Madura con Nene: Significado y Desarrollo Infantil

27.10.2025

El desarrollo del niño normal y físicamente sano se desenvuelve a través de la resolución de conflictos y síntomas que pueden variar según la etapa del desarrollo madurativo.

Para discriminar entre lo normal y lo patológico es necesario tener en cuenta la edad cronológica del niño, la etapa evolutiva en la que se encuentra, la estructura psíquica alcanzada y el tipo de vínculos establecidos con los padres en el grupo familiar concreto.

Cada etapa del desarrollo evolutivo y psicoafectivo del niño tiene sus propias características que conforman las adquisiciones y logros del desarrollo, de forma gradual, hasta conseguir una estructura estable.

El tránsito desde la dependencia hasta la independencia, física y psíquica, requiere un largo periodo en el que es imprescindible el acompañamiento y apoyo de los padres.

Por lo tanto, el desarrollo del niño normal y físicamente sano, se desenvuelve a través de la resolución de conflictos y síntomas que pueden variar según la etapa del desarrollo madurativo.

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Etapas del Desarrollo Infantil

Primeros Meses (0-18 meses)

El bebé recién nacido es totalmente dependiente, física y psicológicamente, de la madre. Está completamente indefenso ante los estímulos tanto internos como externos que además no discrimina.

No tiene aparato psíquico organizado ni funcionamiento mental. Será por tanto la madre y la interacción entre ella y el bebé la que organice este caos de sensaciones.

Las manifestaciones del bebé ante tensiones desagradables, frío, hambre, presión, humedad, etc., serán totalmente somáticas, lloros, pataleos, protestas, etc.

Es el sostenimiento físico y psíquico de la madre el que moldeará los ritmos de sueño y alimentación, que son básicos para establecer el bienestar del niño.

Entre los 15 y los 18 meses el sostenimiento físico y psíquico de la madre moldeará los ritmos de sueño y alimentación, que son básicos para el bienestar del niño.

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Poco a poco se produce un progresivo desarrollo del funcionamiento mental del niño. Hacia el octavo mes empieza a diferenciar a la madre y a las personas significativas de los extraños.

Este hecho es un indicio de que la simbiosis madre-hijo se ha convertido en vínculo. El niño empieza a discriminarse de la madre como algo diferente, la simbiosis se transforma en relación, aunque el niño, todavía inmaduro, seguirá dependiendo de su madre durante bastante tiempo.

En este proceso aparecen los objetos transicionales, normalmente muñecos o juguetes con una textura blanda, cálida y suave, que representan una zona intermedia entre la realidad y la fantasía y son el soporte de todo tipo de simbolizaciones, el cuerpo del niño, la madre, etc.

Con ellos el niño puede transitar desde la fusión con la madre en la fantasía, a la realidad de la relación con ella. Sirven para apaciguar estados de malestar o angustia, facilitan el juego y el estado de quietud necesario para dormir.

Estos indicadores nos señalan el progreso del niño. Al final de este periodo se inician las representaciones psíquicas. El niño ya tiene una imagen mental de las cosas en su ausencia, es capaz de buscar un objeto cuando se esconde.

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En este periodo se producen además dos hechos fundamentales, la aparición del lenguaje y la deambulación. Ambos producen un salto importante en la autonomía del niño.

Puede pedir y nombrar las cosas y no depende del adulto para trasladarse de un sitio a otro, pasa de la pasividad a la actividad. Comienza una conducta exploratoria con el mundo circundante, quiere tocarlo todo y explorarlo todo.

Al final de este periodo los ritmos en el sueño-vigilia y los de la alimentación se establecen de forma regular. Ya hay periodos de sueño nocturno y diurno claros y la alimentación pasa a ser sólida.

Los principales signos de alarma vienen dados precisamente por la ausencia de pautas establecidas en el ritmo sueño-vigilia y en la alimentación. Niños que están insomnes gran parte de la noche, bien llorando continuamente o de forma silenciosa; o bien que duermen durante gran parte del día y de la noche.

Niños que rechazan la comida sólida y se aferran al biberón, o bien se niegan a comer. Otro conjunto de signos alarmantes pueden ser la ausencia de una mirada fija y penetrante, la ausencia de lenguaje o un retraso importante en la deambulación.

Todos ellos son signos que nos hablan de las dificultades del vínculo entre la madre y el niño para desarrollar las potencialidades que el bebé trae con el nacimiento.

Entre los Dos y Tres Años

Es un periodo de intensa actividad psíquica que se va reflejar en un cambio importante en la conducta y la actitud del niño. Comienza el control de esfínteres, cuestión que va más allá de la mera limpieza esfinteriana.

Cualquier niño sano logra el control espontáneo del esfínter cuando está maduro neurológicamente. El asunto se puede complicar cuando los padres son exigentes y fuerzan el control antes de tiempo con adiestramientos que para el niño son siempre penosos (horas sentado en el orinal, etc.).

El ejercitamiento del control-expulsión del esfínter va acompañado de un ejercicio motor de mayor envergadura. El niño ejercita al tiempo toda la motricidad fina y gruesa obteniendo un gran placer de ello.

Paralelamente, aparece el juego simbólico, la capacidad para jugar al “como si”. Puede ser un astronauta, un perro, hacer comiditas, dibujar, saltar, correr y por encima de todo jugar a “ser mayor”.

En esta etapa quiere hacer las cosas solo y cada vez que algo le sale bien será una nueva conquista en su autonomía. El apoyo y el impulso por parte de los padres de todas estas capacidades, ayudarán a que el niño pueda renunciar a ensuciarse en cualquier sitio y a cualquier hora a cambio de una satisfacción mayor.

Simultáneamente, se produce la adquisición de normas, aparecen las primeras prohibiciones por parte de los padres, acordes con las mayores capacidades motoras. El niño en su afán de conocimiento toca todo y quiere conocerlo todo y a veces se pone en peligro o rompe y destroza cosas.

Es necesario “ordenar” toda esta actividad por parte de los padres mediante normas adecuadas a su edad. Empiezan por tanto las primeras nociones de lo que está bien o mal, lo que se puede hacer o no, etc.

Ante las primeras frustraciones para lograr el placer bruto aparecen las rabietas, la obstinación y el negativismo. El niño dice “no” a todo aunque a continuación, generalmente, hace lo que se le pide. Son reacciones normales que no obstante plantean muchas dificultades a los padres.

Al final de esta etapa se produce el establecimiento de la constancia objetal. Es decir de la capacidad de representar al objeto de amor ausente, fundamentalmente la madre, pero también el padre y cualquier persona significativa para el niño.

Este hecho supone el correlato psíquico de la capacidad motora que abre las puertas a una mayor autonomía física y mental. El niño ya no necesita de la presencia permanente de la madre, cada vez con mayor frecuencia se entretiene solo, es capaz de jugar y hacer una infinidad de cosas sin ayuda directa de los padres, le empiezan a interesar los niños de su edad y disfruta cada vez más en compañía de sus iguales.

Entre los Cuatro y Cinco Años

El periodo no esta exento de problemas y las adquisiciones tendrán avances y retrocesos. Las vicisitudes del desarrollo de cada niño y de la propia vida familiar, con cambios a veces importantes como muertes, separaciones, etc., producen a menudo trastornos adaptativos o reactivos de carácter transitorio.

Generalmente pérdida de funciones ya adquiridas como trastornos del sueño, perdida del control esfinteriano logrado, somatizaciones diversas, dolores abdominales, vómitos, tics, ansiedad de separación, miedos, etc.

Los miedos en esta etapa son bastante frecuentes, producidos por la falta de madurez cognitiva y las características del pensamiento del niño, de tipo animista y mágico. Aparece el miedo a las tormentas, a los ruidos fuertes, a los animales, etc.

Esta etapa está determinada por el paso de la relación dual a la triangular. El aparato psíquico está ya más estructurado y el niño reconoce ahora la relación entre los padres, ya no es el centro del mundo.

La madre no se completa con él, necesita de la relación afectiva de otro adulto, el padre (o su pareja). Este hecho supone un descubrimiento fundamental para el niño de profundas consecuencias.

Por un lado le abre las puertas para la etapa posterior de la socialización; puesto que ya no es el sujeto imprescindible para el bienestar de los padres. Los avances en su desarrollo y los aprendizajes serán para su propia satisfacción en primer lugar y no estarán supeditados a las exigencias de otros.

Pero por otro lado siempre supone una gran frustración para el niño comprobar que no es el único objeto de amor de sus padres. El reconocimiento de la relación entre los padres conlleva la interiorización de la diferenciación sexual.

El niño ya había comprobado las diferencias sexuales anatómicas, pero ahora estas diferencias se incorporan a nivel psíquico. En estos momentos suelen aparecer conductas muy estereotipadas entre niños y niñas que responden al tópico de los roles sexuales.

Los juegos son diferentes, los niños y las niñas tienden a jugar separados y la conducta de unos y otras con los padres son distintas. Ambos niños y niñas necesitan competir, relacionarse y seducir de forma completamente diferente para consolidar su rol sexual.

En esta etapa aparecen las típicas preguntas sobre sexualidad que incomodan a los padres. Como se hacen los niños, como nacen, etc. Aumentan también las conductas masturbatorias de forma clara.

Entre los Seis y Diez Años

El final de esta etapa se caracteriza por la interiorización del conflicto y de las normas. Es decir de la interiorización de la instancia parental. El conflicto ya no se da entre los padres que prohíben o exigen, sino que la prohibición y la exigencia es interna y por tanto el conflicto está en el propio niño, entre lo que desea y no puede hacer, entre lo que tiene que hacer y no le apetece.

Esto supone un logro fundamental en la autonomía afectiva, conlleva un importante aumento del autocontrol de los impulsos, de la capacidad de frustración, en definitiva de la demora de la satisfacción y la búsqueda de otros caminos más elaborados y sofisticados para obtenerla.

Se instaura la diferencia entre el pensar y el actuar. Ya no se puede actuar sin un proceso de pensamiento previo que supone hacerse cargo de la responsabilidad de los actos y sus consecuencias. Ya no sirve el “lo hice sin querer”: aunque el niño lo siga repitiendo, en su fuero interno ya sabe que es una excusa que no le exime del resultado de sus acciones.

En este período también suelen aparecer trastornos adaptativos o reactivos de carácter transitorio. Además de los ya mencionados en etapas anteriores pueden aparecer fobias a determinados animales o situaciones.

Son mecanismos de desplazamiento de la angustia y una forma de elaborar los conflictos típicos de la etapa. Es muy frecuente la aparición de los llamados trastornos de conducta, impulsividad, descontrol de impulsos, fabulaciones y mentiras, adjudicación a otros de las propias acciones, etc.

También son frecuentes cambios en el tono afectivo, ansiedad, irritabilidad, euforia, tristeza, ira, enfados, etc.

Es la etapa de la socialización y de los aprendizajes escolares por excelencia. Ahora el contexto extrafamiliar, el colegio y el mundo de los pares son el centro de atención y desarrollo del niño.

Esto implica que los padres deben tolerar y fomentar el contacto del niño con sus iguales. El reconocimiento pleno del otro como sujeto con sus propias necesidades, gustos y deseos, hace que el contacto con los pares sea fundamental en esta etapa.

Los amigos se convierten en elemento fundamental para consolidar la identidad y la personalidad independiente del niño. Comienzan las reivindicaciones propias de la edad que indican la diferencia en gustos y deseos de los padres.

El niño es ahora sumamente sensible y celoso de su intimidad. Se siente profundamente humillado si los padres o los profesores señalan en publico sus errores, sus miedos o inseguridades, hablan de él, de su carácter o de sus cosas sin ningún miramiento con otros adultos, vecinos o amigos.

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