José Domínguez "El Cabrero": Biografía de un Ícono Flamenco
José Domínguez "El Cabrero" es una de las personalidades más significativas que ha dado el flamenco en los últimos 25 años. Sólo dos cantaores han sido definidos como «fenómenos sociales», debido a su impacto en los públicos más diversos: El Cabrero es uno de ellos. Su genialidad, talante, personalidad, postura vital y su compromiso con el cante sin aditivos y con los grandes temas que preocupan a la humanidad, hacen de él una figura única e irrepetible del cante jondo.
Inicios y Trayectoria Profesional
El Cabrero inicia su andadura en 1972, con La Cuadra de Sevilla, en gira por España, Francia, Italia y Suiza. En 1975 graba su primer disco. En los años 90 participa en grandes festivales de World Music y de Jazz compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. Peter Gabriel lo incorpora a su gira USA/93, y realiza giras anuales en los principales teatros de Francia y Bélgica, interviniendo en programas estrella de televisión francesa y suiza como e Part Ailleurs, Etoile Palace o Rebus.
Pastor de cabras desde la infancia, El Cabrero sigue ejerciendo ese oficio, que se niega a abandonar, pese a ser, desde 1980, la figura del Cante Jondo más solicitada por los organizadores de festivales y uno de los artitas flamencos de mayor proyección internacional.
La niebla de los años no me impide ver claramente, entre la bruma ansiosa de olvido, a un joven de Paradas que se enamoró del flamenco perdidamente y para siempre cuando vio en primera fila un recital del cantaor Miguel Vargas en su pueblo. En poco tiempo creció su afición, compraba cintas casetes de cantaores, las escuchaba con delectación y trataba de aprender a distinguir eso tan extenso y complejo que llamaban palos del flamenco: soleares, seguiriyas, bamberas, fandangos, tangos, bulerías, colombianas… Un fértil terreno prácticamente inabarcable para un artista, un crítico o un aficionado.
En esto estaba cuando quedó prendado del cante de un hombre de campo, un cabrero que cantaba flamenco que tenía por nombre José Domínguez Muñoz (Aznalcóllar, Sevilla, 1944) y al que todos llamaban El Cabrero. Su cante era recio, natural, como el agua de los arroyos que tan bien conocía.
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De ahí, del campo, de la naturaleza, tomaba una filosofía ancestral y un carácter libre. Con el tiempo, aprendió este joven -pongamos que soy yo-, ya entrado en los veinte y en los treinta, a buscar otras fuentes de cante, otros veneros de expresión jonda.
Pasados los años, que tienen que pasar para dar testimonio y no quedarse en la tierra y en el polvo antes de tiempo, ya con los sesenta a cuestas -aquí sigo-, tuvo lugar un reencuentro precioso. Conoció aquel joven ya tan mayor a la mujer del Cabrero, Elena, que le contó que José estaba con problemas de salud, ya impedido para los recitales de toda la vida. Una vida en la que encontró la incomprensión dentro y fuera del flamenco, pero también, ¡anda que no!, la admiración de muchos como yo.
Ser invitado por Elena -y Joaquín Mimbrero, el realizador, de la organización sin ánimo de lucro Culturas Indómitas- para participar en el reportaje que preparaban sobre El Cabrero me pareció un regalo del cielo y un motivo para recuperar la memoria del inolvidable, sobre todo de esa etapa primera de su trayectoria, en la que yo era un jovenzuelo y José empezaba a madurar y a triunfar.
O ese soneto de Borges, La lluvia, que canta por bulerías, verdadera joya literaria y también musical y flamenca en la voz del Cabrero. A mi hija se la he susurrado, cantando -“malamente”- por bajini como si fuera una nana, a la hora de dormir. Forma parte de mi ADN flamenco, como algunos de sus cantes recios como la soleá, la malagueña o la seguiriya.
De títulos sugerentes algunos de estos discos iniciales y temas -Le corten la lengua, A paso lento, Sé la hora por el sol, Luz de luna…- recogen una amplia baraja de cantes, de palos de diversa procedencia y entidad como fandangos -que tanta fama le dieron-, soleares, seguiriyas, martinetes, malagueñas, taranto, etc., con letras de diversos autores: José Carrasco y Elena Bermúdez sobre todo, pero también el propio cantaor -muchas al alimón con Elena-, A.
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Por todo ello, el cante de José Domínguez es eterno para mí, está y estará en mi imaginario musical mientras viva, lo retomaré a menudo, lo disfrutaré siempre.
El Cante como Compromiso Social
El Cabrero nunca supo, pudo ni quiso callarse. Desde niño, El Cabrero -certero apodo para el cantaor José Domínguez Muñoz- sintió algo más que aversión por las injusticias. Era como una enfermedad: le hervía la sangre, se le crispaban los músculos, las tripas se le volvían bilis y al final el corazón, siempre el corazón, se le acababa saliendo por la boca.
Hoy es otra enfermedad -más cercana y puñetera, que por desgracia no se arreglará cantando- la que le ha llevado a la UCI de un hospital, impidiéndole inaugurar el pujante Festival Flamenco de Madrid, que se extiende hasta el 2 de junio en el Centro Cultural de la Villa. En este evento compartía cartel con otras figuras del flamenco como José de la Tomasa y Lole Montoya y era un paso, este de la capital, de obligado cumplimiento en la gira con la que se está despidiendo de los escenarios tras una carrera de casi medio siglo. Como en tantísimas otras ocasiones, había colgado el cartel de no hay billetes.
No sólo es su voz profunda y enérgica, que aguanta los tiempos y los quiebros de los palos clásicos del cante jondo. Es su apego a la tierra y al pueblo llano. Es su coherencia y su honestidad artística y personal. Es incluso su estética, que nunca se alteró en lo esencial ya estuviera ordeñando a una cabra o arrancando una ovación al público parisino. Y que alguien no cambie, que sea siempre de una pieza y que mantenga "el mismo sentir hasta el final", no deja de ser algo morbosamente atrayente y hasta místico en este mundo tan volátil.
Retiro y Legado
Si, El Cabrero se retira a sus 75 años y hay que lamentarlo. Lo hará "a paso de pastor, lentamente, con equilibrio. Con tiempo entre concierto y concierto. No más de tres o cuatro al mes. Por eso la gira será larga (culminará en 2020)". Se despedirá lleno de agradecimiento hacia ese público que abarrotaba sus conciertos, lo que obligaba a los festivales a contratarle y a que, por fuerza, su figura se agrandara.
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A pesar de todas las zancadillas, de haber estado incluso en la cárcel por cagarse en Dios durante un concierto -"fue una expresión de arriero, nada más, pero me pidieron 67.000 pesetas de multa y cuatro meses"-, en los años 80 firmaba más contratos que Lebrijano o Camarón y en los 90 colaboraba con músicos como Chick Corea, Gilberto Gil, Lenny Kravitz o Peter Gabriel, quien le llevó consigo en su gira de 1993 por los Estados Unidos.
Primeros Recuerdos y Anécdotas
Son muchos los recuerdos que atesora El Cabrero. Los primeros, cuando con ocho años empezó a cuidar cabras, o cuando aprendió las notas musicales en la más reputada academia del sector agropecuario: robaba cencerros y a martillazos les "cambiaba la voz" para que sus dueños no los reconocieran. Duros años de santos inocentes en los que la vida sólo consistía en ir "de miseria en miseria" en aquella Andalucía torturada y esclava. Pero él poseía el afán de saberse cantaor; ya se había dado cuenta de que su garganta era un privilegio. Y también una responsabilidad. A su padre, que no quería ni por asomo que su hijo se dedicara al arte, un día le espetó: "¡Pues yo voy a ser artista, padre. Y además voy a cobrar!".
Hasta más allá de los 27 años no pudo cumplir esa profecía. Un día vendió cinco cabras y con el dinero se fue a Madrid. La urbe le fue ingrata y aguantó sólo un mes. Las monedas que le quedaban las empeñó en un tren de vuelta y le alcanzaron hasta Córdoba. Dolido y humillado, llegó a Sevilla, donde dormía en uno de los accesos al estadio de fútbol. De ninguna de las maneras quería volver fracasado a la casa de sus padres.
Pero una compañía de teatro de reciente creación, La Cuadra, estaba preparando su primer montaje, titulado Quejío, y había pegado carteles por la ciudad. Aquello fue una llamada, una revelación, y allí que fue el joven campesino dispuesto a hacer lo que fuera, "hasta a llevar el bidón", con tal de participar en aquel espectáculo. Y luego hubo un papel vacante y alguien recordó que aquel muchacho que barría ya les había demostrado que sabía cantar y conocía todo el repertorio. Aprovechó la oportunidad y comenzaron las giras y los viajes por todo el mundo ¿Y cómo educó la voz, cómo la perfeccionó?, le preguntaron en una ocasión. "Pues igual que un pájaro va agrandando el nido".
Elena, Compañera de Vida y Arte
Todo cambió en Ginebra, en 1973. La que le enseñó la fuerza y la belleza de los grandes poetas. La madre de sus tres hijos. La que siempre ha estado a su lado, discreta, y que a pesar de su enorme influencia rehúsa intervenir en los reportajes. Sin ella -que puede presumir, pero no lo hace, de ser muy apreciada en los círculos profesionales del flamenco- no podría entenderse la trayectoria de El Cabrero.
Su hijo Emiliano, conocido como Zapata, ha recogido el testigo y ha seguido los pasos del padre, "poniendo música a los versos".
En 1975 salió al mercado el primero de sus discos. Le convencieron sufragando el parto de su mujer.
El Compromiso con la Tierra
Lo de las cabras no es una pose. Es una necesidad. En una ocasión declaró: "Hay veces que estoy deseando que acabe una actuación porque pienso adónde voy a llevar a las cabras al día siguiente para que se jarten". Un animal infravalorado, la cabra, pese a que es todo un ejemplo para el ser humano: "Se rigen por las leyes de la naturaleza y no atentan contra ella". Así pues, es un compromiso, como todo lo que afronta, y por ello prefiere la rutina del campo al horario de la farándula. "De sol a sol. Es donde encuentro más equilibrio y armonía".
Cuando tenía 11 años su padre le regaló su primer sombrero. "En el campo te protege del sol y en invierno del frío".
Por eso es por lo que nunca falta a la Semana por la Paz que desde hace años, sustituyendo a la Semana Santa, se celebra en Marinaleda, donde desde 1979 gobierna su "hermano" Juan Manuel Sánchez Gordillo.
No obstante, las siglas de cualquier partido se le quedan pequeñas a este hombre que hace muchísimos años estuvo afiliado a la CNT, pero que no es de militancias estrechas. "No tengo talento para definir España en dos frases, aunque si por mí fuera, sería republicana".
No se sale de una batalla así sin heridas, pero como "callar es morir", escogió ese agreste camino -estuvo 15 años sin publicar disco por "un momento de cabreo" con su sello discográfico- y sus canciones siempre estuvieron llenas de mensajes llamémoslos revolucionarios que para algunos han estropeado la pureza de su cante. "El que quiera cantarle a los farolillos de la Feria de Sevilla que lo haga. Yo canto mis verdades", dijo en su día. Ahora añade: "No me arrepiento de nada, aunque a lo mejor hoy no hubiera grabado algunas letras, como esa de Carrasco que dice: En lo alto de un olivo la escopeta voy a colgar... Porque yo nunca he tenido escopeta ni otras armas que las uñas de mis manos".
El Cabrero ha colaborado con grupos de rock como Marea o Reincidentes. Ha hecho un disco de tangos y también incluyó en su repertorio versiones de clásicos como Luz de Luna. A pesar de la pureza de su expresión artística siempre ha sentido un profundo respeto por otros géneros musicales.
Se nos va El Cabrero porque "sin fuerzas no se puede cantar flamenco". El cantaor que supo "esquivar las piedras que me tiraban a dar" ya sólo cantará en su entorno, donde seguirá entregando "hasta el último grano a quien me sabe labrar".
El Legado de El Cabrero en la Memoria Colectiva
La última vez fue ayer. Estábamos echando un vino donde siempre cuando vimos por la tele que Rodríguez Zapatero había sacado un libro sobre Borges (¡qué cosas hacen los expresidentes!). A mi compadre Silverio pareció cortársele el trago dentro del buche.
Este tipo de arrebatos nostálgicos le dan a menudo desde hace unos meses, porque es ahora cuando empezamos a echar desesperadamente de menos a ese gigante del cante hondo y de la vida que es José Domínguez Muñoz, El Cabrero. A él le debemos mucho, incluso el hecho insigne de que la caterva de gañanes que le seguíamos nos aprendiéramos de memoria un soneto borgiano, puesto que él lo cantaba por bulerías. Borges metido a compás, y Silverio discutiendo a garrotazo partido con los amigos si este verso o aquel encabalgamiento respeta o no el ritmo poético del genio argentino.
Pero no parece que José vaya a comparecer, porque se ha recogido al escenario íntimo de la familia y los amigos tras cinco décadas de profesional y algunos problemas de salud que le han fastidiado los últimos años. Lo ha hecho de forma callada, sin alharacas ni ceremonias, dejando de paso en evidencia a unos estamentos públicos y mediáticos que, con su silencio interesado, no sólo pretenden ocultar al cantaor, sino acabar con el fenómeno social.
Tan grande era su figura, pues, que no es de extrañar que ahora se le eche de menos en mil sitios: en la dehesa y en la trinchera, en el auditorio y en el sindicato, en las convicciones y en el alma. Le añoramos los campesinos, que encontrábamos en José una verdad y un honrado magisterio que no advertimos en ninguno de los recientes expertos en la España vacía, vaciada o medio llena ni en los prebostes del desarrollo rural.
Mil años lleva El Cabrero protestando por el atropello público y privado contra las gentes del campo y mil años que llevan riéndose de él y de nosotros. El robo de la tierra, el cercamiento de las vías pecuarias, la acumulación de poder en las zonas rurales o la labor represiva de los verdes esbirros del Estado son temas que vuelven a ocupar el debate público, pero que encontramos desde siempre en los fandangos de El Cabrero, que ha convertido el género, de origen folclórico y popular, en tremendas jaculatorias, en artefactos de una potencia incendiaria sólo al alcance de algunas obras de arte.
Gracias a esos fandangos, además, el campesinado del sur conserva todavía un poquito de orgullo, maltrecho tras décadas de vejaciones, caricaturas, embustes e insultos que todo quisqui ha soltado con mucha desvergüenza, desde guionistas televisivos hasta políticos de otras naciones históricas. Gracias a sus cantes, por si fuera poco, nos hemos armado de razones durante décadas para defender ese estilo de vida humilde, pero digna, que ahora llamaríamos decrecentista, alimentada por nuestras propias manos y no sostenida, como recuerda mi amigo Silverio citando al Cabrero, “sobre el hombro de otro hombre”.
Además de los que pisan la tierra, también añoran al Cabrero los socialistas del Guadalquivir y alrededores, huérfanos de un liderazgo espiritual e indígena que el pueblo andaluz nunca confió a figuras políticas. Marinaleda no sería tan odiada en estos lares si no fuera porque El Cabrero amplificó y dio alimento artístico a su lucha contra el caciquismo, razón por la cual, no tengan duda, el cantaor fue censurado durante su vida profesional en los medios.
En plena fragmentación de la izquierda andaluza, no falta quien echa de menos los momentos de consenso que nos proporcionaba José: allí nos abrazábamos todos, desde libertarios y troskos hasta comunistas, nacionalistas andaluces e incluso tibios socialdemócratas. El Cabrero cantaba contra los ricos y el público salía hermanado y enardecido. Un concierto suyo generaba más conciencia que mil mítines y hacía tambalear las máscaras que impone la disciplina de partido.
Con todo, reducir al Cabrero a la imagen de un músico panfletario o un cantaor populista sería terriblemente injusto, porque lo cierto es que los amantes de la pura música y de la poesía universal también van a echar mucho de menos a José. Fue él quien nos adentró, cuando éramos jóvenes y vivíamos aislados en dehesas remotas, por los caminos de la música latinoamericana. De su mano descubrimos a Horacio Guaraní, Álvaro Carrillo, Atahualpa Yupanqui o Alberto Cortez. Consiguió que se nos abrieran las carnes con sus adaptaciones de boleros y rancheras, que sintiéramos nuestras las milongas de los vaqueros argentinos, que el tango bonaerense sonara como inventado en Sierra Morena.
A esa vocación melómana del Cabrero se debe uno de sus mayores éxitos, la impresionante adaptación por bulerías de Luz de luna, canción que se les hincha en el pecho a los pastores cada vez que la Catalina se divisa en el cielo. Los sonidos y versos importados constituyen un sello personal más de un cantaor con una propuesta flamenca originalísima y una estética distintiva como la de pocos, o casi ninguno.
El cante del Cabrero huele a pezuña y retama, suena a perdiz y cencerro, camina sobre los riscos de la Andalucía interior. El Cabrero ha huido de la miríada de clichés flamencos y ha creado un cante seco, poderoso y montuno, con una simbología más propia de los payadores gauchos que de los lorquianos.
Pero quienes, sin duda, más van a recordar al Cabrero son sus cabras. Yo diría incluso que las cabras del mundo entero, cuyo amor por la libertad y el escapismo debiéramos imitar. Así lo debe pensar también José, quien muy a menudo ha representado toda forma de opresión con la imagen del redil y que siempre ha jaleado, por tanto, a la cabra que se fuga del corral, a la oveja que no sigue al rebaño. El futuro de la humanidad depende de que sepamos copiar gestos como esos, así que El Cabrero, amigo de sus cabras, admirador de sus pulsiones, no ha perdido nunca ocasión de presentarnos el rumiante ejemplo a seguir.
Por eso, y porque algunas personas son también símbolos necesarios, la única forma que tengo de consolar a Silverio cada vez que me pregunta “¿dónde está El Cabrero? -Se ha escapado al monte, Silverio. Ha saltado la tapia y ya nadie le echa el guante.
Discografía Selecta
| Título del Álbum | Año de Lanzamiento |
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| Le corten la lengua | (Iniciales) |
| A paso lento | (Iniciales) |
| Sé la hora por el sol | (Iniciales) |
| Luz de luna | (Iniciales) |