El Lugar de Nacimiento de San Pedro de Alcántara

05.10.2025

San Pedro de Alcántara, cuyo nombre original era Juan de Garavito y Vilela de Sanabria, nació en Alcántara en 1499.

Hijo del gobernador don Pedro Alonso Garavito y de la noble doña María Vilela de Sanabria y Maldonado, según el genealogista Alfonso Figueroa y Melgar, el padre del santo era un caballero leonés que había ido a Alcántara de gobernador a finales del siglo XV.

La madre del santo enviudó y se casó con el también viudo Alonso Barrantes.

En 1499 nacía en Alcántara Juan de Sanabria. Fueron sus padres Juan Garavito y María Vilela de Sanabria, miembros de familias pudientes de la villa.

Juan Garavito muere cuando su hijo ha cumplido los ocho años y María, su madre, apenas dos años más tarde contrae nuevo matrimonio con el viudo Alonso Barrantes, persona de gran poder económico y de gran influencia política en Alcántara.

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Preocupado su padrastro por la educación de Juan de Sanabria, tras los estudios de gramática en la villa natal, en 1511 lo envía a la Universidad de Salamanca, donde permanecerá hasta 1515.

El 22 de febrero de 1962, el Papa Juan XXIII declaró a San Pedro de Alcántara patrón de Extremadura.

Hace unos años, Jaime Martín Grados, cronista de Alcántara, lamentaba el olvido en el que se encontraba la figura de San Pedro de Alcántara. A pesar de ello, en la provincia de Cáceres, su renombre es considerable.

San Pedro es el patrón de la Diócesis de Coria-Cáceres y de la Diputación Provincial de Cáceres. Además, su influencia trascendió las fronteras de la provincia.

San Pedro de Alcántara se encuentra situado en la vega que le da nombre, Vega de San Pedro Alcántara, en el término municipal de Marbella, área central de la Costa del Sol, en una ancha franja costera delimitada por un semicírculo de quebradas sierras que la rodean.

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Al este La Sierra Blanca de Marbella, con su máxima cota el pico del Lastonar (1.270 m.) más conocido como La Concha, ya que visto desde el oeste semeja la valva estriada de un molusto. Algo más al norte La Sierra del Real o Real del Duque; La Sierra Palmitera tras la cual se asoman los picachos de la Sierra de Las Nieves y Torrox. Al oeste Monte Mayor, y por último cerrando la línea montañosa Sierra Bermeja.

Los puertos marítimos más cercanos son los de Málaga y Algeciras, ambos a unos 65 Km. Por aire los aeropuertos de Málaga y Gibraltar a solo 60 km. de distancia en carretera. Por ferrocarril las estaciones de Málaga y Algeciras a 65 Km., y la de Ronda a 45 Km.

El origen o nacimiento de San Pedro Alcántara se debe a un gran hombre como fue el General D. En la primera mitad de la década 1860-70 se creó esta colonia, valiendo de ejemplo a las que se crearon en su época.

Los nuevos medios de cultivo adoptados, trayendo las últimas novedades técnicas en maquinaria del Reino Unido y EE.UU., además de la creación de una Granja Modelo o Escuela de capacitación Agraria, proporcionó una plantilla de capataces y especialistas que dieron un gran impulso a la colonia.

Entre los años 1922 a 1950 se procedió a la parcelación y venta de terrenos en la Colonia. En el año 1945 el Ayuntamiento de Marbella adquirió la Villa de San Luis, que es hoy la Tenencia de Alcaldía, el Manantial de Fuente Nueva y la red de aguas.

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Poco tiempo después se dispuso de alumbrado público, limpieza. Ya en la década de los sesenta, tras cien años de existencia, el Turismo se convierte en el protagonista del progreso, convirtiendo la zona de forma rápida.

Se construye la red de aguas y saneamiento, se pavimentan las calles, se instala la red telefónica, y empieza a florecer el comercio y la construcción. Con gran rapidez aparecen las zonas residenciales hoteles, campos de golf, restaurantes, etc.

Son los años en los que la Costa del Sol y con ella nuestra localidad, adquiere fama y renombre mundial. El rápido crecimiento requiere que la Tenencia de Alcaldía goce de facultades para la tramitación de gran número de expedientes así como las resoluciones en licencias de obras, industrias, sanciones, etc.

Hoy en día San Pedro Alcántara es un pueblo moderno, abierto al turista y nos extenderíamos mucho más enumerando la cantidad de servicios y mejoras de las que dispone.

San Pedro es uno de los grandes Santos del siglo XVI. Para la Iglesia, su figura supone una llamada a la reforma permanente mediante una espiritualidad que ha dado grandes frutos.

San Pedro, nacido en Alcántara el año 1499, hijo del gobernador don Pedro Alonso Garavito y de la noble señora doña María Vilela de Sanabria y Maldonado. Fue fraile franciscano español. Su nombre real es Juan de Garavito y Vilela de Sanabria.

Nació en el seno de una familia noble. Sus padres cuidaron esmeradamente de su formación intelectual. Estudió gramática en Alcántara y debía de tener once o doce años cuando marchó a Salamanca. Allí cursó filosofía y comenzó derecho. A los quince años había ya hecho el primero de leyes. En Salamanca daba su comida de limosna y servía a los enfermos.

Tornó a su villa natal en vacaciones y entonces surgieron sus dudas sobre la elección de su camino. Un día el joven vio pasar ante su puerta unos franciscanos descalzos y marchó tras ellos, escapándose de casa apenas cumplidos los dieciséis años. Abandona los estudios y toma los hábitos en 1515 en el convento de San Francisco de los Majarretes, cerca de Valencia de Alcántara, donde toma el nombre de Fray Pedro de Alcántara.

Entró muy joven en la Orden franciscana y llegó a ser provincial. Organizó definitivamente la reforma de los franciscanos en España, siguiendo el mismo espíritu que Santa Teresa, de la que fue acertado consejero, ayudándola a llevar a cabo la perfecta reforma del Carmelo. Austero y duro consigo mismo, extremaba su dulzura con los demás.

Apenas entrado en el noviciado vivía en continua oración. Dios le arrebataba de tal forma que muchas veces durante toda su vida dicen que se le vio elevarse en el aire sobre los más altos árboles, permanecer sin sentido, atravesar los ríos andando sin darse cuenta por encima de sus aguas. Como consecuencia desde el principio se manifestó hombre totalmente muerto al mundo y al uso de los sentidos. Nunca miró a nadie a la cara.

Sólo conocía a los que le trataban por la voz; ignoraba los techos de las casas donde vivía, la situación de las habitaciones, los árboles del huerto. A veces caminaba muchas horas con los ojos completamente cerrados y tomaba a tientas la pobre refacción.

Gustaba tener huertecillos en los conventos donde poder salir en las noches a contemplar el cielo estrellado, y la contemplación de las criaturas fue siempre para su alma escala conductora a Dios.

Si en la mortificación de la vista había llegado, cual declaró a Santa Teresa, al extremo de que igual le diera ver que no ver, tener los ojos cerrados que abiertos, es casi increíble el que durante cuarenta años sólo durmiera hora y media cada día, y eso sentado en el suelo, acurrucado en la pequeña celda donde no cabía estirado ni de pie, y apoyada la cabeza en un madero.

Comía, de tres en tres días solamente, pan negro y duro, hierbas amargas y rara vez legumbres nauseabundas, de rodillas; en ocasiones pasaba seis u ocho días sin probar alimento, sin que nadie pudiese evitarlo, pues, si querían regalarle de forma que no lo pudiese huir, eran luego sus penitencias tan duras que preferían no dar ocasión a ellas y le dejaban en paz.

Llevó muchísimos años un cilicio de hoja de lata a modo de armadura con puntas vueltas hacia la carne. El aspecto de su cuerpo, para quienes le vieron desnudo, era impresionante: tenía piel y huesos solamente; el cilicio descubría en algunas partes el hueso y lo restante de la piel era azotado sin piedad dos veces por día, hasta sangrar y supurar en úlceras horrendas que no había modo de curar, cayéndole muchas veces la sangre hasta los pies.

Se cubría con el sayal más remendado que encontraba; llevaba unos paños menores que, con el sayal, constituían asperísimo cilicio. El hábito era estrecho y en invierno le acompañaba un manto que no llegaba a cubrir las rodillas. Como solamente tenía uno, veíase obligado a desnudarse para lavarlo, a escondidas, y tornaba a ponérselo, muchas veces helado, apenas lo terminaba de lavar y se había escurrido un tanto.

Cuando no podía estar en la celda por el rigor del frío solía calentarse poniéndose desnudo en la corriente helada que iba de la puerta a la ventana abiertas; luego las cerraba poco a poco, y, finalmente, se ponía el hábito y amonestaba al hermano asno para que no se quejase con tanto regalo y no le impidiese la oración.

Su aspecto exterior era impresionante: la cara esquelética; los ojos de fulgor intensísimo, capaces de descubrir los secretos más íntimos del corazón, siempre bajos y cerrados; la cabeza quemada por el sol y el hielo, llena de ampollas y de golpes que se daba por no mirar cuando pasaba por puertas bajas, de forma que a menudo le iba escurriendo la sangre por la faz; los pies siempre descalzos, partidos y llagados por no ver dónde los asentaba y no cuidarse de las zarzas y piedras de los caminos.

Fundó el convento más pequeño del mundo, «El Palancar», cerca de Pedroso de Acim. Conocido sobre todo por su penitencia, encandilaba a las masas con su oratoria. Redujo el «Libro de la oración y Meditación» de Fray Luis de Granada a su versión portátil y popular, el «Tratado de la oración y meditación».

Por donde iba dejaba su rastro de santidad, caminaba descalzo, y se contaban los prodigios que ocurrían en torno a su persona como serían pasar el río Tiétar sobre las aguas, el no mojarse en plena tormenta o el que la nieve formase una pequeña cavidad a su alrededor en el Puerto del Pico cuando regresaba de un viaje a Ávila.

Tuvo íntima relación con los grandes santos de su época: San Francisco de Borja, quien llamaba «su paraíso» al convento de El Pedroso donde el Santo comenzó su reforma; el beato Juan de Ribera, Santa Teresa de Jesús, a quien ayudó eficazmente en la reforma carmelitana y a cuyo espíritu dio aprobación definitiva. Acudieron a él reyes, obispos y grandes.

Carlos V y su hija Juana le solicitaron como confesor, negándose a ello por humildad y por desagradarle el género de vida consiguiente. Los reyes de Portugal fueron muy devotos suyos y le ayudaron muchas veces en sus trabajos.

En 1560 se encuentra con Santa Teresa en casa de Doña Guiomar de Ulloa y trata sobre la fundación del convento de Arenas, tras haber concluido antes las del convento de La Viciosa y del Rosario en términos de Oropesa.

Pedro de Alcántara tranquiliza y asegura el espíritu de Teresa de Jesús, y entre ambos santos surge una profunda y sincera amistad: en adelante, él es el consejero fiel de la santa y quien la orienta y le da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación del convento de San José de Ávila; y fray Pedro abre su corazón a la Madre Teresa, que será su primer biógrafo, dedicándole tres capítulos de su Autobiografía.

Y hay confirmados muchos milagros: innumerables veces pasó los ríos a pie descalzo; dio de comer prodigiosamente a los religiosos necesitados; curó enfermos; profetizó; plantó su báculo en tierra y se desarrolló en una higuera; atravesó tempestades sin que la lluvia calara sus vestidos, y en una de nieve ésta le respetó hasta el punto de formar a su alrededor una especie de tienda blanca.

Es probablemente con ocasión de un viaje de paso para Ávila, cuando Pedro de Alcántara conoce en Arenas (actualmente Arenas de San Pedro) la ermita de San Andrés del Monte, a poco más de dos kilómetros de la villa.

Levantada en el primer tercio del siglo XVI, era ésta una pequeña edificación de poco más de treinta metros cuadrados, de estilo gótico isabelino. La cofradía arenense de San Andrés se la ofrece para la fundación de un nuevo convento de su reforma. Cuentan las crónicas que tanto agradó al santo el lugar que exclamó: «Dios tiene grandes designios sobre este lugar».

De ahora en adelante Arenas y su comarca experimentarán las riquezas del apostolado y el ejemplo de la vida de fray Pedro, que fija su residencia en Arenas en la primavera de 1562.

Viajaba, en un asnillo, a Ávila, Oropesa y al convento de Ntra. Sra. del Rosario, situado en las proximidades del actual pantano del Rosarito. Mientras se construía el pequeño convento, vivía en una casa que tenía la cofradía del mismo nombre en el pueblo y que después se convirtió en Enfermería.

Ante el agravarse de su enfermedad, el 12 de octubre de 1562 se hace llevar a Arenas, donde quiere recibir la muerte rodeado de sus hermanos. En el amanecer del 18 de octubre, alegre de verse ya de partida para la gloria, después de pedir perdón a su cuerpo por las asperezas y rigores con que le había tratado todo el tiempo de su vida, comenzó a rezar el salmo «miserere», quedándose absorto en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María.

Vuelto en sí, y diciendo: «¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!», entregaba su espíritu. El 18 de octubre de 1562 murió en Arenas de San Pedro.

La fama de su santidad hizo que su sepulcro se convirtiera enseguida en meta de peregrinación de innumerables devotos que, sin distinción de clase ni condición, reconocían su santidad e invocaban su intercesión. En 1591 sus restos fueron colocados en un nicho al lado del evangelio en la ermita de San Andrés, ampliada pocas fechas antes.

El arca que contenía los restos se tabicó, al no estar autorizado su culto; pero, como memoria de la presencia allí de tan preciado tesoro, en la pared se pintó una imagen suya, que es hoy el primer testimonio iconográfico alcantarino. Años más tarde, en 1616, ya bastante avanzado el proceso de beatificación, se hizo una pequeña capilla al lado derecho del altar, a la que se trasladaron de nuevo los restos del santo, autorizado ya su culto público.

Respondiendo a la reiterada petición de cardenales, obispos, reyes, nobles y pueblo sencillo, que escriben al Papa solicitando la gloria de los altares para fray Pedro, Gregorio XV lo beatificó el 18 de abril de 1622, domingo de pascua. Con este motivo Arenas lo declaraba patrón perpetuo de la villa e hizo voto de tener por día de fiesta perpetuamente el 19 de octubre de cada año.

Su canonización por Clemente IX, en 1669, universalizó su historia personal, su santidad y su culto. En 1674 era nombrado patrono de la diócesis de Coria-Cáceres; en 1752 se colocaba en la Basílica Vaticana, en Roma, una gran estatua del santo, obra de Francisco de Vergara, privilegio reservado a los grandes fundadores de órdenes religiosas, concedido a él y a Teresa de Jesús; en 1757 se puso la primera piedra de la capilla que había de acoger definitivamente sus restos en su convento de Arenas, obra del arquitecto real Ventura Rodríguez, y en la que dejaron muestra de su buen hacer algunos de los artistas más renombrados del momento: Francisco Gutiérrez, Francisco Bayeu, Sabatini y José Antonio Giardoni, entre otros.

En 1826 fue declarado patrono del Brasil, y en 1962 lo era de Extremadura, compartiendo patronazgo con la Virgen de Guadalupe.

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