Modelos de Cunas para Pesebres: Ideas e Historia
Hoy me siento lleno de alegría al poder dirigirme a los pesebristas de Barcelona, pues con ello cumplo una secreta ilusión mía largamente acariciada. Ahora el hecho de haberos reunido para escuchar a quien tan mal se expresa en vuestro idioma y ha abarcado apenas con la mirada una pequeña parte del irisado y encantado horizonte pesebrista -en el que podéis serme guías y maestros-, constituye para mí una nueva prueba de vuestra proverbial caballerosidad y de vuestra sin par gentileza, que estoy seguro sabrán excusar mi poquedad.
Amigos míos: ¿habéis preguntado a un niño qué impresión le causa el ver un belén por vez primera? Yo lo he hecho en la Italia que he dejado, inundada de sol y de azul, hace unos días. «Jesús ha venido al mundo», me respondió uno. Y otro: «Jesús se ha hecho pequeño como para enseñarme a ser bueno». Y un tercero: «Así debe ser el cielo». Respuestas que atestiguan una vez más el altísimo valor didáctico y educativo del pesebre (Fig. 1).
Pero mi curiosidad psicológica se ha aventurado más allá aún, y he interrogado a jóvenes también, a jóvenes de esta infeliz generación entre los veinte y treinta años, que lleva aún en las pupilas los horrores de recientes guerras fratricidas. «Es confortante», contestó el primero. «Creo aprovechar bien mi tiempo construyendo el belén», replicó otro. Pero, ¡qué conmoción sentí interrogando, por último, a los ancianos!
Una respuesta particularmente preciosa quiero referiros, la que me dio Su Santidad Pío XII en ocasión de una audiencia particular que me concedió hace algunos años. Mientras ojeaba visiblemente interesado un modesto libro mío, preguntado por mí si el pesebre le interesaba, respondió: «Mucho, mucho. El belén, pues, ejerce su atracción sobre todas las edades, desde la infancia hasta la vejez, y cada uno sabe encontrar en él algo diverso del otro, como una voz secreta que le llega directamente al corazón. Incluso hay quien del arte pesebrista ha hecho el objeto propio de su vida.
(Fig. 2) Santa María del Pesebre. Escultura de Giovanni Merliano. Siglo XVI, Nápoles. Y estamos ya en el punto traído, llevado y discutido por todos los amantes del belén acerca del carácter que este debe tener: ¿arqueológico u oriental, o bien folklórico o localista?
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Hay quien mira con cierta preocupación el refinado arte que pretende reproducir en el belén -en una creación artística o en una pieza de museo-, las mismísimas costumbres de los tiempos de Jesús. Este sostiene que la forma bella, la técnica perfecta, absorben abusivamente la atención del visitante mientras el contenido espiritual y la idea altísima que se debe traslucir a través de las figuras y del paisaje, empalidecen considerablemente.
Y añade: es necesario que el constructor del pesebre retorne a la idiosincrasia y particularidades de su país dejando a un lado el Oriente y los orientales, las palmeras y las pirámides y reproduzca la arquitectura y el folklore de la propia patria, la flora y la fauna de la región -aun cuando estos, como acaece especialmente en los países nórdicos, estén en abierto contraste con los de Palestina. ¿Lleva la razón quien así piensa?
Antes de responder a esta pregunta, queridos amigos, permitidme entrar de lleno en el tema que me he fijado y que exponga a grandes rasgos la maravillosa historia del belén. Se cumplen las profecías; está todo el Orbe en paz, sujeto a Roma. Las puertas del templo de Jano son cerradas y Octavio, subido al poder, promulga el edicto del censo.
Parten los correos imperiales y se desparraman por todas las provincias del imperio; a toques de trompeta son convocados los vasallos del César; también los de la pendenciera Judea, donde gobernaba un malhadado viejo de manos ensangrentadas, Herodes el Tetrarca, paradójicamente calificado de Grande.
Y los santos esposos, María y José, dejando Nazaret, en cortas etapas, vienen al villorrio de donde arrancó su estirpe: Belén, la Belén en que el mozo David, antes de ser ungido rey, pulsó el arpa y cantó salmos al Señor. Todas debían cumplirse las profecías; el kan bullía en una mescolanza de hombres y animales. José llamó en vano a las puertas de Belén; quizás tenía amigos, pero ninguno quiso o pudo hospedarle.
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María estaba exhausta; y así fue como los dos esposos no hallaron otro cobijo que el de las bestias de carga, que, mugiendo de satisfacción, masticaban su ración de heno. Despunta sobre el mundo la nueva aurora; María da a luz el Salvador. Nadie la asiste en el parto y sólo trece siglos más tarde Santa Brígida de Suecia, tendrá, en una visión, la detallada revelación del mismo (Fig. 2).
Ha nacido, pues, Cristo, en un establo -dice Papini-, la casa de las bestias. El viejo, el miserable establo de los países antiguos, de los países pobres, del país de Jesús. No bajo la logia de pilastras y capiteles; no bajo el tríptico de columnas que muchos siglos más tarde los maestros del pincel crearán con la magia de sus colores.
El establo con los muros excavados en la caliza de Palestina, el suelo sucio, el techado probablemente de troncos y paja. El establo auténtico, oscuro, y maloliente en que está limpio sólo un sitio: el pesebre, no fabricado con listones de madera, sino excavado también en la peña y en el que el amo deposita la avena y el heno. En el pesebre fue depuesto también el Niño.
(Fig. 3) Asís. Iglesia Superior de San Francisco. Vinieron unos pocos pastores a adorar al Niño. Hombres sencillos, avezados a escrutar el cielo tachonado de estrellas, merecieron divisar al que el Apocalipsis llama fulgurante lucero, lucero del alba, del alba de la Redención.
La misteriosa estrella guiará luego a los Magos del Oriente (otros problemas para un pesebrista: ¿quiénes, cuántos eran y de dónde venían esos Magos? Se han propuesto como solución las identificaciones, los números y las procedencias más dispares, pero nosotros preferimos limitar su número a tres -siguiendo el de sus dones- y nos place seguir la tradición que ha fijado sus nombres en los Gaspar, Melchor y Baltasar).
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La Sagrada Familia, tras el sueño de José, escoltada por los ángeles, se encamina a Egipto (y aquí más leyendas: las palmeras se inclinan al paso de los fugitivos para ofrendarles sus dátiles; los ángeles ahuyentan los monstruos que obstaculizan el paso y ofrecen botijos de agua fresca para apagar la sed de la Virgen).
El viejo Herodes ordena a sus esbirros el degüello de los recién nacidos para quitar de enmedio el incómodo pretendiente al trono de Judea. Transcurren poco más de dos decenios; sobre el Gólgota se concluye la Redención, mientras chorrean sangre las largas heridas del Crucificado.
Y he aquí que las primeras comunidades cristianas, tan luego que desciende el Espíritu Santo en el Cenáculo, se extienden por el mundo y se llegan a Roma. Pedro y Pablo narran a los primeros manípulos de fieles, que se reúnen en el quieto Ostriano, un jardín fuera de los muros imperiales, el nacimiento y la muerte del Señor.
Corre la primera sangre cristiana y los hermanos, para sustraer los santos cuerpos a los ultrajes de los paganos, comienzan cual topos gigantescos a excavar en el subsuelo de los huertos romanos, corredores y galerías en los que entierran los gloriosos cuerpos, desgarrados por las fieras o quemados en los parques de Nerón.
La fe comienza entonces a manifestarse en los místicos símbolos afrescados sobre los arcosolios; las cestas de fruta, el pez, el áncora, la paloma, el pelícano, flores y jardines. Pero los símbolos con el tiempo no bastan y hacen acto de presencia las figuras.
Y los primeros temas tratados por los artistas son la Natividad del Señor y la Epifanía, ya hacia la mitad del siglo segundo. La Virgen con el Niño y la estrella epifánica hacen su aparición entonces en las catacumbas de Priscila, de Roma.
Es bien sabido que los compiladores de Evangelios apócrifos, de aquellas narraciones fantásticas que se pretendían emparejar con las canónicas, estimulaban la curiosidad de los fieles, quienes querían luego encontrar en las figuraciones de sus artistas, todos cuantos personajes habían conocido.
(Fig. 4) Calvi nell’ Umbria. Iglesia de San Antonio. Pesebre de terracota, siglo XVI. El pesebre aparece pronto sobre tablillas de marfil, sobre ampollas de óleos santos, medio escondido en las iniciales de pergaminos y códices.
¿Qué decir del teatro medieval en relación con el belén? No todos los críticos están de acuerdo acerca de la influencia de sus espectáculos en la evolución del pesebre; digámoslo claro, alguno la niega en redondo.
Ha habido, desde luego, estudiosos que han ido a buscar en otras fuentes los orígenes del pesebre. Por ejemplo, el P. Berlaymont, un jesuita del siglo XVIII, imaginaba que el pesebre derivara del uso egipcio de representar la diosa Isis tendida sobre el lecho junto a su pequeño Horus.
El escritor italiano Mariani cree descubrir en el belén los viejos lares paganos que empequeñecían la divinidad hasta llevarla al nicho de una cámara de la propia casa. Y un austríaco, el Dr. Mantl, se aventura más todavía pretendiendo que el pesebre, o por lo menos el pesebre alemán, es eco del paganismo, que disponía sagrados símbolos de oro, plata, madera o tierra cocida sobre cierta especie de estantes y ello para satisfacer la piedad por espacio de semanas y meses.
Es un hecho que los orígenes del pesebre y toda su historia prefranciscana son muy oscuros y los investigadores que se han decidido a afrontarlos han tropezado con dificultades insuperables, acabando por dar cada uno una personal interpretación, que intentan luego apoyar sobre bases científicas, que no siempre se pueden, sin más, aceptar.
El episodio de Greccio
Ha llegado el momento de fijar nuestra atención en esta rápida visión de la historia del belén en el episodio de Greccio. Francisco de Asís, pocos días antes de la Navidad del año del Señor 1223, al regresar a su convento de Greccio -en la Sabinia y a ochenta kilómetros de Roma- procedente de la ciudad de los Papas, donde había conseguido la aprobación de su regla, trajo consigo otra autorización pontificia.
Hacía dieciséis años que Inocencio III había prohibido las representaciones teatrales en las iglesias, las cuales habían degenerado de sus místicos comienzos, en farsas grotescas, en discordancia con la santidad del templo. Francisco había solicitado del Pontífice Honorio III el permiso de tener en la selva de Greccio que rodeaba su convento, una sacra representación de un carácter originalísimo y de una novedad absoluta. (Fig. 5) Carlos III, el rey belenista.
Repicó alegremente la campana en lo alto de la espadaña conventual convocando los campesinos que vinieron en gran número, iluminándose con antorchas y linternas, guiando sus rebaños. Ladraban los canes, tintineaban las esquilas de las ovejas.
Las palias de altar con la escena de Belén, hasta aquel momento habían sido pintadas sobre un fondo de oro. Francisco ahora destacaba las figuras, limitando empero la separación al jumento y al buey y las coloca en medio de la naturaleza, rodeadas de arbolado y techadas por la bóveda celeste, como narran los biógrafos San Buenaventura y Tomás de Celano.
En el Evangelio de la misa, Francisco, encendido de ternura por el Divino Niño, predicó con mística unción. Y en el momento de la transubstanciación, bajó real y verdaderamente sobre las pajas el Hijo de Dios (Fig.
No es necesario advertir cómo los escritores poco avisados que se ocupan de este asunto atribuyan sin más a Francisco el título de inventor del pesebre. Pero desde principios de este siglo, Hager ha justamente precisado que la ceremonia de Greccio debe considerarse un ulterior desarrollo de las representaciones litúrgicas, sin conexión alguna con el belén plástico.
El Santo de Asís quería revestir la Misa natalicia de un específico carácter que recordara la gruta de Belén y por ello la situó en un escenario natural que se le pareciera. Por lo demás, a que el pesebre sea tenido por más antiguo de cuanto lo sea en realidad han contribuido frecuentes errores filológicos.
Sólo a mediados del siglo xv las palabras latinas praesepe y praesepium comienzan a ser usadas para designar específicamente la escena navideña. En rigor, dichas palabras significan establo o pesebre. Y en nuestro caso pueden referirse, ya a toda la gruta, ya a la concavidad donde se depositaba el Niño.
El oratorio de Santa María la Mayor -para poner un ejemplo- que surgió en Roma hacia el siglo VII por obra del papa Teodoro, oriundo de Palestina, fue llamado «Santa Maria ad Praesepium», y, sin embargo, no había en él figuras -pues las celebérrimas de Arnolfo di Cambio no fueron colocadas sino seis siglos más tarde. En el interior del oratorio, revestido quizás de fragmentos de roca procedentes de Belén, el Pontífice celebraba la primera misa de Navidad.
Desarrollo de las Cunas o Répos de Jesús
Hemos insinuado antes la difusión de las vidas de Cristo hacia el siglo XII. Poco después, en muchos conventos, especialmente de clarisas, se difundió la usanza de mecer una estatua del Niño Jesús, puesta en una cuna y arrullarla. Devoto entretenimiento que se aconsejaba de un modo especial a las novicias. De ahí la floración espléndida de cunas o Répos de Jesús belgas, italianas, polacas y alemanas que han llegado hasta hoy.
Las monjas dominicas de Toess, hacia 1350, prepararon una casita para el pequeño Jesús, provista del más completo ajuar imaginable -una auténtica casa de muñecas medieval. Haciendo así las monjas no se preocupaban tanto por la construcción de un pesebre cuanto por identificarse a sí mismas con la solícita Virgen que cuida a su Hijo divino.
Como el uso pasó a las iglesias, pronto los fieles, llevados de su alborozo natalicio y de su piedad sentida, tomaron parte en el cunar del Niño. Es posible que se separara de la cuna alguna estatuílla del Niño Jesús y por adición de otras imágenes suplementarias se constituyeran un conjunto plástico que está a la raíz del moderno belén.
No sabemos dónde fue que comenzó a hacerse tal acoplamiento, pero en algunas regiones de Europa, escenas de la Natividad fueron llamadas con el apelativo genérico de pesebres. En Brujas, concretamente, un inventario de 1537 menciona a dos integrados por grupos de figuras y sendas cabañas sostenidas por cuatro pilastras.
(Fig. 6) Pesebre napolitano del siglo XVIII. Escena pastoril. Aparte de estas esporádicas manifestaciones, la pretensión de recitar, siempre en aumento, hizo que donde no se pudiera representar el drama navideño con personajes de carne y hueso se echara mano a las marionetas.
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