Mi Vida, Mis Hijos, Mi Psicología: Un Legado de Amor y Confianza
Las experiencias de la infancia marcan el resto de la vida, aunque algunas puedan modificarse a lo largo del tiempo, como afirmaba la Doctora Isabel Pérez-Otaño, investigadora del Instituto de Neurociencias UMH-CSIC de Alicante. Y esto ocurre para lo bueno y para lo malo, como si nuestro cerebro dibujase una especie de mapa que seguiremos cuando somos adultos.
Si esas experiencias nos moldean, y nuestros padres han invertido tiempo y esfuerzo en crear un entorno seguro y lleno de amor, influirán de una forma positiva en quiénes somos. El cocido de los domingos, las barbacoas en casa de los abuelos, los viajes en coche para ir a la playa, la película de los viernes por la noche en familia, son recuerdos que perduran.
Las pequeñas tradiciones particulares y personales de cada familia, son un recuerdo sólido capaz de generar estabilidad hasta cuando las cosas van mal. Esa cultura familiar, como explican los psicólogos de Mentes Abiertas, “influye en su desarrollo cognitivo, social, emocional y moral.
El psicólogo Jean Piaget, afirmaba en su trabajo sobre el desarrollo infantil que los niños aprenden mejor a través del descubrimiento activo. “Cada vez que le enseñamos algo a un niño, le impedimos inventarlo por sí mismo”, afirmaba.
Cuando una madre nos deja intentarlo, está trabajando nuestra resiliencia, y con ella, somos más capaces de regular las emociones, recuperarnos de los fracasos y perdonarnos por equivocarnos. Pocas cosas se quedan tanto en la piel como el abrazo de una madre o un padre. Y esta sensación de sentirse amado y seguro, es algo que influye en nuestra vida adulta.
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La confianza de encontrarnos en un entorno seguro, es clave. “Si no logramos generar una confianza básica, el mundo parece poco confiable”, escribía el psicólogo Erik Erikson en su teoría sobre el desarrollo psicosocial, y los gestos de amor ayudan en esa confianza. Un abrazo cuando tenemos una pesadilla. Un beso cuando nos hacemos daño.
Los padres son el ejemplo de los hijos y la forma enseñarles valores es que nos vean tenerlos, de ahí la importancia de saber pedir perdón. Disculparnos como padres no es mostrarnos débiles, al contrario, es enseñarles empatía. Como decíamos antes, cometer errores o fracasar no es algo que nos defina, y cuando tenemos a nuestro lado alguien que nos anima a continuar es cuando desarrollamos la verdadera confianza y se desarrolla la autoestima.
“Las personas que creen que tienen el poder de ejercer cierto grado de control sobre sus vidas son más saludables, más eficaces y más exitosas”, escribía Albert Bandura, psicólogo que desarrolló la teoría del aprendizaje social. Y es que nuestra confianza proviene de experimentar pequeños éxitos y tener personas que nos animan a continuar y mejorar.
No nos vamos a engañar, la adolescencia es una etapa muy complicada. Hijos que nos han admirado como padres, para quienes hemos sido su guía, su referente. Pero, de repente, llega la pubertad y su personalidad empieza a definirse, comienzan a decir que no a muchas cosas.
Es un momento de lucha de titanes y hasta que padres e hijos nos acoplamos se pasa por momentos muy difíciles y complicados (e incluso diría que entretenidos). Pero, de repente, la situación cambia, hay un clic y en el caso de mis dos hijos mayores se convierten en mis amigos, mis aliados, y yo para ellos.
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Nos reclamamos, nos ayudamos y nos preocupamos mutuamente los unos por los otros. Pasamos a ser un tú a tú, y dentro de la jerarquía que existe entre padres e hijos, ya se tiene en cuenta su opinión. Porque, aunque creyésemos que trabajamos desde la democracia en nuestra casa, en realidad hay una dictadura. Es decir, se come a la hora que yo digo y se duchan a la hora que yo quiero.
Sin embargo, llega la adolescencia a decirte que no, que ellos también pueden tomar sus propias decisiones en ciertos aspectos. Considero que la adolescencia no es tan mala. Se trata de un duelo que debemos pasar, tenemos que despedirnos de esos niños obedientes que teníamos.
Por todo ello, y visto a posteriori, la adolescencia es una etapa maravillosa a la que no hay que tener miedo. Cariñosa, presente y divertida. A menudo reflexiono sobre la imagen que me gustaría que se proyectara en la cabeza de mis hijos cuando, en unos años, recuerden cómo fue su madre durante su primera infancia.
En muchas ocasiones resulta imposible no vernos arrastrados por el día a día, perdernos en las obligaciones y encontrarnos sobrepasados por unos niños que se comportan como eso, como lo que son, niños. Pero que llegan con sus preguntas, desobediencias y volteretas a unas mentes que ya han respondido a diez correos, asistido a dos reuniones y redactado el menú de esta semana y de la siguiente.
Esta realidad vertiginosa que compartimos la mayoría de las familias de la Tierra nos lleva a comportarnos como autómatas, a disociar nuestro comportamiento de nuestra voluntad y a que todos nuestros objetivos se reduzcan a uno único y simple: sobrevivir.
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Por ello, me gusta de vez en cuando sentarme a reflexionar sobre la hoja de ruta que quiero seguir en mi travesía como madre, en nuestra aventura como familia. No para fustigarme cuando me pierda, sino para saber a dónde volver cuando lo necesite.
Últimamente sigo una pauta para reorganizar nuestros planes, mis comportamientos, nuestras costumbres y demás decisiones que hacen y harán de mi familia la que es, y no otra. Recurro a pensar en "cómo me gustaría que ellos me recordaran en un futuro". Y estas son algunas de mis conclusiones:
Como una madre presente
Para mí es muy importante tanto la cantidad del tiempo, como su calidad. Sé que no todo el mundo tiene la oportunidad de hacerlo así, pero yo diseñé mi vida laboral de tal forma que pudiera pasar el máximo tiempo posible con ellos. Que cuando piensen en la persona que acompañó su infancia, se les venga mi imagen a la mente.
Como una madre cariñosa
Este es el requerimiento que más tengo que recordarme y autoimponerme. Creo que los abrazo mucho y les digo a menudo cuánto los quiero, pero es verdad que mi registro no es el más dulce. Son muchos y muy chicos y paso muchas horas del día tratando de poner orden, en un tono más autoritario que amoroso. Me lo recuerdo una y otra vez: compórtate de tal forma que para tus hijos el amor sea la normalidad, y así, cuando alguien les trate de forma distinta piensen "aquí no es".
Como una madre divertida
¿Habrá algo que necesiten ellos más que esto? Aquí sí que cumplo. Mi casa parece un recreativo, es tan mía como de ellos, por eso en mi casa se pinta, se juega, se salta y se hace lo que haya que hacerse, dentro de los límites de la seguridad y la decencia, que ya luego se limpiará y se recogerá.
Como una madre, no como una amiga
Leí en algún sitio algo de que "cuando una madre se comporta como una amiga, ese hijo se queda huérfano de madre". Y esa frase me ha acompañado resonando en mi mente desde entonces. Es mi tarea imponerles límites y ofrecerles un entorno familiar seguro.
Recuerdo como de chica percibía las normas de mi casa no como un castigo, sino como una satisfacción de que tenía unos padres que se preocupaban por mí y porque hiciera las cosas de manera correcta. Ese es mi objetivo.
Si aún no te has parado a pensarlo, te invito a hacer este ejercicio de introspección que te ayudará a valorar muchas cosas que ya haces y a proponerte nuevos retos y propósitos.
Además, incluso en nombre de los niños (de no separarse por ellos) se cometen grandes errores: cuando los padres se enzarzan en discusiones, los niños soportan situaciones muy difíciles que muchas veces no viven desde el apoyo y el acompañamiento de sus padres, si no lo contrario, los padres están tan "ocupados" en discutir, incluso en gritarse que dejan de lado las necesidades emocionales de los menores haciéndoles sentir solos, tristes e incluso culpables de lo que sucede.
Por consiguiente, no es positivo para el menor vivir ciertas experiencias de desafección entre sus padres, de tensión, o de dolor por el hecho de considerar que la separación en sí le va a producir un gran "trauma".
Si bien la separación conyugal es un cambio drástico en la vida de los niños, también es cierto que dependerá de la madurez de los padres el que el niño/a lo viva de una manera más o menos estresante. Hay que tener en cuenta que el niño en ocasiones prefiere antes la separación de sus padres, antes que seguir soportando gritos, humillaciones, o desdenes constantes...o incluso una tensión emocional intensa en que sus padres ya no se miran o apenas se hablan.
En todo caso, a corto plazo la separación conyugal o de pareja produce un malestar inicial en todos los miembros del grupo familiar, incluido los niños que son los más indefensos en estos procesos si no hay una buena elaboración del proceso (eso dependerá de manera importante de los padres), pero a largo plazo, los beneficios para todos serán superiores.
En cualquier caso hay que entender que lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es que nos vean "felices" en nuestra relación marital o sentimental, y si no es posible, fuera de ella. Un progenitor feliz, que esté a gusto consigo mismo/a transmitirá a los hijos confianza y seguridad, al percibir un modelo de persona que afronta con determinación y valentía su futuro.
El quedarnos anclados en una relación sentimental en que ya no hay amor, solo es "estancarse en aguas putrefactas" que pueden ser negativas para todos los miembros de la familia, y sobre todo para los hijos.
Cuando nos sentimos con resentimiento y rabia hacia el otro, e incluso su mera presencia nos produce rechazo, algo debemos hacer para solucionar el problema por nosotros pero sobre todo por los niños, porque ellos no deberían criarse en un clima en el que sus padres ya no se quieren o incluso se desprecian. Además, como consecuencia de que los niños vivan en este "clima" adoptan mecanismos que no son positivos para su salud emocional como es el "conflicto de lealtades", la "parentificación", etc.
Así "que más vale el remedio que la enfermedad". El remedio, en este caso, es poner fin a una relación sentimental o conyugal que ya no funciona hace tiempo (no obstante se puede prevenir la ruptura conyugal acudiendo a "terapia de pareja"), y la enfermedad es seguir en una relación artificiosa y forzada que conduce a la confusión y malestar de los niños, cuando no a posibles problemas como la depresión, ansiedad, o la conducta disruptiva, en un afán de llamar la atención de los adultos.
Considero que un progenitor "debe ser responsable de su propia vida para ser responsable de la vida de los menores" y un ejercicio sano de responsabilidad conlleva la toma de decisiones aunque sean dolorosas. En el caso de la separación o divorcio, ambos progenitores deben ser quiénes conduzcan a los hijos a elaborar una respuesta adaptativa ante la nueva situación, de aceptación y de comprensión en el sentido de que "aunque sus padres se separen y ya no se quieran para continuar juntos, a ellos, los hijos, les continúan queriendo igual".
Una manera adecuada de separarse tanto para los progenitores como para los hijos es la "Mediación familiar" y cuando no se llega a un acuerdo respecto a los hijos, se deberá llevar el asunto en un litigio en el que uno de los progenitores o ambos pueden pedir un "Informe pericial psicológico" para que un profesional, en este caso, un Psicólogo/a especializado en el ámbito de Custodias de menores realice un informe pericial psicológico con la finalidad de elaborar un dictamen considerando siempre "el favor fillii" o "mejor interés del menor".
Si tienes claro que te quieres separar y quieres una "buena separación" más fácil, en el que se toman decisiones conjuntas de ambos progenitores la mediación familiar es la mejor vía. En el caso de que se llegue a acuerdos entre ambos progenitores se evita que las medidas adoptadas dependan de un Juez (ambos cónyuges o pareja sentimental firman un "Convenio regulador" cuando adoptan acuerdos).
Cuando hay intereses contrapuestos de difícil solución entre los progenitores, por ejemplo, en cuanto a la "Custodia exclusiva" o "Custodia compartida" de difícil solución, recomiendo que se realice un informe pericial psicológico ya sea a nivel de un "Psicólogo forense judicial" (designado por el Juzgado) o un "Psicólogo forense de parte" (contratado por una de las partes). Tengo una dilatada experiencia como Psicóloga forense judicial, y Psicóloga forense de parte.
Cada vez más acuden a nuestra consulta padres que se van a separar y nos preguntan cuál es la mejor manera de explicárselo a los niños. La separación genera mucha angustia en los niños y de esa angustia acaban apareciendo los sentimientos de culpa, porque piensan “si me hubiera portado mejor igual ellos no se habrían separado”, o “si no me hubiera peleado tanto con mi hermanita ellos no se habrían separado”. Los niños tienen esa tendencia a auto culpabilizarse de todo.
Las repercusiones de esta situación que normalmente me encuentro en niños de entre 3 a 6 años de edad son: ansiedad, miedos sobre todo por la noche o miedo cuando tienen que ir a buscar algo solos a otra habitación, somatizaciones, dolores de estómago, dolores de cabeza, regresiones volviendo a etapas que ya tenían superadas. Es como si dieran algunos pasos atrás como por ejemplo que se les vuelve a escapar el pipí o se aguantan la caca.
Cómo explicar la separación a los niños
- Explicar la verdad, adaptándola a su edad: Los niños necesitan que les expliquemos la verdad, adaptándola a su edad. No es bueno que les maquillamos muchísimo una historia o que les expliquemos otra cosa distinta, porque si lo hacemos, poco a poco irán descubriendo que esa historia que les hemos contado es irreal y es como ir torturándolos poco a poco. Van descubriendo con las pequeñas cosas del día a día que sus padres les han mentido.
- Dejar muy claro lo que va a cambiar y lo que no: Tienes que dejarles muy claro lo que va a cambiar y lo que no, dándole mucha importancia a lo que no va a cambiar. Se lo explicamos porque son capaces de entenderlo, por ejemplo: “papá y mamá van a vivir separados. Las vacaciones a partir de ahora las haremos separados, etc.” Las pequeñas cosas que van a cambiar las explicas y a continuación explicas todo lo que no va a cambiar.
- Poner por delante el bienestar de tus hijos: Puede ser una situación difícil en estos momentos para algunas parejas, pero tienes que poner por delante el bienestar de tus hijos. Se trata de daros las gracias delante de los niños al papá y a la mamá por que os habéis dado unos hijos maravillosos. Por ejemplo: “voy a querer siempre a papá porque junto a él he podido tener a estos hijos maravillosos, así que muchas gracias papá por habérmelos dado, eres el mejor papá que podía encontrar para mis niños”.
- Dejar muy claro que es una decisión para siempre: Dejar puertas abiertas genera angustia. Ya nos pasa a los adultos que cuando dejamos puertas abiertas estamos en esta tortura constante, pero a los niños les afecta mucho más. Dejar claro que es una decisión que se ha tomado y que es algo que será para siempre.
Desconexión Maternal: Reconectando con tus Hijos
La desconexión con un hijo o una hija es algo que solo sabe lo que es y lo que duele quien lo ha sufrido. Es como la maternidad… ¿Verdad que a menudo nos encontramos con ese comentario de “era la mejor madre del mundo hasta que fui madre”?
Pero la realidad es que sentirse DESCONECTADO de un hijo es tremendamente duro y como todas las circunstancias complicadas que atravesamos, a veces el apoyo que necesitamos cuando nos encontramos ahí va más allá de un simple consuelo.
Cuando nos sentimos desconectados de nuestros hijos, no hay intimidad emocional, no hay un contacto físico que te llene de amor, no hay risas, o no las que debiera, no hay aceptación. Y estos sentimientos de rechazo son muy muy dolorosos. No es solo un tema de culpa… es desaliento, desesperación, incomprensión…Y a menudo nos llega el bloqueo.
Si sientes que estás viviendo una maternidad desconectada, lo primero que necesitamos tener en cuenta es olvidarnos de nuestros hijos. Ellos no son el problema de la desconexión. No es una frase hecha… el FOCO HEMOS DE PONERLO EN NOSOTRAS. Cuando sufrimos esta desconexión de nuestros hijos, SIEMPRE se debe a que hay algo que NO HEMOS ENCAJADO.
En cada caso será un aspecto distinto. Pero descubrirlo es maravilloso. Así que comenzar a mirarnos a nosotras mismas para descubrir quién soy en este momento de mi vida, qué necesito, qué es lo que no me gusta de mi vida, qué es lo que sí me gusta. Descubrir mis anhelos, mis objetivos de vida… Este proceso de autoconocimiento real es el que nos va a llevar a descubrir los siguientes pasos a seguir.
Así que, si tuviera que decir cuál es el primer paso hacia la reconexión, o al menos un paso imprescindible para dar de forma simultánea al resto del proceso, sería mirarnos, cuestionarnos e indagar todo lo que no está colocado en mi vida.
No siempre vamos a poder hacer los cambios que queremos, o al menos no de forma inmediata. Pero desde luego que descubrirlos, nombrarlos y tenerlos presentes, serán un gran punto de partida. Este proceso podemos hacerlo solas o acompañadas.
Pasos hacia la Reconexión:
Una vez nos ponemos en marcha para mirarnos, conocernos y atendernos, podemos hacer cositas con nuestros hijos que poco a poco vayan labrando el camino de la re-conexión de nuestra maternidad desconectada.
- Comunicarles nuestras intenciones: Es tremendamente agradable que alguien te diga que quiere cambiar la forma en la que te trata, que quiere reducir los conflictos que existen entre vosotros o que necesita conectarse contigo.
- Definir los cambios: Es de vital importancia tener claros los cambios que queremos hacer. A veces sabemos que la crianza que estamos llevando a cabo no nos gusta, que no es buena para nuestros hijos y que no nos hace sentir bien.
- Compromiso: Tras hacer esta lista, es necesario que podamos adquirir un compromiso. Comentar a nuestro alrededor (pareja, abuelos, los propios hijos) eso que quiero lograr hará que no me relaje ante la primera dificultad.
- Decisión y acción: Ni que decir tiene que todo lo anterior no serviría de nada si no tomamos la firme decisión de cumplir con nuestro compromiso y logramos tomar acción.
Tened en cuenta que, si queremos resultados distintos, tenemos que HACER cosas distintas, por lo que este es el punto más importante… HACER. Y además de todos esos cambios que hemos definido anteriormente, la reconexión con nuestros hijos pasa por HACER cosas distintas. Con nosotras, con nuestra pareja y con nuestros hijos e hijas.
Algunas de esas ayudas que podemos añadir para lograr re-conectar son:
- Código SOS: Cuando alguno se encuentre mal, dentro o fuera de casa, puede hacer una señal que hayáis acordado previamente a través de la cual nos indican que necesitan contarnos algo en privado.
- Intimidad: Anécdotas de cuando erais pequeños (de mamá, papá, tíos, abuelos…). Podéis escoger esta actividad como ritual nocturno, o en las sobremesas. Les encanta.
- Tiempo de calidad: En exclusiva, si se puede, o todos juntos, no pasa nada. Pero seleccionar momentos en la semana en los que vas a apagar el móvil y vas a dedicarte a hacer alguna actividad con ellos: un bizcocho, juegos de mesa, o una excursión.
- Jugar: Es algo que nos cuesta mucho a muchas familias. Tanto se nos limitó el juego cuando fuimos niños que ahora se nos ha olvidado cómo se hacía, o hemos desconectado completamente de esa habilidad innata. Mi propuesta es que asignes ratos a la semana en los que te permitas jugar.
- Diario compartido: La información que les falta a los niños, ellos solos la rellenan. Y a veces su lógica privada les lleva a llenar huecos desde el “yo no importo”. Cuando están separados de nosotros, sobre todo los más pequeños, no saben qué estamos haciendo nosotros en ese tiempo en el que ellos están en el cole o en casa de los abuelos.
Recuerda no perder el foco en que los cambios que quieres ver en tu hijo o hija. Esa actitud colaboradora que brilla por su ausencia, o esa felicidad que últimamente no le acompaña, o esa calma que sientes que tanto necesita, solo podrás lograrlo si tú haces cambios en tu propia gestión emocional, en tu actitud y en tu mirada.
El ambiente familiar tóxico puede instalarse en nuestro hogar casi sin darnos cuenta, y solo los adultos tenemos la responsabilidad de cambiar esta inercia.
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