La Quinta del Biberón: Historia de Jóvenes en la Guerra Civil Española

24.11.2025

En abril de 1938, la Segunda República atravesaba uno de sus momentos más críticos de la Guerra Civil Española. El gobierno de Juan Negrín, acorralado por las derrotas en el frente, tomó una decisión desesperada: movilizar a miles de adolescentes para cubrir las enormes bajas y reforzar un ejército exhausto en retirada.

Así, con reclutamientos forzosos, cerca de 27.000 menores fueron arrancados de sus hogares y lanzados a la guerra. Les llamaron "La Quinta del Biberón", un nombre que nació de un grito de indignación. En Jaén, se les conocía también como "La Quinta del Chupete", una ironía macabra que escondía una tragedia: niños de 13, 16 o 17 años, con uniformes a los que les colgaban fusiles que apenas podían levantar, jóvenes que no sabían nada de la vida y que fueron enviados a morir en las batallas más cruentas de la contienda.

Al principio de la guerra, las fuerzas gubernamentales habían consistido en milicias voluntarias, más tarde militarizadas e incorporadas al Ejército Popular. Veintiún años era la edad a la que se llamaba al servicio militar, pero, a mediados de 1937, ambos bandos habían incorporado a filas a mozos más jóvenes. En total, durante la Guerra Civil, la República emplazó hasta veintisiete clases de reserva y de quintas. En febrero de 1938, se habían citado ya las clases de 1929 y de 1940, es decir, a hombres de treinta años y a muchachos de dieciocho. En realidad, estos no fueron los más jóvenes ni los más viejos reclutas del Ejército Popular.

El historiador Pedro Corral, en su libro Desertores, cita, por ejemplo, a Juan Boix, nacido en enero de 1920 y perteneciente a la quinta del Biberón. Huérfano de padre y jornalero del campo, mantenía a su madre y a sus dos hermanas. Preocupado por la suerte de su familia, con un grupo de otros chavales de su edad intentó huir a Francia para escapar de la leva.

El Contexto Militar

En febrero de 1938, las tropas sublevadas habían ocupado Teruel, y Franco preparó entonces una ofensiva en un amplio frente en Aragón con quince divisiones de infantería, además del Corpo di Truppe Volontarie (CTV) italiano. En poco más de un mes, los sublevados llevaron a cabo el más espectacular de sus avances, llegando, incluso, a amenazar València y Barcelona. El avance franquista resultó casi un paseo militar.

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El día 10 se reconquistó Belchite, ocupado en agosto anterior por la República. Por primera vez en la guerra, se emplearon los carros de combate de forma concentrada y como punta de lanza, de acuerdo con las teorías de la Blitzkrieg, o guerra relámpago. El 13 de marzo, los franquistas ocuparon Montalbán. El 14, el CTV tomó Alcañiz. Para el día 17, Caspe estaba también en manos de los sublevados.

Entre el 23 y el 30 de marzo, los alzados tomaron la amplia zona aragonesa que había sido ocupada en el verano de 1936 por las columnas milicianas salidas de Barcelona. Entre tanto, en la parte sur de Aragón, las divisiones franquistas fueron avanzando por la meseta del Maestrazgo. El avance sublevado se basaba en una logística de alto nivel, que venía a complementar la superioridad táctica y organizativa de las fuerzas de Franco.

El 15 de abril de 1938, las brigadas navarras al mando del general García Valiño llegaron al Mediterráneo en Vinaròs, chapotearon en el mar y saludaron mano en alto, triunfalmente, ante las cámaras de los noticiarios. Hacia el día 19, los sublevados controlaban ya 60 kilómetros de la orilla mediterránea.

La responsabilidad del desastre se atribuyó al ministro de Defensa Nacional Indalecio Prieto, que se vio obligado a dimitir. Con hombres recuperados de las mejores divisiones -por lo general, voluntarios que llevaban luchando desde el principio de la guerra-, se constituyó la Agrupación Autónoma del Ebro, que se nutrió de cuerpos de Ejército principalmente comunistas, bajo el mando del coronel de milicias Juan Modesto.

En esa coyuntura, Franco tomó una decisión importante, a nivel político y militar. En la primavera de 1938, ante la crisis motivada por las exigencias territoriales de Alemania, Franco necesitaba andarse con pies de plomo para no provocar un masivo apoyo francés a la República. Afortunadamente para los gubernamentales, Franco optó por esa segunda alternativa, es decir, por abrirse paso hacia València, avanzando con el propósito de llegar hasta Sagunt.

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La Batalla del Ebro y el Reclutamiento

La Batalla del Ebro fue la más larga de la Guerra Civil: 113 días de bombas, disparos, hambre y terror. Más de 13.000 hombres murieron en la última gran ofensiva del Gobierno republicano, que veía cómo la victoria se le escapaba.

En aquella batalla, la república reclutó a 30.000 hombres que se habían considerado demasiado jóvenes para luchar, la denominada 'Quinta del biberón'. Es el caso de Jaume, que con 17 años tuvo que entrar en el frente. Su primera noche, evidenció que eran aún unos niños: "El primer día que nos llevaron allí había paja para dormir por la noche pero no dormimos. Todo el mundo jugando con la paja... No teníamos idea de lo que era una guerra", ha aseverado.

No hubo tiempo para instrucción. El historiador José María García Márquez documentó en su obra "Andaluces muertos y desaparecidos en el Ejército Republicano" que al menos 283 menores andaluces de menos de 16 años cayeron en combate. Algunos tenían incluso 13 años.

Según Jaume Calbet: «Yo solo tenía 17 años. De lo que realmente tenía ganas era de jugar, de hacer bromas con los amigos, de reírme de todo... Pero me lo quitaron. Me robaron la juventud».

Experiencias de los Supervivientes

Miquel Morera era un superviviente que con 104 años contaba su experiencia en la Quinta: «En mi compañía tenía ciento treinta y cuatro críos de diecisiete y dieciocho años que hace un mes aún estaban en sus casas: catalanes, valencianos, murcianos... Se les ordenó presentarse con cuchara, plato, manta y calzado. Algunas madres los acompañaban de la mano hasta la puerta misma del cuartel con bocadillos envueltos en papel de periódico». En aquel momento, Miquel tenía tan solo 16 años.

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Jaume Calbet, otro superviviente de la Quinta, también relató su experiencia. Él tenía 17 años y recuerda que no era consciente de a qué se enfrentaría. Plasma muy bien la esencia de la Quinta al contar que cuando fueron llevados al parque Samá de Reus no durmieron porque se pasaron la noche tirándose paja unos a los otros mientras jugaban. Aquella noche ninguno imaginaba lo que se sentiría al matar a otro hombre.

Después de sufrir los padecimientos y las penurias de la guerra, los supervivientes tuvieron que volver a casa para ser arrestados junto a sus familiares. Morera, por ejemplo, estuvo en una prisión y luego fue trasladado a un campo de concentración.

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