La Emigración de Mujeres Vascas a Estados Unidos (1850-1950)
Douglass y Bilbao recuerdan que “el inmigrante vasco más característico del Oeste americano fue durante mucho tiempo el joven varón soltero”. En lo que se refiere a la emigración a los estados del Este, el patrón es el mismo, aunque no siempre, debido a la especialización del emigrante.
En este último caso, la mayoría eran marinos mercantes y muchos estaban casados. La facilidad que tenían estos últimos para conseguir la nacionalidad propiciaban, por un lado, la reunificación familiar y, por otro, las bodas con paisanas y su traslado al nuevo país.
En todos los casos, no es hasta la llegada de las mujeres cuando puede hablarse de una comunidad vasca en Estados Unidos. Recordaba Jon Bilbao, refiriéndose entonces a los vascos del Oeste, que, “durante el siglo pasado (s. XIX) eran más los que volvían al País Vasco que los que se quedaban.
En cambio, en los últimos sesenta años ha ocurrido todo lo contrario. Ello se ha debido principalmente a la emigración de la mujer vasca. Los tenderos, los patronos de borregas, el ranchero, estaban ya en posición de formar un hogar. De otra parte, los hoteleros necesitaban chicas para atender a sus clientes, especialmente en época de Navidad.
Y estas chicas (…) pasaban en poco tiempo de criadas a esposas de rancheros, tenderos u hoteleros (…) Es entonces cuando comienza la verdadera colonización vasca de estados como Nevada e Idaho, los nuevos matrimonios construyen su rancho y el pastor se convierte no solo en pastor de borregas sino en agricultor”.
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La venida de mujeres vascas se acentuó especialmente después de la guerra hispanoamericana (1898). Durante los primeros años del siglo XX y hasta 1922 la comunidad fue en aumento rápido. Algunos agentes de emigración y hoteleros vascos “organizaron expediciones de criadas vascas para las pensiones de pastores”. La “importación” de solteras vascas se convirtió como veremos en un buen negocio para los hoteleros. Era una forma de atraer a sus establecimientos clientes solteros. Aunque, claro, no todas llegaban como criadas.
Sorprende, por otro lado, que, a pesar de la importancia de la mujer en la constitución (y consolidación) de la comunidad, no haya recibido atención de la Academia. Sydney Sthal Wimberg, una de las grandes especialistas norteamericanas en la cuestión, resalta que “el estudio de la inmigración ha sido distorsionado y empobrecido por la omisión de los papeles de las mujeres en la transición a la vida en Estados Unidos”.
Sin embargo, sí existen diferentes estudios sobre mujeres inmigrantes pertenecientes a minorías: irlandesas, japonesas, chinas, mexicanas, puertorriqueñas, noruegas, judías … en los Estados Unidos que, en algunos casos, nos muestran algunos caminos para recorrer en el caso de las vascas. Gloria Totoricagüena afirma que estas últimas “han sido omitidas en los primeros estudios sobre emigración, y cuanto se consideraba como un todo, se han percibido únicamente como una enmienda a los hombres que han emigrado”. La antropóloga Teresa del Valle refuerza el aserto cuando señala que “la emigración de las mujeres vascas se ha relegado al silencio”.
No es extraño por tanto que no abunde la literatura sobre la mujer vasca en los Estados Unidos. Uno de los pocos ensayos relevantes es el de Marie Pierre Arrizabalaga, Las mujeres pirenaicas y la emigración en el siglo XIX. Hay otras obras como las de Asun Garikano incluye un capítulo (“Emakumeak ere joan ziren Amerikerara”: “Las mujeres también fueron a América”) en su libro sobre los vascos del Oeste. Joan Errea publicó My Mama Marie sobre su madre. Otros son Catherine Etchart: a Montana Love Story, de Monique Urza. o The Basque hotelera: Implications for a broader study, de Jerónima Echeverria. Un punto de vista más contemporáneo lo encontramos en Janet C. Inda. Basque Sheepherders Daughter. También hay algunas referencias en algunos recetarios de cocina vasca publicados en Estados Unidos en los que se cuenta la historia de las cocineras que los inspiraron.
Orígenes de las Mujeres Emigrantes
La mayor parte de las mujeres vascas que emigraron a Estados Unidos procede de entornos rurales tradicionales. Su vida giraba en torno a la granja (caserío: baserri, etxe). Teóricamente, en cada caserío, solo vive un grupo doméstico. Normalmente, este grupo comprende un hombre activo (etxeko jauna: el señor de la casa), su mujer (etxeko andrea: mujer de la casa), sus hijos, sus parientes y/o los consanguíneos solteros de cónyuge que vive en su caserío natal.
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El etxeko jauna es nominalmente la primera autoridad, sin embargo, las funciones económicas de etxekoandrea complementan las de etxekojauna. Su finalidad fundamental consiste en la acertada gestión del ciclo doméstico. Ella hace la compra de todo lo que se necesita al día, como alimentos, ropa, cacharros de cocina y cosas parecidas. Como la etxekoandrea realiza la mayor parte de las transiciones económicas que afectan al grupo, casi siempre lleva el control del dinero y no es raro que el etxekojauna pida a su mujer el dinero que necesita.
Hay algo más: la casa (caserío, etxe, baserri) la hereda el primogénito, lo que lógicamente refuerza la autoridad de etxekojauna. El sistema de herencia evitaba la división de la propiedad hecho que, en la mayor parte de los casos, por el tamaño de ésta, la llevaba a la ruina. La mujer puede heredar la casa. En este último caso, la autoridad estará también encarnada por la etxeko andrea, y su marido no tendrá mayor importancia que otro miembro de la casa.
Como resalta la etnógrafa Amaia Mugika Goñi, hubo un tiempo en el que el matrimonio, en general, era de conveniencia, con la firma de un contrato en cuyas capitulaciones se especifican las respectivas aportaciones de los contrayentes y las servidumbres para con la casa (etxe) (padres, hermanos, criados) y, por supuesto, la dote. En muchos casos, las capitulaciones y el sistema de dotes se extendió a las mujeres que se casaban para ir a las Américas.
Kasdan señala que, en algunas comunidades vascas de Pirineo, mientras que los varones jóvenes emigraban, las mujeres quedaban “para casa”, para atender a las personas mayores y a esperar que regresase algún emigrante con cierta fortuna para casarse con él. El retornado, bien se quedaba en el lugar, o regresaba con su esposa al lugar al que había emigrado.
Pero, también hubo mujeres que llegaron desde zonas urbanas. Así, por ejemplo, entre 1895 y 1924, emigraron al Oeste americano unas 200 mujeres de Lekeitio, un pueblo de pescadores de la costa de Bizkaia. La mayoría se instalaron en Boise, Idaho, y sus alrededores. Otras lo hicieron en Oregón y Norte de Nevada, y muy pocas en California. La mayor parte de las mujeres de las comunidades vascas del Este proceden de los pueblos costeros de la Bizkaia oriental, vascoparlantes y tradicionales. La etxekoandre en este caso se encarga de la administración del hogar y de cuidado de los hijos mientras el hombre está en la mar. Pero, como veremos, la mujer también trabaja fuera de casa -en las fábricas de conservas, cosiendo redes, como criadas- lo que le daba cierta independencia económica.
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La mujer vasca ha trabajado fuera de casa -en su inmensa mayoría como criadas- desde tiempos inmemoriales. William Douglass habla de las jóvenes de Etxalar; y de Aulestia-Murelaga y que se iban a trabajar como criadas, o a hoteles de la Cote Basque, en el caso de las de Etxalar. Algunas de aquellas muchachas llegaron hasta Paris. También era mujeres solteras de Etxalar la que iban (a pie) a trabajar en la cosecha de trigo de la Navarra media. Los ejemplos se multiplican en todo el País Vasco.
La antropóloga Monique Selim, por su parte, estudió la emigración a Paris de muchachas de Barcus-Barkoxe, Soule-Zuberoa. No todas emigraban por razones económicas. Las había que huían del duro trabajo en su casa (granja) o, simplemente, en busca de independencia. Viviendo lejos, no se veían obligadas a romper con las normas de la sociedad tradicional que les ahogaban. Algunas de aquellas mujeres acabarán emigrando a Estados Unidos. Algunas, como en el caso de Anuntzi Amías Jayo, de Boise, utilizaron el dinero para financiar en parte su viaje a Estados Unidos lo que les daría una mayor libertad frente a las jóvenes que tenían que pagar íntegramente el importe del viaje y otras deudas.
Estados Unidos como Destino de Emigrantes
Hasta la segunda mitad del siglo XIX, la emigración vasca se dirigió, sobre todo, a la América Latina independiente, y, en menor medida, a Cuba y Filipinas que todavía eran colonias españolas. Los primeros en llegar fueron los vascofranceses en la década de los 1830. Luego, los vascos de España. La inestabilidad política y los conflictos armados en las nuevas repúblicas y la aparición de oro en California hizo que los vascos comenzaran a dirigirse al Oeste, la emigración se intensificó tras la Guerra de Secesión (1861-1865).
Proceden, en su mayoría, de las provincias pirenaicas: Labourd (Lapurdi), Basse Navarre (Nafarroa Beherea) y Soule (Zuberoa), en Francia, y de Navarra y la parte oriental de Bizkaia, en España. Precisamente, la guerra de secesión americana frenó la inmigración que se reanudó tras la contienda. Entre 1872 y 1892 se intensifica la emigración desde los Bajos Pirineos -departamento en el que se encuentra el País Vascofrancés- al Oeste americano. Entre los vascos, muchos proceden de los pueblos del valle de los Aldudes (Banka, Aldude y Urepel) en Nafarroa Beherea. Por lo que se refiere a los vascos de España, la emigración se intensificó tras la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Durante casi un siglo, los vascos del Oeste se dedicaron mayoritariamente al pastoreo de ovejas. Entre los del Este, por el contrario, eran mayoritariamente marinos mercantes.
La aparición de oro en California marcó una nueva etapa que ha sido estudiada con detalle y maestría por W.A. Douglass y J. Bilbao en su Amerikanuak. Basques in New World. La mayor parte de estos “forty-niners” (los del 49) llegaron desde los países del Cono Sur, navegando desde Valparaíso. Las noticias de California se expandieron con tanta fuerza por Viejo Mundo que algunos incluso viajaron a aquel lugar “doblando” el Cabo de Hornos. En este periodo llegaron asimismo algunas mujeres vascas y, en 1866, Juan Miguel Aguirre, de Etxalar, abrió con su esposa Martina Lavayen, el primer hotel vasco con su frontón en San Francisco. Aguirre llamó a su sobrino Juan Miguel Arburua que se casó en San Francisco con Josefa Lavayen, sobrina a su vez de Martina, a quien había llamado su tía.
Sabemos que las mujeres vascas que emigraron a los países del Cono Sur (Argentina, Uruguay y Chile) se emplearon como camareras, costureras, nodrizas, cocineras. Estas últimas, en hoteles y fondas, no en el campo donde los cocineros eran solo hombres. Como veremos, las que emigran más tarde a Estados Unidos realizarán los mismos trabajos, aunque ellas sí cocinarán en los ranchos y campamentos ovejeros. En los hoteles y restaurantes del Este, por el contrario, son mayoritariamente los hombres quienes cocinan (eran cocineros de barco).
Las primeras vascas contemporáneas, como ha quedado dicho, llegaron al Oeste en los días del gold rush. Unas lo hicieron desde los países del Cono Sur especialmente, desde Argentina que vivía los convulsos días de la dictadura de Rosas. Un primer grupo estaba formado por vascas continentales (francesas) y peninsulares (españolas). Algunas son mujeres cuyos maridos se encuentran ya en California. Otras lo hacen directamente desde Europa.
Si hay un oficio que, durante un siglo, ha identificado a los vascos en el Oeste de Estados Unidos ese ha sido el pastoreo de ovejas. Miles de vascos se dedicaron a esa actividad, aun cuando sus empleos en el Viejo Mundo no tenían que ver -o tenían que ver poco- con el mismo. En realidad, eran carpinteros, canteros, pescadores, … pero acabaron en las montañas o en los desiertos del Oeste rodeados de centenares de ovinos sin más compañía que la de sus perros y la soledad. Una vida que se convierte en epopeya en el clásico de Robert Laxalt, Sweet Promised Land. El protagonista, el padre de del autor, se casó con una vasca cuando él ya “era rico en ovejas”.
Pero, en algunos rincones del país, surgieron comunidades de marinos con sus pensiones, restaurantes, clubes sociales… predominantemente en el Este, en ciudades como Nueva Orleans, Boston, Filadelfia y, sobre todo, Nueva York. También en el Oeste se localizaron comunidades de marinos en Los Ángeles-San Pedro, Monterey, San Francisco, Seattle o Columbia británica. El Centro Vasco-Americano de la ciudad de Nueva York (hoy, Euzko Etxea), ya centenario, fue fundado por marinos. La vida de los vascos de esta última ciudad quedó reflejada en la novela de Nea Colton, The Rivers are Frozen.
En ambos casos, los trabajos que realizan pastores y marinos son estacionales lo que les obliga a pasar tiempo en lugares concretos. Generalmente en pensiones (boarding houses, ostatuak u hotelak, en lengua vasca) que Garteiz, un avispado hotelero vasco de Nevada, bautizó como “un hogar lejos del hogar” (home away from home). En estas pensiones, sobre todo las frecuentadas por pastores, las mujeres vascas tuvieron, como veremos, un papel fundamental.
Desde los primeros días del siglo XX, en algunos barcos que llegaban a Estados Unidos con emigrantes vascos, viajaban más mujeres que hombres. Por ejemplo, en 1904, llegaron a Estados Unidos a bordo del Cymric procedente de Liverpool Eleuteria Yturbe, cocinera, dio como referencia la de su hermano en Winnemucca. María Landa (doméstica) que viajaba con se hermano de 11 años (Ricardo) dio como referencia la de su tío Bautista Alzaga en Reno. Cándida Zabaljauregui (criada). Dio como referencia la su cuñado Marcelino Laucirica en Paradise Valley. Gregoria Garteiz (criada). Dio como referencia la de su hermano Facundo en Winnemucca. Aquilina Basurto (criada) que dio como referencia la de su tío José Agustín Yribar en Winnemmuca, Amalia Mendiola (criada) que iba a San Francisco donde tenía un primo. Regresaba a esta ciudad, acompañada de su marido Ángel, Magdalena Aramburu (que hasta poco antes había regentado ella misma una boarding house en el número 504 de Powell St). En el mismo barco regresaba a Nueva York, donde residía, Carmen Izaguirre acompañada de su hijo Zenón. En aquel viaje concreto el número de mujeres duplicaba al de hombres.
También comenzaron a llegar las esposas e hijos de los pioneros. Aprovechando un viaje al País Vasco de José Navarro y su esposa Pía en 1908, regresaron con ellos, José Uberuaga, otro pionero, que iba con su esposa Felipa y sus hijas María y Blanca. También viajan Paula Fresnedo con sus hijas Paula y María, Además, María Eiguren (y su hermano Félix), Santa Gabica (y su hermano José) Dolores Zabala, Gabina Goitia y Filomena Acorda. Además, José Galletebeitia, Juli...
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