Ministerio de Nazareth: El Divino Niño y su Historia
Reinando Herodes, por sobrenombre el Grande, vivió en Nazaret, pequeña ciudad de Galilea, una Virgen santísima, por nombre María, desposada con José, a quien el Evangelio llama varón justo.
El Anuncio del Arcángel Gabriel
A esta Virgen fue enviado de Dios el Arcángel Gabriel, que la saludó llena de gracia, y le anunció que sería Madre del Redentor del mundo. Al oír estas palabras y a la vista del Ángel, turbose al principio María; pero luego, asegurada por él, respondió: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. En el mismo instante, el Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo, se encarnó en sus purísimas entrañas, y sin dejar de ser verdadero Dios, empezó a ser verdadero hombre.
En el coloquio con el Arcángel supo María que su prima Isabel, mujer de un sacerdote llamado Zacarías, aunque de edad provecta, había de tener un hijo.
El Nacimiento en Belén
En aquel tiempo se publicó un edicto por el que ordenaba el emperador César Augusto que todos los vasallos del imperio romano se empadronasen, y que, por tanto, cada uno acudiese a encabezarse a la ciudad de donde traía su origen.
Esta misma noche apareció un Ángel a unos pastores que velaban en aquella comarca y guardaban su ganado, y les anunció que era nacido el Salvador del mundo.
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Había en el Templo un santo anciano, por nombre, Simeón, quien había tenido revelación del Espíritu Santo que no moriría sin ver primero al Cristo del Señor.
Algún tiempo después del nacimiento de Jesús, entraron en Jerusalén tres Magos o sabios, venidos del Oriente, y preguntaron: dónde había nacido el rey de los judíos. Reinaba a la sazón en Jerusalén Herodes el Grande, hombre ambicioso y cruel.
Turbose éste en gran manera a las palabras de los Magos, y se informó de los príncipes de los sacerdotes en qué lugar había de nacer el Mesías. Partieron los Magos, e inmediatamente, la estrella que habían visto en el Oriente volvió a dejarse ver, y les fue guiando a la estancia del divino infante en Belén, sobre la cual se paró.
Entraron en ella, y hallando al Niño con María su Madre, postrados le adoraron, y abiertos sus tesoros, le ofrecieron oro, incienso y mirra, reconociéndole como rey, como Dios y como hombre mortal.
Herodes esperó en vano a los Magos. Ya antes, un Ángel había aparecido en sueños a José para avisarle y darle orden que huyese a Egipto.
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La Vida Oculta en Nazaret
Llegado Jesús a los doce años, lleváronle sus padres a Jerusalén a las fiestas de Pascua, que duraban siete días. Acabadas las fiestas, partiéronse a Nazaret María y José, pero Jesús, sin que ellos lo supiesen, se quedó en Jerusalén.
Tras un día de camino lo buscaron en vano entre los parientes y conocidos, regresaron en seguida afligidos a Jerusalén, y hallándole al tercer día en el Templo, sentado entre los doctores oyéndoles y preguntándoles, la Madre dulcemente le preguntó por qué se había hecho buscar así. La respuesta que dio Jesús fue la primera declaración de su divinidad: ¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que me es preciso estar en las cosas que son de mi Padre?
Tras esto, volviose con ellos a Nazaret. Desde este punto y hasta la edad de treinta años nada particular nos cuenta de Él el Evangelio, resumiendo toda la historia de aquel tiempo en estas palabras: Jesús vivía obediente a María y a José, y crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. Por el hecho de haber pasado Jesús en Nazaret el tiempo de su vida privada, fue llamado más tarde: Jesús Nazareno.
El Ministerio de Juan el Bautista y el Bautismo de Jesús
Juan, hijo de Zacarías y de Isabel, destinado por Dios, como se dijo, para ser el Precursor del Mesías y preparar a los judíos a que le recibiesen, habíase retirado al desierto a hacer vida penitente. Llegado el tiempo de dar principio a su misión, vestido de pieles de camello y al cinto un ceñidor de cuero, salió a las riberas del Jordán y comenzó a predicar y bautizar. Su voz era: Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos.
Juan, que le reconoció, quiso al principio excusarse, pero vencido luego, por el mandamiento de Cristo, le bautizó. Y he aquí que apenas salió Jesús del agua abriéronse los cielos, y el Espíritu Santo en figura de paloma bajó sobre El, y se oyó una voz que decía: Este es mi hijo muy amado. Recibido el bautismo y guiado por el Espíritu Santo, fue Jesús al desierto, donde pasó cuarenta días y cuarenta noches en vigilias, ayunos y oración.
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El Inicio de la Vida Pública
Después de esta preparación, Jesús, para dar comienzo a su vida pública, volvió a las riberas del Jordán, donde Juan continuaba predicando. Este, al verle venir, exclamó: He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo. Por este y otros testimonios en favor de Jesús repetidos el día siguiente, dos discípulos de Juan resolvieron seguir al divino Maestro, quien aquel día los retuvo consigo.
Uno de éstos, por nombre Andrés, encontrándose con su hermano llamado Simón, le llevó a Jesús, que mirándole al rostro le dijo: Tú eres, Simón, hijo de Juan; en adelante te llamarás Pedro.
Otros muchos, o llamados por El, como Santiago, Juan, Felipe, Mateo, o movidos por su palabra, se resolvieron a seguirle. Con algunos de ellos fue una vez convidado a unas bodas en Caná de Galilea, a las que también había sido invitada su Madre María. Esta fue la ocasión en que, por intercesión de su Madre Santísima, mudó una gran cantidad de agua en exquisito y regalado vino.
De entre estos discípulos escogió después doce, que llamó Apóstoles, para que estuviesen siempre con El y para enviarlos a predicar, es a saber: Simón, a quien había dado el nombre de Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y Juan, hijos del Zebedeo; Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo; Judas Tadeo, Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó.
Enseñanzas y Milagros
De ordinario, los sábados entraba en las sinagogas y enseñaba; aunque, si se ofrecía ocasión y coyuntura, no se desdeñaba de dar sus enseñanzas en cualquier sitio. Leemos, en efecto, que las turbas le seguían, y que El no sólo predicaba en las casas y plazas, sino también al aire libre, en los montes y desiertos, a la orilla del mar y desde el mismo mar, subido a la navecilla de Pedro.
No menos predicaba con el ejemplo que con las palabras. Admirados de su larga oración, le suplicaron un día sus discípulos que les enseñase a orar, y Jesús les enseñó la sublime oración del Padrenuestro.
Por varias razones, y entre ellas para acomodarse a la capacidad de la mayor parte de su auditorio y a la índole de los pueblos orientales, servíase ordinariamente Jesús en sus enseñanzas de parábolas o semejanzas.
No sólo en las sinagogas iba derramando sus gracias y mercedes, sino en cualquier lugar donde se hallaba, en presentándose ocasión, socorría a los desgraciados que en gran número le llevaban de toda Palestina y regiones comarcanas, esparciéndose hasta la Siria la fama de sus milagros.
Infinito es el número de milagros, muchos de ellos famosísimos, que obró en los tres años de su predicación, para demostrar que hablaba como enviado de Dios, que era el Mesías esperado por los Patriarcas y vaticinado por los Profetas, que era el mismo Hijo de Dios.
Oposición y Conspiración
Estos triunfos de Jesús despertaron desde el principio la envidia de los escribas y fariseos, de los príncipes y sacerdotes y de las cabezas del pueblo, envidia que se aumentó en extremo cuándo él se puso a desenmascarar su hipocresía y a reprobar sus vicios. Esta envidia fue siempre creciendo y se exacerbó más cuando, a consecuencia de la resurrección de Lázaro, se multiplicó grandemente el número de judíos que creían en Él. Causa del odio extremo.
Entonces los ancianos del pueblo, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, juntándose en casa del pontífice Caifás acordaron prender a Jesús con engaño y a escondidas, de miedo que las turbas no armasen algún alboroto. La ocasión no se hizo espetar.
Era el día en que se debía sacrificar y comer el cordero pascual.
La Última Cena y la Pasión
Acabada la cena, salió de la ciudad nuestro divino Redentor, acompañado de sus Apóstoles.
En esta misma dolorosa noche, Pedro amargó también el Corazón de Jesús negándole tres veces.
Después de amanecer, habiéndose reunido otra vez el Sanedrín, fue llevado Jesús al gobernador romano Poncio Pilato, a quien el pueblo pidió a gritos que lo condenase a muerte. Pilato, reconocida la inocencia de Jesús y la perfidia de los judíos, buscaba trazas para salvarlo; y debiendo con ocasión de la Pascua dar libertad a un malhechor, dejó al pueblo que escogiese entre Jesús y Barrabás.
¡No hay mente humana que pueda imaginar, ni lengua capaz de decir lo que Jesús debió de padecer ya en la noche de su prendimiento, ya en los diversos caminos de uno a otro tribunal, ya en la flagelación y coronamiento de espinas, ya en la crucifixión, y finalmente en su prolongada agonía!
Resurrección y Ascensión
Al rayar el alba del día que siguió al sábado, sintiose un gran terremoto; Jesús había resucitado y salido glorioso y triunfante del sepulcro.
Cuarenta días estuvo aún Jesús sobre la tierra después de su resurrección, mostrándose en diversas apariciones a sus discípulos y conversando con ellos. Venida del Espíritu Santo.
Los Apóstoles, siguiendo las órdenes de su divino Maestro, recogiéronse luego al cenáculo de Jerusalén. Allí, por espacio de diez días, esperaron en oración al Espíritu Santo que Jesús les había prometido, y que bajó sobre ellos en forma de lenguas de fuego la mañana del día décimo, llamado Pentecostés.
Ellos entonces, mudados en otros hombres, empezaron de repente a hablar diversas lenguas, según el mismo Espíritu les movía a hablar.
La Iglesia Primitiva y la Expansión del Cristianismo
Pero luego los ancianos del pueblo y los príncipes de los sacerdotes comenzaron a perseguir a los Apóstoles, y llamados y reprendidos ásperamente, les intimaron que no hablasen más de Jesús.
Increíbles son los caminos, fatigas y tribulaciones de este prodigio de la gracia para dar a conocer el nombre y doctrina de Jesucristo entre los gentiles: de donde se llama Doctor de las gentes. Predicando la fe, no con el aparato de la humana sabiduría, sino con la virtud de Dios que la confirmaba con milagros, convertía a los pueblos, por más que fuese constantemente acusado por los enemigos de la cruz de Cristo. Estas acusaciones le llevaron providencialmente a Roma, donde pudo predicar el Evangelio a los judíos que allí residían y a los gentiles.
Después de haber predicado el Evangelio en Judea, según el mandamiento de Jesucristo, los Apóstoles se separaron y fueron a predicarlo por todo el mundo: San Pedro, cabeza del Colegio apostólico, se dirigió a Antioquía, donde los que creían en Jesucristo comenzaron a llamarse Cristianos. De Antioquía pasó a Roma, y allí estableció su sede, sin trasladarla ya a otro lugar. Los sucesores de San Pedro en la Sede romana heredaron la suprema potestad de Maestro infalible de la Iglesia que el Señor le había conferido, de fuente de toda jurisdicción y de protector y defensor de todos los cristianos.
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