Historia de la Enología y Ampelografía en Sanlúcar de Barrameda
A principios del siglo XIX, debido a una improbable confluencia de circunstancias, España estaba a la cabeza de la investigación científica en materia de ampelografía y enología, dos disciplinas en pañales a las que sendos grandes hombres, sabios, liberales y humanistas, dieron impulso y proyección universal: Simón de Rojas (Roxas) Clemente y Rubio, y Esteban Boutelou. Ambos estaban asentados en Sanlúcar de Barrameda cuando sus dos obras más importantes eran publicadas en 1807, hace justo dos siglos, por la Imprenta Villalpando de Madrid.
Al leer estos títulos, algún lector podrá sospechar que nuestras palabras sean una exageración de ésas a las que se nos supone propensos a los andaluces, y que las alegadas obras fundacionales serán más bien libritos costumbristas de interés local o regional. Pues bien, se equivocaría quien así pensara, porque Boutelou y Clemente son verdaderamente sendos sabios de categoría mundial, y sus dos libros de 1807 son pioneros en los dos campos conexos sobre los que tratan sus obras: viticultura y ampelografía. Se trata de libros que están entre los más importantes que en estas materias se hayan escrito jamás en cualquier rincón del mundo.
Poco después de la edición de estas dos obras cumbres, llegó 1808 con el Motín de Aranjuez y sus réplicas en diversas ciudades españolas, Sanlúcar entre ellas, y la invasión napoleónica. Una vez los invasores gabachos se retiraron y se apagaron los ecos de la Ilustración, se impuso el retorno al absolutismo con un monarca cretino y despreciable en grado superlativo. El resultado, un país arrasado y desvertebrado.
Pero dejemos a un lado los asuntos más graves, que, como le pasaba al diplomático Azara (otro gran hombre de la Ilustración española), tiende a disparársenos la mula cuando se tocan ciertas teclas. Vayamos, en cambio, a lo que en esta sede interesa: Boutelou y Clemente como sendas figuras capitales en la historia universal de la vitivinicultura y de la ampelografía, contemplados en el contexto de su paso por Sanlúcar de Barrameda, muy vinatera ciudad en la que ambos, para lo bueno y para lo malo, encontraron su destino.
El desprecio al conocimiento es, junto a la envidia rabiosa, una de las formas más genuinas en que puede presentarse la estupidez humana. Y nos tememos que de las más frecuentes. Uno de los rasgos más odiosos del ambiente social dominante a lo largo de siglos en este país por el que la Revolución liberal pasó casi de largo y sin detenerse es precisamente el del desinterés o, aún peor, la desconfianza hacia quien se sospecha que sabe.
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Como puso Pío Baroja, aún panadero a la vez que escritor, en la mente de su primer gran personaje, Silvestre Paradox, la gente que ha tenido la ocurrencia de pensar ha sido precisamente la más propensa a morirse de hambre (cuando no de algo más repentino y brutal) en España a lo largo de unos cuantos siglos. Probablemente, no es ajeno a semejante estado de cosas un relativamente poco conocido episodio de burricie colectiva que tuvo lugar en Sanlúcar de Barrameda en 1808, cuando la turba enaltecida arrasó el Jardín Botánico de la Paz, símbolo del trato privilegiado que Godoy había dispensado a la ciudad del estuario del Guadalquivir.
Pero no corramos tanto: Antes de llegar al relato de aquel momento desgraciado, veamos quiénes fueron y qué hacían en Sanlúcar nuestros dos sabios durante los años que precedieron al desastre En realidad, si las vidas se juzgaran en términos cuantitativos, la presencia tanto de Simón de Rojas Clemente y Rubio, como de Esteban de Boutelou en Sanlúcar de Barrameda no hubiera pasado de ser un venero en la corriente de sus biografías.
Muy poco tiempo pasaron junto al estuario del Guadalquivir si se lo compara con los largos periodos que ambos científicos estuvieron trabajando en el Real Jardín Botánico de Madrid a las órdenes de Antonio Cavanilles, Francisco Antonio Zea y Claudio Boutelou, con la labor como jardinero del Real Sitio de Aranjuez de Esteban de Boutelou, o con los extensos tramos vitales que el más longevo Simón de Rojas pasó explorando el Reino de Granada, o forzado al exilio interior en su población natal de Titaguas.
Sin embargo, la experiencia sanluqueña dejó en ambos una marca indeleble tanto desde el punto de vista científico como personal. En Sanlúcar empezaron a coleccionar el material y a establecer la red de informadores que les permitió escribir sus dos obras magnas. Ambos se vieron implicados en la poderosa maquinaria de mecenazgo científico que generó en torno suyo Manuel Godoy, y que hizo posible tanto la erección del Jardín Botánico de la Paz como el comienzo de su actividad.
Los dos desarrollaron un gran afecto a la ciudad, estableciendo amistades que durarían de por vida. El presente artículo no alcanza a ser un relato detallado al uso de la estancia de ambos botánicos en Sanlúcar, tarea que se podría documentar con el importante material manuscrito existente en el Archivo del Real Jardín Botánico de Madrid, el Archivo Municipal de Sanlúcar de Barrameda o la valiosísima información contenida en el 'Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los Párrocos' (que a partir de ahora nombraremos por sus siglas SAAP).
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En todo caso, ello debería ser materia de estudio en sendas biografías científicas sólidas de ambos científicos, con las que por desgracia no contamos a día de hoy. Lo que se pretende aquí es a través de un repaso de la bibliografía publicada hasta la fecha- intentar dar algunas de las claves que vendrían a explicar qué estaba pasando exactamente en ese rincón del entonces Reino de Sevilla para que precisamente Sanlúcar de Barrameda se convirtiera en pieza fundamental en el decurso vital de estos dos eminentes botánicos.
A fin de aligerar el texto de las en ocasiones enojosas citas y notas al pie o al final, prescindiremos de éstas. Al lector legítimamente interesado en conocer las fuentes manejadas, se le remite a la versión completa del presente trabajo, exhaustivamente anotada, que bajo el título "Clemente y Boutelou en la Sanlúcar de Terán y Godoy: Botánica, agricultura y mecenazgo" aparece en el libro colectivo 'Bicentenario de Esteban Boutelou y Simón de Rojas Clemente', editado en una iniciativa digna de los mayores elogios- por el Consejo Regulador de las Denominaciones de Origen Jerez-Xérès-Sherry y Manzanilla Sanlúcar de Barrameda en colaboración con la Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía.
No obstante y sin desmerecer otros trabajos de verdadero mérito, de la bibliografía disponible necesariamente hay que destacar aquí el espléndido libro, de obligada lectura, de Antonio Cabral Chamorro, 'Agronomía, agrónomos y fomento de la agricultura en Cádiz', (1995, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cadíz), así como el detallado estudio de Francisco Márquez Hidalgo, 'El Jardín Botánico de la Paz de Sanlucar de Barrameda', (2002, Sanlúcar de Barrameda, Pequeñas Ideas Editoriales).
Una última observación previa acerca del nombre del sabio español fundador de la ampelografía. Simón de Rojas Clemente Rubio a menudo se escribe, para mayor claridad, intercalando la y (o "i", si en catalán o valenciano) entre los dos apellidos: Simón de Rojas Clemente y Rubio. Por supuesto "Simón de Rojas" (o "de Roxas", en la grafía de la época) es el nombre, y Clemente Rubio son los apellidos.
La peculiaridad de que la segunda parte de su nombre de pila (de Rojas) parezca un apellido, mientras que su primer apellido (Clemente) tenga apariencia de nombre de pila, causa a veces confusiones. A lo largo del texto utilizaremos indistintamente cualquiera de las alternativas para referirnos a él, con una cierta preferencia por el simple uso del primer apellido.
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Clemente, el "moro sabio"
El 5 de julio de 1803, Simón de Rojas Clemente escribía a su padre desde Cádiz haciéndole saber que había estado doce días de viaje por El Puerto de Santa María, Rota, Jerez y Sanlúcar. Y que en esa última población había pasado 8 días en "casa de un labrador riquísimo que habita en un Palacio y tiene las mejores bodegas del Mundo". Al final del verano de ese mismo año, lo encontramos felizmente instalado en Sanlúcar, "corriendo pueblos y viñas y recibiendo mil atenciones".
La primera pregunta que surge es qué hacía exactamente Simón de Rojas Clemente en el área de Cádiz por esas fechas. Para ello es necesario un breve repaso a la biografía del entonces joven botánico. El valenciano Clemente, de origen humilde, autodidacta y prototipo del erudito ilustrado, marcha en 1800 a Madrid con la idea de presentarse a diversas oposiciones a cátedra del Seminario de Nobles.
No las gana, pero ello le permite asistir a cursos de griego y árabe en el propio seminario, de Mineralogía con Christiann Herrgen, de Química con Louis-Joseph Proust, y, sobre todo, de Botánica con Antonio José Cavanilles. Sus gustos se decantan por la entonces ciencia de moda, cayendo bajo el abrigo protector de Cavanilles, director y profesor del Real Jardín Botánico, quien se convertiría en pocos años en el 'factótum' de la disciplina en España. Simón de Rojas, uno de sus alumnos predilectos, formaría junto a los otros discípulos -su amigo y gran compañero científico Mariano Lagasca, y Jose Demetrio Rodríguez- el núcleo de lo que luego se vino a llamar 'Escuela madrileña'.
Sin embargo, lo que parecía iba a ser el comienzo de una vida estrictamente relacionada con los avatares del Real Jardín, cambió de manera inesperada. En Madrid había hecho amistad con Domingo Badía y Leblich más conocido posteriormente como Ali Bey- quien ofreció a Simón de Rojas la posibilidad de realizar un viaje científico por el interior de África. Para su preparación, emprendieron un viaje por Francia e Inglaterra con el fin de recopilar noticias de observación y otros artículos indispensables, lo cual daría al joven científico valenciano la oportunidad de formarse en 1802 con los más destacados botánicos ingleses.
Hay que decir, además, que aunque la influencia francesa en el Real Jardín Botánico de Madrid fue muy importante, las relaciones científicas con la Gran Bretaña estuvieron lejos de descuidarse. Terminado su cometido en el extranjero, y disfrazados de musulmanes, embarcaron en Londres con destino a Cádiz. Desde allí, el 29 de junio de 1803 Badía emprendió el viaje solo, dejando a Simón de Rojas en tierra. La misión, de hecho, distaba mucho de tener carácter científico. Estaba movida por un trasfondo político ligado a la política norteafricana de Manuel Godoy.
Abandonado en Cádiz, quiso la fortuna que Simón de Rojas acabara por instalarse en Sanlúcar en ese verano de 1803, en casa del bodeguero, propietario de viñas, y destacado miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País, Francisco de Terán. Vestido aún de mahometano, traje que conservó durante cierto tiempo hasta que emprendió viaje por las tierras del Reino de Granada, fue objeto inevitable de la curiosidad popular, singularmente la de las mujeres, que le preguntaban sobre distintos remedios en forma de hierbas -lo que le sirvió ser apodado como el "moro sabio"- cuando no de los ataques de "varones apostólicos" que querían a toda costa bautizarle.
Su estancia en la provincia gaditana vino a coincidir con el comienzo del decidido mecenazgo que Godoy iba a ejercer sobre la ciudad de Sanlúcar, del que luego hablaremos con más extensión. De hecho, allí estaba a finales de 1803 cuando el comisionado Amorós vino a recoger el diploma de nombramiento de Godoy como Regidor Perpetuo de su ayuntamiento y Director Honorario de la Sociedad Económica. Presente también en las celebraciones con las que dicho consistorio quiso celebrar la ocasión, singularmente con la plantación de 60 aranzadas de pinos en la Algaida, momento que Simón de Rojas recordaba como unos de los más felices de su vida.
Ello no impidió en absoluto que continuara con su labor como botánico, dedicado ahora al estudio de la flora local y provincial. En realidad, su actividad se estaba tornando muy concreta: en octubre de 1804, comentaba a su padre, que pensaba tardar "un mes en salir de aquí porque tengo entre manos un trabajo ( ) un libro sobre viñas y tierras " Este trabajo es el que luego se convertiría en el 'Ensayo sobre las variedades de la vid común que vegetan en Andalucía'.
En todo ello tuvo un papel especialmente relevante una importante red de informantes en Sanlúcar y en la provincia gaditana, de la que Simón de Rojas fue el primer beneficiario, pero sin la cual tampoco hubiera sido posible la rápida recolección de información que dota de fundamento empírico a la 'Memoria sobre el cultivo de la vid en Sanlúcar de Barrameda y Xerez de la Frontera' del malogrado Esteban de Boutelou. En realidad, la existencia, en tierras sanluqueñas, de una elite ilustrada de hacendados que, al decir de Paula de Demerson, estaba perfectamente enterada de las novedades en materia de agricultura, abierta al progreso y deseosa de que se modernizasen los modos de cultivo tradicionales, fue la condición indispensable para la creación de dicha red.
El grupo, vertebrado en torno a la Sociedad Económica, se convertiría, según Cabral Chamorro en un núcleo pujante, en parte por el mecenazgo político y científico de Godoy, y en parte por las relaciones que establecieron con Simón de Rojas y Boutelou. Fue este un entorno humano, científico y político inigualable que desafortunadamente se convirtió en una sombra en pocos años. Las consecuencias fatales del Motín de Aranjuez, la invasión francesa, la toma de partido por la monarquía josefina de la mayoría de los ilustrados sanluqueños, la represión desarrollada a partir de 1814, la muerte temprana de Boutelou y la marginación de Simón de Rojas Clemente durante y en los años posteriores al conflicto, contribuyen a explicar su triste fin.
En este grupo destacaba sobremanera el matrimonio formado por María Josefa La Piedra y Juan Antonio Martínez Eguílaz, que junto con los Terán, Pla, Gordon y Huet, formaban el sector más dinámico de la sociedad sanluqueña, habiendo contactado con Simón de Rojas el mismo año 1803. Eguílaz, de origen riojano, había adquirido una considerable fortuna gracias al comercio americano. Como otros comerciantes residentes en Cádiz, decidió trasladarse a Sanlúcar de Barrameda en la bisagra de los siglos XVIII y XIX, invirtiendo parte de su capital en el territorio agrícola sanluqueño, plantando nuevos cultivos plátano, tabaco- y fomentando otros antiguos, singularmente el de la vid.
Es así fácil de entender que se convirtiera en un importante colaborador en la obra ampelográfica de Clemente, agradeciéndoselo el valenciano denominando una de las variedades de vid como Martinecia. Su esposa, la gaditana María Josefa La Piedra, no le iba ni mucho menos a la zaga, más bien al contrario. Se consideraba a sí misma discípula de Simón de Rojas -y él la consideraba una alumna sobresaliente- llegando a ser respetada entre los científicos de la época, hasta el punto de que el propio Clemente, Lagasca, Badía...
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