Carmen Amaya: Biografía de una Estrella Flamenca Nacida en Barcelona

16.11.2025

Carmen Amaya, una de las artistas más importantes del baile flamenco de todos los tiempos, nació el 1 de noviembre de 1913 en una barraca del Somorrostro, un barrio humilde de la Barceloneta en Barcelona. Conocida irónicamente por sus hermanos como "La Capitana", Carmen Amaya es un mito del baile.

Primeros Años y Comienzos Artísticos

Su padre fue Francisco Amaya "el Chino", un guitarrista pobre que se ganaba la vida tocando por las tabernas de su pueblo de noche y de día. Cuando tenía tan sólo cuatro años y era una gitanilla “escuchimizada y negruzca”, Carmen empezó a salir con su padre por las noches a buscarse las habichuelas. El hombre tocaba la guitarra mientras la pequeña Carmen cantaba y bailaba. Después, se dedicaban a pasar la mano, o a recoger las monedas que el público les había arrojado al suelo. Al mismo tiempo, comenzó a aparecer en algunos teatros que carecían de prestigio alguno.

“A los cuatro años la necesidad de los míos - explicó en cierta ocasión Carmen Amaya a los periodistas - me llevaba a actuar por primera vez en un cafetillo barcelonés”. Efectivamente, la infancia de Carmen fue un continuado y fatigoso itinerario por “colmados” y tabernas. Su padre, con la guitarra bajo el brazo, iba llamando a sus puertas para rasguear unas zambras que la chiquilla danzaba con fogosidad y garbo que sorprendían. Unas cuantas monedas, vuelta a actuar en otra parte, y así hasta que la madrugada empezaba a azulear el cielo. ¡Que dura fue la infancia de Carmen Amaya!

José Sampere, un avispado empresario de variedades, fue el primero que se interesó por ella y la llevó a una sala de cierta categoría, el teatro Español de Barcelona. Pero el gran inconveniente era que su corta edad no le permitía trabajar legalmente, y ello forzaba a una constante tensión, por lo que es posible que la fecha de nacimiento que oficialmente consta no correspondiera a la realidad, según investigaciones actuales sobre la artista.

Se ha dicho que la primera vez que Carmen Amaya actuó en público en un escenario fue a la edad de cuatro años, en el Español, junto a su padre. El espectáculo pertenecía a la serie de los montados por José Santpere. Algo más tarde, a favor de las ovaciones y el renombre ganados en aquella ocasión, comenzó a actuar con regularidad en los “tablaos” de “Villa Rosa” y otros del mismo sector.

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Reconocimiento y Consagración

Su nombre apareció por primera vez en letra impresa por los tiempos de la Exposición Internacional de Barcelona, en 1929, gracias a Sebastián Gash, un crítico sagaz que la vio y habló de ella en el semanario Mirador. También por aquella época la vio bailar Vicente Escudero, quien aseguró que Carmen Amaya haría una revolución en el baile flamenco, porque era la síntesis de dos grandes estilos: el de la bailaora antigua; y el estilo trepidante del bailaor en sus variaciones de pies.

En el año 1935 fue contratada por el empresario Carcellé, que la presentó en el Coliseum de Madrid. Ésta fue seguramente la auténtica consagración de Carmen a nivel nacional. También el mundo del cine se fijó en ella. Interpretó un pequeño papel en “La hija de Juan Simón”.

Con estas vicisitudes llegó el año 1929 y la primera ocasión de salir al extranjero. Tenía Carmen por entonces ocho años de edad y varios espectadores que habían percibido su genio arbitraron gestionar un contrato en París. Allá fue la niña con su Tía, “La Faraona”, y su prima hermana María. Se presentaron con el nombre de “Trío Amaya” en el Palace y la actuación fue tan afortunada que los contratos fueron prorrogándose durante un año. Ya en aquella época vino a convertirse Carmen Amaya en prisionera de su triunfo, en víctima primera y principal de su arte; los empresarios la anunciaban con tanta insistencia y el público y la crítica la acicateaban tan implacablemente a que diera hasta la última partícula de sus energías, que comenzó a padecer las primeras crisis de agotamiento y hasta tuvieron que intervenir los tribunales para que se aflojase el rigor de los contratos.

Nuestra bailarina recordaría siempre el clamor entusiástico que la acogió en el “Variedades” de Sevilla, donde inicialmente se contemplaba con algún escepticismo, la fama que había ganado en el extranjero. Terminada esta gira, la niña - tenía por entonces unos doce años- retornó a Barcelona y actuó en los locales mas célebres de la brillante y animada vida nocturna de la época.

Éxito Internacional

Cuando se produjeron los acontecimientos del 18 de julio de 1936, Carmen y los suyos se encontraban en el Teatro Zorrilla de Valladolid, trabajando en la compañía de Carcellé. Por esos momentos las cosas ya les iban bien económicamente, y habían comprado su primer coche. Tenían que ir a Lisboa para cumplir un contrato, pero el coche les fue requisado y hasta noviembre no pudieron pasar a Portugal. Tras algunos contratiempos consiguieron finalmente embarcar hacia América en un buque que tardó quince días en cruzar el Atlántico.

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Llegaron a Buenos Aires, y el triunfo de Carmen Amaya y los suyos superó todas las expectativas. Fueron para quedarse solo cuatro semanas y acabaron viviendo allí durante nueve meses, ya que cada vez que Carmen actuaba el teatro se llenaba y las entradas llegaron incluso a venderse con dos meses de antelación.

En América Carmen Amaya conoció a muchas de las personas más influyentes de su tiempo. Estuvo varias veces en Hollywood, para rodar algunas películas y las personalidades más destacadas del cine, la música o la cultura quisieron verla bailar. El músico Toscanini fue un día a verla, y declaró que nunca antes había visto a una artista con más ritmo y más fuego que ella. Improvisaba continuamente. Su compás era de acero y poseía un sentido prodigioso del ritmo, con un tempo increíblemente riguroso, que deleitaba por su perfecta exactitud en un torbellino de movimientos. Nunca nadie ha dado las vueltas como ella, con tanta rapidez como perfección.

Era el año 1936 cuando Carmen Amaya pasó a actuar en Buenos Aires requerida por el empresario del “Maravillas”. La llorada artista fue contratada al cabo de pocas semanas por el famoso “Carnegie Hall” de Nueva York, y algo después por el “Radio City”, donde daba nueve representaciones diarias. Cinco años pasó en los Estados Unidos rodeada de expectación y renombre extraordinarios. Intervino en diversas películas rodadas en Hollywood e intimó con las figuras más famosas del cine norteamericano. En cierta ocasión, dio un recital en la Casa Blanca, invitada por el presidente Roosvelt, el cual le hizo un obsequio y le dedicó las más afable atenciones. Como se comprende , estos acontecimientos, la aparición en la pantalla y la curiosidad de la prensa redundaron en que la fama de Carmen Amaya en los Estados Unidos fuera de deslumbrante fulgor.

De la estimación altísima que de ella se hizo da idea el juicio de Toscanini: “Jamás había visto en mi vida una bailarina con tanto fuego, ritmo y tan terrible y maravillosa personalidad” y Leopoldo Stokowski afirmaría: “Tiene el diablo en el cuerpo”, mientras que Charlie Chaplin apostillaba: “Es un volcán alumbrado por soberbios resplandores de música española”.

Regreso a España y Últimos Años

Hasta 1947 no volvió a España, y lo hizo convertida ya en una estrella indiscutible a nivel mundial. Sus años en América le habían servido para asentar su arte y para que su fama creciera imparable. Se contaban de ella cosas que parecen difícilmente creíbles. Y empezaron a circular en torno a su sorprendente personalidad las más peregrinas historias imaginables. Por entonces, su baile era el flamenco más bravo que había subido al teatro. Pero no destacaba únicamente por su arte, también por su personalidad fascinante, que conquistaba a todos cuantos conocía, tanto por su baile como por sus imprevisibles comportamientos. Además de ser extraordinariamente generosa.

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A su regreso de América y tras algunas giras por Europa y el Oriente Medio, Barcelona conoció de nuevo el arte de Carmen Amaya, en su momento de mayor esplendor, en diciembre del año 1947, durante una serie de representaciones dadas en el Tivoli. Estuvo luego algún tiempo por Europa - en París y Roma, entre otros lugares - y reapareció en nuestra ciudad en el Teatro de Barcelona, en octubre de 1951. En nuestras páginas ha tenido ya oportuna glosa la emotiva ceremonia, que se celebró el día 16 de febrero de 1959, de dedicarle una fuente en el Paseo Marítimo de la Barceloneta, en el mismo lugar donde jugaba de niña y correteaba descalza por la playa. En este mismo año, y en el mes de octubre, volvió a actuar en el Teatro Barcelona, donde se le dedicó un conmovedor homenaje el día 30. En la jornada siguiente intervino en un festival que se celebró en el Palacio Municipal de Deportes a beneficio de la barriada de Somorrostro. Tales fueron las últimas actuaciones de la llorada bailarina que conoció Barcelona.

En 1952 se casó con el guitarrista Juan Antonio Agüero, miembro de su compañía, un hombre perteneciente a una distinguida familia de Santander, que no era gitano. Vivieron una auténtica historia de amor, con una boda íntima.

En el año 1959 Carmen vivió otro de los momentos más emocionantes de su vida, cuando se celebró la ceremonia de inauguración de la fuente a la que habían puesto su nombre en el Paseo Marítimo de Barcelona, que atraviesa el barrio de Somorrostro, los mismos lugares y la misma fuente por donde ella había paseado muchos años antes, con los pies descalzos y arrastrando sus miserias de niña.

Los últimos diez años de su vida los vivió rodeada de gente y casi santificada. No sólo por su público, sino por quienes trabajaban con ella. Su genio era instintivo, animal, tenía poco que ver con los aprendizajes académicos.

Legado

Cuando actuó por última vez en Madrid, Carmen Amaya estaba ya enferma de muerte. Una especie de insuficiencia renal que le impedía eliminar debidamente las toxinas que su cuerpo acumulaba. Su enfermedad se vio agravada por el rodaje de su última película, “Los Tarantos”, en la primavera de 1963. La bailaora tuvo que bailar descalza y con un frío insoportable, de modo que cada vez que se paraba el rodaje se ponía inmediatamente el abrigo, y nunca hubo que repetir una escena por su culpa. A pesar de estos inconvenientes, Carmen lo sobrellevó con ejemplar entereza, y al acabar el rodaje de la película, iniciaron la gira de verano y el 8 de agosto, encontrándose trabajando en Gandía, Carmen no llegó a terminar su actuación. Así terminó la vida de una “bailaora de raza”, cuyos únicos maestros fueron la calle, la familia y su sangre gitana, y que consiguió revolucionar el baile flamenco.

Con su forma de bailar, Carmen Amaya demostraba que para ella el flamenco es sentimiento, alma y pasión. Su baile parece surgir de rabia y violencia contenidas, lo que le imprime una velocidad y una fuerza asombrosas que parece desafiar a las leyes de la gravedad.

Aunque Carmen Amaya es hoy en día un mito del baile, también cantaba. De hecho, su padre pensó en un primer momento que estaba mejor capacitada para el cante que para el baile. Tenía la voz ronca y oscura, típica del cante gitano. Una buena muestra de su forma de cantar pueden verse en "La reina del embrujo gitano". También Carmen Amaya. Grabaciones discos pizarra.

Dicen que con solo diez años ya bailaba como lo haría el resto de su vida. El texto de la escritora Ana María Moix, titulado «El Malboro de la Capitana», nos describe como desde niña la genial bailaora llamó la atención de su familia y de quienes la vieron junto a su padre, el Chino, acampándola a la guitarra, por las tardes al anochecer en las polvorientas calles donde pasó los primeros años. Escribe Moix que el suyo era “arte complejo, misterioso y sublime”. Amaya fue una innovadora que no encontró en su ciudad natal, y el resto de España, más que parcos comentarios de los críticos.

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