Los Siete Niños de Écija: Historia de una Cuadrilla de Bandoleros
La de los «Niños de Écija», que ni siempre fueron siete ni todos ellos eran ecijanos, fue una de las cuadrillas de bandoleros más importantes de la historia de la delincuencia en España que se mantuvo activa en las cercanías de la ciudad astigitana aproximadamente entre 1813 y 1818.
Orígenes y Composición de la Banda
El grupo se formó en torno a 1813-1815 en los alrededores de Écija, provincia de Sevilla, localidad que da nombre al colectivo. En sus inicios eran conocidos como los Ladrones Ecijanos y más adelante como la Cuadrilla del Padilla, en referencia a uno de sus primeros cabecillas. El núcleo fundador de la banda lo componían siete hombres, algunos con antecedentes comunes en el contrabando, la delincuencia o el servicio militar: Pablo Aroca, José Martínez alias el Portugués, Francisco Narejo alias el Becerra, Salvador de la Fuente alias Minos, Juan José Gutiérrez alias el Cojo, Diego Meléndez y Antonio de la Grama alias el Fraileño.
Al principio, se conoció como “La Partida del Padilla”, después, como “La Partida del Alaya” y, finalmente, “Los Niños de Écija”. El número siete aparece en el Expediente de Ladrones de 1816, firmado por el Duque del Infantado cuando robaron el equipaje del general Goyeneche-.
Actividades Delictivas
La presencia de los Niños de Écija por las tierras del término de Fuentes fue constante, y fue muy cerca de la villa, en la Venta Nueva, en el tramo del camino real entre Carmona y Écija, donde a principios de abril de 1815 la entonces conocida como cuadrilla de Padilla comete el que sin duda es el golpe más audaz y famoso de toda la carrera criminal de los «Niños de Écija»: el robo del equipaje del general José Manuel de Goyeneche y Barreda.
La tarde del 4 de abril del citado 1815, las justicias de la villa de Fuentes de Andalucía dieron cuenta al gobernador y alcaldes de la Sala del Crimen de la Real Audiencia de Sevilla de haberse formado causa criminal contra siete ladrones armados a caballo, que habían intentado robar a trece arrieros y, posteriormente, al mencionado general y cuatro carros que desde Cádiz iban hacia Madrid con alhajas, algunas de las cuales iban destinadas al Rey y cuya relación se puede leer en el impreso que se reproduce en estas páginas donde se da cuenta del hecho.
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El mismo día asaltaron igualmente un convoy compuesto de cuatro carros que contenía el equipaje del general José Manuel de Goyeneche, el cual constaba de treinta cajones y baúles cerrados y numerados. Los bandidos rompieron catorce de ellos y extrajeron alhajas de oro y plata y ropa, sin que los carreros pudiesen describir lo que se llevaron, asegurando solo, que eran cosas de mucho valor.
De este modo, el 1 de julio de 1817 los «Niños» vuelven a actuar, en este caso asaltando el Castillo de la Monclova. Ruperto Orozco, alcalde de la villa despoblada de la Monclova, declara ante Juan Florencio de la Barrera, escribano de la villa de Fuentes, constando en el auto: «(…) habérsele dado noticia que como a las once de dicho día se presentaron ocho hombres a caballo y armados, y eran conocidos por la partida de los ladrones de los Niños de Écija, y estando cerradas las puertas de dicho castillo dispararon dos tiros a la cerradura de ellas, solicitando un hacha para destrozarlas, y con efecto le hicieron un agujero grande.
Que las personas que se hallaban dentro de dicho castillo franquearon las referidas puertas, entrando en él y reconociéndolo y a efecto de justificar los referidos hechos mandó se requiriese la competente información, examinando las personas que lo presenciaron, para con presencia de todo dictar las convenientes providencias. En el día dos de dicho corriente mes, se examinaron en solemne forma a Marcos García Ibáñez, José Ranssan y Pedro Fernández Morales, los dos primeros sirvientes en la venta del citado castillo y el último guarda del cortijo de este nombre, quienes contestaron cuanto queda expuesto en orden a haberse presentado ocho hombres armados, y de la partida referida, los que cometieron los insultos relacionados, robando al administrador de dicho castillo don Francisco Torralba un reloj de faltriquera, un caballo negro de dos cuerpos de Francisco Gómez, guarda del referido castillo, maltratando al referido y a Antonio Caballero, también guarda, con varios golpes; añadiendo los citados Marcos y José habían oído que también habían robado otro reloj a don Andrés García, cura de dicha Moncloa y que no les constaba hubiesen cometido otros robos ni insultos en dicho castillo ni su venta».
Persecución y Desmantelamiento de la Banda
Tal osadía se tradujo en un sinfín de acciones militares contra la partida, que desembocó en la muerte -en el verano de 1815- de dos de sus miembros, Antonio Padilla y Rafael Malhecho, las heridas causadas a otro de ellos, el «Portugués» y, seguramente, en la captura de Alonso de Osuna.
A raíz de los hechos se formaron cuadrillas de escopeteros para vigilar los campos y se ofreció una importante recompensa a quien ofreciera datos sobre los bandidos. Apenas un año después, en 1816, la situación social se estaba convirtiendo paulatinamente en dramática y la poca efectividad policial y escasos o nulos medios económicos no bastaban para combatir el pillaje y los asaltos.
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Ante la situación reinante, el 30 de agosto de 1816 el Corregidor de la villa de Fuentes dio cuenta a los regidores de la ciudad de Carmona de cómo los labradores y hacendados fontaniegos, teniendo en consideración los excesos que se venían cometiendo en su territorio por ladrones y bandidos, habían acordado a imitación de los vecinos de Osuna el levantar una fuerza armada para perseguirlos «compuesta de vecinos honrados que espontáneamente se han presentado a hacer este servicio».
Durante los años de vigencia de la banda, sucesivas fueron las bajas por muerte o detención de sus miembros para ser ajusticiados, que constantemente estaban sometidos a renovación con la entrada de nuevos bandidos en la partida, por la que llegaron a pasar en sus años de actividad criminal en torno a cuarenta delincuentes. Muertos o detenidos casi toda la banda, un tal «Becerra» que en los últimos meses de 1817 había huido a Cádiz, regresó a la zona natural de actuación de los «Niños de Écija».
Vagando en solitario por tierras del entorno de Fuentes, y conocedores los campesinos de su debilidad, varios vecinos de Fuentes y uno de Carmona se toman la justicia de su mano y logran capturarlo y ejecutarlo en septiembre de 1818. En el correspondiente oficio consta que el cadáver fue trasladado desde el cortijo del Grullo, en el término de Fuentes, hasta la cárcel de la villa de Fuentes de Andalucía para su reconocimiento por los facultativos y testigos.
De todas las declaraciones, las más extensa y relevante fue la del fontaniego Francisco Caro Cañizo, guarda del cortijo de la Fuente del Moro. Manifestó que la muerte de Becerra se debió a un plan tramado por él, por Antonio Rodríguez (carmonés y guarda del cortijo Tarasanil) y dos individuos más. Hubieron de esperar más de mes y medio hasta encontrar la oportunidad idónea para apresar al delincuente.
Los cuatro vecinos que fraguaron el plan recibieron la cruz de distinción que el Rey tenía concedida a los perseguidores de los malhechores y el premio correspondiente por medio de la Real Audiencia en cumplimiento de la sentencia.
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Los Siete Niños de Écija en la Cultura Popular
Los Siete Niños de Écija fueron unos bandoleros románticos que pronto adquirieron la categoría de mito, pero ni eran siete, ni eran niños, ni eran de Écija. Como en otras partidas, la autoridad del líder era incuestionable, lo que garantizaba la fidelidad de sus miembros, conocidos por sus apodos. Solo el jefe era llamado por su nombre, aunque Juan Palomo en realidad se llamaba Diego Padilla, quien en 1815 pasó el testigo a Diego Becerra.
Con el invasor en retirada, entre 1814 y 1818 cometen asaltos, haciendo suya la carretera entre Sevilla y Córdoba, cuya campiña también estuvo en su punto de mira. "El bandolerismo romántico tiene un comportamiento que lo singulariza: el jefe tiene fama nacional, mientras que a los demás apenas se les conoce. Asaltan diligencias y a caminantes, pero no secuestran ni torturan a las víctimas. Es más, incluso les dejan algo de dinero para que puedan continuar el viaje", añade Martínez, especialista en historia militar.
Pero volvamos a los Siete Niños de Écija, quienes pese a sus correrías entraron en la leyenda por sus iniciales hazañas patrióticas. El Cojo, Pancilla, el Portugués, el Fraile, el Rojo, el Hornerillo, el Manco, el Granadino, Candil y, claro, Juan Palomo, cuyo dicho yo me lo guiso, yo me lo como supuestamente responde a su egoísmo a la hora de repartir el botín.
La fama de la partida creció hasta tal punto que en 1817 la Real Audiencia de Sevilla publicó un edicto, fechado el 1 de julio, declarando su persecución total. Se ofrecían recompensas por su captura vivos o muertos. La mayoría de los miembros del grupo fueron capturados, ejecutados y sus cuerpos despedazados públicamente, como escarmiento.
La partida de Los Niños de Écija representa uno de los últimos ejemplos de bandolerismo tradicional antes de la reorganización del territorio y el poder estatal bajo el reinado de Fernando VII. Su historia revela el profundo desorden social del sur de España en la primera mitad del siglo XIX y demuestra cómo, en ausencia de estructuras de justicia efectivas, el campo andaluz se convirtió en escenario de violencia, justicia por mano propia y represalias.
Principales Miembros de Los Niños de Écija
| Nombre | Alias |
|---|---|
| Antonio Padilla | El Padilla |
| Pablo Aroca | Ojitos |
| José Martínez | El Portugués |
| Francisco Narejo | Becerra |
| Juan José Gutiérrez | El Cojo |
| Salvador de la Fuente | Minos |
| Antonio de la Grama | El Fraileño |
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