Nuestro Dios Anduvo en Pañales: Un Misterio de Amor y Humildad

28.10.2025

La frase "Nuestro Dios anduvo en pañales" encierra un profundo misterio y una poderosa reflexión sobre el significado de la Navidad. Esta expresión, que evoca la imagen de un Dios todopoderoso hecho niño, vulnerable y dependiente, nos invita a contemplar la grandeza del amor divino y la humildad de la Encarnación.

Ha sido oyendo el programa de Radio María “Una luz en tu vida” cuando he acabado de entender el quinto misterio gozoso del rosario (pero es verdad que antes había oído en la misma emisora trozos de otro programa, “San Juan de Ávila”, del que a lo mejor después digo algo). El quinto misterio gozoso, para los que lo desconozcan, va de lo que encontramos en el evangelio de Lucas, capítulo 2, versículos 41-52: que viajaban cada año Sus padres, los del niño Jesús, a Jerusalén para la fiesta de Pascua, y que cuando tenía doce años, al volver, como solían, de la fiesta, se quedó Jesús en Jerusalén sin ellos saberlo, porque creían que volvía con parientes o amigos en la misma caravana, hasta que, al descubrir que en la caravana no estaba, volvieron a Jerusalén a buscarlo, y después de tres días de angustiosa búsqueda Lo encontraron en el templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas, y dejándolos patidifusos por su inteligencia y por las respuestas que daba, y cuando Su madre, pidiéndole cuentas, Le decía aquello de ‘tu padre y yo estábamos angustiados buscándote’, Él le contestó: ‘¿Cómo que me buscabais? ¿No sabíais que tengo que estar en las cosas de Mi Padre?’ Y el episodio acaba diciendo que, ya de vuelta a Nazareth, el niño Jesús estaba sometido a sus padres, Su madre guardaba estas cosas en su corazón y Él iba creciendo en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres.

Pues bien: siempre me preguntaba yo cuál era, por así decir, “la gracia” de ese episodio, que lo hacía merecedor de dedicarle un misterio del rosario, y por más vueltas que le daba no acababa de encontrársela. Hasta que hoy, oyendo al sacerdote don Guillermo Fernández dar su microcharla de cada miércoles en Radio María, a las 7:00 de la mañana (el “Una luz en tu vida” de los miércoles), una luz se ha hecho, creo yo, al menos en mi perplejidad. Ha contado ese sacerdote más o menos esto: “Hace unos días me enviaron un artículo de la prensa, una columna, del periódico El País, que escribía una escritora joven que se llama Ana Iris Simón, con el título ‘Nuestro Dios anduvo en pañales’. Si podéis os invito a que la busquéis en las redes y la leáis.

En esa columna contaba cómo hace unos días iba con su hijo pequeño y, viendo en un escaparate un belén que estaba allí colocado, el niño preguntaba qué era aquello, y ella le explicaba: ‘Pues mira, ése es Jesús, que es también el hijo de Dios’, y cuenta cómo su hijo le rebatía, le decía: ‘No puede ser’. Ella intentó explicarle que Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero el niño no, no […entendía.] Y se dió cuenta de que la objeción fundamental del niño era que ¿cómo podía Dios haberse hecho bebé? A él, que ya iba al colegio, le parecía que ser bebé era lo más bajo en lo que se podía caer, ¿y cómo Dios, que era lo más grande, se podía haber hecho aquello? El niño no lo entendía.

Y eso le hizo a ella caer en la cuenta de la grandeza del misterio de la Navidad: Nuestro Dios, el Dios omnipotente, creador, todopoderoso, se ha hecho lo más pequeño, lo más sencillo, se ha hecho niño, se ha hecho bebé, ¡ha llevado pañales!” El sacerdote de Radio María no lo dice así, pero podría haber dicho: “¡No ha rehuído ser un niño de teta que se hace pis encima y se hace caca!”

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“Esto es un misterio inconcebible -seguía el sacerdote relatando la columna de El País-, que a su hijo le provocaba asombro, y que ha provocado asombro a tantas personas que han caído en la cuenta del amor que hay detrás de este acto de Dios. Dios se ha hecho niño por amor a nosotros, para traernos el amor a lo más pequeño, a lo más débil, para que nadie se sienta excluído de este grandísimo amor, que llama a la puerta de todos, que nos invita a todos”.

Pues bien: ¿no lo veis ya? ¿No veis cuál es el sentido, la gracia, del episodio del niño Jesús hallado en el templo? Era preciso que el niño Jesús mismo ratificara que, aun siendo todavía niño, estaba ya ejerciendo como Dios. De ahí la edad de Jesús en ese episodio: doce años: tiene ya el entendimiento de un adulto, pero todavía es un niño.

Leer la columna de Ana Iris Simón en El País de este domingo, titulada Nuestro Dios anduvo en pañales, me ha despertado la ganas de escribir algo que llevo barruntando bastante tiempo. No me gusta lo de Felices Fiestas. No me gusta que arrebaten la pureza y la esencia de las cosas y las conviertan en objetos fríos y carentes de vida. No creo en Dios pero sí en la cultura popular y la tradición. Hay momentos en los que mi lógica se rinde y da por hecho que es imposible que el azar diseñe tanta belleza y otros en los que me niego a creer en un Dios tan cruel. Sin embargo, pase lo que pase, siempre felicito la Navidad. Es una lucha que emprendo cada vez que llegan estas fechas. Quitarle el aspecto sagrado, misterioso y religioso a esta época del año es regalársela al sistema consumista.

Arrebatarle el amor, es entregársela al capitalismo. Me resulta indiferente si Jesucristo nació hace 2025 años en Belén o si una señora de Nazaret se quedó embarazada por el Espíritu Santo. Lo que me importa es la imagen de esa cuadra y lo que simboliza. Lo que ha significado para el mundo. Un lugar sin lujos, sobrio. Un lugar repleto de amor por el nacimiento de un niño y el brillo de una familia. Sacar eso de la ecuación de estas fiestas es inhumano. El pesebre es un lugar acogedor y cuyo calor anhelamos sin necesidad de tener fe. Incluso desde el ateísmo es necesario reivindicar la Navidad. Aspiramos a la sensación de paz y refugio. No al oro.

En este punto, la escritora advirtió frente a la posibilidad de acudir al laicismo o de relegar la educación religiosa al ámbito privado como solución: de hacerlo, escribe, "la brecha cultural entre clases se acrecentará, pues, en una sociedad secularizada como la nuestra, sólo los hijos de las clases ilustradas acabarán sabiendo decodificar su propia cultura".

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Para Simón, la relación entre la propuesta económica del liberalismo, "el hedonismo consumista", con la antropológica, "la muerte de Dios, el laicismo, el desencantamiento del mundo", es evidente: "No solo los mercaderes han expulsado a Cristo de su cumpleaños; también lo han hecho quienes se empeñan en borrar su nombre y su huella los de los belenes laicos y el felices fiestas en nombre de la inclusión, que no parecen plantearse que para integrar a alguien a una cultura antes hay que tenerla".

En este punto, la escritora mostró cómo la ausencia de fe en uno de los autores citados "no le impide entristecerse al observar que casi nadie se acuerda de Cristo en Navidad".

"Y yo, que no es que empezara a creer en Dios sino a dejar de negar su existencia hace unos años, tengo que decirle que no se preocupe. Que no somos pocos los que […] estos días celebramos ese escándalo para los poderosos que es que Dios anduviera en pañales. Que no naciera en un palacio lleno de oro, sino en un pesebre. Que se presentara ante nosotros sin cetro, con la fragilidad y la ternura de un recién nacido, señalándonos así el camino", subraya la periodista, que concluye su columna mostrando su confianza en que "cada día seremos más. Porque es del frío de donde surge la necesidad de una lumbre.

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