Fernando de Magallanes: Origen y Trayectoria de un Explorador Legendario
Fernando de Magallanes, cuyo apellido en portugués es Magalhães, y conocido como Magellan en inglés, francés y alemán, y Magellano en italiano, fue un hombre de mar y un aventurero que intuyó la existencia de un paso entre los océanos Atlántico y Pacífico.
En 2019, se cumplieron cinco siglos de esa primera vuelta al mundo, encabezada por Fernando de Magallanes. Lo que lo guió fue la intuición y el olfato desarrollado de un buen navegante. Nadie podía afirmar en ese entonces que existiese un paso natural del Atlántico al Pacífico, en el sur de América, pero algo le decía a Magallanes que así era.
Aunque Fernando de Magallanes no logró completar del todo esa primera vuelta al mundo, lo cierto es que le faltó muy poco. Lo único que detuvo su avance fue la muerte, tras una vida llena de osadas aventuras y de varios momentos que rozaron lo épico.
Primeros Años y Formación
Fernando de Magallanes nació en Oporto, Portugal, en 1480. No se sabe con exactitud dónde nació, pero los historiadores se inclinan por Sabrosa. Era hijo de nobles y, como consecuencia, tuvo una educación privilegiada, en la que se dedicó principalmente al estudio de cartografía y náutica. De pequeño sirvió como paje de Leonor de Lancaster, esposa del rey de Portugal, Juan II. En la Corte recibió formación de equitación, música y danza, además de ciencias náuticas, cartografía y astronomía. La enseñanza religiosa también formó parte de uno de los pilares.
En aquel entonces, residía en Lisboa, aunque se convirtió en viajero a temprana edad. Durante su infancia, los descubrimientos se sucedían, y nombres como Bartolomé Díaz, Cristóbal Colón y Vasco de Gama eran parte central de las conversaciones del día a día. Estos hechos despertaron su espíritu aventurero que le llevarían a la mar.
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Inicios en la Navegación
A los 25 años, realizó un viaje a la India. Posteriormente, hizo otros viajes y en ellos consiguió a quien se convertiría en su esclavo de por vida: Enrique de Malaca. Muchos piensan que fue este último quien realmente dio la primera vuelta al mundo, ya que volvió vivo a Europa, a diferencia de Magallanes.
El 25 de marzo de 1505, ya al servicio del rey Manuel I, partía desde Lisboa camino de la India en la flota de Francisco de Almeida, quien fue nombrado virrey, arribando el 21 de octubre del mismo año.
En noviembre de 1506 partió de Cochín (India) a las órdenes de Nuño Vaz Pereira hacia Tanzania para sofocar unas revueltas. Y desde allí fue a Mozambique.
En marzo de 1509, enrolado en la armada de Diego López de Sequeira, zarpó hacia Malaca, donde fueron atacados por naves indígenas. Sesenta portugueses perecieron y Magallanes destacó por su valentía salvando la vida del capitán Francisco Serrano. Hecho que se repetiría una semana más tarde, creándose una fuerte amistad entre nuestro protagonista y el capitán, que tendría su importancia más adelante.
En noviembre de 1510, estando en Cochín, a las órdenes del nuevo virrey Alfonso de Alburquerque, participó en la conquista de Goa la Vieja. Y en agosto de 1511, nuevamente junto al capitán Serrano, llevaron a cabo la conquista de Malaca. Desde ahí, volvió a Portugal.
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En agosto de 1512 zarpó desde Lisboa, en esta ocasión a las órdenes de Jaime de Braganza, para sofocar el levantamiento en Azamor, en la actual Marruecos, donde fue herido en una pierna, quedando cojo el resto de su vida.
Tras esta expedición se le nombró responsable de la seguridad de los prisioneros de guerra y de la custodia del botín capturado a los moros.
En mayo de 1514 murió su principal valedor, Juan de Meneses, y los enemigos, envidiosos del cargo que tenía, iniciaron una campaña de desprestigio contra él, acusándole de apropiarse de fondos y de traficar con los presos, siendo destituido de su cargo, aunque posteriormente fue absuelto. A pesar de ello, no recibió un trato justo por parte de la casa real de Portugal cuando solicitó viajar a Las Molucas pues fue rechazado. Este hecho, le hizo salir de su país.
Más adelante, Fernando de Magallanes viajó a Marruecos, lugar en el que fue herido en un pie durante un enfrentamiento. Al volver a Portugal, cayó en desgracia con el rey Manuel I. Esa tensión lo llevó a España, para probar suerte y, después de enormes esfuerzos, logró que el rey Carlos I le autorizara un viaje hacia las Indias por la ruta de occidente.
La Expedición Épica
El 10 de agosto de 1519, Fernando de Magallanes inició su aventura. Tenía bajo su mando cinco naves: Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago. Contaba con una tripulación de 270 hombres, de distintas nacionalidades. La mayoría de ellos eran portugueses y vascos.
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El 20 de septiembre de 1519, las 5 naves zarpaban desde Sanlúcar de Barrameda, haciendo escala en Tenerife, completando la tripulación hasta los 265 que iniciarían la expedición.
La expedición bordeó el norte de África hasta Sierra Leona. Posteriormente, enfiló al occidente y así llegaron a las costas de lo que hoy es Río de Janeiro. Más adelante, se encontraron con el Río de la Plata, al que, en un principio, confundieron con el famoso paso que intuía Magallanes. La decepción fue grande cuando vieron que no era así.
El 12 de enero de 1520, una pequeña flota de cinco navíos se adentraba en el Río de la Plata, el inmenso estuario que se reparte hoy entre Argentina y Uruguay.
En medio de violentas ráfagas de viento que estuvieron a punto de hacerlos encallar, uno de los barcos, el de menor calado, se internó para explorar el canal; volvió al cabo de dos días para informar de que en ningún punto la profundidad de las aguas superaba los seis metros, que no se apreciaban corrientes marinas y que, además, el agua era dulce.
Se trataba, pues, de la desembocadura de un gran río. Y lo que aquella flota estaba buscando era otra cosa: un estrecho marítimo, el que comunicaba el océano Atlántico con el Pacífico por el extremo sur del continente americano.
El comandante de la expedición, Fernando de Magallanes, no se desanimó. Dos años antes, en 1518, había convencido al rey de España para que financiara una expedición con el objetivo de encontrar una ruta directa hacia Asia, en concreto, a las islas Molucas, fuente del lucrativo mercado de las especias dominado hasta entonces por Portugal, Venecia y Turquía. La ruta propuesta debía bordear América por el sur y cruzar el inexplorado océano Pacífico. Otros navegantes se habían lanzado antes en busca de ese paso; el último,Juan Díaz de Solís, que en 1516 llegó precisamente al Río de la Plata y fue abatido -y devorado- por los indígenas de la zona.
La flota de las Molucas, como se la llamó, estaba compuesta por cinco naos: la capitana Trinidad, la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago. Zarpó de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. Tras hacer escala en las islas Canarias y Cabo Verde, tocó tierra de Brasil el 13 de diciembre y desde allí costeó hacia el sur en busca del ansiado estrecho.
Tras comprobar que el Río de la Plata era un estuario, Magallanes ordenó proseguir el viaje hacia el sur, manteniéndose siempre ojo avizor para localizar el paso; en su obsesión por no pasarlo de largo hizo que los barcos anclaran de noche y navegaran de día lo más cerca posible de tierra, pese a que ello comportaba un gran riesgo de encallar en la costa.
Se sucedieron así las pistas falsas, las entradas de mar que resultaban ser grandes golfos, como la bahía Blanca o el golfo de San Matías. El mal tiempo arreciaba y no había día que no sufrieran los vientos del Atlántico Sur y de grandes temporales. Al abrigo de farallones de roca de 30 metros de envergadura, los marineros pasaron allí cinco meses, dedicados a reparar las naves y a cazar por los alrededores. El ocio forzado, el frío, el racionamiento de la comida ordenado por Magallanes y, sobre todo, la inquietud por el futuro de la expedición hicieron que el descontento se adueñara de los marinos.
El 10 de enero de 1520 llegaron a la desembocadura del río de la Plata, que exploraron hasta el 7 de febrero buscando el paso interoceánico. 17 días más tarde llegaban a un golfo al que llamaron San Matías y más hacia el sur, llegaron al hoy en día conocido, Puerto Deseado, al que llamaron bahía de los Trabajos. El 31 de marzo arribaron al puerto que denominaron San Julián.
Muchos se quejaban de la tozudez de Magallanes en mantener rumbo a los hielos del sur, cuando las Molucas estaban al oeste, y aún más de su carácter orgulloso y autoritario, a lo que se sumaban los recelos de los españoles a ser mandados por un portugués.
De este modo, el 1 de abril varios oficiales se amotinaron, se apoderaron de tres navíos y exigieron a Magallanes la mejora de las raciones de comida y el regreso a España. Sin embargo, Magallanes logró sofocar rápidamente la revuelta y castigó a los implicados sin contemplaciones.
A uno de los cabecillas lo hizo degollar y descuartizar y a otros dos los abandonó en la costa antes de partir, condenados a una muerte segura. A los demás amotinados, unos cuarenta, tras ser juzgados y condenados a la pena capital, los mantuvo con vida, consciente de que necesitaba su colaboración para continuar el viaje. Entre ellos estaba Juan Sebastián Elcano.
Rebeliones y Penurias
Estando aún en San Julián, Magallanes decidió enviar a uno de sus navíos como avanzadilla en busca del estrecho. A considerable distancia del resto de la flota, sin provisiones y bajo un frío glacial, su situación era muy comprometida. Al final algunos pudieron volver a pie hasta el puerto San Julián y Magallanes ordenó ir en busca de los restantes, también por tierra.
El invierno había llegado al hemisferio sur y el frío era muy intenso. Los resentimientos acumulados durante el viaje salieron a la luz, sufriendo un motín que disolvió condenando a muerte a dos de los conspiradores y dejando en tierra a otros dos.
Durante el frío invierno, naufragó la "Santiago" mientras exploraba la costa hacia el sur, lo que obligó a la tripulación a volver a pie hasta San Julián, donde esperaba el resto de la expedición.
El 24 de agosto de 1520 reanudó la travesía hacia el sur, pero a causa de los temporales aún tuvieron que guarecerse de nuevo durante varias semanas en el río Santa Cruz, donde los marinos se dedicaron a cazar y salar provisiones, hasta que el tiempo mejoró y el 18 de octubre pudieron levar anclas.
Frenados por vientos contrarios del sur, dando bordadas continuas, los navíos avanzaron sin perder de vista la costa hasta que el 21 de octubre, cuando se hallaban a 52º de latitud, avistaron un promontorio que penetraba en el mar. Tras doblarlo, vieron que un profundo canal se perdía en el horizonte, sin límite visible. Como había hecho antes, Magallanes inspeccionó la zona durante varios días. Envió a las cuatro naves a recorrer las diferentes bahías y canales, a fin de cerciorarse de que no se hallaba de nuevo ante la desembocadura de un río. Esta vez las naves volvieron con la confirmación que esperaba: por fin habían llegado al estrecho.
Un Laberinto de Canales
Las dificultades empezaron a sucederse. Parte de los marineros reclamaba volver a España para reunir una armada más resistente y mejor abastecida con la que hacer frente a la larga ruta hasta las Molucas, pero la respuesta de Magallanes -la que le atribuye el cronista Herrera- fue terminante: «Aunque hubiese que comer el cuero de las vacas con el que van forrados los mástiles, había de pasar adelante y descubrir lo que había prometido al emperador, pues espero que Dios me ayudará».
El estrecho, que hoy lleva el nombre de Magallanes, fue bautizado inicialmente como estrecho de Todos los Santos por el propio Magallanes. Navegaron luego hacia el norte, bordeando la costa chilena. Más tarde, entraron en mar abierto, adentrándose hacia occidente.
La flota emprendió, pues, la travesía, entre un impresionante paisaje de costas verdes y montañas nevadas . El italiano Antonio Pigafetta escribió en su crónica de la expedición: «Creo que en todo el mundo no existe un estrecho mejor ni más bello que éste».
Él no era marino; para los pilotos y capitanes el asunto se tornaba más complicado. A lo largo de las cien leguas del estrecho (unos 550 kilómetros), que recorrieron en 38 días, se enfrentaron a fuertes corrientes, olas de varios metros de altura y campos de algas laminarias que se enredaban en los timones.
La enorme profundidad del estrecho impedía fondear, por lo que los marinos debían echar cables a tierra, adentrándose en un laberinto de canales y pasos. El 28 de noviembre de 1520, la flota doblaba el que denominaron cabo Deseado.
Además, la sorda resistencia de buena parte de la tripulación al designio de Magallanes no había desaparecido. Cuando, hallándose a mitad de la travesía, Magallanes ordenó a uno de sus navíos, el San Antonio, que explorara unos canales y volviera a un punto convenido al cabo de unos días, la tripulación se rebeló contra el capitán del barco, Álvaro de Mezquita -un primo de Magallanes-y decidió volver a España, convencida de que el viaje era un suicido.
Para Magallanes era una pérdida muy considerable. Pero pocos días después otra de sus naves, la Victoria, volvió de una expedición de reconocimiento por el canal con la noticia de que había descubierto la desembocadura y la apertura al océano. El 28 de noviembre de 1520, la flota doblaba el que denominaron cabo Deseado. El acontecimiento se celebró con salvas de cañón y el capitán general Magallanes lloró de alegría, «dando infinitas gracias a Dios que le había dejado hallar lo que tanto deseaba, y que hubiese sido el primero que por aquella parte hubiese hallado el paso tan deseado», como escribió el cronista Herrera.
Entre la niebla, sorteando los islotes Evangelistas, los navíos se internaron en el ansiado mar del Sur, al que Magallanes no tardó en dar el nombre de mar Pacífico por la ausencia de tormentas y las aguas en calma.
Finalmente, se toparon con la bahía San Julián, en pleno invierno. Decidieron esperar allí con la intención de que el clima mejorase, pues la tripulación estaba desesperanzada. Los capitanes de las diferentes naves urdieron una conspiración contra Fernando de Magallanes. Este la conjuró y algunos responsables fueron dados de baja, mientras que a otros se les abandonó a su suerte.
El Pacífico y Filipinas
Atravesar ese inmenso mar supuso un auténtico tormento, pero al llegar al otro lado los esperaba un mar tranquilo. Por esta razón, fue bautizado como océano Pacífico, nombre que ha pervivido hasta nuestros días, aunque, en realidad, se trate del océano más furioso de la Tierra. Dicen los cronistas de la época que Fernando de Magallanes lloró de emoción ante el espectáculo.
Pero la breve travesía que se había imaginado el capitán portugués se convirtió en una interminable singladura, de tres meses y veinte días. La sed, el hambre y el escorbuto se cebaron en los navegantes hasta que por fin alcanzaron las islas Filipinas. Allí, en un enfrentamiento con un reyezuelo de Cebú, encontró la muerte el propio Magallanes.
Nuevamente, comenzaron las penurias, los víveres y el agua escaseaban. Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, lo describió así:“La galleta que comíamos ya no era más pan sino un polvo lleno de gusanos que habían devorado toda su sustancia. Además, tenía un olor fétido insoportable porque estaba impregnada de orina de ratas. El agua que bebíamos era pútrida y hedionda. Por no morir de hambre, nos hemos visto obligados a comer los trozos de cuero que cubrían el mástil”.
Finalmente, llegaron a la Isla de los Ladrones, probablemente Guam. Allí pudieron aprovisionarse de agua y alimentos. Luego partieron de nuevo y encontraron otro archipiélago, al que bautizaron como Filipinas, en honor a Felipe II, rey de España.
Los indígenas del lugar se resistieron a la presencia de los visitantes y libraron cruentas luchas contra ellos. En una de ellas, Fernando de Magallanes cayó batallando, en 1521.
Tras toda suerte de peripecias, el 9 de septiembre de 1522, tres años después de su partida, volvía a Sevilla la Flota de las Molucas, o más bien lo que quedaba de ella: un navío con 18 tripulantes a bordo, al mando de Juan Sebastián Elcano.
Muerte en Mactán
El 27 de abril de 1521, mientras el sol se alzaba sobre las aguas del Pacífico, una pequeña partida de hombres diminutos a lomos de frágiles embarcaciones canoas se enfrentó a un grupo de soldados ibéricos en la playa de Mactán, en las actuales Filipinas. Entre los caídos en aquel episodio quedó el nombre de Hernando de Magallanes -o Fernando de Magallanes, como se le conoce hoy-, el primer navegante que se atrevió a circunnavegar el globo terrestre.
En la isla de Homón, Magallanes ofreció amistad a Rajah Humabón, líder local, quien lo acogió junto a parte de su flota. Pronto se estableció una alianza: Magallanes hizo bautizar al rajá y a cientos de sus súbditos, mientras recibía víveres y alojamiento. Sin embargo, la complejidad política del archipiélago, fragmentado en señores de guerra rivales, tejía un entramado de alianzas frágiles. Magallanes aceptó ayudar a Humabón en la subyugación de la vecina isla de Mactán, gobernada por el belicoso jefe Lapu-Lapu, quien rechazó someterse al nuevo orden.
La mañana del 27 de abril de 1521, bajo una densa niebla, Magallanes desembarcó con unos 60 hombres armados con arcabuces y acero occidental. Los arcabuces, poco eficaces en terrenos pantanosos y contra guerreros ligeros, dejaron de surtir efecto cuando se agotaron las balas. La terciada infantería hispánica se vio superada: muchos cayeron a golpes de lanza y flechas. Magallanes, herido en el muslo y en el pecho, luchó hasta el último instante, cayendo finalmente en la arena a orillas del mar.
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