Jon Viar Hijo: Biografía de un Legado Marcado por ETA

04.12.2025

Jon Viar, nacido en Bilbao en 1985, creció en un entorno marcado por el conflicto vasco y la sombra de ETA. Hijo de Iñaki Viar, un reputado psiquiatra que formó parte de la banda durante la dictadura, Jon tuvo una infancia donde la realidad de ETA era cotidiana.

Corrían los años 90 en la localidad vizcaína de Getxo y ETA estaba en su realidad cotidiana, en las noticias de los tiros en la nuca que daba su madre, periodista televisiva, en las conversaciones de los adultos en casa y en las pintadas amenazantes de las calles.

Jon tenía ocho años cuando, viendo los informativos, su padre le confesó: «Yo también estuve en la cárcel». Aquel impacto emocional cobró forma cinco años después cuando, con los ahorros de la primera comunión, Jon se compró una cámara de vídeo Sony y se puso a rodar cortometrajes.

Hoy estremece ver aquellas cintas. Él, tan chaval, se grabó como si fuera un etarra apuntando con una pistola a la cámara, matando a un amigo que hacía de Miguel Ángel Blanco en medio del monte. Interpreta a un secuestrado, a una víctima asesinada, a un mercenario de los GAL. Emula la explosión de un coche bomba con un minúsculo cochecito de juguete y un petardo.

«A mí me fascinaba el cine y con el cine supongo que intentaba afrontar el infierno que me rodeaba, escapar del horror. La mía es la historia de un niño que hereda el trauma de su padre e intenta explicarse cómo pudo estar en ETA».

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El Documental "Traidores": Una Introspección Familiar

A punto de cumplir los 35 años, ese trauma ha cristalizado en una película que se estrena hoy en la Seminci de Valladolid. Se llama Traidores y es un singular documental de introspección familiar, casi como El desencanto de los Panero, en el que el niño que filmaba atentados conversa ya de adulto con su padre, Iñaki Viar, y con otros cinco vascos que, como él, militaron en la primera ETA y luego renegaron. Todo surge de una pregunta: «Aita, ¿por qué te metiste en ETA? ¿Por qué lo hiciste?».

Viar es una cosa y su contraria. Nació en Bilbao, en 1985. Es el hermano mayor del matrimonio que formaron un médico psiquiatra y una reportera; pesquisidores ambos. «Yo era un niño de ocho años, vivía con un psicoanalista y una periodista». Viar muerde la hojuela de una patata. «En mi casa había cuatro mil libros, y con once años ya veía películas de Lubitsch y de Woody Allen. Evidentemente, no era un niño normal. Vivía en una burbuja pijo-progre, iba al Colegio Francés, que era lo que suponía vivir en Getxo, un mundo muy burgués en el que nunca encajé».

Antes del cine le interesó el fútbol, ese estadio previo a la tribu, la primera decisión política. «Recuerdo que le pregunté a mi madre qué era esto de los euskaldunes y ella me soltó el típico discurso progre: “Son nacionalistas, y hay que respetar”. Y yo le dije: “¿Puedo ser de Athletic y de la selección española?”. Me contestó que sí. Entonces pensé: “Pues ya está, no me cuentes más”.». De anecdótico el asunto tiene poco, forma parte del combate: ser una cosa y la contraria.

«Yo sabía que mis abuelos paternos eran muy nacionalistas católicos del PNV, sobre todo mi abuela. El mayor disgusto se lo llevó cuando yo tenía tres años y mi padre le dijo que no iría a la ikastola, sino al Colegio Francés. Eso fue un cisma».

En aquella España de finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, ETA había matado a decenas de guardias civiles y perpetrado uno de sus atentados más sanguinarios: el del Hipercor de Barcelona. Aquel coche bomba mató a 21 personas. Fueron años de amargura para su padre, que vivía cada asesinato de ETA con ánimo sombrío. Todos en su entorno sufrían por aquellas muertes, cuenta Jon Viar, pero en el dolor del padre se desplegaba un poso aún más denso. A medida que avanzaba en su infancia, Jon Viar confeccionaba preguntas; a toda hora y de todo tipo. Hasta que un buen día, acaso exhausta de no tener respuestas, su madre le hizo saber las cosas tal y como habían ocurrido.

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El Linaje Nacionalista de Iñaki Viar

Hay que echar la vista atrás para comprender el momento en el que Iñaki Viar Echevarría (Bilbao, 1947) entró a militar en ETA. Iñaki recalca el peso del «linaje», de los valores nacionalistas que le transmitió su familia. Su bisabuelo, Nicolás Viar, fue un conocido abogado bilbaíno amigo personal de Sabino Arana, autor de obras de teatro de costumbrismo vasco y detenido cuando Franco tomó Bilbao. Su abuelo materno, Benjamín Echevarría, estuvo condenado a muerte, aunque escapó. Y su padre, Jon Viar, combatió con los republicanos, estuvo preso en campos de concentración y pasó dos años en el exilio francés. Y en el exilio conoció a la que sería su mujer.

En casa, Iñaki escuchó las desgracias familiares, la historia de un pueblo vasco sometido por España, la historia de una lengua humillada, casi sagrada, aunque sus padres no la hablaban. «El nacionalismo, como la religión, se transmite ligado al amor familiar. Te sientes en el deber moral de defender la causa de tus antepasados, la causa de tus padres», cuenta a Crónica. Y así, cuando en 1963, con 16 años, dos amigos de su cuadrilla le ofrecieron entrar en ETA, apenas se lo pensó. Le pareció algo honroso, justo, digno, obligado. «Aún no sabía lo que era ETA. Me hablaron de la liberación de la patria vasca y de la liberación social, de que no sería algo burgués como el PNV. Ya entonces surgió con una cierta inclinación a la violencia: había que enfrentarse con el Estado».

Nunca hubo una ETA buena. Nos enfrentamos a Franco, pero no éramos héroes ni demócratas. ETA era una organización racista, siempre lo fue. Como Bildu.

Y llegó su primera «acción»: recorrer 15 kilómetros en bici y romper la placa en memoria de los caídos que lucía la iglesia de Santa María de Getxo. «Ayudábamos a los liberados, robábamos documentación de coches, recolectábamos dinero, distribuíamos el Zutik [el boletín interno de ETA]...», recuerda.

Con 21 años lo detuvieron por propaganda ilegal y pasó alrededor de un mes en la cárcel de Basauri. Un año después comete el atentado que marcará su vida: colocar, junto a otros tres miembros de ETA, una bomba en el sótano de la antigua Bolsa de Bilbao que explotaría por la noche y que, según le dijeron, no causaría víctimas. El artefacto no llegó a explotar, pero a Iñaki -al que en ETA llamaban Txato, como el empresario asesinado de Patria- lo acabaron arrestando.

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Fue poco después, el 22 de abril de 1969, cuando salía de la Facultad de Medicina de Valladolid, donde estudiaba. Lo llevaron a la comisaría de la Policía en Bilbao y en el calabozo le torturaron. «Tenían toda la información sobre mí. Habían detenido a muchos y todos habían ido cantando. Te golpeaban y te pegaban hasta que admitieras lo que querían y firmases la declaración».

Así empezó su periplo por varias cárceles, incluida la de Segovia, de la que intentó fugarse. Sin embargo, ya en su primer año preso se transformó. «En la cárcel coincidí con dirigentes comunistas en la clandestinidad, con sindicalistas de CCOO, con presos andaluces, madrileños... Y descubrí que yo no era distinto de ellos. Que el nacionalismo era el nombre elegante de la xenofobia. Esa idea que me habían transmitido de que los vascos éramos mejores y que los españoles eran el enemigo, que es la base de todo, de pronto me pareció una absoluta sandez».

La Ruptura con ETA y el Nacionalismo

En la película, Iñaki le dice a su hijo: «El nacionalismo se me cayó como ideología», y, a modo de metáfora, se quita una máscara con la nariz aguileña de los Viar. Aunque el padre detalla que fue algo más que eso: un cambio profundo que opera por dentro. «El terrorista es alguien que obedece a una ley que obliga a odiar y después a matar. Yo, junto a otros, rompí esa ley. Traicioné todo eso y lo digo con orgullo, porque por fin empecé a pensar por mí mismo».

Por entonces, año 1970, Iñaki Viar se situó en una de las escisiones de ETA, izquierdista y no nacionalista, denominada ETA VI Asamblea, que abandonó la violencia, optó por el trotskismo y acabaría convergiendo nada menos que con una organización española, la Liga Comunista Revolucionaria. En una visita a la cárcel, relata, se vio «moralmente obligado» a contarles a sus padres, del PNV y creyentes, que ya no era nacionalista. «Les arañé el alma», dice. Él bajó la cabeza; ella le miró sin comprender.

Ya por entonces los presos de ETA que querían seguir matando -y que tanto matarían: 802 de sus víctimas (el 95%) murieron tras fallecer Franco- lo llamaron traidor. Y llegó el juicio. Aquel otoño de 1970, Viar fue sometido a un Consejo de Guerra Sumarísimo que precedió al célebre Proceso de Burgos, que condenó a muerte a nueve miembros de la dirección de ETA, entre ellos Mario Onaindia y Teo Uriarte, que también participa en el documental junto a otros cuatro «traidores»: el escritor Jon Juaristi, el antropólogo Mikel Azurmendi, el periodista Ander Landaburu y el escritor Javier Elorrieta.

A Iñaki las autoridades de la dictadura le condenaron a 20 años de cárcel por terrorismo, por aquel atentado contra la vieja Bolsa de Bilbao. A ello se añadirían varios años más por desacato. «En el juicio hablé en euskera y les dije que no reconocía la legitimidad del tribunal», recuerda.

Lo mismo que harán los miembros de ETA durante tres décadas más, con la diferencia sustancial de que España habrá dejado de ser una dictadura y de que la Ley de Amnistía de 1977 los sacó a todos de prisión. «Con la amnistía salimos todos, no quedó ni un preso político en la cárcel», reivindica ahora. Pero, mientras él y otros muchos se reinsertaron en la sociedad -Iñaki se convirtió en un importante psicoanalista con consulta y empezó a dar clases en la Universidad del País Vasco-, otros decidieron seguir con la sangre.

Condenado a más de 20 años de prisión, Iñaki Viar sólo cumplió ocho gracias a la amnistía de 1977, que excarceló a todos los miembros de ETA, del FRAP... En las imágenes, cuando fue recibido con júbilo a su llegada a Bilbao.

La Infancia de Jon Viar Marcada por el Terrorismo

Esa ETA, la aclamada por Otegi en los años 90 y 2000, fue la que su hijo Jon vivió desde niño. Nacido el 20 de noviembre de 1985, justo diez años después de morir Franco, su primer recuerdo le remite a su madre dando la noticia de un coche bomba que, no muy lejos de su casa, en Erandio, había matado a un niño de dos años, hijo de un guardia civil, y herido a su hermano gemelo.

También se le quedó en la memoria, con nueve años, el asesinato del concejal popular de San Sebastián Gregorio Ordóñez, al que su madre conocía bastante por su trabajo. Así, gota a gota, bomba a bomba, Viar hijo empezó a ser «consciente de cada atentado de ETA», mientras el silencio prevalecía fuera de las paredes del hogar familiar. El chico tenía 11 años cuando, en julio de 1997, ETA asesinó, tras 48 horas de chantaje, al joven edil del PP de Ermua Miguel Ángel Blanco.

Aquel crimen conmocionó a la sociedad vasca, que por primera vez salió masivamente a la calle a clamar contra el terror. Cuando a los 13 años tuvo su cámara de vídeo, Jon también actuó: filmó el secuestro de Miguel Ángel y su asesinato en el monte. Un amigo aparece de rodillas, encapuchado, y él le pega un tiro.

El Compromiso de Iñaki Viar contra el Terrorismo

Con el asesinato de Blanco su padre dio un paso al frente. Junto a un grupo de intelectuales, algunos ex miembros de ETA como él y otros procedentes del comunismo antifranquista, fundó el Foro Ermua. Uno de ellos era el columnista de El Mundo José Luis López de Lacalle, a quien Franco encarceló y la banda terrorista mató en el año 2000. Tras su asesinato, su amigo Viar participó en la rueda de prensa que el Foro Ermua convocó para condenar el crimen.

Tras la mesa se apretujaba una decena larga de los fundadores ante apenas un par de periodistas. «Todos escribían artículos en prensa. Miré a mi alrededor y todos estaban escoltados menos yo», dice Viar. A ojos de su antigua organización y sus satélites, aquellos hombres y mujeres -el pintor Agustín Ibarrola, el poeta Vidal de Nicolás...- eran fascistas.

ETA mató a varios de los renegados, desde Yoyesa uno de los compañeros de comando de Iñaki, Mikel Solaun, que se arrepintió de colaborar en un atentado y avisó del lugar donde los etarras habían colocado un explosivo. También a Teo Uriarte estuvieron a punto de matarle.

Al padre de Jon no le llegaron amenazas explícitas. A su madre sí. «A mi mujer la citaron en el Zutabe [el boletín que sustituyó al Zutik] de ETA como una periodista que trabajaba para España», evoca Iñaki. «Era una auténtica amenaza de muerte. Cuando lo leí, me golpeó el pasado como una sacudida terrible. Pensé: yo tengo mi parte de responsabilidad en esto, yo participé en crearlo. Tus hechos, sobre todo los de condición moral, te persiguen durante toda la vida, incluso los de hace 40 años».

Con el paso adelante de su padre y la exposición de su madre, con los atentados contra figuras cercanas (Fernando Buesa, López de Lacalle, Gorka Landaburu), Jon empezó a sentir «el miedo». Si antes había sido espectador, ahora se sentía parte. La familia empezó a tomar precauciones.

-Jon: Yo a mi padre le veía muy tocado. Está muy tocado: tiene un sentimiento de culpa que aún arrastra por haber participado de aquello. Es una tragedia que no desaparece, que es incurable, que, como dice él, no se elimina nunca.

-Iñaki: No hay una ETA buena, nunca la hubo. Nos enfrentamos a Franco, pero no éramos héroes. ETA era una organización racista, siempre lo fue. Como Bildu hoy. No éramos demócratas; no sabíamos lo que era eso. Pero la izquierda lo idealizó, y esa fue la gran mentira.

El Legado del Miedo y la Necesidad de Desenmascarar

-Jon: La gente sigue teniendo miedo. Y hablas de esto y te dicen: «No seas pesado». Le enseñé la película a unos amigos de Bilbao y se quedaron flipados, no sabían toda esta historia. Parece que hablar de ETA es de mal gusto. Y enseguida te sitúan en el PP o en Vox, cuando no se trata de eso. Hay que desenmascarar a Otegi y compañía.

Hubo quienes hace mucho tiempo vieron que esto no podía ser, que transitaron hacia la izquierda, el progresismo y el constitucionalismo, como Mario Onaindia, Teo Uriarte, mi padre... Sé que es una película delicada, que mucha gente no quiere matices. Pero era lo mejor que podía aportar: contar, desde un punto de vista subjetivo, cómo mi biografía familiar me estalló, y cómo intenté salir del horror.

-Iñaki: En el País Vasco sigue habiendo miedo, continúa la sombra de la muerte. Nadie se atreve a poner una bandera de España en su casa, nadie se atreve a llevar a sus hijos al colegio con la camiseta de la selección. Ya no matan, pero pueden atacar tu casa, tirarte un cóctel molotov. Han conseguido cambiar el mapa electoral: cientos de asesinados, miles de amenazados, miles que se han marchado... Y ahora -dice con pesar- se desmonta el gran pacto de la Transición.

Jon Viar ha sacado adelante Traidores «con cuatro duros». Producida por Mgc en coproducción con Hiperkinesis y RTVE, que ha prestado imágenes de su archivo, no cuenta con ninguna subvención de EiTB ni del Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos (Gogora). Jon Viar tenía ocho años cuando supo que su padre había formado parte de ETA y casi trece cuando usó su primera cámara de vídeo. No salió ileso de ninguno de los dos hallazgos, y se nota. Jon Viar no habla, ametralla. Tampoco filma, despelleja. Así lo demuestra en Traidores, un documental que cobra fuerza al cumplirse el décimo aniversario del cese de la actividad terrorista de la banda.

Viar fue doctor en estudios literarios y teatrales a sus 32, hizo su tesis sobre Christopher Marlowe, se volcó sobre el gran mecanismo, que es un concepto marxista equiparable a la lucha por el poder. ¿Pero cuál? ¿El del padre? ¿El de la vida como aquella cosa que pasó o nos hicieron? No lo sabe él, y mucho menos quien lo escucha. Dar muerte al padre puede ser, también, un acto de amor. La plena y absoluta certeza de que nada prescribe.

Jon reconoce que «cualquier víctima gestiona su dolor como puede», pues nos estamos sumergiendo en un territorio «demasiado íntimo». Y añade: «Yo soy ateo, por lo que el perdón me parece un concepto muy cristiano que respeto, pero que no corresponde a mi postura». Sobre el arrepentimiento de los terroristas, lo tiene claro. «¿Cómo no voy a creer en la reinserción, si mi padre ha sido un ejemplo? Si hay una rectificación moral subjetiva del verdugo que condena su pasado y realmente hace gestos, bienvenido sea. Pero hay que ir un paso más allá y no sólo condenar los asesinatos, sino aquello por lo que mataron: la corrupción de menores con dinero público que se ha ejercido en el País Vasco durante décadas, diciéndoles a chavales, como hacía Xabier Arzalluz, que existía un genocidio vasco y que estábamos siendo colonizados por un estado opresor. A la hora de hacer una condena moral del terrorismo, se debe tener claro que se mató por una causa ideológica que es racista y es nefasta».

Irene y Jon, que tras la teatralización del miércoles protagonizarán un coloquio sobre el escenario, además de leer algunas partes de la representación, vuelven a coincidir en un asunto: ambos se niegan a pasar de puntillas por la crudeza de sus biografías. «Yo tengo un discurso positivo ante la vida, pero no maquillo la realidad. En mis charlas enseño imágenes del atentado y la radiografía de mi femur seccionado con el tornillo, explico cómo tuve una bacteria en una de las heridas que se infectó... Tres personas se han desmayado en mis presentaciones, pero yo quiero mostrar la crudeza de lo que me sucedió para que se entienda, para que no nos volvamos ciegos, no nos volvamos débiles».

En alguna ocasión, los padres de Jon le han pedido que busque otras inspiraciones ajenas a ETA para sus trabajos cinematográficos. No en vano, el asunto sigue exudando demasiado dolor, demasiados tabúes. Pero él no se esconde, enseña el diente, y aguanta el discurso crítico: «Se ha producido un blanqueamiento de una fuerza política ultranacionalista, para mí de extrema derecha, que es Bildu. Y me parece perfecto que sean legales, si la ley así lo dice. Otra cosa es que sean demócratas. Para mí no lo son. Son nazis».

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