Biografía de Guadalupe Esparza
Cesárea Ruiz de Esparza y Dávalos llega al mundo. La Providencia le ha preparado un cálido hogar en la tranquila y señorial ciudad de Aguascalientes.
Las dificultades asoman a su existencia con el mismo nacimiento, donde peligra tanto su vida como la de Doña Bruna, su buena madre; según el decir de la misma Cesárea «al nacer tuve vida de milagro porque nací sofocada y fui sietemesina».
Los cuidados que recibe de sus familiares, principalmente de su señor padre, hacen que sortee el momento difícil de su llegada a este mundo, jueves 27 de agosto de 1829.
Como miembro de familia profundamente cristiana, a los cuatro días de nacida, recibe las aguas bautismales de manos del Pbro.
Su familia numerosa: catorce hermanos, de los cuales sobreviven cinco mujeres y dos hombres. Ella fue la cuarta hija del matrimonio formado por el Sr. Lic. José María Ruiz de Esparza y Peredo y la Sra. Doña María Bruna Dávalos Rincón Gallardo.
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Especial relevancia tienen su hermana Refugio, menor que ella, esposa de Juan Vega, ambos fueron los padres de Josefa y Miguel, quienes quedaron huérfanos a tierna edad, en el lapso de diez y seis días en el año de 1864 y a los que Cesárea sirvió de madre; Juliana, nacida en 1836, compañera de ideales de Cesárea, que ingresó con las Hijas de la Caridad, sufriendo el destierro decretado por Lerdo de Tejada; esta santa religiosa murió en Burgo de Osma, provincia de Soria, en España; José Justo Pastor, que al alejarse de la casa paterna cortando los estudios de abogacía que realizaba, determinó cambiar su nombre por problemas tenidos con su padre, adoptando el de Juan E.
Los años de su niñez fueron importantes, pues en ellos se inclinó en el conocimiento y amor profundo del Señor, ella misma escribe: «Uno de los beneficios de Dios del que vivo agradecida, es el de haberme dado padres católicos y que tuvieran temor de Dios».
«Rezaba el cuaresmal con la hermana mayor; yo y otra menor, luego que leía el punto y apagaba la vela, nos dormíamos, apenas sentía cuando me llevaban a la cama, tendría yo como nueve años, esto fue poco tiempo.
Esta confesión de Cesárea indica diáfanamente la hondura religiosa de su hogar y de su formación en los años clave de su vida, los de su niñez. Sin todavía comprender las profundidades de la vida de oración, se inicia en ella y es su propia madre la maestra que la hace dar los primeros pasos en la vida del espíritu.
Lo que al calor del regazo maternal aprendió quedó profundamente grabado en su ser. El trato que ella da siempre a la Sma. Virgen María es sumamente tierno y respetuoso, esto nos habla de un corazón que ama verdaderamente; releyendo algunas de sus cartas nos encontramos lo siguiente: «Mi tierna madre», «Mis queridísimos Padres María y José», «Madre mía», «Mi querida Madre».
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Cuando nombra o invoca a la Sma. Virgen María no la puede separar de José y de Jesús, es decir ama y venera a la Sagrada Familia.
Cesaréa ha llegado a la adolescencia. Los intereses sociales y económicos de los Ruiz de Esparza y Dávalos son motivo del retorno a la ciudad de las minas.
Allí en Zacatecas, cuando Cesárea tiene quince años, manifiesta que vive plenamente su adolescencia; se observa, descubre las riquezas de su femineidad, por eso nos dice: «allí comencé a sentir inclinación a la compostura».
La historia se va gestando y va cargada con sus valores y sus rasgos específicos, muchos de los cuales se nos antojan más amables. Uno de éstos es, tal vez, la sobria y rigurosa educación que le tocó vivir a Cesarita.
Cesarita entendió la renuncia para el seguimiento de Cristo. En el itinerario de su caminar con Cristo, sorteará los escollos.
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En esta ocasión, en su temprana juventud, experimentará desconcierto y escrúpulos: «me confesaba con el padre Guardián del Colegio de Guadalupe, no se podía dedicar a dirigirme como yo lo deseaba y me propuse formar mi espíritu yo sola, me dediqué a la oración y a la lectura, tomé por maestro para la oración a San Francisco de Sales.
Formé mi espíritu muy tímido, con esto sufrí mucho algunos años y mortifiqué a mi mamá. Cuando verdaderamente se da el encuentro con Cristo, su proyección se deja sentir de inmediato en las realidades terrenas.
El influjo de la persona de Cristo en ella se hace de manera especialmente relevante en esta época, con la consagración que hace de sí a Dios cuando ha cumplido diecinueve años.
Su padre había mandado tallar en madera la imagen de Dios hecho Niño, con el fin de obsequiar a su querida hija con un regalo tan de su agrado. La joven, a su vez, ofrendaba al Niño todo su amor, manifestado de mil maneras; mandó grabar un anillo, que recibió de uno de sus tíos, con las iniciales J. y C.
«…el jueves 12 de octubre de 1848, día de Nuestra Señora del Pilar, mi confesor el M.R.P. Ignacio Sampayo, Guardián del Convento de San Francisco, estando yo en la Sacristía, bendijo el expresado anillo, me lo puso y me dio por esposo al Niño Jesús; en aquel acto hice una comunión espiritual y avivé la fe que mi madre Santísima y mi padre Sr. San José eran mis padrinos como tanto se lo había suplicado. Al Niño le puse un anillo con la inicial C«.
En torno a esta entrega giran los primeros años de su juventud. Cuando Cesarita se desposa con Jesús Niño, escoge a la Sma. Virgen como madrina, siempre al lado del Señor San José.
María, la joven que vive una vida desconocida, secreta, oculta ante los ojos del mundo pero muy conocida ante los ojos de Dios, es su maestra de oración y de la práctica de todas las virtudes, principalmente de la humildad.
En 1856, cuando ha cumplido ya veintiséis años, muere su madre y la madura joven se queda al frente de su hogar.
Comienza desde entonces de un modo especial a humillarse profundamente ante Dios y ante los hombres, sus actos de virtud eran cada día más perfectos, pudiéndose decir con toda verdad, que dirigida por el Pbro. D. Le escribe al P. Vilaseca: «Para gloria de Dios, vergüenza y confusión mía, digo a usted, padre mío, que me hizo mi buen Dios la gracia de tener mi espíritu muy recogido.
A cada cuarto de hora poníame en la presencia de Dios, hacia un acto de contrición, una comunión espiritual y un acto de amor unas veces, y otras lo hacía de humildad, o de aquella virtud que más necesitaba.
INMOLACIÓN-VIDA NUEVA. Dos años de abnegada atención a su padre y a sus hermanos, antes que contraigan nupcias. Al casarse ellos, quedan solas Cesárea y Juliana y deciden ingresar a la Vida Religiosa.
La vida cristiana es esencialmente un acontecimiento de amor y su desarrollo sigue una trayectoria determinada. Después de diez años de gozo espiritual, Cesárea es purificada.
Cesárea ha descubierto la voluntad de Dios en los acontecimientos y se empeña en buscar los medios para que su hermana Juliana logre consagrarse a Dios, por eso suplica a su tía la lleve a la Hacienda de la Quemada a vivir con uno de sus hermanos.
Allí en la soledad, el silencio y la quietud, la presencia de Dios que alimenta por la lectura espiritual y la oración colman su deseo fuerte de una vida contemplativa aun cuando confesaba: «A pesar de mis devociones no pude tener el espíritu con recogimiento, como deseaba, porque mi imaginación se ocupaba en recuerdos tristes de los acontecimientos que en dos años hubo en la familia».
Cesárea, dada su fina psicología, vive intensamente las vicisitudes de este período: enferma, con un pequeño a su cuidado, porque murió su cuñada y le dejo a su hijo. ¡Muere su padre! el 25 de abril de 1861, dejándola de albacea. ¡Muere su hermana Refugio y su cuñado Juan Vega!, nueva responsabilidad de dos pequeños, porque ellos le dejan a sus hijos Josefa y Miguel. ¡Al frente de ún mostrador! Temerosa de que las rentas no le fuesen suficientes para sus gastos, abre un estanquillo.
En 1869 Cesárea se traslada a México a la casa de su hermano Juan; nuevas dificultades por la convivencia de los pequeños sobrinos, la hacen separarse de él, y buscar nuevo modo de subsistir.
Esta etapa en la vida de la Madre Cesarita le sirve de preparación inmediata a su vocación de Fundadora. Ella desde su más tierna edad amó y honró a la Santísima Virgen.
En su autobiografía, cita las devociones que practica, el rezo del rosario completo todos los días, el oficio Parvo, rezo del viacrucis, amante de la oración mental y vocal, exacta y puntual en los quehaceres. Más tarde en el Hospital de San Andrés, dirigido por las Hijas de la Caridad, se desempeña como una de las celadoras más distinguidas; por el amor a tan dulce Madre, logra, junto con tres compañeras que ingresen 1042 personas a la Asociación de Hijas de María.
El 8 de septiembre de 1863, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, se establece la asociación de Hijas de María Inmaculada, en el Hospital de San Andrés de la ciudad de México.
Su objetivo: Vivir intensamente en Cristo y por Cristo, tomar en serio el evangelio y buscar la perfección del amor. La Juventud Mariana vive valores morales y espirituales: respeto, fraternidad, justicia, generosidad, pureza, laboriosidad, amor.
La joven las encuentra realizadas en Cristo, su maestro, su modelo, ese Cristo que se hizo niño, y fue creciendo pasando por la adolescencia y la juventud, para llegar a la edad madura y poder realizar la obra que tenía encomendada: dar la vida por la salvación de los hombres.
La hora del llamado a fundadora se acerca. El ritmo individual interior y espiritual de Cesárea, se va revelando a lo largo de su historia, que comenzó con la elección divina. La disponibilidad, flor de su amor, se abre en plenitud para dejar penetrar el deseo de Dios (en agosto de 1872.
José María Vilaseca, el celoso misionero, se ha cruzado en su vida; Dios se le hace presente por su medio y los asocia haciéndolos padres de un nuevo Instituto: la Congregación de Hermanas Josefinas. Sale del retiro el día 27. Ella sabe que su oración ha sido oída y que ésa era una prueba de la voluntad de Dios.
El discernimiento de Cesárea aflora en las consultas que realiza para confirmar lo que le pide el Señor. El elemento de Dios llega: La Iglesia, tierra siempre fecunda, recibe amorosa la semilla nueva de un naciente instituto, a pesar de la persecución religiosa que han desatado las leyes injustas en la República Mexicana, y así comienza la labor.
El carisma que el espíritu está generando en la Iglesia de México, se avala al cobijo del báculo del Pastor y Cesarita sigue narrando: «El 19 de octubre nos presentó nuestro Padre con el Ilustrísimo Sr. Arzobispo Dr. D. Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, nos recibió con mucha caridad, nos hizo una pequeña exhortación animándonos a que nos consagráramos al servicio de Jesús, María y José, dedicándonos a la enseñanza de la juventud«.
La historia de la vida religiosa nos revela que los fundadores son llamados por Dios, para ser gigantes en la santidad. Santidad que implica grandes sufrimientos. El encarcelamiento del Padre Vilaseca es otro momento de ascensión en una larga trayectoria de dolor de la Madre Cesárea como Fundadora.
La siguiente estación del «Subir a Jerusalén» se deja ver como un cincel modelador de la talla de Madre Cesárea en las manos del Padre y es el destierro del P. Vilaseca, quien se embarca para Europa el 17 de octubre de 1873.
Por un año y tres meses la valerosa Fundadora conduce sola el timón de la Congregación en tiempos aciagos y de persecución religiosa. Se establece la primera casa en Tacuba, una escuela gratuita para niñas pobres.
Ve a la familia de Nazaret cumpliendo los planes del Padre y trata desde sus inicios de gozar de la unión con Dios y del amor mutuo que se difunde en los miembros del hogar de San José.
Elegida por Dios para atender a las urgencias de la Iglesia, responde a la lectura de los signos de los tiempos consagrándose a cuidar la vida de Cristo en la niñez, en la juventud, en el enfermo y en todo necesitado.
Su vasta cultura, aunada a su simpatía, hacen de la Madre Cesárea la formadora afable y sencilla, firme y esforzada, personalmente enseña a sus hijas desde los oficios más sencillos hasta la mejor manera de dialogar con Dios.
La Madre Cesarita expresa en sus apuntes autobiográficos: «Entre el gran número de hijas de María que estaban establecidas en México, fuimos elegidas unas cuantas, sin tener instrucción, ni civilización, ni bienes de fortuna para ser también felices Hijas de María».
Una de las características que sobresalen en la vida de M. El nombre primitivo con el que se les conoce en los inicios de la fundación y que se prolonga por varios años es precisamente el de «Hijas de María y del Señor San José», porque varias de ellas antes de ser religiosas fueron Hijas de María.
También encontramos varios libros escritos por el Padre Vilaseca para la formación de su incipiente Congregación, algunos de estos dedicados por la Madre Cesarita y que se refieren a ellas como «Hijas de María y del Señor San José».
En otro lugar encontramos: «Este precioso librito compuesto por nuestro padre, se titula: ‘Libro de oro para las Hijas de María del Señor San José’.
«Salimos para Puebla el día 10 de noviembre, y tomamos posesión del Asilo de San Vicente, que tan dignamente dirigían las Hijas de la Caridad, situado en la calle de San Jerónimo Nº 1. Desde entonces lo había dirigido y sostenido el señor presbítero Don Victoriano Covarrubias, canónigo y persona muy respetable por su virtud y gran prudencia.
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