El Mito del Hijo de Hades y Perséfone en la Mitología Griega

04.12.2025

Cuando el mundo aún era un fértil y eterno paraíso, los dioses caminaban por la tierra como inocentes mortales. Deméter, la diosa encargada de mantener la exuberante vegetación de aquel edén, tenía una hija, Perséfone, una de las más bellas e inmaculadas diosas que recorrían el mundo. Madre e hija eran tan felices que la fertilidad de la tierra se tornó inagotable. Pero la dicha nunca es eterna.

El Rapto de Perséfone

Un día en el que Perséfone se deleitaba con sus compañeras las ninfas en un campo de nomeolvides, entre risas y cantos se escuchó un pequeño ruido, como si las rocas se rompiesen con estrépito ahogado. Al instante se abrió una grieta en la tierra de la que emergió Hades, el dios del inframundo, que atrapó a la diosa rápida y sigilosamente y, con ella al hombro, desapareció por el mismo agujero por el que había aparecido, sin dejar rastro alguno. Deméter la buscó por todas partes; le preguntó al olivo, a la zarza y al viejo roble, pero ninguno la había visto. La desesperanzada madre se fue enervando poco a poco, mientras la naturaleza se volvía más gris y rojiza; el verde escaseaba. En el cénit de su desesperación, las plantas murieron, los árboles tiraron sus hojas y los frutos de la tierra que alimentaban a los hombres dejaron de crecer.

La temperatura descendió por la falta del abrigo del verde manto y el viento se colaba entre los desnudos árboles molestando a todos los seres vivos. En su descarnada búsqueda, Deméter se transformó en una anciana encorvada para poder caminar entre los hombres sin ser reconocida y, así, saber si le mentían cuando decían desconocer el paradero de Perséfone. En su triste vagar llegó a Eleusis, un lugar próximo al Ática, donde, haciéndose llamar Doso, fue acogida por una familia con dos hijos. La madre le pidió que cuidase de uno de ellos, Demofonte, con el que la diosa se encariñó tanto que, para convertir su carne mortal en inmortal, empezó a ungirlo con ambrosía y por las noches lo ponía sobre las brasas, hasta que una amiga de su madre lo vio sobre el fuego y lo sacó.

En compensación por la muerte de Demofonte, Doso enseñó el arte de la agricultura -trabajar la tierra, sembrar y cosechar- a su hermano, Triptólemo. Con el paso del tiempo, aquel niño se convirtió en un héroe y semidiós que, con los granos de trigo que Deméter le regaló, puso en práctica todo el conocimiento que había aprendido de ella y, antes de marcharse, le enseñó al padre del primer agricultor los misterios por los cuales debía purificar la tierra y las simientes, hacer los sacrificios y orar a la diosa que, aun en su gran pena, había sacado fuerzas para enseñar a los hombres a cultivar lo que una vez les había venido regalado.

La Búsqueda y el Reencuentro

Después de haber enseñado a la humanidad a autoabastecerse de alimentos, Deméter continuó la búsqueda de Perséfone y encontró ayuda en la titánide Hécate, quien le dijo que debía preguntarle a Helios -el Sol-, pues, si había desaparecido de día, seguro que él tendría pistas, ya que todo lo veía. Deméter así lo hizo, y la luz del día le contestó contándole cómo había sido raptada por Hades. La diosa subió al Olimpo y le exigió a Zeus que sacase a su hija del inframundo o jamás volvería a ver un mundo colorido como antaño. Al llegar al reino de Hades, Hermes les explicó la situación al dios del subsuelo y a su novia forzosa, la hija de Deméter, pero Hades se había enamorado profundamente de su víctima y esta había entablado una relación de cariño con su raptor.

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El dios del inframundo le dijo a Perséfone: «Eres libre de marcharte, bella entre las más bellas, pero en tu camino de vuelta a la superficie no podrás tomar ningún alimento del inframundo; si lo haces, ni siquiera Zeus podrá liberarte de la atadura con este reino». En su regreso, mientras todavía caminaban por el reino de los muertos, Perséfone abrió la granada y contó los granos de su interior; eran doce, cogió seis y se los comió. Cuando llegó a los brazos de su desesperada madre le contó lo que había hecho.

El Ciclo de las Estaciones

Cuando Perséfone llegaba a los brazos de su madre, la naturaleza explotaba en fertilidad y crecimiento. La felicidad de Deméter era absoluta durante tres meses -la primavera-, pero tras ese trimestre la diosa empezaba a recordar que quedaba poco tiempo para que su hija volviera al reino de Hades y se producía un freno cada vez más marcado en la fertilidad de las plantas -el verano-. Quizás este sea el mito sobre la primavera más interesante, por todas sus implicaciones. Es obvio que Deméter simboliza la naturaleza, la fertilidad y su poder creador, pero solo es capaz de explotar cuando llega Perséfone, que es la primavera, el detonante para que la naturaleza acelere su ciclo y alcance su cénit.

Por otro lado está Triptólemo, la fuerza humana en comunión con esos tres dioses: Deméter -la naturaleza-, Perséfone -la primavera- y Helios -el Sol-. Este semidiós es la agricultura, enseñada por Deméter y transmitida a la humanidad para la producción de sus propios alimentos justo antes del retorno de Perséfone. A mayores de las evidentes connotaciones agrícolas y estacionales, en este mito también vemos reflejado un hecho cotidiano: la madre que teme perder a su hija, pero que no puede evitar que acabe haciendo su vida lejos de ella -ni apartando a sus pretendientes-. Estamos ante el ciclo vital de la naturaleza y el del ser humano.

Hades: El Señor del Inframundo

Hijo de los titanes Cronos y Rea, y hermano del poderoso Zeus, líder de los olímpicos, a Hades le tocó en suerte gobernar los infiernos. Apodado "el invisible", el dios del inframundo iba ataviado con un cetro o una cornucopia, y su nombre también hacía referencia al tenebroso lugar al que las almas de los difuntos iban a pasar toda la eternidad. Posiblemente Hades fuera el dios más temido por los griegos, y por este motivo tanto Homero como Hesíodo lo describían como un dios "sin piedad", "detestable" o "monstruoso". Se casó con su sobrina Perséfone, hija de su hermana Deméter, a la cual raptó para llevarse a su reino de sombras y convertirla en su esposa.

El reino de Hades estaba poblado por los espíritus y las sombras de los que un día habían sido seres mortales. Nadie recordaba quién había sido en su vida anterior, pues todos habían bebido de las aguas de uno de los cinco ríos que atravesaban el inframundo, el río Lete, conocido como el río del olvido. En el Hades no se distinguía ni a los buenos ni a los malos, tan solo había una excepción, aquellos cuyos crímenes hubieran ofendido a los dioses. Familia y orígenes Hades era el mayor de los Croniadas, los hijos de Cronos y Rea. "El invisible" tuvo tres hermanas, Deméter, diosa de la agricultura; Hestia, diosa del hogar, y Hera, diosa del matrimonio, y dos hermanos, Poseidón, señor de los mares, los caballos y los terremotos, y el menor, Zeus, divinidad principal del panteón griego. Todos juntos constituirían los seis dioses primordiales del Olimpo.

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Con el paso del tiempo, Zeus consiguió obligar a su padre Cronos, al que derrotó con la ayuda de su madre Rea, a que regurgitase a sus hermanos, a los que había engullido nada más nacer. Tras ser liberados, los jóvenes dioses desafiaron el poder de los titanes en una batalla épica conocida como la Titanomaquia. Para poder luchar con garantías de victoria, Zeus, Poseidón y Hades recibieron la ayuda de los Cíclopes, que les proveyeron de unas armas muy especiales: Zeus recibió el trueno, Poseidón el tridente y Hades un casco que lo hacía invisible.

Tras diez años de incesante lucha, la victoria se decantó del lado de los tres hermanos, y según narra un famoso pasaje de la Ilíada de Homero, Hades y sus dos hermanos menores echaron a suertes los reinos que deberían gobernar. Tras el sorteo, Zeus resultó el más afortunado: se quedó con el cielo; Poseidón recibió el dominio sobre los mares y Hades fue proclamado señor del inframundo, el reino invisible al que las almas de los muertos van tras dejar el mundo de los vivos.

El Reino de Hades

Hades era un dios tan temido que hasta decir su nombre causaba miedo. Así, para evitar pronunciar el nombre del terrible dios de los infiernos, los humanos utilizaban epítetos como "Eubuleus" (el que da buenos consejos) para referirse a él. El dios Hades era el único que no vivía junto al resto de divinidades en el monte Olimpo. Su reino se localizaba en el neblinoso y oscuro inframundo, morada de los muertos y que se encontraba oculto bajo tierra. Era un lugar lúgubre y peligroso, del que nunca se podía escapar. De hecho, con la sola excepción de los héroes Heracles, Teseo y el músico Orfeo, fueron muy pocos los mortales que lograron abandonar el reino de Hades una vez habían penetrado en él.

La antesala del oscuro reino de Hades era la laguna Estigia, un páramo solitario hasta el que llegaban las almas de los muertos acompañadas por el dios Hermes. Allí les aguardaba Caronte, el barquero del inframundo, que era el encargado de trasladarlos hasta las puertas del Hades vigiladas por el terrorífico Cerbero, un perro de tres cabezas que se encargaba de que ningún alma escapara a su inapelable destino. Caronte exigía un pago a las almas que había de conducir al inframundo, un óbolo, que era depositado bajo la lengua del difunto por sus deudos (quien no pudiera pagar era condenado a vagar durante toda la eternidad por la tierra como un fantasma, un alma en pena).

Una vez en el Hades, los tres jueces del inframundo, Minos, Radamantis y Éaco, decidían cuál iba a ser el destino final de las almas, juzgando los actos que estas habían llevado a cabo en vida. Si los jueces consideraban que un alma había llevado una vida honesta, esta era conducida al río Lete para que bebiera de sus aguas y olvidara todos sus recuerdos, y luego, por fin, podía acceder a los idílicos Campos Elíseos. Por contra, si se consideraba que un alma había llevado una vida reprobable o que había ofendido a los dioses, esta caía en manos de las Furias, las responsables de aplicar los castigos a los malvados, que la llevaban al Tártaro, el nivel más profundo del Hades, donde era castigada eternamente.

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Amantes y Descendencia de Hades

A pesar de vivir en el inframundo, Hades deseaba tener una consorte. Esta finalmente fue Perséfone, representada por los griegos como la hermosa hija de Deméter, la diosa griega de la agricultura y hermana de Hades, que acabaría convirtiéndose en la esposa del temible dios. Pero Perséfone no se unió a su tío Hades voluntariamente, sino que fue raptada por este mientras recolectaba flores en un valle próximo a la ciudad de Enna. Prendado de su belleza, Hades abrió un enorme agujero en la tierra para poder llevarse a la joven sin que su madre Deméter se diese cuenta.

Cuando se enteró de lo ocurrido, y furiosa por lo que consideró un acto despreciable, Deméter lanzó una maldición sobre la tierra que provocó una gran hambruna, y aunque los demás dioses le pidieron que cesara su venganza para que la humanidad dejase de sufrir, ella aseguró que la tierra permanecería estéril hasta que no le devolvieran a Perséfone. Pero ello solo sería posible siempre y cuando Perséfone no hubiera ingerido nada del inframundo. El dios infernal accedió, pero a sabiendas de que la estaba engañando, antes de que la joven partiese le ofreció una semilla de granada, que esta comió.

Finalmente se llegó a una solución "salomónica", y se decidió que Perséfone pasaría los fríos inviernos en el oscuro reino de su esposo y cuando llegase la primavera podría ascender al mundo de los vivos para estar en compañía de su madre. El matrimonio entre Hades y Perséfone fue del todo estéril y ninguna fuente hace alusión a una posible descendencia, pero sí se habla de al menos tres amantes del dios: Mente, una ninfa a la que algunas fuentes convierten en concubina, mientras que otras aluden a ella como la primera esposa de Hades, que quedaría relegada a un segundo plano con la presencia de Perséfone. Otra ninfa, Leuce, fue seducida por Hades y arrastrada al inframundo, y tras su muerte fue convertida en un álamo blanco en los Campo Elíseos. Finalmente aparece Teófila, una joven cuyo nombre significa "amada por el dios", aunque algunos especialistas sugieren que podría tratarse de un epíteto.

Dioses Semejantes a Hades en Otras Mitologías

En la antigua Sumeria, el dios del inframundo y señor de los muertos era Nergal. Vinculado a la guerra y como señor de las plagas y de las enfermedades, Nergal solía ser representado portando una maza, una daga, un hacha de guerra o un arco, e iba acompañado de escorpiones. Al igual que otros dioses del panteón mesopotámico, se lo asociaba con toros y leones, que eran un símbolo de su fuerza y de su poder, e iba acompañado de un séquito de divinidades menores ataviadas con orejas de toro.

En el extenso panteón del antiguo Egipto, un dios que tal vez podría tener algunos parecidos con el griego Hades, aunque con notables diferencias, era Osiris. Este dios, como divinidad que había muerto y renacido, estaba íntimamente vinculado con la muerte y la inmortalidad. De hecho, era el señor del inframundo y presidía la sala donde tenía lugar el juicio en el que se decidía el destino final del alma del difunto. Osiris también era considerado un dios civilizador, ligado a la vegetación, que también nacía, crecía, se reproducía, moría y volvía a nacer en un ciclo eterno de muerte y resurrección.

Por su parte, el dios romano Plutón se identificaba con Hades (en realidad ambos son extremadamente semejantes), aunque la divinidad romana era un poco más benigna que la griega. Plutón era rechazado también por su fealdad y por la dureza de sus rasgos. Aunque si bien era inflexible, a Plutón se lo consideraba también el más justo de todos los dioses romanos, ya que tarde o temprano cualquier mortal, sin importar la clase social a la que perteneciera, acababa por llegar a su reino. Con el paso del tiempo, fue considerado un dios benefactor y dispensador de riquezas. En cuanto al nombre de Plutón, aparece como relativo a una divinidad secundaria en la literatura griega del período clásico, en las obras de los dramaturgos atenienses así como en las del filósofo Platón.

En la mitología nórdica, Hela era la diosa encargada de guiar a los muertos sin honor a través del inframundo. Hija de Loki y de la gigante Angrboda, Hela reina sobre el Helheim, el reino de la muerte, que se encuentra en la parte más profunda, oscura y lúgubre del Niflheim, uno de los nueve mundos del Yggdrasil, el árbol de la vida. En cuanto a su representación, Hela se muestra como una mujer realmente hermosa en un lado de su cuerpo, mientras que en el otro aparece como un cadáver en estado de descomposición que despide un hedor nauseabundo.

Elementos Relacionados con Hades y Lugares de Culto

Hades, temido y aborrecido, encarnaba el inexorable final de la vida. A menudo era representado como un hombre maduro, con barba, blandiendo un cetro en forma de horca con dos púas y una cornucopia, o sentado en un trono de ébano. Hades iba tocado con un casco fabricado por Hefesto, el herrero divino, que le confería la invisibilidad, e iba montado en un espectacular carro tirado por cuatro poderosos caballos negros que, según el poeta Claudiano, se llamaban Orfneo, Etón, Nicteo y Alastor.

Otros atributos relacionados con el dios del inframundo eran las plantas de narciso y un árbol, el ciprés. También le pertenecía el gigantesco y terrorífico Cerbero, el perro de tres cabezas que guardaba las puertas del Infierno. En ciertas representaciones, Hades también aparece rodeado de serpientes.

Prueba de la aversión que los antiguos griegos sentían por Hades es el hecho de que no existen templos dedicados a este dios. Por el contrario, preferían huir de él, aunque sí se decía que su reino se escondía en páramos oscuros y ocultos a la vista de los mortales. De hecho, según el mito, existían varios lugares por donde se podía acceder al inframundo, como por ejemplo a través del río Aqueronte, o río de la aflicción, por donde lo hizo el héroe Ulises. El músico Orfeo, en su búsqueda de su amada esposa Eurídice, hizo lo propio adentrándose en una cueva situada en el cabo Tenaron, en el extremo sur del Peloponeso.

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