Juana Canal: Biografía de un caso frío resuelto

02.11.2025

Esta es la historia de un crimen a punto de no existir, en el que intervinieron unos excursionistas, un guardia civil recién incorporado a su puesto, una denuncia de hace dos décadas y dos equipos policiales que se pusieron manos a la obra para resolver un caso condenado al olvido. Es el relato de cómo ha llegado Jesús Pradales a estar sentado frente al juez desde este lunes, acusado del homicidio en 2003 de su pareja, Juana Canal.

En el argot lo llama cold case, en español, caso helado, aquellos que se han quedado detenidos en el tiempo porque los investigadores han dado con callejones sin salida una y otra vez o porque no existe la tecnología suficiente para recopilar más pruebas, por ejemplo.

En el asunto Juana Canal influyó el protocolo de investigación que en 2003 existía para las desapariciones y la violencia de género. O, mejor dicho, la falta de él. “Se hicieron pocas gestiones por el protocolo que existía en esa época. Hoy no habría sido así. Hoy la desaparición de Juana Canal se habría considerado inquietante o de alto riesgo”, señala el jefe de grupo de la Policía Nacional que instruyó la investigación que ha llevado a este acusado a ser juzgado por homicidio.

Descubrimiento de restos óseos y reapertura del caso

A principios de 2022, un nuevo capitán de la Guardia Civil se incorporó a la Policía Judicial de Ávila y solicitó a su equipo que hiciera un repaso de qué casos estaban pendientes. Fue entonces cuando descubrieron el expediente de unos restos hallados por dos excursionistas por casualidad en 2019 en un paraje natural. Los huesos estaban identificados, pero la coincidencia no se había notificado a la familia. Correspondían a una mujer cuya desaparición había denunciado su hijo en febrero de 2003 en Madrid. Decírselo había sido imposible en su día porque el chico murió unos años después. Un fallo de coordinación en ese momento y la llegada de la pandemia impidió localizar a más familiares.

Todo eso cambió en 2022, cuando se puso en marcha la investigación conjunta entre la Policía Nacional y la Guardia Civil para dar respuesta a qué le había pasado a Juana Canal.

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Investigación y hallazgos clave

En el exiguo expediente sobre el caso, los agentes hallaron la denuncia del hijo por su desaparición, en la que ya hablaba de la entonces pareja de su madre, un hombre llamado Jesús Pradales con el que apenas llevaba unos meses de relación. Cuando los investigadores estudiaron a este individuo, descubrieron que había sido acusado y absuelto de malos tratos a su pareja actual. También analizaron sus redes sociales y se toparon con decenas de publicaciones sobre el pueblo en el que habían encontrado el cuerpo de Juana. “Sus padres tienen tres propiedades ahí, es un pintor famoso en la zona y Juana no tenía ningún tipo de relación con el pueblo ni era una amante del senderismo”, ha recalcado en el juicio el instructor del caso de la Policía Nacional.

También encontraron el registro de una llamada que había realizado Juana al 091 la madrugada de su desaparición, en la que alertaba de la agresividad de su pareja. Una patrulla llegó a acudir al domicilio, pero se marcharon tras hablar con ambos. “Se solucionó con lo que se conoce como presencia policial. Tampoco entonces contábamos con la ley contra la violencia de género”, ha recordado el agente. Los policías bucearon, casi literalmente, en un sótano de una comisaría de distrito que había sufrido una inundación, en busca del parte de intervención para obtener más detalles de la que, probablemente, fue la última vez que alguien vio a la mujer con vida, a las 2.26 del 22 de febrero de 2003. Pero fue imposible encontrar el documento.

Lo que sí encontraron fue la denuncia que interpuso el acusado el 23 de febrero a las seis de la mañana por unas supuestas lesiones causadas por Juana. En ese momento, ella ya estaba muerta y su cuerpo yacía enterrado en un terreno cercano a la finca familiar de Jesús. Junto con la denuncia presentaba un parte de lesiones del 12 de octubre firmado a las cinco de la mañana. “Lo que contaba en su relato no se correspondía con lo que ponía en el parte, él hablaba de un cuchillo, pero no tenía ninguna herida cortante”, ha recordado el instructor policial. Los agentes también dieron con un vecino del bloque en el momento en el que presuntamente se cometió el crimen, quien recordaba que llegó a escuchar discusiones provenientes del piso que compartían Juana y Jesús.

Los investigadores decidieron intervenir el teléfono del acusado. De esas conversaciones, dedujeron que, ante la insistencia de su mujer para que le dijera si había hecho algo a esa mujer, Jesús contestaba con evasivas o bromas. Como ha recordado el abogado defensor del hombre, sí que llegó a haber alguna conversación en la que él niega los hechos a su esposa, que le insiste en que jure por sus hijos que no es culpable.

Los agentes avanzaron en sus pesquisas y descartaron la posibilidad de una muerte accidental o una desaparición voluntaria, basándose en la lógica de los hechos. Alguien había ocultado ese cadáver durante 20 años y el lugar escogido guardaba estrecha relación con la entonces pareja de la víctima.

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Detención y confesión del sospechoso

De este modo, detuvieron al principal sospechoso que, aunque en un principio negó tajantemente tener nada que ver, acabó dando en las sucesivas declaraciones que ofreció diferentes versiones de lo sucedido. Primero aseguró que estaba cargando bolsas en su coche y cuando subió al piso Juana estaba muerta, después afirmó que en un forcejeo la mujer se había caído y se había dado en el cuello y, en el relato que hizo este martes ante el tribunal del jurado, señaló que se había hecho daño con una mesilla. Para el instructor policial, con 11 años de experiencia en homicidios, estos cambios en la declaración suelen esconder una o varias mentiras.

Pero además, la sucesión de los hechos que narra el acusado, es inverosímil, a juicio de los investigadores. Ni creen que le pudiera dar tiempo a descuartizar a la víctima en el piso, llevarla a Ávila y volver a Madrid antes del amanecer, como él sostiene, ni consideran que sea factible desmembrar un cuerpo en un baño sin dejar ni un solo rastro, más aún cuando el acusado afirma que limpió la sangre pasando por encima la alcachofa de la ducha.

La Guardia Civil y la Policía Nacional desplegaron también un importante dispositivo en la zona con drones y excavadoras en la que fueron hallados los huesos para hallar más piezas que pudieran hablar de cómo falleció Juana. Llegaron a dar con 11 fragmentos más, pero fue imposible precisar la causa de la muerte.

Casi 20 años después de la desaparición de Juana Canal, el que entonces era su pareja ha sido detenido. Los agentes han registrado junto al sospechoso una casa que tiene en Ávila, cerca del lugar donde se encontraron restos de la víctima.

El caso, sin embargo, se remonta a 2003. Entonces, uno de los hijos de Juana denunció la desaparición de su madre, que entonces convivía con el ahora detenido. Este dejó una nota en la que explicaba al chico que había discutido con su madre y esta se había marchado.

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Una nota, que puede verse en el vídeo que ilustra estas líneas, que en concreto rezaba: "Hemos vuelto a discutir (ha llamado a la Policía y todo), tu madre se ha tomado un montón de pastillas y se ha ido, ha habido un momento que se ha quedado muy grogui, me ha amenazado con beber, me voy a buscarla".

Años después, en 2019, se hallaron unos restos óseos que, según se comprobó posteriormente, pertenecían a Juana. Jesús Pradales, asesino confeso de Juana Canal, fue detenido el pasado 26 de octubre. Esa misma noche cedió ante la presión y admitió haber matado a la que era su pareja hace casi 20 años, poniendo fin al caso apenas cuatro meses antes de que prescribiera.

Vida del agresor tras el crimen

Hasta entonces, hacía una vida aparentemente normal. Para algunas personas del entorno de Juani, como la llamaban cariñosamente sus familiares y amigos, lo logró "demasiado pronto". Más allá de esta consideración, cabe indicar que LD ha podido confirmar que la expareja de la víctima se casó con otra mujer sólo cuatro meses después de que se le perdiera la pista: el 8 de junio de 2003. Cuando Juani desapareció, su novio dio por zanjada la relación. Hizo creer a todo el mundo que ella se había marchado tras una discusión y que "no iba a volver", según ha relatado a este periódico su sobrina y ahijada Inma Castro Canal.

Aunque había indicios más que suficientes para investigar a Jesús como sospechoso, como la llamada que Juani hizo a la policía la noche del suceso o el estado en el que se encontraba el piso de la calle Boldano -donde se ha sabido después que mató y descuartizó a la víctima-, el caso se tomó como una desaparición voluntaria y él continuó con su vida. Uno de los más significativos es que Jesús abandonó el taxi, un negocio bastante rentable en aquellos tiempos. En su lugar, decidió dedicarse a la hostelería. Formaba parte de la nueva vida de feriante que había creado junto a su mujer y sus tres hijos, con los que vivía en el municipio madrileño de Fuente el Saz del Jarama hasta el momento de su detención.

Ni siquiera su propia mujer parecía desconfiar del taxista, reconvertido en feriante (influido por su familia política, que se dedicaba al sector). Al menos hasta que los medios de comunicación empezaron a apuntarle como principal sospechoso del asesinato de Juana. "Jesús, en las noticias de la tele dicen que eres el único sospechoso, que fuiste tú", comentó la mujer llegando incluso a reclamarle que le dijese la "verdad". Él le aseguro que no había hecho "nada" y le quitó importancia a las informaciones que se habían difundido, bromeando con comer "lentejas". Ella era conocedora del fuerte carácter de Jesús, que contaba con antecedentes policiales que nos dan una idea del perfil del sujeto. Entre ellos su detención en abril de 2006 -tres años después del crimen de Juana Canal-, por malos tratos a su actual pareja. No fue condenado por estos hechos, pero ya había sido arrestado en otras ocasiones por delitos contra la seguridad vial, entre otros. Constan detenciones practicadas por la Guardia Civil en diciembre de 2003 y mayo de 2004.

Jesús procede de una familia muy querida en Navalacruz. Allí se crió su padre, Antonio Pradales. Un reconocido pintor que retrató el municipio abulense en muchas de sus obras y sentía un gran apego por aquellas tierras. En 2019, una pareja de senderistas halla en la zona unos huesos que resultaron ser de la víctima. Fueron localizados muy cerca de una finca de la familia de Jesús en el pueblo de Ávila. Esa relación se vio reflejada incluso en los periódicos de la época. Jesús es el único de los tres hijos del pintor Antonio Pradales que "abandonó el mundo de los pinceles" a edad temprana, indicó el Diario de Ávila el 28 de febrero de 1992. Uno de sus hermanos, sin embargo, ha seguido los pasos de su padre. Aunque en el retrato de su familia siempre habrá una mancha de pintura negra: el asesinato de Juani.

El secreto más oscuro que puede tener una persona, el que Jesús Pradales mantuvo durante casi 20 años, acabó en 24 horas. Tras un día de silencio primero y confesiones parciales después, el viernes de madrugada y en presencia de su abogada de oficio llegó el relato definitivo de cómo mató a su expareja Juana Canal. En medio de la noche y del silencio de unas dependencias policiales de Ávila, el homicida confeso se trasladó mentalmente a otra madrugada, la del 22 de febrero de 2003, y a otro lugar, el piso de Madrid que compartía con su entonces pareja, para admitir lo que los investigadores y la familia de ella sospechaban desde que se reactivó el caso este verano: que la mató, la descuartizó, la enterró cerca de su pueblo en Ávila y siguió con su vida como si nada. Dos décadas después, con otro contexto social, otras leyes y otros protocolos policiales, quedan las preguntas de si ese crimen machista se pudo haber evitado y por qué no se investigó más a la última persona que la vio con vida.

Juana Canal: Víctima

Juana Canal, que tenía 38 años cuando murió, era una administrativa separada con dos hijos. Había tenido algunos problemas de adicciones, según ha explicado su familia en estos meses, pero en el momento en el que la desgracia sucedió todo parecía irle bien. Se había instalado en una casa de alquiler en un barrio popular de Madrid y había iniciado una nueva relación con Pradales hacía unos meses. Lo había conocido precisamente en un trayecto en el taxi que él conducía. Los allegados de ella apenas conocían al hombre con el que convivía, simplemente sabían su profesión, que tenía dos hermanos… los típicos primeros detalles escasos que se saben de un recién llegado a la familia.

Esa persona recién aterrizada cambió para siempre la vida de los Canal. No solo acabó con la de Juana, sino que uno de sus hijos falleció unos años después, muy afectado por la desaparición de su madre. El otro hijo trató de seguir adelante, tiene una empresa de jardinería y es padre de familia. También está personado en la causa contra el homicida confeso. Las hermanas de Juana nunca perdieron la esperanza de encontrarla, hasta el punto de que su implicación en la organización SOS Desaparecidos es total. Los padres de Juana fallecieron sin saber qué había sido de su hija. Pradales nunca volvió a aparecer en la vida de esta familia, sino que creó una nueva, fue padre de tres hijos, abandonó el taxi y empezó a trabajar en un puesto ambulante de hamburguesas. Fue detenido el miércoles en Fuente el Saz (Madrid).

Pradales, que hoy tiene 58 años, explicó en su última declaración que aquella noche discutieron porque ella había tirado la recaudación del taxi que él conducía por el inodoro, que le dio un golpe que la mató y que la descuartizó en la bañera. Después, la metió en maletas, y la transportó en su coche durante hora y media hasta una zona que conocía bien: un bosque cerca de Navalacruz, el pueblo abulense de su familia. Hoy escaman detalles que entonces se pasaron por alto, como que el día del crimen, a las dos y media de la mañana, un policía del distrito llegó a acudir a la casa después de que Juana llamara alertando de la agresividad de su novio. Cuando el agente llegó, el hoy detenido aseguró que recogía sus cosas y se iba y ella lo creyó y no denunció. Se desconoce si habían existido episodios previos de violencia en la pareja.

Este asesinato estaba abocado a quedar impune de no ser porque en 2019 la casualidad hizo que unos senderistas hallaran en un paraje boscoso de Ávila unos restos que parecían humanos. En ese momento, una comparación con las muestras de familiares de Juana Canal almacenadas en el registro nacional de desaparecidos ya probó que esos huesos pertenecían a la mujer cuyo rastro se perdió en 2003. Aun entonces, la casualidad volvió a ponerse de lado del homicida confeso, porque un problema de comunicación provocó que esta coincidencia en el ADN no se le notificara a la familia hasta este año. Fue hace escasos meses cuando se puso en marcha la maquinaria policial y, ahora sí, se buscaron pruebas y se vigiló al principal sospechoso.

El contexto de la violencia de género en 2003

Cuando Juana Canal fue asesinada, España llevaba mes y medio contabilizando las muertes de mujeres a manos de sus parejas. “Los registros y las bases de datos habían comenzado en enero, se estaban sentando las bases de la recogida de información y aún se estaba afinando esa tarea. Todavía no se habían estudiado como hoy las variables de riesgo, la caracterización de la mujer y del agresor… Y seguramente había menor sensibilización a la hora de analizar estos casos”, destaca Belén Sanz, epidemióloga social en el Instituto de Salud Carlos III que investiga los feminicidios en España. Ese febrero, en concreto, el histórico de datos recoge que hubo cuatro asesinatos machistas en el país. “Además, la coordinación entre los diferentes actores en la lucha contra la violencia de género aún no era lo que es hoy”, añade. En ese momento, ni siquiera existía el sistema Viogén, que se encarga de clasificar a las víctimas por su riesgo, asignarles protección y hacer un seguimiento de los casos.

Otro factor que lastró la resolución de este caso mucho antes fue la falta del cadáver, que solo se halló por casualidad mucho tiempo después. Principalmente, porque en ese momento se dio por buena la versión de Jesús de que Juana se había marchado por su propio pie y nunca se buscó un cuerpo. En España se cuentan con los dedos de una mano los homicidios investigados y juzgados sin la existencia de un cadáver. El más mediático fue el de Marta del Castillo, cuya desaparición al principio también se trató como voluntaria; también está el de Ramon Laso, condenado en 2014 por matar a su mujer y su cuñado; el de Ricla (Zaragoza), por el que se condenó a Antonio Losilla en 2015 por asesinar y hacer desaparecer el cuerpo de su mujer con una trituradora. Estos dos últimos dieron elaboradas versiones del supuesto abandono de sus parejas de la noche a la mañana.

Hay más casos similares. En marzo, Agustín S. fue condenado en Murcia por el homicidio de su pareja, Lola Sandoval, de la que nunca se halló el cuerpo. La defensa del hombre se basó en la misma versión que llegó a dar esta semana Jesús Pradales, el homicida confeso de Juana: que había encontrado a su pareja muerta y él solamente la descuartizó. El jurado no creyó esa versión que Agustín S. mantuvo hasta el final.

Laura Vela fue letrada de la acusación en el caso Ricla, uno de esos asesinatos machistas que hace años seguramente habrían quedado impunes. “Hasta hace poco, cuando no había cuerpo, la mayoría de los tribunales, especialmente del jurado, eran reticentes a condenar si no había una prueba contundente. La diferencia entre antes y ahora es que con los avances tecnológicos y científicos es más fácil recabar un mayor número de indicios que sustenten la culpabilidad. En nuestro caso fue fundamental el posicionamiento telefónico y los estudios de ADN”, reflexiona. Los indicios serán también fundamentales en este caso en el que es muy difícil que el cuerpo de Juana dé respuestas de cómo fue asesinada.

A nadie sorprendió que Pradales se casara con otra mujer solo cuatro meses después de la desaparición de Juana -ahora se sabe que muerte-, ni que se cortara todo el contacto entre los allegados de la mujer y la última persona en verla. En su foto de perfil de una red social, el detenido saluda desde su puesto móvil de comida con cara afable. En otras se lo ve jugando al billar con sus amigos, disfrutando de la Navidad junto a su familia y promocionando su trabajo en ferias y fiestas patronales. También hay algunas publicaciones relacionadas con Navalacruz, el pueblo al que se llevó los restos de Juana. Pradales comparte con orgullo que es el lugar de origen de Iker Casillas y del patinador Javier Fernández.

Signos de alarma para evitar un crimen

“El problema no es que se hiciera una mala investigación, sino que no se hizo. Ahora sabemos, entre otras cosas, que en al menos el 55% de los homicidios de mujeres el responsable es la pareja o expareja. La falta de conocimiento en esa época motivó la falta de seguimiento del principal sospechoso”, apunta Miguel Lorente, forense y exdelegado del Gobierno de Violencia de Género. “Probablemente, ni ella ni su entorno vieron los signos de alarma de lo que finalmente acabó sucediendo”, reflexiona. “En estos casos es necesaria una autopsia psicológica, un análisis del entorno de la víctima para ver si tiene sentido una desaparición voluntaria. Aquí ni siquiera se analizó si había movimientos en sus cuentas bancarias”, secunda Carmen Balfagón, criminóloga y jurista que representa, por ejemplo, a la familia de las niñas de Aguilar, dos adolescentes desaparecidas hace 30 años. Todo eso, que se sabe ahora, no estaba tan claro en 2003.

¿Cuántas personas más puede haber así? Este es el otro gran interrogante que se desprende de este caso. Juan Manuel Medina, abogado de la familia Canal, recuerda a Mari Cielo Cañavete, desaparecida en su pueblo de Albacete en 2007, cuyo cuerpo nunca se halló. Se llegó a condenar a su exnovio, un hombre casado mucho mayor que ella, pero la sentencia se anuló en el recurso judicial. “Todavía sigue habiendo falsos mitos sobre las desapariciones, como que solo se puede denunciar pasadas 48 horas o que solo pueden hacerlo familiares directos”, apunta Medina. En esta lista de desapariciones de alto riesgo también aparece Aurora Mancebo, cuyo rastro se perdió en 2004. El único sospechoso fue su novio después de que un testigo asegurara que le confesó el asesinato. El cuerpo sigue sin aparecer y no ha habido ningún detenido por este crimen.

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