas: aquellas personas con un encanto superficial, egocéntricas, con una menor reacción afectiva, un razonamiento insuficiente, que no aprenden de la experiencia, no pueden amar, son mentirosas patológicas y unas personas fantasiosas que se inventan historias; inteligentes y manipuladoras que no tienen sentido de la culpa o remordimiento y que actúan bajo unos códigos éticos propios, diferentes de los del resto de la sociedad.

La Sombra: El Lado Oscuro de la Personalidad

La sombra representa el lado oscuro de nuestra personalidad, donde se esconden los instintos más primitivos de nuestro pasado evolutivo y los aspectos rechazados por nuestra mente consciente y social. Este lado oscuro se manifiesta en nuestros miedos, frustraciones e inseguridades cuando surge la confrontación entre nuestra identificación con ciertos valores que una cultura nos ha impuesto, y ciertas actitudes y rasgos inconscientes de nuestra personalidad que el Yo consciente rechaza por no reconocerlos como propios.

La sombra personal es la parte psíquica de nuestra personalidad no asumida por nuestro consciente social predominante. Es el aspecto que consideramos negativo de nuestra personalidad que está contiguo a la conciencia y que no desaparece, se mantiene oculto y al acecho la mayor parte del tiempo, manifestándose cuando hay algún altercado molesto o situación conflictiva con los demás que genera emociones intensas.

La sombra personal se va desarrollando desde la infancia a partir de nuestras experiencias y aprendizaje social, donde vamos desechando aquellas ideas o conductas que no consideramos adecuadas, según las normas morales y el contexto cultural en el que nos hemos educado.

El Factor D y sus Componentes

Así, tras realizar un estudio con una amplia muestra de 2500 personas, los resultados fueron francamente significativos:

  1. El Maquiavelismo.
  2. La Psicopatía.
  3. El Sadismo.

Comportamientos donde no se duda en infligir dolor a los demás mediante cualquier tipo de agresión, ya sea sexual o psicológico. El factor D puede entenderse como esa personalidad oscura donde quedan integrados gran parte de estos rasgos.

Así, el hecho que más caracteriza a la maldad humana es que no solo busca en todo momento el propio beneficio sin tener en cuenta los derechos de los demás.

Factores Psicológicos y la Maldad

Para empezar, me gustaría hacer referencia al concepto de la maldad que desde el psicoanálisis estructural se refiere a “la capacidad que tiene un sujeto de ejecutar la destrucción del otro”.No obstante, la pregunta del por qué la maldad se origina de manera desproporcionada en algunos sujetos sigue flotando en el aire.

Existen diferentes teóricos de la psicología clínica que explican esta pregunta, entre ellos Donald Winnicott, quien afirma en el año de 1950 que los individuos se hacen extremadamente violentos por la falta de “holding”, una clase de sostenimiento psíquico y emocional de un infante en sus primeros de vida.

La psicopatía existe por una “insuficiencia de identificaciones profundas e inconscientes con inicialmente la primera figura parental y finalmente con las identificaciones arquetípicas con la sociedad, la cultura y la sociedad en general”. En pocas palabras, un pequeñito que no tiene una figura parental que lo cuide, le procure ternura y lo sostenga en sus momentos más difíciles no podrá introyectar amor, por lo tanto, no podrá brindar compasión ni interés por los demás.

Percibirá un mundo hostil en el que tendrá que defenderse por su cuenta y satisfacer sus necesidades de manera inmediata sin importar los medios. Se calcula que alrededor del 1% de la población a nivel mundial puede tener esta estructura patológica.

En cuanto al trastorno narcisista de la personalidad, destacan entre sus características la sobrevaloración de sí mismo, desprecio por los demás, personalidad arrogante, incapacidad de generar relaciones saludables, altanería, falta de sensibilidad, self grandioso entre otros.

Por último, el trastorno límite de personalidad o fronterizo cuyas características son de inestabilidad, difusión de la identidad, imprevisibilidad y licuefacción de las fronteras, exprime otro tipo de sufrimiento de la identidad.

¿Se Puede Evitar la Maldad?

Antes de responder, se debe enfatizar que todos los seres humanos, en menor grado quizá tenemos rasgos de psicopatía, de narcisismo o fronterizos. Sin embargo, cuando estas actitudes se convierten en patrones recurrentes y pasan a la cotidianidad es menester solicitar orientación profesional.

Considero es prioritario que los profesionales de la salud, apuntemos a hacer visible estas tres condiciones clínicas, a pesar de las dificultades y deficiencias sociales, gubernamentales y de infraestructura para el cuidado de la salud mental de nuestro país. También reflexionar sobre los factores de riesgo que pueden originarlos, para diseñar intervenciones oportunas y de prevención ajustadas a nuestros usuarios.

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