Josep Maria Flotats: Un Legado Teatral y su Regreso a Barcelona

04.11.2025

Cada vez que Josep Maria Flotats pone un pie en un teatro catalán, los productores, la prensa y el público lo viven como un evento. Es cierto que el actor ha vuelto en otras ocasiones, desde que en el 2013 el gobierno de Artur Mas le organizó un homenaje de reparación, dieciséis años después de la "repentina, traumática, dolorosa y brutal" destitución del Teatre Nacional de Catalunya.

Pero sus visitas no son nada frecuentes; la última, en 2015 en el Teatre Lliure con Serlo o no. "Habría regreso si alguna vez hubiera dicho que me voy", dice, haciendo una finta. Pero añade: "Hubiera hecho teatro aquí más a menudo si lo hubiera tenido fácil. No me llamaba nadie, y si alguna vez llamé no hubo respuesta. Esta vez fue Josep Maria Pou, el director del Teatro Romea, amigo íntimo y compañero en miles de funciones, quien le presionó para que actuara en su teatro, después de décadas buscando infructuosamente una obra para interpretar ambos juntos: " Ven de una puñetera vez", le mandó.

Y Flotats se ha plantado en el Teatre Romea para protagonizar hasta el 1 de abril y en catalán una obra que en Madrid estrenó en el 2018, La disputa. "Es un hecho excepcional que yo esté aquí", sentencia un Flotats emocionado, en el vestíbulo del teatro. "No soy actor por nada -dice-. Tengo una sensibilidad exacerbada y controlo mal mis sentimientos fuera del escenario. Espero poder controlarme".

Cinco días de enfermedad, que le habían dejado del todo afónico, obligaron a cancelar las tres primeras funciones de la obra, y ahora dice sentirse "resucitado". "Saber que se estaban devolviendo las entradas me ponía aún más enfermo", asegura.

Un Regreso a las Raíces

Josep Maria Pou recuerda que fue en enero de 1959 que el actor debutó en el Teatre Romea con Tú y la hipócrita de Maria Aurèlia Capmany, dirigido por Ricard Salvat. Flotats, que tenía 20 años, llevaba dos trabajando de actor. 65 años después regresa al Romea. "En mi entorno, el entorno de familias que perdieron la guerra, ir al teatro era ir al Romea", recuerda. De ahí, también, la emoción de un Flotats generoso en anécdotas.

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La disputa reúne en un espacio a dos de los filósofos más importantes del siglo XVIII, Voltaire (Flotats) y Rousseau (Planas), dos personajes "antagonistas y complementarios", ambos enterrados en el Panteón de París como Padres de la República, como explica el autor del texto, Jean-François Prévand. Uno decía que la cultura era la solución y el otro que "no cualquier cultura". "Rousseau quería hacer mesa zanja de todo, de tanta mediocridad", explica Planas.

Voltaire/Rousseau: Un Diálogo Atemporal

Ha vuelto a Barcelona con Voltaire/Rousseau. La disputa, de Jean-François Prévand, que él dirige y protagoniza como Voltaire junto a Pep Planas (Rousseau). La obra estará en el teatro Romea hasta la primera semana de febrero.

Es una creación del autor francés Jean-François Prévand, que dio forma teatral a un combate ideológico entre dos de los pensadores más importantes del siglo XVIII, Voltaire y Rousseau. El montaje se centra alrededor de un panfleto anónimo que acaba de aparecer y en el cual se acusa a Jean-Jacques Rousseau de haber abandonado a sus cinco hijos.

¿Quién es el autor del escrito? Mientras lo discuten, Rousseau y otro pensador, François-Marie Arouet, a quien más probablemente conocerás como Voltaire, hablarán sobre Dios, la igualdad, la educación y el teatro.

El regreso al Romea de Josep Maria Flotats se produce, además, cerca de 65 años después de que debutara, en 1959 y con solo veinte años, en este mismo escenario. Si quieres ver una vez más al actor Josep Maria Flotats sobre un escenario barcelonés, no te pierdas Voltaire/Rousseau.

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Muy buena, porque usa un lenguaje muy comprensible, pero al mismo tiempo fiel a la construcción gramatical de Voltaire y de Rousseau, que es lo que hizo el autor con los originales. Algo añadió Prévand para que hubiera más diálogo, pero la base son textos de los dos. Incluso hay tres momentos en los que Voltaire no entiende alguna palabra que dice el otro, como capitalista, la gente enajenada o ambiente romántico.

Cuando Rousseau (Pep Planas) le acaba de confesar a Voltaire (Josep Maria Flotats) que, efectivamente, abandonó a sus cinco hijos, Flotats mira al público, hace una pausa y se sienta. Son cinco segundos que hacen que lo que acaba de decir Rousseau no caiga en saco roto, para que el público capte la gravedad del momento. Es uno de los clímax de la función.

En otras manos, el reencuentro entre Voltaire y Rousseau, entre maestro y discípulo, podría haber sido un palo fenomenal. Pero en brazos de Flotats se convierte en una lección magistral de cómo se puede hacer teatro popular a partir de las ideas. El ritmo es endemoniado, de mascletá. Y si tenemos en cuenta que Flotats ya ha cumplido 85, la cosa es aún más magnífica. El actor está en una forma que ya desearían actores de 45. No ha perdido una dicción aprendida en la Comédie Française que ya forma parte del imaginario colectivo local aunque ahora hace mucho tiempo que no veíamos actuar en catalán. Planas, a su vez, aguanta muy bien los embates de su contrincante. Tiene más dudas, su Rousseau. Pero no da el brazo a torcer. Y en el cara a cara con toda una leyenda como Flotats mantiene el tipo. Debutó con él con un 'Cyrano de Bergerac' y ya sabe cómo las gasta, el maestro, cuando se trata de combatir dialécticamente. No necesita ninguna nariz desmesurada ni la propensión a solapar alejandrinos. Flotats siempre será Flotats. Y que dure.

Reflexiones sobre el Teatro y la Cultura

Josep Maria Flotats no piensa en la jubilación, ni tampoco en escribir unas memorias: "No consigo que me interese el pasado. No tengo nostalgia. Tengo un cariño indefectible a la gente que he amado, pero no me afectan tanto los recuerdos como el compromiso inmediato", justifica. Y acto seguido le toma una frase a Núria Espert y comenta con socarronería: "No tengo la vida interior que tiene la mayoría de gente para quedarme en casa".

Quizá sea porque puede "desahogar la angustia de ciudadano en el escenario", dice. "Me da tranquilidad, paz y la sensación de estar cumpliendo mi deber", afirma.

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Flotats esquiva las preguntas incómodas (sobre el Me Too, sobre Lluís Pasqual), pero le gusta hablar del teatro de hoy, de la calidad actoral de los jóvenes o del alud de espectáculos que presentan los teatros públicos "en nombre de la inmediatez, el consumo y la publicidad". Incluso comenta la última noticia sobre la ley de servicios digitales de la Unión Europea. "Me siento orgulloso de todavía poder hacer mi oficio y defender no sólo el teatro que me ha formado, el Teatro de Arte con mayúsculas, sino un teatro de reflexión indispensable en la sociedad que vivimos", sentencia Flotats, injertado de su personaje. Y exclama con aquel deje inconfundible: "¡Voltaire, sálvanos!

En las respuestas de Josep Maria Flotats (Barcelona, 1939) se intercalan sus opiniones con los diálogos de su personaje. Escenifica al otro lado del teléfono ... el comienzo del montaje, una de las conversaciones más significativas del espectáculo y una frase de las que dejan al espectador con la sonrisa torcida. «No sé si tendría que contarlo todo...», se plantea en un momento de la charla. Pero no lo puede evitar.

Para acabar con la cuestión judía es un texto que le «enamora» y un papel que quiso hacer desde el mismo momento en que leyó el libreto de su amigo Jean-Claude Grumberg, reconocido como uno de los autores trágicos más cómicos y no es una contradicción de su generación, con ocho premios Molière, un premio César, el premio de la Academia Francesa...

A pesar de que el teatro me es desagradable, en su día vi su Cyrano (una cursilada francesa, pero muy dinámica), vi su Per un si o per un no, con Juanjo Puigcorbé, y me deslumbró. Pero de Flotats la más gloriosa obra de arte -ya que el arte tiene entre otras cosas las funciones de síntoma, de decir lo que nos pasa, de cartografiar la realidad y de proyectarnos hacia el futuro- que he visto esta semana no es un drama famoso de Ronsard, ni de Nathalie Sarraute.

A Flotats lo trajeron los Pujol a principios de los años ochenta, desde la Comédie Française, para que impulsara el teatro en catalán. Para él edificaron cerca de la plaza de las Glòries el Teatre Nacional de Catalunya, obra del arquitecto Ricardo Bofill solemne, anacrónica y kitsch -tal como correspondía al régimen y al proyecto-. En aquel escenario Flotats triunfó repetidamente y se le tributaron glorias y honores. Hasta que por motivos que ignoro la señora de Pujol se desencaprichó de él.

Entonces se fue a Madrid, donde ha seguido actuando con éxito. Pero de vez en cuando regresa a Cataluña.

De esos disgustos viene ese tuit revelador, de cuya precisión quirúrgica probablemente ni él es consciente.

Josep Maria Flotats lee en el Círculo del Liceo la carta que Louis Jouvet dirigió a un autor principiante desde su exilio en Latinoamérica tras la invasión de Francia por el ejército hitleriano. «Jouvet fue el gran maestro de mi generación», subraya. Entre ... sus enseñanzas, que el teatro «no se asimila sino es para restituir» o que para subir al escenario hay que merecerlo… «Y para merecerlo hay que trabajar, trabajar y volver a trabajar», recalca Flotats.

La vida teatral de una ciudad se detecta en el estilo de sus compañías, sean estas de teatro o de ópera: «Me entristece ir al teatro a ver solo cosas bien hechas, pero que no comunican nada, solo son obra de buenos profesionales», lamenta el actor y director.

Josep Maria Flotats (Barcelona, 1939) llega puntual a la cita, cuello alto negro y el texto de Voltaire/Rousseau. La disputa en las manos. Es por si necesita consultar alguna frase. "Fuera del escenario no me sé nada. La gente cree que la memoria está en el cerebro, pero está en las piernas", dice. De hecho, él memoriza los textos andando por rincones tranquilos. "Cuando vivía en París y trabajaba en el Théâtre de la Ville, iba a un lugar fantástico del Île Saint-Louis; y cuando estaba en la Comedia, aún más fácil, porque daba vueltas a los jardines del Palais Royal", recuerda. Ahora suele llegar al Romea hora y media antes de la función.

Josep Maria Flotats dice sentirse como un padre feliz. Sus hijos, los actores Helio Pedregal, Eleazar Ortiz y Eduardo Muriel, están a punto de estrenar en el Teatro Valle-Inclán de Madrid La mecedora, un texto de Jean-Claude Brisville, dramaturgo fetiche de Flotats después de La cena y El encuentro de Descartes con Pascal joven. Esta nueva producción del Centro Dramático Nacional versa, además, sobre una temática palpable: el canibalismo de los merca-dos sobre la calidad cultural.

Esta es la primera obra que escribió, en 1982. Me gustan los textos de Brisville porque me hacen cuestionarme las cosas, me hacen pensar y, además, me producen placer. Y este es un texto brillante. Es su única obra ambientada en la época contemporánea. Y, además, es biográfica, ya que él era director de la Colección de Libros de Bolsillo y cuando le anunciaron su despido porque querían que la editorial fuera más comercial, se fue a un hotelito de un pueblo en la costa y escribió esta obra en la que reflexiona sobre el mundo del libro y la prensa y cómo estaban dependiendo ya de la ley del mercado.

Al espectador me gusta provocarle debate y reflexión. Y para mí son obras que no sólo me atraen, sino que me distraen. Me producen lo mismo que una buena novela. Y quiero que también le produzcan eso al espectador. Esta obra, además, revela un cambio de paradigma cultural en el que vivimos ahora: la cultura no opta por provocar placer al lector o espectador, sino que, como cualquier producto, se mueve en términos comerciales.

Hace una crítica: que esa supeditación no se puede aceptar bajo ningún concepto. A través del humor, la ironía, el conocimiento del oficio y la ludicez plantea la pregunta de si se puede decir no. Y sí, claro que se puede.

No, no tanto, porque la independencia y la libertad no tienen precio.

Yo soy del siglo pasado. Creo que los libros digitales son muy prácticos, porque puedes tener en el bolsillo hasta mil libros. Pero no me gusta, yo prefiero el papel. Ahora bien, si los libros electrónicos salvan los bosques...

Claro, y es que un librero es una espe-cie de director espiritual. Te haces amigo de él, le cuentas cosas, te recomienda... Ese es el pequeño comercio que ya empezó a desaparecer con las grandes superficies. Y eso es, precisamente, un símbolo de nuestra sociedad.

Sí, y hay un gran problema con las giras. Muchas se han suprimido. Como productor independiente, yo también he tenido problemas. Un ayuntamiento me pagó hace un mes un bolo que hicimos hace 23 meses. Es decir, dos años sin cobrar. Esto es lo que está pasando. Pero claro, estamos en un momento en el que si la gente gana menos, si hay más paro, eso significa menos dinero para libros y teatro. Ahora bien, ahí tenemos los musicales, que están abarrotados y son carísimos. Debe ser que quieren ir los niños y cuando estos dan tanto la lata, los padres se quitan de comer para ir.

Sí, pero esto son modas. Ahora esta-mos en lo que hay que ver y oír'. Otro símbolo de nuestro tiempo. Hay que verlo todo. Y eso es imposible. Por ejemplo, en París ahora hay 340 espectáculos cada día.

Sí, y realmente es mejor que se haga ahí que en la enseñanza y la sanidad. En cultura, los recortes son una cuestión de política y criterio. Es decir, si hay dinero, hay que ver a qué se destina y a qué no. Lo que pasa es que la cultura es referencia y criterio. Yo creo, sinceramente, que hay cosas que no se merecen ayudas. El problema está en cómo se decide eso. Por otra parte, se podrían estudiar nuevas maneras de hacer llegar el teatro, quizá con pequeños locales, con pequeños presupuestos...

No, no. Por ahora es algo que no me tienta. Es verdad que en la época de Carmen Calvo [ministra de Cultura entre 2004 y 2007] me ofrecieron ser director de la Compañía Nacional del Teatro Clásico. Lo fue Eduardo Vasco, que lo hizo muy bien. Pero ya entonces no me apetecía volver.

Dice Josep Maria Flotats que el montaje Voltaire/Rousseau. La disputa no implica su retorno a los escenarios catalanes, entre otras cosas porque en ningún momento dijo que se fuera. Lo cierto, sin embargo, es que desde que dejó, y no por su gusto, la dirección del Teatre Nacional de Catalunya en 1997, pocas veces se le ha visto trabajar en Catalunya.

Hacía tanto tiempo que no trabajaba aquí en Barcelona, que lo que ahora quiero es hablar de teatro.

Empezaré por la más fácil: europeo soy, pero no me siento europeo en absoluto con la Europa actual, la rechazo.

También estoy al cincuenta por ciento. En mi formación soy hijo de los dos. Es la República Francesa quien me ha colocado más o menos el cerebro. Rousseau es el primer romántico avant la lettre, aunque tenía muchas contradicciones, como su posición para con las mujeres. Voltaire era más civilizado en el sentido moderno, conservador pero progresista, y abolió la esclavitud en su región. Defiende a los acusados de la Inquisición y contraataca la política de entonces. Está al 50%, pero interpreta a Voltaire. Sí, porque además en estos años me lo he hecho mío. Por una necesidad vital: son demasiados años sin hacer teatro en catalán. Todo eso viene por mi amistad con Josep Maria Pou. Hace muchos años que estamos buscando una obra para hacerla los dos, pero no la hemos encontrado. O no era del todo para él o no era del todo para mí. Entonces me dijo que, como aún era el director artístico del Romea, le gustaría que viniera a hacer algo. Era la idea. Iremos adonde nos quieran, tanto si son teatros grandes como pequeños, porque tengo el recuerdo magnífico del Cyrano, de la obra de Pla... yendo por todas partes.

Hablemos de su recorrido vital. ¿Por qué estudia en Francia? No tengo. Mi padre no quiso hablar nunca de la guerra. Cuando volvió del exilio desde Argelers caminando, llamó a la puerta, mi madre casi se desmaya, y dijo: “Hemos perdido”. Un día, en medio de una comida, soltó: “Yo vi el Ebro rojo de sangre”. Nos llevaron a las Escuelas Francesas y después al Liceo, porque no querían que fuéramos a un colegio donde, por la mañana, nos hicieran alzar el brazo y cantar el Cara al sol. A los 18 años, vi un anuncio de unos encuentros de jóvenes en Aviñón. Yo trabajaba en el consulado de Francia y me pagué el billete para ir. Entonces en el festival solo hacían una obra al día, porque solo actuaba el Teatro Nacional Popular (TNP). La primera noche, en el palacio de los Papas, vi Les caprices de Marianne, con Gérard Philipe, y al final sonó una música que tocaba Maurice Jarre. Cuando se acabó, yo estaba llorando y temblando, no podía moverme. El público tardó quince segundos en levantarse y gritar bravos. Estuve un año molestando al Instituto Francés para tener una beca que se inventaron para estudiar en Estrasburgo. Solo las daban a artistas ya conocidos. Cuando se acabó el curso, me fui a despedir del director y me dijo que no podía ser que no continuara. Me hizo una carta para ir a ver al rector de la universidad. Cuando el rector la tramitó, en la embajada española le dijeron que querían becas de solo un año para que los jóvenes no adquirieran ideas contrarias al Movimiento. Y él me dijo: “Yo he luchado contra Hitler, ahora no vendrá Franco a mandarme”. E hice toda la carrera en Estrasburgo. Después va a París, Barcelona, Madrid... Y hasta aquí.

Era un mal alumno, aunque prefiero ser un poco más amable conmigo y decir que era distraído. Acabó la obra, Gérard Philipe había estado impresionante, pero nadie aplaudió, silencio: 15 segundos, 20 segundos, casi 25 segundos, y de golpe el teatro en pie y una gran ovación, y yo sentado temblando y llorando. Años después, fui galardonado con el premio Gérard Philipe. Cada semana, durante nueve meses, pedía una beca en el consulado francés; al final se hartaron y la crearon para mí. Me encerré a estudiar; estaba tan nervioso que no entendía las palabras más simples, y decidí decirle que no. Cuando estuve frente a él, temblando, salió de mí una voz desconocida que dijo: “¡Oui!”. Me fui quedando, después de una obra, hice otra, y otra… y le cogí el gusto a dirigir. No, y era insoportable recibir críticas sistemáticas, incluso antes de haberlo hecho. Si vas a tener una criatura, no te pueden decir todo el rato: “Seguro que será fea”. Dije “basta” y me fui a Madrid. Sí, pero con una voluntad de control, siempre. Y todavía, incluso a mi edad, no sé decir que no, y eso me ha jugado malas pasadas. Sí, todos destiñen, pero el autor más difícil para mí ha sido Dostoyevski, me pesaban la miseria y el dolor del mundo. Y todavía hoy: pago mi alquiler, como bien, viajo a ver obras teatrales... Me he sentido siempre solo, a veces no estándolo. Cuando haces un espectáculo, por mucho éxito que tenga, al acabar sientes un gran vacío. Tener salud y poder realizarte en el oficio escogido libremente, entonces deja de ser un trabajo y se convierte en un placer trabajoso.

Al “pase usted primero”, que ya apenas existe. No hace tantos años teníamos una sociedad más amable, más providencial.

Oficial de la Legión de Honor francesa y caballero de las Artes y las Letras, y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes aquí, es uno de los grandes. Tras años en la Comédie-Française, volvió a Barcelona y recaló en el Poliorama con su modelo de teatro público que luego implantó en el TNC, que fundó y dirigió, y que inauguró con Àngels a Amèrica, de Toni Kushner, sobre el sida. Joan M. Pujals, conseller de Cultura, lo defenestró.

"Las obras de Brisville me hacen cuestionarme las cosas y pensar. Son como una buena novela"

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