La Odisea del Cadáver de Eva Perón

03.11.2025

La historia del cuerpo de Eva Perón es un relato intrincado de política, simbolismo y controversia, que se extiende por décadas y continentes. Semanas antes de su fallecimiento el 26 de julio de 1952, su entorno cercano contactó con Pedro Ara, autoridad mundial en el campo de la conservación de cadáveres.

El Embalsamamiento y Primeros Traslados

La labor encomendada por Perón al médico español fue la de embalsamar el cuerpo de su esposa para que pudiera resistir en las mejores condiciones el homenaje que le dedicarían sus “descamisados”, sus “cabecitas negras” y sus “grasitas” en la capilla ardiente que se iba a instalar en el Ministerio de Trabajo y Previsión. Después de dieciséis días expuesto en dicho lugar, el cuerpo fue trasladado al edificio de la Confederación General del Trabajo (CGT) en la bonaerense calle Azopardo, donde iba a permanecer temporalmente hasta ser depositado en el que sería su lugar de reposo definitivo: el Monumento al descamisado, un faraónico proyecto imaginado por Evita, que nunca se llegó a construir, primero por problemas presupuestarios y, después, por el golpe de Estado de 1955, que proscribió cualquier referencia a Perón y Evita.

El Secuestro del Cadáver y su Ocultamiento

De hecho, fue una orden directa de Pedro Eugenio Aramburu, presidente de la República después del golpe, la que hizo que, el 22 de noviembre de 1955, el cadáver fuera secuestrado de la CGT y diera comienzo a su largo y tortuoso periplo. Durante los primeros días después de la apropiación, el cuerpo permaneció dentro del mismo camión en el que los militares lo habían ido a buscar. Para evitar que comandos de la resistencia peronista lo localizasen y recuperasen el cadáver, el vehículo estuvo deambulando por diferentes lugares de Buenos Aires.

Sin embargo, ante la imposibilidad de continuar con esa estrategia mucho tiempo más, Evita fue escondida en el altillo de la casa de un militar que, una noche, tras escuchar ruidos en la vivienda, agarró un arma, disparó en la oscuridad y mató por error a su esposa embarazada, que regresaba al dormitorio después de haber ido al servicio. Para evitar nuevos accidentes, el féretro fue depositado en el despacho de un miembro del servicio de inteligencia argentino, Carlos Eugenio de Moori Köenig que, además de mostrárselo a todo aquel que pasaba por allí, ultrajó el cuerpo. Llegados a ese punto, los militares valoraron seriamente poner fin al problema incinerando el cadáver, lanzándolo al mar o sacándolo del país.

El Traslado a Italia y el Entierro Secreto

Temerosos de la reacción del peronismo ante las dos primeras opciones, en 1957 las autoridades argentinas, en connivencia con el Vaticano, llevaron el cuerpo al cementerio Maggiore de Milán. Allí fue enterrado bajo una identidad falsa: María Maggi de Magistris, ciudadana italiana nacida en Bérgamo en 1910 y fallecida en Argentina en 1951, cuya última voluntad -según el relato que la inteligencia militar argentina hizo a las autoridades italianas para justificar el traslado- habría sido la de ser enterrada en su país de origen.

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La Lucha por la Recuperación del Cuerpo

El 29 de mayo de 1970, Montoneros realizó su primera acción como organización guerrillera. Alrededor de una decena de jóvenes decidieron tomar las armas para combatir a los responsables de los diferentes gobiernos que desde 1955 se oponían al regreso del general y defendían la prohibición del movimiento justicialista. Para dicho estreno consideraron que no habría mejor objetivo que Pedro Eugenio Aramburu, militar que había participado en el derrocamiento de Juan Domingo Perón y responsable del secuestro del cadáver de Evita que, en 1970, todavía no había sido devuelto por las autoridades argentinas.

Una vez localizado el cuerpo del militar después de varios días de búsqueda, Aramburu fue enterrado en La Recoleta, el cementerio de la sociedad patricia de Buenos Aires. Sin embargo, en octubre 1974, la tumba en la que reposaba fue asaltada por otro comando montonero, que consideró que robar su cadáver era la mejor manera de obligar a las autoridades para que trasladasen el cuerpo de Evita al país desde Madrid. Ante semejante escalada de violencia, López Rega y María Estela Martínez de Perón, que ya había asumido la presidencia tras el fallecimiento de su esposo el 1 de julio de 1974, decidieron repatriar el cadáver de Eva que, después de casi dos décadas dando tumbos por el mundo, regresó a la Argentina el 17 de noviembre de ese año.

El Regreso a Argentina y el Entierro Definitivo

Una vez en Buenos Aires, el féretro fue depositado en una cripta en la residencia presidencial, donde tampoco permanecería demasiado tiempo. Tras el golpe de marzo de 1976, la dictadura cívico-militar-religiosa encabezada por Jorge Rafael-Videla resolvió entregar el cuerpo a la familia Duarte, que lo enterró en el cementerio de La Recoleta, donde, bromas del destino, Evita comparte camposanto con Pedro Eugenio Aramburu en lugar de con su esposo. Juan Domingo Perón, por su parte, está enterrado en La Chacarita, cementerio más popular, donde el 13 de julio de 1987 su tumba fue profanada y su cadáver sufrió la amputación de ambas manos.

El reencuentro se produjo a las 20:30 horas de la tarde, pero podría haberse adelantado de no ser porque el automóvil procedente de Italia en el que viajaba el cuerpo estuvo dando vueltas por la zona de Puerta de Hierro antes de dirigirse a la Quinta 17 de octubre. La razón no era que la inteligencia militar argentina no supiera dónde estaba el domicilio del líder peronista. Todo lo contrario. Convencido de que cualquier detalle podría ser utilizado para aumentar la leyenda de la muerta, Cabanillas quiso evitar a toda costa que la entrega se produjera a las 20:25, hora oficial del fallecimiento de la que fuera primera dama de la República.

Junto a Juan Domingo Perón y Cabanillas, en el momento de la llegada del cuerpo también estaban presentes en el domicilio María Estela Martínez -tercera esposa del general-, José López Rega, -edecán y brujo-, el político justicialista Jorge Daniel Paladino, dos sacerdotes mercedarios amigos de la familia y el recién nombrado embajador de la República Argentina, Jorge Rojas Silveyra, designado por Alejandro Agustín Lanusse -presidente de facto del país- para llevar a cabo las gestiones necesarias para la devolución del cuerpo. Un acto de buena voluntad por parte del gobierno, que se enmarcaba dentro del llamado Gran Acuerdo Nacional que, entre otras cosas, tenía entre sus objetivos facilitar el regreso de Perón al país y la celebración de elecciones libres.

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Una vez introducido el féretro en el interior de la vivienda, le fue retirada la tapa de madera y se procedió a quitar la chapa de zinc que lo sellaba. Para realizar esta operación, López Rega fue a buscar un soplete, pero fue detenido a tiempo por Rojas Silveyra, que le advirtió del riesgo que suponía trabajar con fuego cerca de un cuerpo en cuyo proceso de embalsamamiento se habían utilizado parafinas y otros químicos inflamables. Contrariado, el edecán se dirigió a la cocina de la finca y regresó con unas herramientas que hicieron la situación un poco más esperpéntica si cabe: dos abrelatas.

Cuando el cadáver quedó por fin a la vista, Perón no pudo refrenar su indignación: «¡Miserables!, ¡miserables!», murmuró entre dientes al ver cómo los militares habían tratado a Evita. Según declararía posteriormente el doctor Ventura Mayoral, abogado del líder justicialista, “el cadáver estaba semidecapitado" y presentaba numerosos cortes, heridas y fracturas. El estado del cuerpo era tan lamentable, que López Rega, haciendo gala de su habitual histrionismo, instó a Perón para que no firmase el acta de entrega. “¡Esta no es Evita! ¡General, no firme el acta, no firme nada, no es Evita!”, gritaba un López Rega fuera de sí. Ignorando las advertencias de su hombre de confianza, Perón se acercó al cuerpo, lo observó detenidamente y certificó: “Sí, es Evita”.

Los Últimos Preparativos y el Secreto Familiar

Desde la llegada del cuerpo, la Quinta 17 de octubre fue un hervidero de gente que entraba y salía de la misma. El 4 de septiembre de 1971, un día después de la entrega, hizo acto de presencia Pedro Ara, responsable del embalsamamiento de Eva Perón en 1952. El doctor reconoció el cadáver, valoró la gravedad de los daños de los que había sido objeto y estudió la posibilidad de reconstruir y restaurar las partes más dañadas, como así se hizo.

La tarde del 5 de septiembre, les tocó el turno a Elisa Duarte de Arriete y Herminda Duarte de Bertolino, hermanas de Eva que, junto a Maria Estela, se encargaron de adecentar el cuerpo en la medida de lo posible. Como si de una muñeca se tratase, lo lavaron, lo peinaron y le pusieron ropas nuevas. Sin embargo, cuando ya de regreso al hotel madrileño en el que se alojaban fueron preguntadas por los periodistas, Elisa y Herminda negaron la mayor. “El cuerpo de nuestra hermana no está en la Quinta 17 de octubre”, recogía Europa Press en una nota publicada posteriormente en La Vanguardia, en la que también afirmaban: “Nosotras hemos esperado 16 años el momento de volver a verla y ahora les toca a los demás esperar. En todo este asunto no hay razón política alguna. No podemos decirles más; el resto es un secreto de familia”.

A partir de ese momento, el paradero del cuerpo de Eva Perón volvió a ser una incógnita. Según el diario La Vanguardia, el cuerpo había sido inhumado el 5 de septiembre en un lugar secreto para evitar “una auténtica oleada de argentinos hacia Madrid”. Por su parte, el diario ABC afirmaba que el lugar elegido para enterrar el cuerpo había sido la cripta de los Padres Mercedarios en la Basílica Hispanoamericana Nuestra Señora de la Merced de Madrid. No obstante, en la misma noticia, el diario negaba la inhumación e informaba que la suerte del cadáver tal vez fuera la de ser enviado a Argentina en los siguientes días.

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A pesar de la confusión y el ruido mediático, lo cierto es que el cuerpo no había salido de la Quinta 17 de octubre. Yacía sobre la mesa de una habitación del primer piso en la que Perón, pensativo y taciturno, pasaba largos ratos junto a él. Cuando el General abandonaba la sala, su lugar era ocupado por María Estela Martínez y José López Rega, empeñado en que sus conocimientos herméticos y mágicos serían capaces de transferir el carisma de la muerta a la actual esposa del General quien, ya fuera por arte de magia o por el fervor de las masas peronistas, lo cierto es que acabó siendo presidenta de la República Argentina.

Pasadas la alegría y satisfacción de los primeros días, el entorno del líder no tardó en darse cuenta de que el cadáver embalsamado de Eva Perón, más allá de su poder como símbolo de la resistencia peronista, era una incomodidad con la que era difícil convivir. No fue extraño, por tanto, que, cuando el 20 de octubre de 1973 Juan Domingo Perón regresó al país acompañado de María Estela y López Rega para presentarse a las elecciones de septiembre de ese año, Eva no les acompañase. Una vez más, el cadáver de la líder de los descamisados quedaba varado, esta vez en Madrid y por decisión de sus propios deudos.

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