Aristeo: El Hijo de Apolo y Cirene en la Mitología Griega
Aristeo, una figura prominente en la mitología griega, es conocido como el hijo de Apolo y la ninfa Cirene. Su historia está entrelazada con la apicultura, la tragedia y la búsqueda de redención.
El Nacimiento y la Educación de Aristeo
Aristeo nació de la unión entre Apolo y Cirene. Cazando un día en el valle del Pelión, Apolo vio a Cirene y la raptó, llevándosela en su carro de oro a Libia, donde ella le dio un hijo: Aristeo. Al nacer, Apolo confió a su hijo a su bisabuela Gea y a las Estaciones "las Horas". A ellas será confiado el hijo de Apolo y Cirene: Aristeo. Según otra tradición, Aristeo fue robado por el centauro Quirón, y las Musas completaron su educación enseñándole las artes de la medicina y de la adivinación. Confiáronle el cuidado de sus rebaños de carneros, que pacían en la llanura de Ptía (Tesalia). Las ninfas lo adiestraron también en las faenas de la lechería y la apicultura, así como en el cultivo de la vid. Él, a su vez, enseñó a los hombres lo que había aprendido de las diosas.
Aristeo y la Apicultura
¿Cuántos de quienes contemplamos sus labores conocemos la historia de Aristeo, el primero en perfeccionar el arte de la apicultura en su querida tierra de Grecia? Aristeo era un pastor, hijo de la ninfa Cirene, y un día, mientras escuchaba el zumbido de las abejas entre el tomillo silvestre, le vino la gran idea de que podría derrotar a aquellas industriosas trabajadoras y hacer de su obra su ganancia.
Sabía que los árboles huecos o un agujero en una roca podían ser almacén de su tesoro, por lo que el astuto pastor les entregó casas que sabía que codiciarían, y cerca de ellas colocó toda la comida que pudieran desear. Pronto, Aristeo fue conocido como un domador de abejas, e incluso en el Olimpo hablaban de su miel como algo que era comida para los dioses.
Aristeo, apodado “el mejor” o “el guardián de las abejas”, hijo del dios Apolo y de la cazadora Cirene, heredó de su progenitora las habilidades cinegéticas. Aprendió de las ninfas prácticas singulares, como el arte de domesticar abejas para mantenerlas en colmenas, cultivar olivos o cuajar la leche para obtener el queso. Así, con un buen entorno y disciplina, Aristeo acabó convirtiéndose en patrón de la caza, la agricultura, el ganado, los frutales y la apicultura y, lo más importante, escribió las primeras líneas sobre el nacimiento del queso en Occidente.
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La Tragedia de Eurídice y la Peste de las Abejas
Todo podría haberle ido bien a Aristeo, si no le hubiera llegado el funesto día en que vio a la hermosa Eurídice y con ello perdió la razón. Ella huía ante las feroces proclamas de su amor y pisó una serpiente, cuya mordedura la llevó al Hades. Virgilio cuenta que un día Aristeo persiguió a Eurídice, esposa de Orfeo, por la orilla de un río. Eurídice, al huir, fue mordida por una serpiente y murió.
Los dioses estaban furiosos con Aristeo y, como castigo, mataron a sus abejas. Esta muerte provocó la cólera de los dioses contra Aristeo, y lo castigaron enviando una epidemia a sus abejas. Sus colmenas se quedaron vacías y en silencio, y ya no hubo más del murmullo de innumerables abejas que calmaran a los rebaños mientras comían los tréboles rojos y los asfódelos de las praderas.
La Búsqueda de Redención y el Encuentro con Proteo
Desesperado, pidió auxilio a su madre, la ninfa Cirene, que habitaba bajo las aguas del Peneo, en un palacio de cristal. Bajo las raudas aguas de un profundo río, la ninfa que era madre de Aristeo estaba sentada en su trono. Los peces nadaban entre sus pies, y a su lado estaban sentadas sus sirvientas, hilando las robustas cuerdas verdes que se relían al cuello de aquellos que mueren cuando sus brazos ya no son capaces de luchar contra la fuerza de la corriente.
Finalmente llegó ante Cirene y le contó su penosa historia. Cirene le aconsejó buscar a Proteo: -¿Has oído hablar, hijo mío, de Proteo? -dijo Cirene-. Es él el que conduce los rebaños del ilimitado mar. Solo Proteo, nadie más que Proteo, puede decirte mediante qué arte puedes recuperar las abejas.
Entonces Aristeo preguntó con avidez a su madre cómo podría encontrar a Proteo y obtener de él el conocimiento que buscaba, y Cirene respondió: -No importa cuán piadosamente le ruegues: jamás, si no es por la fuerza, conseguirás que Proteo te revele la verdad. Solo si eres capaz de atraparlo mediante tu ingenio mientras duerme, y entonces lo mantienes prisionero sin amedrentarte por las diversas formas en las que tiene la capacidad de metamorfosearse, obtendrás esa información de él.
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Tras las rocas repletas de algas se ocultó Aristeo, mientras la ninfa hacía uso de vellosas nubes para esconderse. Mientras Apolo conducía su carro por lo alto de los cielos al mediodía y toda la tierra y todo el mar estaban calientes como el oro fundido, Proteo con sus rebaños regresó a la sombra de su gran cueva junto al sollozante mar, y sobre el arenoso suelo se tumbó y, con los brazos extendidos y relajados, se durmió. Desde tras las rocas, Aristeo lo observó, y cuando, finalmente, vio que Proteo dormía profundamente, salió de su escondrijo y ató con grilletes las extremidades de Proteo, que ahora era su prisionero.
Entonces, con gozo y orgullo por haber capturado al pastor de los mares, Aristeo gritó, y Proteo, despertándose, se transformó en un feroz jabalí con blancos colmillos que amenazaban con clavarse en los muslos de Aristeo. Pero él, inquebrantable, sostuvo bien fuerte la cadena. Luego se transformó en un tigre de espalda leonada y aterciopelada y presto a devorar. Aún sostenía Aristeo la cadena, sin dejar que sus ojos se cerraran ante la visión de aquella fiera que trataba de comérselo. A continuación se convirtió en un dragón lleno de escamas que exhalaba fuego, pero Aristeo seguía sujetándolo. Luego fue un león y, mientras Aristeo luchaba por no soltarlo, llegó a sus oídos el aterrador sonido del fuego que se extendía y ávidamente devoraba todo a su paso. Antes de que el crujir de las llamas y su feroz ardor hubieran cesado, llegó a sus oídos el resonar de las aguas a raudales, que formaron una furiosa inundación.
Pero aún Aristeo tiraba de las cadenas, y finalmente Proteo volvió a su forma original y, con un suspiro como el de los vientos y las olas de los lugares adonde llegan los barcos naufragados y mueren los hombres, y no hay alma humana que salvar o compadecer, le habló a Aristeo: -¡Exiguo humano -dijo-, con exiguos deseos! Como, por culpa de tus insensatos deseos, enviaste a la hermosa Eurídice a la tierra de las sombras y le rompiste el corazón a Orfeo, cuya música es la música de los inmortales, las abejas que habías atesorado han dejado vacías y en silencio las colmenas. ¡Tan pequeñas son las abejas! ¡Tan grande, Aristeo, es la dicha o la desdicha de Orfeo y Eurídice! Pero, como por tu ardid, has conseguido la oportunidad de obtener información de mí, ¡escúchame bien, Aristeo! Has de encontrar cuatro toros y cuatro vacas de igual belleza. Entonces construirás en una tupida arboleda cuatro altares, y a Orfeo y Eurídice rendir tales honras funerarias que apacigüen su resentimiento. Al pasar nueve días, cuando hayas cumplido tu piadosa tarea, regresa y mira qué te hayan enviado los dioses.
El Renacimiento de las Abejas
-Lo haré rigurosamente, ¡oh, Proteo! -dijo Aristeo, y soltó las cadenas y volvió adonde su madre lo esperaba, y desde allí viajó a su tierra en Grecia. Con rigor, como dijo, llevó a cabo Aristeo su juramento. Y cuando, al noveno día, regresó a la arboleda del sacrificio, lo recibió un sonido que hizo que se le parara el corazón y luego volviera a palpitar como el corazón de un hombre que ha logrado una valerosa victoria en batalla.
Y es que, del cuerpo de uno de los animales ofrecidos en sacrificio, y cuyos blancos huesos ahora relucían a los rayos del sol que se introducían entre la espesa sombra de los olivos, salía el murmullo de innumerables abejas. Aristeo se llenó de gozo al saber que le habían perdonado su insensatez, y que por siempre le pertenecería el orgullo de dar a los hombres el poder de domar a las abejas, la gloria de domeñar a esas pequeñas criaturas que saquean de las fragantes y esplendorosas flores su más preciado tesoro.
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Otros Aspectos de la Vida de Aristeo
Casó con la hija de Cadmo, Autónoe, que le dio por hijo a Acteón. Asimismo se le atribuyen numerosos inventos relativos a la caza, especialmente los fosos y las redes. Como él, Acteón será cazador, lo cual, al fin, provocará su pérdida. También se cuenta que Aristeo, junto a Dioniso, tomó parte en la conquista de la India al frente de un ejército arcadio.
Durante una peste que asolaba las Cícladas, en la estación en que Sirio hace los días más calurosos del año, los habitantes pidieron a Aristeo un remedio contra la plaga. Por orden de su padre, consintió en socorrer a aquellos desventurados y se estableció en Ceos, donde erigió un gran altar a Zeus y ofreció diariamente sacrificios a este dios y a Sirio. Zeus, conmovido por sus ruegos, envió los vientos etesios, que refrescan la atmosfera y ahuyentan el aire viciado. Desde entonces se levanta este viento cada año en la estación calurosa y purifica la atmosfera de las Cícladas.
Aristeo era honrado en Arcadia, donde él había introducido la cría de las abejas, y en Libia, en el país de Cirene, adonde se decía que había seguido a su madre y en donde había plantado la preciosa planta llamada silphium, de la que se extraía un medicamento y una especia.
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