Virgen de las Embarazadas: Historia y Significado
La representación de la virgen embarazada en la iconografía religiosa es un tema que ha generado diversas interpretaciones a lo largo de la historia. En el contexto religioso, este símbolo puede ser entendido como un signo de fertilidad y maternidad divina, mostrando la conexión entre lo humano y lo divino a través del nacimiento de Jesucristo.
También se puede interpretar como un símbolo de pureza y castidad, destacando la virginidad de María a pesar de su estado de gestación. La figura de la virgen embarazada ha sido representada de diferentes maneras en diversas tradiciones religiosas alrededor del mundo.
En el arte cristiano, esta imagen suele estar vinculada a la figura de la Virgen María, madre de Jesucristo, destacando su papel fundamental en la historia de la salvación.
En la actualidad, la imagen de la virgen embarazada sigue siendo un motivo recurrente en el arte y la cultura popular, donde se pueden encontrar reinterpretaciones creativas y contemporáneas de este símbolo religioso. Artistas y diseñadores han utilizado esta representación para explorar temas como la feminidad, la maternidad, la sexualidad y la espiritualidad, ofreciendo nuevas perspectivas sobre la figura de la madre divina.
La representación de la virgen embarazada en diferentes tradiciones religiosas varía significativamente. En el cristianismo, es un símbolo de la maternidad divina y la encarnación de Cristo.
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La interpretación del concepto de virgen embarazada en los textos sagrados varía según la religión. En el Cristianismo, se considera un milagro divino que María concibiera a Jesús siendo virgen, mientras que en otras religiones como el Islam, se reconoce a María como virgen pero no se acepta la idea de su concepción virginal.
La importancia de los artículos religiosos que abordan el tema de la virgen embarazada radica en su significado teológico y simbólico para los fieles y devotos de ciertas creencias.
Celebramos el 18 de diciembre la festividad de la Expectación del Parto, en la que se venera con especial devoción popular a la Virgen con las advocaciones de la Esperanza y de la O.
Aunque en España es popular alguna copla mundana de amoríos y desamores con el nombre "María de la O", en realidad este es uno de los nombres de la Virgen María, una forma de referirse a la Virgen de la Esperanza, a la Virgen embarazada, expectante, a la que le quedan apenas 8 días para dar a luz.
Una Fiesta desde el Siglo VII
El 18 de diciembre se celebraba en España la fiesta mariana de la "espera del parto" (Expectatio Partus), establecida en esa fecha por el décimo Concilio de Toledo (656) y esa fecha del calendario mozárabe se mantiene.
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A esa fiesta se le llamaba "Santa María de la O" porque después de rezar la oración de la tarde el coro sostenía una larga "O", símbolo de la expectación del universo por la venida del Mesías.
Desde esa época (siglos VII y VIII) nos han llegado las antífonas que aún se cantan en esta semana de Adviento anterior a Nochebuena. Son 7 antífonas que se cantan con el Magnificat del Oficio de Vísperas cada día, desde el 17 hasta el 23 de diciembre.
Se llaman "antífonas mayores" o "antífonas de la O", y son seguidas siempre de la petición: "¡ven!". Cada antífona empieza por una exclamación, "Oh", seguida de un título mesiánico tomado del Antiguo Testamento, pero entendidas desde el Nuevo Testamento.
Virgen de la Esperanza de la catedral de León, del s.XIII: embarazada, e intercesora para embarazadas.
Usando el Rito Mozárabe, Trece Siglos Después
En España, en la diócesis de León, el 18 de diciembre se celebra la Virgen de la Esperanza o Santa María de la O con una misa por el rito hispano-mozárabe en la Basílica de San Isidoro, del siglo XI.
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Tanto en la Catedral de León como en la Basílica de la Real Colegiata de San Isidoro se encuentran sendas imágenes de la Virgen de la Esperanza. En el caso de la catedral, se trata de una pieza esculpida en piedra a finales del siglo XIII y se ubica en la capilla también conocida como de la Virgen de la Esperanza.
En San Isidoro la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza ocupa una capilla especial en la cabecera de la nave norte del templo.
La Razón: Complementar la Anunciación
Los padres del Concilio décimo de Toledo en el año 656 (con San Eugenio III de Toledo al frente) consideraron que no todos los años se puede celebrar con el esplendor conveniente la Anunciación de la Santísima Virgen, al coincidir con el tiempo de Cuaresma o la solemnidad pascual.
Por eso dice el Concilio: "se establece por especial decreto que el día octavo antes de la Natividad del Señor se tenga dicho día como celebérrimo y preclaro en honor de su santísima Madre".
En este decreto se alude a la celebración de tal fiesta en "muchas otras Iglesias lejanas" y se ordena que se retenga esta costumbre; aunque, para conformarse con la Iglesia romana, se celebrará también la fiesta del 25 de marzo.
De hecho, fue en España una de las fiestas más solemnes, y consta que de Toledo pasó a muchas otras iglesias, tanto de la Península como de fuera de ella. Fue llamada también "día de Santa María", y, como hoy, de Nuestra Señora de la O, por empezar en la víspera de esta fiesta las grandes antífonas de la O en las Vísperas.
Señala el estudioso benedictino Romualdo Mª Díaz Carbonell que el título concreto de "Expectación del Parto" para la fiesta se lo dio otro santo obispo de Toledo, san Ildefonso, famoso por su devoción mariana. La insistencia es siempre la misma: la expectación y asombro por la venida del Salvador.
"Si todos los santos del Antiguo Testamento-escribe el padre Giry (Les petits Bollandistest. 14 p.373 )-desearon con ardor la aparición del Salvador del mundo, ¿cuáles no serían los deseos de Aquella que había sido elegida para ser su Madre, que conocía mejor que ninguna otra criatura la necesidad que tenía la humanidad, la excelencia de su persona y los frutos incomparables que debía producir en la tierra, y la fe y la caridad, que sobrepasan la de todos los patriarcas y profetas? Fue tan grande el deseo de la Santísima Virgen, que nosotros no tenemos palabras para expresar su mérito. Y tampoco podemos concebir cuál fue su gozo cuando Ella vió que sus deseos y los de todos los siglos y de todos los hombres iban a realizarse en Ella y por Ella, ya que iba a dar a luz la esperanza de todas las naciones, Aquel sobre quien se fijaban los ojos de todos en el cielo y en la tierra y miraban como a su libertador."
El gusto popular llamó a la Doncella en espera "Virgen de la O", a partir de las obras pictóricas o esculturales que presentan piadosamente la natural redondez abultada de la Virgen grávida.
La representación de la imagen de la Virgen ocupa la práctica totalidad del lienzo, el cual queda delimitado en su parte superior por dos ángeles y tres querubines, iluminados por la luz dorada que emana de la cabeza de la Madre de Dios, mientras que en la parte inferior se sitúa una nube con tres cabezas de ángeles sobre la que se sitúa la Virgen. Ésta aparece embarazada y dirige su mirada hacia el libro que sostiene entre sus manos.
La Virgen de la O viste una rica túnica blanca de tisú de plata sobre la cual lleva un manto de terciopelo rojo con ribete y forro de armiño, manto que había sido donado en 1853 a esta imagen por la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, Duquesa de Montpensier, segunda hija del rey Fernando VII y hermana de la reina Isabel II. María está de pie.
Desafiante. Algo girada para marcar una barriga que, si no tiene nueve meses, poco le falta. Luce orgullosa un vestido azul desabotonado. Quizá, dada la posición de su mano derecha, porque así fulminaría toda duda sobre la naturaleza humana de Jesucristo.
La virgen que Piero della Francesca pintó en 1460 convirtió a la iglesia de Santa María de Nomentana en lugar de peregrinación: la pequeña localidad de Monterchi (Italia), de repente, empezó a recibir a mujeres embarazadas que oraban por tener un buen parto. Una costumbre que se mantuvo hasta que, en 1785, un terremoto destruyó la ermita… dejando únicamente en pie este fresco.
Entonces, el rito mutó en mito. Convirtiendo así a las madonnas incintas en un símbolo que ahora, en cambio, no resulta tan habitual ver. Las hay, claro.
Pero, entre las afamadas Virgen del Pilar, Virgen de Covadonga, Virgen de Montserrat, Virgen de África y Virgen del Rocío, entre otras, apenas hay una mínima referencia a las grávidas.
“Personifican la espera del nacimiento de Jesús y la importancia de la familia en la tradición cristiana. Esta iconografía comenzó a representarse en Occidente durante los ciclos marianos, a partir de una escena en la que María visita a su prima Isabel”, mantiene Clementina Calero, profesora de Historia del Arte en la Universidad de La Laguna.
Según el Evangelio de Lucas, tras un saludo en el que su vientre se estremece, ésta le aseguró: “Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres… incluido tu hijo. ¿Quién soy yo para que venga a verme la madre de mi Señor?”.
Desde entonces, han ido aflorando imágenes que plasmaban un momento tan trascendente como poco escenificado. Si bien la obra más antigua data del siglo IV, hubo que esperar hasta la Baja Edad Media (s. XIV y XV) para que aparecieran de forma más recurrente. Algunas, incluso, demasiado explícitas para no sembrar interrogantes.
Entre sus autores, Bernardo Daddi, Antonio Veneziano, Rossello di Jacopo Franchi, Taddeo Gaddi, Bartolomeo Vivarini…
Honestidad y Pudor
Su popularidad en la Toscana se diseminó por otros destinos, con especial incidencia en la Corona de Castilla y el Reino de Portugal. A este lado del Mediterráneo, sobre todo, la figura se extendió a través de paisajes relacionados con la Anunciación y la Visitación.
En España, por ejemplo, unas de las tallas más emblemáticas es la Virgen de la Esperanza (s. XV) que conserva el Museo del Arte de Girona: se trata de una escultura dedicada a una María sentada en el trono mientras luce una avanzada tripa. En función de la zona, éstas han recibido nombres variopintos como Virgen de la Expectación, Virgen de la O, Virgen de la Esperanza, Virgen de la Cinta y Virgen de la Encarnación, algunas de las cuales se localizan en León, Zamora, Toledo, Tenerife, Burgos…
Sin embargo, hubo un instante en que su producción prácticamente desaparece: el Concilio de Trento, una asamblea liderada por el papa Pablo III para intentar resolver la crisis en la que estaba sumido el Vaticano tras la Reforma protestante.
“En la sesión celebrada el 3 y el 4 de diciembre de 1563 se emitió un Decreto que recomendaba dotar de mayor honestidad y pudor a las representaciones de Dios, la Virgen y los Santos. En consecuencia, ciertas imágenes fueron destruidas por considerarse irrespetuosas”, sostiene Patricia Andrés, investigadora del grupo Arte, poder y sociedad en la Edad Moderna de la Universidad de Valladolid.
Fue, en definitiva, un acto de censura velada que determinó que “no se pintaran ni adoraran con hermosura escandalosa”. Es decir, la Iglesia se preocupó por retirar aquellas interpretaciones carnales que pusieran en jaque el carácter divino de Jesús, sustituyéndolas por las secuencias de dolor, humillación y sufrimiento tan presentes hoy.
Esto, en definitiva, provocó la progresiva desaparición de las abrideras en el arte. “Aunque así sucedió, es verdad que se han descubierto casos posteriores en Tui, Valencia, San Juan de las Abadesas…”.
Herir Sensibilidades
Detrás de este cambio de paradigma había también una razón didáctica: acercar estos personajes al pueblo. Y, por tanto, convertirlos en modelos a seguir.
Un punto de vista que, tal y como subraya Tomás Ibáñez, historiador de la Universidad Complutense de Madrid responsable de la investigación Anunciación preñada, regresa en los siglos XVIII y XIX: “La presencia física del embarazo resultó demasiado cruda para la sensibilidad del clero de la época, lo que motivó la retirada de estas manifestaciones. Un ánimo que pudo generalizarse y prolongarse en el tiempo, pues varios estudiosos no ocultaron su rechazo. De hecho, en sus trabajos, podemos leer cómo se refieren a ellas de manera despectiva”.
Como curiosidad, estas vírgenes no han ocupado espacios diferentes al de otras creaciones: suelen hallarse en catedrales, siendo escasa su presencia en monasterios. Además, mientras que en Castilla y León están situadas en el interior de los templos, en Galicia han optado por sus fachadas.
La conclusión es obvia: existen, pero sólo hay que aprender a buscarlas. Aunque la Iglesia marcó distancias con ellas, el arte ha sabido sacarlas del rincón oscuro donde han permanecido para devolverlas al imaginario colectivo.
Puede que no deslumbren con tanto brillo como las Marías más clásicas. No es una cuestión de vestimenta ni de color de piel. Va más allá. Tal vez no coronen ningún paso esta Semana Santa. O, quizá, no sea consciente de que están ahí.
La explicación es compleja, pero Ibáñez intenta darle respuesta: “Porque no todas han llegado hasta la actualidad y, en parte, porque no esperamos encontrarlas. Hasta que no empecé a analizar este tipo de imágenes no me di cuenta de que había un número mucho mayor del que esperaba. Algunas están en entornos rurales, otras en pinacotecas. Están ahí, pero no somos consciente”.
La fe es así: hay que creer.
¿Y el Parto?
Aquí la respuesta es clara: no hay imágenes que muestren el parto de María. “Jamás. Las escenas reflejan el nacimiento en Belén, la adoración de los pastores, la llegada de los Reyes Magos…”, apunta Calero. A lo que Andrés añade: “No obstante, antes del siglo XIV, la Natividad de Jesús contaba con elementos que aludían a ello, como las parteras o el baño del Niño”.
Por contra, el arte contemporáneo sí se ha atrevido a abordarlo: la fotógrafa Natalie Lennard ha sido pionera en este sentido. “Con su consecuente polémica entre determinados sectores.
Lo más parecido que hemos tenido en Occidente son las representaciones medievales anteriores a las revelaciones de Santa Brígida. Ella fue una aristócrata sueca que reconoció haber tenido varias visiones protagonizadas por Cristo y María. En una de ellas, la habría visto pariendo de rodillas y sin dolor, procediendo a dorar al Niño de inmediato”, subraya Ibáñez.
La Madonna del Parto de Piero della Francesca
La Madonna del Parto (1450/65), de Piero della Francesca, ubicada en el Museo de la Madonna del Parto, Monterchi, representa un milagro, la concepción de un ser humano en el vientre de una mujer.
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