Ignacio Camacho: Biografía y Legado
Ignacio Camacho López de Sagredo nació en Sevilla. Consciente de la exigencia de su elección, decidió foguearse en otros periódicos (Correo de Andalucía, Diario 16, El Mundo) antes de dar el paso definitivo hacia su inevitable destino de escribir en ABC.
Perfeccionista enfermizo, siempre ha pensado que las decisiones, y más si conllevan cambios, se maduran. Y después se maduran un poco más. Con un prestigio bien ganado decidió asomarse a la política desde su balcón de Sevilla, a cinco horas en coche de la calle Juan Ignacio Luca de Tena en Madrid, las mismas cinco horas que separan la delegación de Washington del NYT de la sede central en Manhattan.
Cinco años después de su llegada al periódico, la muerte de Jaime Campmany corrió el escalafón y le dio la oportunidad de ocupar la columna de salida de la página impar más importante de la prensa española. Ganador de un Cavia y un Ruano (dos Pulitzer españoles), en 2004 fue ascendido a la dirección del periódico.
Empático y neurótico a partes iguales, Ignacio no había nacido para remar contra el viento de la perpetua crisis que padecen los periódicos, ni para emplear su tiempo en controlar tickets de viajes o en bajar el sueldo a los colaboradores (no digamos para guerras mediáticas). ¿Adivinan cuánto tiempo aguantó como director? Exacto, poco más de un año.
A partir de ese momento ha dedicado sus días a consagrarse como el opinador más influyente y prestigioso de la prensa española. Los lectores de ABC acuden a su columna buscando la verdadera opinión del periódico (y, seguramente, la suya propia) y los accionistas y los ejecutivos del grupo se encomiendan a él cuando surgen las dudas y hace falta red para saltar.
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Después está el Camacho que no necesita cambiar de columna para ser jefe de la sección de necrológicas. Como Whitman, usa su cultura enciclopédica para ofrecer una biografía concentrada en 500 palabras magistralmente puestas una detrás de la otra, como decía Alcántara, de cada personaje (y su persona) que haya muerto en los últimos 20 años.
Como Reino de Cordelia no deja pasar una buena oportunidad jamás, ha decidido recopilar en un libro primorosamente ilustrado, Retratos para la eternidad, algunos de los obituarios más importantes de Camacho o, lo que es lo mismo, una verdadera historia contemporánea del mundo. Saldrá en primavera y no es un libro para leer de un tirón, creo yo, sino para tener en la mesilla y disfrutarlo un poco cada noche.
Ignacio Camacho es un periodista indispensable de la prensa en España. Todos los días, desde su «esquina en el ABC», regala a los lectores un análisis objetivo, exacto y moderado de la realidad, convirtiéndose en una suerte involuntaria termómetro de la sociedad, de sus filias y fobias, logros y fracasos, peligros y abismos. De talante liberal y formación humanista, su columna es un remanso de buena prosa y mejores ideas en el agitado río revuelto del columnismo español. El paisaje intelectual de España no se entendería sin su magisterio. Por eso el tono de alarma de sus colaboraciones en los últimos meses hay que tomarlo muy en serio. El riesgo de fractura democrática está ahí y no podemos ignorarlo.
En Retratos para la eternidad decidiste reunir tus obituarios. En la introducción haces una suerte de poética de la despedida.
Creo que los géneros periodísticos son un asunto fundamentalmente académico. La academia, la universidad, necesitan taxonomizar, dividir, crear pautas, pero luego la realidad del trabajo es muy porosa, sobre todo en determinadas fronteras de los géneros, entre la crónica, el reportaje, el análisis. En teoría, nos recuerda aquella clásica división entre opinión e información que también se ha vuelto ya muy porosa en el periodismo moderno.
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En cualquier caso, artículos como estos que están en este libro, que están publicados en la sección de opinión, son obituarios porque son, como tú dices, in memoriam, pero realmente son pura subjetividad. Es decir, no son el relato clásico que hace el obituario anglosajón, nació en tal, se educó de tal manera, sus padres así, estudió tales cosas, hizo tal, tal y tal. Eso iba en la correspondiente sección informativa del diario ABC, de tal manera que yo lo que hago son retratos personales.
Por lo tanto, el canon es el artículo de opinión, que no tiene canon. No tiene ni canon de estilo ni canon de construcción, pero sí modelos. El modelo clásico en España lo viene a articular César González-Ruano en una etapa larga. De hecho, el libro de obituarios de Ruano, que publicó hace unos años Mapfre con una edición de Miguel Pardeza, incluye obituarios de todas clases. Cercanos, fríos, un poco más canallas a veces. Al final, esto lo enseñaban en las facultades de Ciencias de la Información y de Comunicación, el estilo del artículo es el del articulista. Es un género libre. Y ahí, bueno, uno explaya cierta subjetividad.
Siempre, esto creo que es un requisito imprescindible de cualquier texto que se publique en un diario, en un medio de comunicación, con anclaje en la realidad. Y la realidad no es retorcible para encajarla en prejuicios. Uno puede tener una opinión positiva, negativa o neutra de una persona sobre la que escribe.
Confieso que no me lo planteo así. En el caso de los grandes personajes, líderes políticos o grandes intelectuales o figuras del espectáculo, ni se me ha pasado por la cabeza, porque de hecho se seguirá escribiendo sobre ellos durante el tiempo que dure, no la eternidad, como dice el título del libro, pero sí la posteridad, que es el tiempo que duramos en la memoria de los demás. Sí, un poco en el último capítulo que dedico a compañeros desaparecidos, a figuras de la comunicación, fundamentalmente españoles. Ahí sí hay, yo diría, más que una responsabilidad, un sentimiento de homenaje.
La verdad es que sí. Para hacer un relato frío, un relato informativo, no habría demasiado problema. Es contar una historia. Pero para hacer este tipo de retratos valorativos no me salen hacerlos en vida. Me queda como ortopédico. No fluye. De hecho, algunos de los que están reunidos en el libro fueron intentados antes de que se produjera el desenlace. Y los tuve que dejar. De algunos incluso había encargo, por ejemplo, el de Suárez, cuya desaparición era prácticamente inminente. Las páginas sobre Suárez estaban escritas en los periódicos desde años antes, desde que entró en la bruma del Alzheimer, o el de Juan Pablo II, que también tenía una agonía larga.
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Sabes, además, que hay una vieja leyenda del oficio, que tú conoces, que Alden Whitman cuenta en la entrevista famosa con Gay Talese. Alden Whitman era el jefe de la sección de obituarios del New York Times, una leyenda. Una sección que tiene más redactores que la mayoría de los medios de comunicación españoles. Y donde, lógicamente, no es que la nevera funcione, es que la sección está dedicada fundamentalmente a preparar nevera. Y llaman por teléfono a los sujetos para preguntarles cosas, para confirmar o suavizar. Le hacen una especie de entrevista, no póstuma, sino prematura, adelantada a su propia posteridad.
Y circula siempre la leyenda de que hay autores de obituarios que han muerto antes que el personaje, porque estaban los obituarios guardados.
Tienes como obligación de estilo no poner la primera persona, para no interrumpir con tu vida, y con el ego inevitable que hay detrás de la primera persona, un retrato justo, equilibrado, muchas veces literario, de la persona que estás despidiendo. Sin embargo, es inevitable, sobre todo en la última parte, la sección titulada «Las hojas muertas», la sección de despedida de periodistas, de colegas, de amigos de oficio, que se filtre alguna información.
Aquella transmisión es de ese tipo de acontecimientos fundacionales, uno dice «¿dónde estabas tú el día que mataron a Kennedy o el día que cayeron las Torres Gemelas?», «¿Y dónde estabas tú el día que el hombre llegó a la Luna», que en España era madrugada y mi madre hizo café para que no nos durmiéramos en la retransmisión. Y sí, a mí aquel relato majestuoso de Hermida, que tenía además un estilo tan personal, me resultó definitivo.
Sobre el tema de las primeras personas, si nos ponemos académicos, te diría que las necrológicas, los obituarios, se pueden dividir en dos: los que están en principio en primera persona y lo que es la tercera persona. En general, las columnas de opinión. Y yo no soy partidario de hacer explícita la primera persona porque creo que ya está implícito en el género. Es decir, como es tu opinión, ya se supone quÉ tienes que decir y sobre todo no meter demasiado tu vida. Hay un estilo, y lo hacía maravillosamente David Gistau, de involucrarse, involucrar su propia vida, sus personajes, sus familias y enlazar todo eso su con sus propias opiniones sociales y políticas. Yo prefiero actuar desde desde el plano abstracto. Pero claro, como tú decías, con determinados personajes es inevitable involucrarte, porque son gente que has tenido muy cercana. De lo que sí intento huir, porque nunca me ha gustado, es ese obituario donde el que lo escribe se pone en primer plano. Yo conocí a Menganito.
El texto sobre Gistau es uno de los textos más conmovedores del libro. Tienes mucho pudor para revelar tu dolor, y lo quieres dejar fuera del texto, pero aun así se transmina a lo largo de cada letra de ese hermosísimo homenaje. Y ahí esta doble paradoja. Por una parte, que el dolor sigue vivo en quienes lo conocieron, como si el tiempo no fuera limando su presencia. Me sorprende el impacto.
El impacto de la muerte de David es obviamente por lo prematuro, porque tenía 49 años. Cuando mueres en la flor, y en la flor no sólo de la edad, sino en la flor del éxito del oficio, hay una cosa que no me gusta dejar decir. Estoy aprovechando las comunicaciones y las entrevistas por este libro para decirlo. Se dijo en aquel momento y se ha creado el tópico de que David era el mejor columnista de su generación. Yo creo que esto es una injusticia. David era el mejor columnista español contemporáneo, así, a secas, de todos nosotros. Era el mejor de todos. e iba a serlo todavía mucho más, porque tenía una progresión extraordinaria. Estaba en plena madurez creativa. Y esto aumentó, ese corte abrupto, la conmoción emocional y sentimental de su desaparición.
En el caso de David pasa una cosa quizá también relacionada con esto que estamos hablando, y es que yo suelo decir que todos los cronistas del último tercio del siglo XX para acá somos de alguna forma hijos putativos de Francisco Umbral. Todos hemos crecido bajo la sombra del gigante que reinventó el canon del arte contemporáneo. Y con David ha empezado a pasar también una cosa parecida. Es decir, cuando yo era joven, y bastante después, los que empezaban querían ser Umbral. Y ahora hay mucha gente que empieza a iniciarse en el mundo del artículo periodístico se espeja en David, les gustaría ser David, quiere ser David, y que de alguna forma hay cierto mimetismo de David.
Hay un guiño personal en la despedida de Julio Manuel de la Rosa, porque es el que te invita a ser pasante en tu primer trabajo en el periodismo. Y en cierto sentido, define tu destino. ¿Cómo fue esa esa llamada para entrar a El Correo de Andalucía? ¿Qué edad tenías?
Sí, yo había estudiado filología. Ahí, claro, sí tenía que involucrarme, porque es una persona esencial en mi suerte, porque estas son cuestiones de suerte. Es un personaje que no es conocido a nivel nacional, aunque era un excelente novelista.
Él no era periodista, era básicamente escritor y profesor. En Sevilla en los años 70 no había Facultad de Periodismo, sólo había una escuela privada, adscrita a la Universidad Complutense. Nos examinábamos en la Complutense y nos respetaban los exámenes en Madrid. Era un centro adoptado o asociado, no me acuerdo como se llamaba. Julio era allí el profesor de Redacción Periodística, nada menos. Además, en aquella época eran eran tres años, primero, segundo, tercero. Era la asignatura troncal de la carrera. No sé si lo sigue siendo, porque lo de los estudios de Comunicación tendrían para otra charla.
Efectivamente, había terminado Filología, había empezado Periodismo, simultaneando los últimos años de una carrera con los primeros de la otra. Te hablo del verano del 80. Había pasado el clásico año indeciso después de la carrera, aunque seguía en periodismo. ¿Qué hacer? ¿Cómo orientas tu futuro? Y había firmado unas oposiciones para ser profesor de Lengua y Literatura en un instituto. Eran en julio, empezaban a principios de julio. Y un día me cruzo con Julio Manuel en el pasillo de aquella escuela y me dice: «pasa un momento». Me mete en su pequeño despacho y me dice: «¿Te interesan unas prácticas en El Correo?». Esa fue la frase: «¿te interesan, unas prácticas en El Correo?». Esto me va a descomponer todo el plan, pero la respuesta es sí. Y, ante el estupor de mi padre, no me presenté a las oposiciones que había firmado. Decidí que la suerte estaba echada.
En la despedida de Manu Leguineche cuentas que en el fondo sientes una gran admiración por su capacidad de riesgo, el gran corresponsal de guerra español, sin duda. Y un poco lamentas la falta de valentía, de osadía, no usas esa palabra precisamente, como para que, en cierto sentido, justificar el reflejo de quedarse en la redacción.
Antes te iba a decir sobre esto aquella frase de Borges: yo tengo coraje civil, pero no tengo coraje físico. No es lo mismo. Uno tiene que saber dónde puede estar y dónde no. Y sabes que en determinados sitios no dura un minuto. En España hay grandes corresponsales de guerra, Arturo Pérez Reverte, Vicente Tallón, Alcalá, muchos. Y ahora una estirpe más joven que se juega el tipo. Julio Fuentes, desgraciadamente desaparecido en la guerra, también Julio Anguita Parrado, José Couso. Hay una buena tradición de corresponsales de guerra.
Manu era el padre de todos ellos, era el jefe de la tribu. De hecho, el concepto de la tribu en España está asociado a Manu, porque había estado en el núcleo de eso en los años 50 y 60, en Corea, Vietnam, en las guerras latinoamericanas de los 60 y los 70. Y sobre todo que había creado una escuela. Tenía un enorme sentido del magisterio que luego además aprovechó cuando las circunstancias, la edad le hicieron desaconsejable el frente, organizó una agencia donde formaba gente. Y además se dedicó a escribir libros donde explica muy bien estas cosas, que a veces la distancia, la distancia corta de estar sobre el terreno, no te permite. Sus análisis sobre conflictos internacionales, no solo sobre conflictos contemporáneos, sino sobre conflictos históricos, su libro sobre el Desastre de Annual es extraordinario. Algunas cosas sobre la Restauración, sobre la guerra de Cuba, son análisis magníficos. Escribía en una vieja Olivetti, como Umbral, en su casa de de Brihuega, en la provincia de Guadalajara, y que hoy es una especie de museo Leguineche.
Hay una mención a María Teresa Campos, quien te invita a formar parte de las tertulias televisivas, que tuvieron un aporte al debate, a la confrontación de posturas, incluso ideologías, pero también son el principio de una degradación de la conversación pública española.
Sí, absolutamente. Por lo menos de ciertos populismos. Pero hay algo peor, Ricardo. Las tertulias en la radio las inventó Luis del Olmo en los principios de los 90; después, en la televisión, no las inventó María Teresa, pero efectivamente las popularizó y a mí me dio aquella oportunidad. Te hablo de principios de siglo. Eran muy populares. Recuerdo que aquella mesa de análisis entre cinco, a medio día, antes del Telediario, entre la una y media y las dos y media, tenía dos millones y medio de espectadores. Era entrar en las casas sin más. Te daba una popularidad muy rápida. Pero sí es verdad que poco a poco, o a lo mejor muy pronto, se empezó a cometer un grave error. Y fue la suplantación de roles políticos.
Una de las peores consecuencias de la polarización es la generalizada creencia entre la izquierda y la derecha de que no se puede ser una persona decente y a la par votante o simpatizante del bando contrario. Y si se trata de un militante o un dirigente no digamos. La estrategia sanchista del enfrentamiento civil ha hecho bien su trabajo y el maldito ‘muro’ ha separado a la sociedad en facciones de pensamiento cada vez más sectario. Va a ser muy difícil recuperar espacios de encuentro aunque el poder cambie de manos; más bien es probable que en ese caso los derrotados tiendan a agudizar la tensión y asistamos a una elevación paroxística del mutuo encono ciudadano.
De su familia conservadora, hijo de magistrado, aprendió valores que supo combinar con su afiliación socialista. El principal, la necesidad de convivir respetuosamente con gente de ideologías distintas. Su talante le impulsaba a buscar acuerdos, aproximaciones, diálogo, y a huir en lo posible de las tiranteces conflictivas. Creció en un ambiente político anterior al del actual antagonismo divisionista y creía de veras que una solución de consenso es mejor que una imposición por mayoría.
Lo que sí fue, siempre, es un artista comprometido con su tierra y su gente. Andalucía como paisaje emocional es la referencia de fondo de toda su obra, desde la más socialmente comprometida hasta la más íntima y lírica de la copla.
Fuera del flamenco quizá no haya habido un cantante contemporáneo tan empapado como él de auténtico andalucismo, de una corriente identitaria interior que fluía por sus composiciones a través de horizontes emotivos, huellas referenciales, personajes, amigos, experiencias vitales, anclajes y símbolos. Andalucía como pasión, como aspiración, como deseo, como sufrimiento, como cariño.
Francisco Rosell comenzó a desarrollar su actividad profesional en 1975 en El Correo de Andalucía, compartiéndola con sus estudios en las facultades de Ciencias de la Información y de Sociología y Políticas en el Instituto León XII, dependiente de la Universidad Pontificia de Salamanca, bajo los profesorados de Joaquín Ruiz-Giménez, primer Defensor del Pueblo de la Democracia, o de Román Perpiñá Grau, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 1981. Desde Madrid, ejerció como corresponsal de El Correo, cubriendo como cronista parlamentario la primera legislatura democrática de las nuevas Cortes.
Posteriormente, fue director-fundador de EL MUNDO de Andalucía, rotativo que dirigió hasta 2015 y durante cuyo mandato se revelaron episodios periodísticos del calado del fraude millonario de los ERE, el saqueo de los cursos de formación y la instrumentalización de empresas públicas como Invercaria, entre otras, para el uso opaco de fondos provenientes del erario público. Merced a ese trabajo periodístico, más de un centenar de altos cargos de la Junta de Andalucía, sindicalistas, empresarios e intermediarios han sido imputados. Rosell ha sido autor de libros de éxito como Treinta años de nada. Anatomía del Régimen Andaluz (cinco ediciones) y El bueno de Manolo.
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