El Niño de las Monjas: Una Historia de Fe, Toros y Superación

18.09.2025

La historia de Jordi Pérez, conocido en el mundo taurino como "El Niño de las Monjas", es una de constancia, sacrificio y una profunda conexión con la fe. Su vida, marcada por la adversidad, encontró un nuevo rumbo gracias a la Congregación de las Madres de Desamparados y San José de la Montaña en Valencia.

Un Comienzo Inesperado

Tras un periodo agitado de su vida, con una familia desestructurada y la actuación de los Servicios Sociales de la Generalitat Valenciana, Jordi Pérez acabó a los 11 años en el Hogar de la Congregación de las Madres de Desamparados y San José de la Montaña, en Valencia. Allí conoció a uno de los profesores que imparte clases en el centro educativo, Fran Durbá. Desde hace años, Jordi Pérez vive en Puçol. La familia de Fran es su familia. Fran es su hermano.

Rescatado de la marginación en plena infancia por las Monjas del Hogar San José de la Montaña, Orden de Madre de los Desamparados, entre hábitos le nació la vocación taurina, de la mano de su tutor, que le hablaba (y habla) de toros. Y torero quiere ser de tanta conversación taurina con su tutor, que ejerce también de mozo de espadas. Y de «sastra » tiene a la madre Elisa , la directora del Hogar, natural de Ronda -en cuya plaza se «colaba» para ver a Antonio Ordóñez-, que le recose los vestidos -uno se lo regaló El Fandi y otro perteneció a Ponce- con esmero cada vez que llegan rotos por alguna cogida.

El Apoyo Incondicional de las Monjas

Jordi Pérez se anuncia en los carteles como "El Niño de las Monjas". El pasado 13 de marzo actuó en una novillada en la plaza de toros de Valencia, durante las Fallas. Era su sueño, que no había podido cumplir hace un par de años a consecuencia de la pandemia. Esa tarde, media docena de monjitas seguían en el coso de la calle de Játiva las evoluciones en el ruedo de "su torero". Y él les brindó una de sus dos reses.Una de las monjitas de ese Hogar de la Congragación de las Madres de los Desamparados, sor Elisa, es quien más ha potenciado la vocación taurina del joven. La madre Elisa ha contagiado a algunas de sus compañeras esa afición a los toros. Las que han seguido a Jordi Pérez a algunas plazas donde ha lidiado sus novillos, como ocurrió la mencionada tarde fallera de hace pocas semanas.

Al principio, no echaban cuentas de su afición a los toros e incluso le apuntaron a clases de rugby . Pero no hubo modo de quitarle el veneno del toreo de la cabeza: «Yo quiero ser torero». Y las monjas se presentaron en la Escuela Taurina de Valencia para inscribir a «su» niño, donde hoy sigue. Ya ha toreado en la capital del Turia y este agosto hará el paseíllo en Málaga. En la Escuela Taurina dirige sus inicios Juan Carlos Vera , sobrino de Enrique Vera, que curiosamente protagonizó la película «El niño de las monjas».

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Grandes aficionadas a la tauromaquia, la afición le viene directamente de las monjas. Unos trajes, por cierto, que las consagradas cosen en el convento cada vez que estos sufren algún desperfecto por el roce con las astas. Doy fe como aficionado taurino que no es corriente ver a unas monjas en los tendidos de ninguna plaza aplaudiendo a rabiar a un diestro. Salvo en algunos festivales benéficos en favor de hospitales o centros de la tercera edad o albergues infantiles, las religiosas no acuden a festejo alguno.

Inicios en el Mundo del Toro

Me comentaste que empezaste en el toro por tu tío. Mi tío tenia un taller y un día cuando pasé me comentó que el me pagaba la carrera de torero, que me apuntaba a la escuela y todo, yo le decía que no. La edad, pues sería a los 13 años o así. Hasta ahora, sí. Ahora ya bueno, voy por allí a entrenar y poco más. La experiencia que yo he tenido ha sido una de las más bonitas que me ha regalado la vida. Busco un toreo profundo, sentido y por abajo, roto y entregado. Ahora mismo, el Maestro Santiago que teníamos que ser esponjas y absorber de todos un poco, entonces no tengo un torero referente-espejo, pero me gusta mucho el maestro Alejandro Talavante y el maestro Manzanares.

Tras una etapa en la escuela y corridas como novillero sin caballos, debuté en Algemesí, el 26 de septiembre de 2019. Esperando, pero no parado. Jordi ha estado entrenando. Tiene un apoderado en Madrid. Allí acude siempre que puede. A veces sale en coche de Puçol antes del amanecer. Entrena. Recibe instrucciones y consejos. Y regresa a su pueblo a medianoche. Una vida dura.

Una Trayectoria en Ascenso

Jordi Pérez es un novillero aún sin picadores, finalista en junio de este año del prestigioso certamen Alfarero de Plata de Villaseca de La Sagra (Toledo) y sobre cuyo futuro como torero hay buenas expectativas.El sábado 12 de junio, en Arenas de San Pedro (Ávila), un vecino de Puçol retoma la carrera para hacer realidad su gran sueño: Jordi Pérez, conocido en el mundo taurino como el Niño de las Monjas, quiere ser el nuevo torero de su pueblo de acogida, Puçol, tras una vida que incluye otra acogida por parte de las monjas de San José de la Montaña en Valencia. Tiene 21 años. Nació en Carlet.

Tu debut con caballos, Algemesí, septiembre… ¿Qué tal? Pues una tarde muy especial y muy bonita, pero a la vez con mucha responsabilidad y nervios, y quieras que no cuando una persona está nerviosa le cuesta expresar un poco lo que lleva dentro. ¿Crees que la temporada 2020 va a ser una temporada importante para ti? Pues la verdad es que no tengo prisa en pisar plaza como las que has dicho, porque bueno, lo que pienso en estos momentos es en prepararme bien. ¿Estas dispuesto a torear estos encastes?

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Y lo hace con el Circuito de Novilladas con Picadores de Castilla y León. Tres tardes de toros, cada una con tres novilleros. Los mejores pasan a la siguiente ronda, dos semifinales, siempre de tres en tres, siempre en poblaciones castellanas distintas. Sí, parece la Liga de las Estrellas. Y en el fondo lo es. Por eso, además del intercambio de medallas de vírgenes, en la conversación con la alcaldesa surge una idea: ¿un autobús para la gran final el 24 de julio? Primero hay que llegar. Parece el guion de una película. Algo rocambolesca, sí. Como el Niño de las Monjas: una realidad.

El Legado de "El Niño de las Monjas"

El joven torero ha cambiado incluso de nombre. «Nos dedicamos a esto y tras muchas horas de entrenamiento entendemos las reacciones del animal. Pero se pasa miedo. Impone mucho cuando sale por la puerta.

«Me siento orgulloso de vivir en el convento en el que vivo. Puedo decir que es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida», ha dicho también en Patrimonio taurino. Su nombre y circunstancias evocan la película El Niño de las Monjas, dirigida en 1959 por Ignacio F. Un torero entre monjas. Un torero bajo el manto de la fe, con hilo directo con la divinidad.

Una historia misteriosa. Casi de película. «Empecé a venir a casa de Fran, primero ocasionalmente y luego ya instalado como uno más de la familia. Un día de verano vimos una corrida de toros en televisión y me gustó. Y acabaron cediendo. La madre Elisa incluso le cose los trajes de luces cuando hay que ajustar las tallas o cuando un revolcón deja huella en su uniforme.

«Tengo una peña en Carlet. Pero aquello fue una etapa de mi vida, ahora vivo en Puçol, bueno también en Madrid y sigo yendo al hogar de San José de la Montaña.

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En abril de 1925 la empresa cinematográfica “Films Walken” despliega todos sus medios en Salamanca para rodar una película sobre tema taurino, que no sea la clásica españolada de pandereta. La película lleva el título del epígrafe y es adaptación de una novela de Juan López Núñez, publicada en 1922 y llevada al teatro el 8 de marzo de 1923. Su argumento, niño recién nacido y abandonado a las puertas de un convento, criándose educado por las monjas, ayudando al jardinero en compañía de su hija, a la que considera su hermana. Aparece una guapa mujer, rica y de vida un tanto licenciosa, benefactora de las monjas y se enamora de ella, abandonando el convento y decidiendo hacerse torero para conquistarla, aunque detesta los toros. En una finca salva la vida de la rica dama y ésta apoya al torerillo, que confunde el sentimiento de gratitud con el amor. La escena de toros se rueda realmente en el coso de la Glorieta el día 12 de abril alternando Ángel Navas “Gallito de Zafra” y Ángel Carratalá con el intérprete principal de la película el “casi” salmantino (pues llegó a Salamanca siendo muy niño) Eladio Amorós Cervigón, “El Chico de la Revoltosa”, por el nombre de la tienda de calzados de su familia en la Plaza Mayor, que se vistió de luces actuando en la plaza de Tejares con 13 años y debutó en Madrid el 19 de julio de 1921. Acogido junto a su esposa en el Asilo de san Rafael falleció el 28 de enero de 1987.

Como muchas veces se dice, la realidad supera frecuentemente a la ficción… Y ha vuelto a suceder. En 1959 se estrenaba en los cines españoles la película ‘El Niño de las Monjas’. Dirigida por Ignacio F. Iquino, el film relata la historia de un niño recién nacido que, tras ser abandonado por su madre en un convento, es criado por las monjas. Con el paso del tiempo, el chico crece y se hace torero, adoptando el nombre artístico de ‘El Niño de las Monjas’… Pues sí, aunque a algunos les parezca sorprendente en la España de 2019, ha vuelto a suceder. Nuestro protagonista es el valenciano Jordi Pérez, quien, a sus 19 años, acaba de debutar como novillero con picadores. Para llegar hasta aquí, ha tenido un soporte esencial en el Hogar de San José de la Montaña, la comunidad de la Orden de la Madre de los Desamparados en la capital del Turia. Y es que, como ha reconocido él mismo, las monjas le han criado en buena parte a a su hermano y a él, conociéndolas en un tiempo de vagar vital ciertamente errático. Con las hermanas, además de una educación en valores que Jordi no deja de agradecer cada vez que puede, ha aprendido a latir apasionado al ritmo del compás del capote deslizándose sobre unos pitones en el albero.

Habrá que esperar hasta que, si la fortuna le sonríe, pueda ser matador de toros. Es huérfano. Y "su" familia es desde que tenía once años la de quienes lo alimentaron y educaron en aquella época tan dura de su infancia y primera adolescencia.

Triunfo en Valencia

El novillero criado en el Hogar de los Desamparados de Valencia sortea el mejor lote -gran cuarto- de El Pilar y sale a hombros; importante imagen de Álvaro Alarcón, que roza la puerta grande; Perera se lleva también una oreja Z. S.La conmovedora historia de Jordi Pérez "El Niño de las Monjas" la contó muy bien Charo Pérez en Abc hace un par de años. Jordi llegó con 11 años al Hogar de los Desamparados de Valencia y de ahí el apodo. Como el título de la película que protagonizó Enrique Vera en 1959. Pérez venía vestido de salmón y oro viejo, gastado, pobre, sin brillos.

Sopló un viento inclemente en la plaza durante toda la desapacible tarde. Desde el paseíllo al último novillo no cesó de sacudir capotes y muletas. El chico de las Monjas se fue a porta gayola y sorteó una larga cambiada entre las ráfagas airadas y un novillo pajuno. En pie le sopló dos o tres lances y una media, sueltos los brazos y suelto el capote. Se prestó el coloradito del Pilar a los quites. De Álvaro Alarcón por gaoneras; de Jordi por tafalleras. Las monjitas de los Desamparados debieron de rezar mucho para enviarle a su crío un utrero santurrón. Le faltó empuje y se dejó hacer de todo. Ni cuando el vendaval descubría a Jordi Pérez. Que planteó, más que plantó, su voluntariosa verticalidad desde los estatuarios del prólogo a las bernadinas del epílogo. Algunos pasajes estimables en su derecha ante la imposibilidad de torear al natural bajo el huracán. Mucho metraje, varios desarmes y un estocada que levantó los ánimos de una parroquia de incondicionales que le jaleó constantemente. Aviso y oreja.

Saltó entonces un novillo con hechuras concentradas de toro, un torito. Serio por fuera, formal por dentro. Definitivamente las hermanas de los Desamparados rezaron por mucho. O el Niño de las Monjas habla directamente con Dios. Fue buenísimo el pupilo de El Pilar -a pesar de la lidia infame-, extraordinario por el derecho. Por esa mano Jordi Pérez firmó los mejores pasajes, los más largos y asentados muletazos. Faltó recorrido por el izquierdo a la embestida. El torero valenciano se desordenó -también le pasó con el capote- a últimas con una despedida de rodillas que no procedía. Pero enderezó el rumbo con una estocada y el viento de cola de la afición. Una oreja y fuerte petición de la segunda. Puerta grande con un lote divino.

Plaza de toros de Valencia. Miércoles, 16 de marzo de 2022. Algo más de un cuarto de entrada. Novillos de El Pilar, incluido el sobrero (2º bis), bonitos por delante con disparejas hechuras y remetes, manejables en conjunto con sus matices; el 4º destacó sobre el resto.Jordi Pérez "El Niño de las Monjas", de salmón y oro. Estocada rinconera y tendida. Aviso (oreja). En el cuarto, estocada (oreja y petición). Salió a hombros.

La Historia de una Película

«Lloro porque yo quiero ser torero». Así nació una historia de película, la del nuevo Niño de las Monjas . Jordi Pérez llegó con once años al Hogar de los Desamparados de Valencia y entre hábitos y junto con su tutor, su actual mozo de espadas, nació su afición. Las monjas intentaron frenar su vocación taurina. No hubo manera: le apuntaron a rugby , pero el día antes de hacer la matrícula rompió a llorar en el hospital donde estaba ingresado su padre. «No sufras, que se va a recuperar», le dijo la madre Elisa . Poco tiempo después, Jordi apareció en el ruedo de Valencia de la mano de una monja, ante la sopresa de los maestros, como Juan Carlos Vera , sobrino del protagonista de aquel filme rodado en 1958 en el que un bebé era abandonado en un convento. «Buscamos información, llamé a la Escuela y me presenté con un educador. Me dijeron que nada malo iba a aprender, que tendría una disciplina y buena educación», explica la madre Elisa, que de niña se «colaba» en la plaza de su Ronda natal para ver las faenas de Antonio Ordóñez. Y lanza su sueño: «Ver torear a Jordi en la Goyesca. Es una pasada de chico. A pesar de que llegó pequeño, procedente de una familia desestructurada y con muchas carencias, tenía ganas de seguir adelante. Con eso llevaba medio camino avanzado».

Jordi cumplirá veinte años esta primavera, la estación que lo acunó desde que su «Sor» -así llama a la madre Elisa, directora de la Congregación valenciana de los Desamparados- lo recibió frente a la iglesia de San José de la Montaña . Neruda hubiese escrito los versos más tristes y la ausencia de Benedetti hubiese sido más ausencia. «Yo era muy pequeño, vivía en mi pueblo con mi familia, y no era consciente de que podía venir aquí. Creí que con mi hermano y conmigo no había problema...». Su apariencia es la de un chico feliz, pero en el orden del día aún hay heridas de guerra : «En el Hogar mi vida ha sido bonita y con mucha felicidad, como la ilusión de la carta a los Reyes, pero también difícil, porque irme de casa tan pequeño y no ver a mis padres en toda la semana era muy duro». Jordi traga saliva. Sus ojos se nublan. «Yo he tenido padres , los he querido mucho, y ellos también nos han querido mucho». No hay ningún rencor en su mirada. Ni en sus palabras. Se ha educado en la religión del perdón , en la de dar las gracias. Conmueve la pureza de su verbo, la bondad de quien tanto ha sufrido: «No les recrimino nada; al contrario, agradezco a mis padres todo lo que han hecho por mí. Ellos tenían unas carencias y han llegado hasta donde han podido». Asoman las lágrimas. Los valientes también lloran .

Rescatado de la marginación, la habitación número 4, en la planta alta de la Congregación, fue el refugio del niño con pelo a lo Beatle. Es la hora de la salida del colegio y en el patio de la Orden se forma un trasiego de niños y educadores. Bajo un azulejo de la Virgen de los Desamparados, las madres Elisa y Francisca bendicen los naturales y el entrenamiento de salón del torero criado entre hábitos. «¡Hay que arrimarse!», espeta la directora. ¿No pasa miedo? «Ahora un poco. Pero me encanta ver sus faenas y cómo disfruta. Y le digo que tiene que arrimarse y entregarse ».

Su «Sor» no perderá detalle: «Voy siempre que torea y me acompañarán otras madres». Cuenta que al público «le choca al principio» ver a religiosas en el tendido. Como también se quedan perplejos sus compañeros del colegio: «Hago un grado medio de mecanizador. Antes hice uno de jardinería». ¿Buen estudiante? «Soy un desastre. Como de chico no tuve hábito en eso de sentarme para estudiar, me cuesta, me aburro y me descentro. Solo me gusta lo del toro, eso lo llevo a rajatabla». Y se refiere a la corriente anti : «Hay mucho desconocimiento. Tengo amigos que cuando han ido a la plaza han flipado y quieren repetir. Les supo un poco mal cuando maté el novillo, pero les expliqué que era la última moneda, donde todo acaba: o la muerte del toro o la del torero . Y lo entendieron. Es la vida misma. Criado entre rosarios y rezos, es un joven creyente, aunque va poco a misa. No hay torero en el escalafón arropado por más ángeles de la fe: «Mi madre se ha ido, pero tengo muchas que rezan por mí. Me aportan seguridad y confianza».

Jordi ya se ha independizado al ser mayor de edad: «Todo cambia, es más serio, como al debutar con caballos. Ahora tengo que hacer la comida, la colada, las cosas de la casa». Pero raro es el día que no visita a las religiosas. En la Congregación Madres de Desamparados y San José de la Montaña sigue entrenando y allí encuentra su verdadero hogar, donde nació su afición junto a su tutor, Fran. «Una tarde de verano, puso una corrida por la tele y le dije que me quería dedicar a eso». Jordi no diferenciaba entonces un capote de una muleta. Fran sabe que ser figura es casi un milagro. Aquel ayer de películas sepia ha cambiado: antes uno quería ser torero para hacerse rico y ahora parece que hay que ser rico para ser torero. « No se cubren ni los gastos con lo que pagan, pero hay mucha gente que aporta su granito de arena», subraya la madre Elisa, que ha remendado decenas de veces el primer vestido de Jordi . «Era de El Fandi», cuenta. Un azul y oro descolorido después de tantas volteretas del Niño de las Monjas en sus tardes sin caballos. «Tiene muchos zurcidos y remiendos », señala mientras cose en la máquina un roto de la taleguilla y pespuntea con aguja e hilo un oro de la chaquetilla. «Aquí aprovechamos hasta las medias, remendándolas hasta que no aguantan más». El amor también es eso, el de esta madre que se desvela para que Jordi acuda impecable al paseíllo.

Mientras conversamos, la solidaridad llama: « Rafaelillo te va a mandar un capote y una muleta», comenta el mozo de espadas. Las oraciones de las monjas dan sus frutos, la generosidad se contagia en una Congregación en la que apenas hay caprichos. «Me conformo con poco, no soy gastoso. Ahora tengo una ayuda por orfandad». El Niño de las Monjas no ambiciona coches ni cortijos . «Con mi primer dinero me compraré un vestido y trastos de torear y, si las madres lo necesitan, se lo daré. A ellas debo todo».

La imagen de sus padres regresa a la memoria. Callamos todos, habla él. «Perdí a mi padre un par de días antes de cumplir los dieciocho. Fue duro, pero era ya mayor y estaba enfermo. El palo gordo fue la pérdida de mi madre». Un llanto amargo rompe el silencio y la paz de la salita del Hogar. Demasiado calvario para tan corta edad . Aquel brutal accidente en la AP-7 aún retumba. «No me lo creía. Es una fecha grabada a fuego. ¿Cómo puede ser si ayer estaba entre nosotros? Aún me lo pregunto. Ni lo entendí ni lo entiendo...». Era la tercera vez que le arrancaban el corazón. «¿Puedo contar algo que no he dicho a nadie?» . Adelante: «Se me hace tan raro que mi madre no esté, que pienso que se ha ido y que algún día volverá, que no ha fallecido». Clava las manos en su rostro, cierra los ojos. Reflexiona en alto con su soledad: busca un último abrazo con Natalia, una respuesta a preguntas sin contestar. « Solo pido diez minutos más con mi madre . ¿No es tanto, no?». Para ella y su padre será el brindis en Fallas: «Es duro, pero se lo merecen. Estarán juntos en el cielo y quiero que se sientan orgullosos de mí». Entre el dolor y la gloria, el eco de la esperanza llama: «La vida me dio otra oportunidad. Tengo muchas madres más». Es el Niño de las Monjas.

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