Don Juan de Austria: Nacimiento, Juventud y Ascenso al Poder
Don Juan de Austria, hijo natural del gran Carlos I de España y V de Alemania, fruto de sus amorosas intimidades con una joven de Ratisbona llamada Bárbara Blomberg, después de algunos años de viudo de la emperatriz Isabel, había pasado su infancia en una humilde oscuridad, ignorante y muy ajeno de que fuese hijo de tan excelso soberano.
Infancia y Crianza
La fecha de su nacimiento se desconoce, encontrándose en unas fuentes que nació en 1545 y en otras, como G. Parker o P. Pierson, en 1547. Pierson indica que unos contemporáneos afirmaban que nació en 1545, pero que la evidencia más antigua en Francia se encuentra en ceremonias públicas, y éstas apoyan la fecha de 1547. Posiblemente fue concebido en mayo de 1546, estando el emperador en Ratisbona, lo cual hace verosímil que naciese el 24 de febrero de 1547, pero también pudo escogerla como aniversario por ser el cumpleaños de su padre, Carlos I.
Quiso Carlos V tener guardado este secreto, ya por un justo respeto a la honra de la joven que había tenido la flaqueza y la fortuna de ser madre del que después fue tan insigne príncipe, ya también porque creyera rebajarse con la revelación su dignidad imperial, atendida la modesta alcurnia de la Blomberg: consideración que no había tenido respecto a su hija Margarita, habida también ilegítimamente, acaso por pertenecer su madre a más noble familia.
Confió, pues, con toda reserva el cuidado y crianza del tierno niño a su mayordomo Luis Quijada, señor de Villagarcía, su mayor confidente y a quien fiaba los más delicados secretos. Acordaron después los dos, o para encubrir mas el caso, o tal vez al propio tiempo con otros ulteriores fines, traer al niño don Juan a España, donde ya andaba meditando el emperador retirarse.
Su mayordomo, don Luis de Quijada, llegó a un acuerdo, que se firmó en Bruselas el 13 de junio de 1550, con Francisco Massy, violista de la corte imperial, casado con una española, Ana de Medina: a cambio de cincuenta ducados anuales se comprometía a educar al niño. A mediados de 1551 llegaron a Leganés, donde su esposa Ana de Medina tenía tierras.
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Pero informado después el emperador de que en Leganés ni se tenía con su hijo el cuidado, ni se le daba la educación conveniente, antes en lo uno y en lo otro se advertía cierto abandono perjudicial, determinó trasladarle a Villagarcía, al lado y bajo la dirección de la esposa de Luis Quijada, doña Magdalena de Ulloa, hermana del marqués de la Mota, señora de mucha discreción, honestidad y virtud, donde recibiría otra instrucción, otras costumbres y otra educación más fina y esmerada.
En el verano de 1554, el niño fue llevado al castillo de don Luis de Quijada, en Villagarcía de Campos (Valladolid). Su esposa, doña Magdalena de Ulloa, se hizo cargo de su educación, auxiliada por el maestro de latín Guillén Prieto, el capellán García de Morales y el escudero Juan Galarza.
Encargole mucho su marido que le tratara y cuidara como a hijo propio, pues lo era de persona de mucho lustre, y con quien tenía muy estrecha amistad, no sin que el interés tan grande que por él manifestaba su esposo dejara de inspirar en tal ocasión a aquella señora ciertas sospechas que no andaban lejos de ir mezcladas con celos.
Allí permaneció don Juan, dando ya en sus inclinaciones muestra de lo que algún día había de ser, y haciéndose querer de todos por su buena índole, su amabilidad y sus excelentes prendas de alma y de cuerpo. Cuando Carlos V vino a encerrarse en el monasterio de Yuste, érale presentado muchas veces su hijo en calidad de page de Luis Quijada, gozando mucho en ver la gentileza que ya mostraba, aun no entrado en la pubertad.
Reconocimiento y Educación
Poco antes de abdicar, Carlos I redactó un codicilo, fechado el 6 de junio de 1554, en el que reconocía: «por quanto estando yo en Alemania, después que embiudé, huve un hijo natural de una muger soltera, el que se llama Jerónimo». Ya en el Monasterio de Yuste, el rey ordenó a don Luis de Quijada que fuese a vivir allí y éste se trasladó a la aldea de Cuacos de Yuste. Así conoció el emperador al niño.
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Tuvo, no obstante, el emperador la suficiente entereza para reprimir o disimular las afectuosas demostraciones de padre, y continuó guardando el secreto, bien que este no había dejado de irse trasluciendo, y se hacían ya conjeturas y comentarios sobre el misterioso niño. La voluntad de de Carlos era que se guardara el incógnito hasta la venida del rey don Felipe, y por su parte se despidió del mundo sin revelarlo sino a muy pocos confidentes.
El heredero, Felipe II, se encontraba entonces fuera de España. Se difundieron rumores sobre la paternidad del niño, que Quijada negó, y escribió al rey pidiéndole instrucciones. Éste respondió con una nota, de mano del secretario Eraso, en cuyas tachaduras y enmiendas se aprecian las dudas respecto a la forma de tratar tan delicado asunto, recomendando esperar a que el rey llegara a España. La princesa Juana, regente en ausencia de Felipe II, pidió conocer al niño, lo que hizo en Valladolid en mayo de 1559, coincidiendo con un auto de fe. Su medio hermano Felipe lo hizo a mediados de septiembre de 1559.
Para Felipe II no era ya un secreto; y así a poco tiempo de haber venido de Flandes a España (1559) procuró conocer a su hermano natural, haciendo que doña Magdalena de Ulloa le llevara al famoso auto de fe que se celebró y presidió el rey en Valladolid. Allí se hicieron ya con don Juan algunas demostraciones harto significativas, que él sin embargo no comprendió todavía.
Felipe II, siguiendo las indicaciones de su padre Carlos, expresadas en el codicilo de 1554, reconoció al niño como miembro de la familia real. Le cambiaron el nombre por don Juan de Austria. Se le otorgó casa propia, a cuyo frente puso a don Luis de Quijada.
Mas a pocos días de esto determinó el rey acabar de levantar el velo que cubría el arcano. Dispuso Felipe ir con su corte al monasterio de la Espina, y ordenó a Luis Quijada fuese a encontrarle allí llevando consigo a don Juan vestido con el traje que ordinariamente usaba.
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Por precoz que se suponga el juicio del joven príncipe, y por instruido que fuera por Luis Quijada del papel que aquel día había de representar, es imposible que dejara de sorprenderle y que no le produjera cierto aturdimiento verse recibido tan afectuosamente por el rey, besarle la mano puesto de hinojos Luis Quijada, hacerle homenaje los grandes y cortesanos, ceñirle el rey por su mano la espada y colgarle al cuello el Toisón de oro, y por último oír de boca del mismo soberano: «Buen ánimo, niño mío, que sois hijo de un nobilísimo varón.
Terminada esta dramática metamorfosis, y hecho por los grandes de la corte el correspondiente acatamiento al sobrecogido joven, como a hijo del emperador y hermano natural del rey, volvieron todos juntos a Valladolid, siendo aquel un día de gran júbilo para la población, que afluía en masa a su encuentro, ansiosa de reconocer al nuevo príncipe.
Púsole el rey casa y servicio, pero mandó darle solamente el título de Excelencia, bien que no pudiera evitar que el pueblo por respeto y por costumbre le tratara de Alteza.
Don Juan de Austria completó su educación en la Universidad de Alcalá de Henares, donde acudió con dos jóvenes poco mayores que él: sus sobrinos, el príncipe Carlos y Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma, otra hija ilegítima del Emperador Carlos. Tuvieron como maestro a Honorato Hugo, discípulo de Luis Vives.
En las Cortes que a principios del año siguiente (1560) se celebraron en Toledo para el reconocimiento y jura del príncipe don Carlos asistió don Juan de Austria en unión de toda la familia real con un vestido de terciopelo carmesí, bordado de oro y plata, que no hubiera sido fácil reconocer al antiguo labradorcillo de Leganés. Cuando Felipe II envió su hijo el príncipe Carlos a Alcalá (1562) con su primo Alejandro Farnesio, envió también a don Juan de Austria, ya para que hiciera buena compañía al príncipe, ya para que él mismo se instruyera con el estudio y cultivo de las letras humanas, en las cuales adelantó cuanto de su edad podía esperarse. En 1562, aparece la «Casa de Don Juan de Austria» en el presupuesto de la Casa Real, asignándosele 15.000 ducados, lo mismo que a la princesa Juana.
Carrera Militar y Política
En 1565, los turcos atacaron la isla de Malta. Para acudir en su defensa, se formó una flota en el puerto de Barcelona. Don Juan de Austria solicitó al rey permiso para unirse a la armada, pero le fue denegado. A pesar de ello, don Juan escapó de la corte y se dirigió a Barcelona, sin poder alcanzar la flota. Sólo una carta de su hermano le hizo desistir de su plan de cruzar por el sur de Francia hasta llegar a tierras italianas para alcanzar la flota de García de Toledo.
Como la intención del emperador había sido educar a don Juan para el estado eclesiástico, y en esta misma idea estaba Felipe II, solicitó éste de la santidad de Pío IV el capelo de cardenal para su hermano (1574), de que a no dudar le hubiera investido el papa a no haberse interpuesto en Roma la cuestión de preferencia entre los embajadores de Francia y España.
Visto que su hermano no tenía inclinación por la carrera eclesiástica prevista por su padre, el rey Felipe II lo nombró Capitán General de la Mar. Como ocurriría a lo largo de su vida, lo rodeó de consejeros de confianza, como don Álvaro de Bazán (almirante) y don Luis de Requesens y Zúñiga (vicealmirante).
Y fue mejor así; porque el joven príncipe había mostrado siempre más inclinación al escudo del guerrero que a la púrpura cardenalicia, y en sus juegos juveniles había descubierto más afición a los ruidosos ejercicios bélicos que a las pacíficas ocupaciones del sacerdocio.
El príncipe Carlos, probablemente debido al cargo que tenía su tío y también por la amistad que desde hacía años le profesaba, confió a don Juan de Austria sus planes de huir de España y pasar a los Países Bajos desde Italia, para lo cual necesitaba galeras que le facilitasen el paso a Italia. A cambio de ello, le prometió el reino de Nápoles. Don Juan le dijo que ya le daría su respuesta y marchó inmediatamente a El Escorial a relatárselo al rey.
Los correos y los emisarios que Felipe II despachó, tan luego como supo su determinación, para que le detuviesen y le hiciesen volver a la corte, no hubieran bastado a impedir su propósito si no hubiera enfermado poco antes de llegar a Zaragoza.
Tal era el influjo que don Juan, con ser un mancebo de diez y nueve años, ejercía ya en la nobleza de Castilla, que la noticia de su resolución excitó a multitud de caballeros nobles a imitarle y seguirle, como avergonzados de permanecer en la corte o en sus casas mientras él iba a lanzarse a los riesgos del mar y a participar de los peligros de la guerra.
Tuvo amistad con la princesa de Éboli, lo que le permitió tener relaciones con María de Mendoza, fruto de las cuales fue una niña nacida en 1567: Ana. Don Juan la entregó a la crianza de doña Magdalena de Ulloa. Posteriormente, la niña entraría en el convento de Madrigal y tuvo participación en la «intriga del pastelero de Madrigal».
Todavía, apenas se sintió un tanto restablecido de su fiebre, partió resueltamente de Zaragoza, y llegó a Montserrat, y hubiérase embarcado en Barcelona a no haberle alcanzado allí cartas de su hermano, en que le mandaba volver so pena de incurrir en su desgracia y real desagrado.
El rey regresó a Madrid el 17 de enero de 1568 y al día siguiente, domingo, toda la familia acudió a misa. Don Carlos llamó a don Juan de Austria a sus habitaciones, para interrogarle sobre su decisión. De las contestaciones de don Juan debió concluir que no lo iba a ayudar y que posiblemente lo había delatado, por lo que sacó la espada y atacó a su tío, quien pudo defenderse hasta que llegó la servidumbre y lo redujo a sus habitaciones. El arresto del príncipe Carlos motivó que don Juan de Austria vistiera de luto, pero el rey Felipe le ordenó quitárselo.
Conocida ya la aptitud de don Juan para grandes negocios y cargos, relevado que fue don García de Toledo del virreinado de Sicilia (1568), encomendó el rey don Felipe a su hermano el mando de las galeras de España, con el título de capitán general de la mar, dándole por lugarteniente a don Luis de Requesens, comendador mayor de Castilla. Ahora, con más razón y seguridad que antes, se determinaron a seguirle espontáneamente muchos grandes y nobles; tal era el atractivo de su persona y la confianza que en su adolescencia inspiraba a todos.
Don Juan de Austria volvió al Mediterráneo a hacerse cargo de la flota. Después de reunirse con sus consejeros en Cartagena el 2 de junio de 1568, se hizo a la mar para combatir a los corsarios. Durante tres meses recorrió toda la costa y llegó a desembarcar en Orán y Melilla.
Su fin en la primera expedición marítima que iba a hacer, era limpiar las islas y costas de los corsarios que las infestaban y corrían para apoderarse de las flotas que venían de Indias. Juntos los capitanes y aparejadas las galeras, embarcose en la Real, labrada ex profeso por mandado de S. M. para Su Excelencia, la cual iba adornada de multitud de cuadros, figuras, y emblemas o motes alegóricos, alusivos a empresas marítimas y a victorias gloriosas de los tiempos mitológicos y de la historia antigua.
La reina Isabel de Valois y el príncipe Carlos murieron en ese año de 1568. Don Juan llevó la flota a Cartagena y marchó a Madrid. Después de presentarse ante el rey, visitó a doña Magdalena de Ulloa y se recluyó por un tiempo en el convento franciscano de El Abrojo, en Laguna de Duero.
Fue un día de regocijo para Cartagena aquel en que vio salir al mar entre el estruendo de las músicas marciales y de las salvas de artillería a tan gallardo príncipe. Con treinta y tres galeras, que después distribuyó convenientemente, llevando consigo la mayor parte, corrió aquel año el litoral del Océano y del Mediterráneo, pasando alternativamente de una a otra costa de España y África, hasta Argel, Orán y Mazalquivir, dando siempre caza a los corsarios berberiscos, y acreditando en aquel primer ensayo su capacidad para mayores y más arduas empresas navales.
Ávido de gloria el joven príncipe, y mal hallado su espíritu con la inacción y el reposo, pidió al rey su hermano, en memorial de 30 de diciembre (1568), le permitiera ir a pelear con la gente rebelada y ver de reducirla. No creyó conveniente Felipe aceptar por entonces el generoso ofrecimiento de don Juan, acaso porque no le pareciese empresa digna de un príncipe, o por desconfiar de su prudencia, siendo todavía tan joven, o porque no pensó que llegara a ser tan voraz el fuego de aquella primera llama.
De otro modo vio ya las cosas, cuando, vencidos y subyugados en la primera campaña los moriscos, se alzaron de nuevo mostrando ser gente indomable, y cuando las rivalidades entre los marqueses de los Vélez y Mondéjar y de éste con las autoridades de Granada, le persuadieron, así como sus consejeros de Madrid, de la conveniencia de enviar a su mismo hermano a dirigir la segunda guerra que había comenzado a apuntar y amenazaba envolver nuevamente en sangre el reino granadino.
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