La Parábola del Hijo Pródigo: Significado y Reflexión
La liturgia propone la parábola del "hijo pródigo" con la intención de que nos identifiquemos con el hijo pródigo y pretende hacernos tomar conciencia de nuestros pecados, e invitarnos a la conversión.
Se trata de un relato ancestral presente en todas las culturas, un producto del subconsciente colectivo que expresa realidades escondidas de nuestro ser. Es un prodigio de conocimiento psicológico de la persona humana y un alarde de experiencia religiosa.
La comprensión de esta parábola ha sido para mí una verdadera iluminación. He visto reflejada en ella de manera sublime todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser, pero también, la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros mismos.
Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar, acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso. El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale¬za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente.
No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos y que se relaciona con nosotros desde nuestro centro. Esa verdadera realidad que somos está siempre abierta y esperando abrazar todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera fundir todo el hielo que encuentra en nosotros.
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El hijo menor simboliza nuestro "yo", nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo "yo". Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad.
El hijo mayor representa también nuestro "ego", pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue aún apegado a su naturaleza egocéntri¬ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio.
Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser. El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano). El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder al Padre. No es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, el Padre.
La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera unilateral. Es un error llamar a este relato la parábola del "hijo pródigo". No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios. Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para todos nosotros, seamos "buenos" o "malos".
Normalmente hemos considerado la parábola como dirigida a los "hijos pródigos". Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo. Es fácil tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado antes de haberlo merecido.
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Como el hijo menor, es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y a la casa, hemos deseado que estuviera muerto para heredar, hemos traicionado a la familia, hemos renegado del entorno en que se había desarrollado nuestra existencia, todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa¬cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor.
Es más difícil que descubramos en nosotros al hermano mayor, y sin embargo, todos tenemos muchos más rasgos de éste que del menor. No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No solo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos, por todos los medios, que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor.
Desde esa perspectiva tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense inquietante la respuesta del hermano mayor. No nos dice si el hijo hace caso al padre y se incorpora a la fiesta. El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro.
El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Llegar a ser Padre, no supone ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor, hay que aceptarlo, hay que saber convivir con lo que aún hay en nosotros de imperfecto.
Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que aceptarlo y sobrellevarlo desplegando el amor incondicional del Padre. La parábola no exige de nosotros una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. El descubrimiento de que somos el hermano menor y a la vez, el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es el Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús.
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(Aquí podemos descubrir un profundo significado de la frase de Jesús: "Yo y el Padre somos Uno"). Nuestra maduración personal tiene que encaminarse a reproducir la figura del Padre. "Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso". Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es alejarse de Dios y caminar en dirección opuesta a nuestra plenitud. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo, es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta. Lo malo de esta opción es que seguiremos creyendo que caminamos en la verdadera dirección, lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.
La reconciliación, el perdón y la sanación es un tema central del padre misericordioso, esta es una de las parábolas más hermosas del evangelio, el padre prodigo de amor, que los padres de la Iglesia la han llamado el evangelio en el evangelio (siglo IV d.C.).
Elementos clave de la parábola
- El hijo prodigo pide la parte de su herencia a su padre y se va de la casa, huye de su realidad. Recordemos que pedir la parte de la herencia en el contexto es hacer como si el padre no existiera, hacer como si estuviera muerto en vida. Piensa el hijo prodigo, luego de haber malgastado su fortuna, viene la nostalgia de la casa paterna empieza a pensar en su necesidad del hambre, en él, en este por el estómago. Muchos problemas comienzan por la falta de comida.
- En el amor que le ofrece el padre, ese es el verdadero motor que motiva toda la vida, donde uno encuentra su principal motor de cambio, que está en el amor a Dios: “El amor de Dios consume al hombre viejo de faltas, y tibieza, miseria, y hace otra al alma después de abrasada en este incendio, renace como el ave Fénix a nueva fortaleza, y puridad de vida” (Santa Teresa de Jesús, camino de perfección, V. cap. 39, n. 15).
- La reconciliación se llega por el perdón, como su nombre lo indica es un don del Señor, es un acto que sólo puede provenir de la madurez humana. De una humanidad que pasa de ser el hijo Pródigo que se deja acoger por la misericordia del Padre, de ahí el perdón verdadero y sincero, no sólo perdona, sino logra situarse en la realidad del ofensor, sanando el corazón mismo en sus heridas mas profundas.
Algo que me ha llamado la atención es el libro escrito por el sacerdote holandés H. J. Nouwen, el regreso del Hijo Pródigo, las dos manos del padre que acogen al hijo, es la Iglesia como comunidad que abraza al pobre, al necesitado y en especial al pecador.
Reflexiones personales sobre la parábola
- Doy gracias por haber descubierto mi necesidad de reconciliación. Recuerdo agradecido aquellos momentos en que he experimentado la misericordia de Dios, cuando Él me ha regalado un traje nuevo y ha matado el ternero cebado por mí.
- De vez en cuando, experimento los límites de mi propia misericordia. Me cuesta perdonar a quienes me hacen daño.
- El Padre estrecha y acerca al hijo menor a su regazo - vuelta al hogar materno- y a su corazón, y el hijo, harapiento y casi descalzo, se deja acoger, abrazar y perdonar.
El centro del cuadro, el centro de la luz que lo ilumina, descansa más precisamente aún sobre las manos. Las manos del Padre sobre la espalda del hijo menor son el corazón del cuadro. Hacia ella se dirige la mirada de todos los personajes. Son manos de amor, de descanso de acogida.
Cuando regresamos a la casa del Padre-Dios, a través del sacramento de la confesión y perdón de los pecados, algo sana el señor en el corazón, alivia las cargas, quita un peso de encima, sana las heridas y salva nuestras vidas. ¿Somos heridos a lo largo de la vida? ¿Qué herida debo sanar o a quién debo perdonar? ¿Cómo personas sanadas nos convertirnos en don para los demás por el amor?
Sin duda, una de las parábolas del cristianismo más conocidas es la del Hijo Pródigo. La parábola del hijo pródigo cuenta la historia de un padre con dos hijos: uno responsable, trabajador y obediente y otro que es su antítesis: irresponsable, derrochador, desobediente…
Un buen día el hijo irresponsable decide reclamarle al padre su parte de herencia y abandonar el hogar. El hijo responsable se mantiene al lado de su padre, trabajando con él y cuidándolo. Lo que este hijo pródigo recibe al llegar es el abrazo alegre de su padre, que lleno de felicidad da una fiesta por la vuelta de su hijo. Este acto de misericordia y bondad despierta la envidia y soberbia en el hijo que siempre estuvo a su lado: “yo he seguido a tu lado, obediente y amoroso, y nunca has festejado por mi”.
La parábola del hijo pródigo habla de la misericordia de Dios para los pecadores arrepentidos y la sincera alegría por la conversión de los descarriados. Al relatarla, Jesús hacía una alegoría sobre la conversión de los pecadores y el perdón de los pecados.
El relato está inserto en el cap.15 de Lc., en el cual mediante tres parábolas se nos muestra la fuerza del amor misericordioso de Dios teniendo como trasfondo la simbología de la celebración alegre y festiva de un banquete. El desarrollo del relato está muy bien compuesto, su construcción se realiza teniendo un comienzo con una introducción, donde un padre reparte su herencia a su hijo menor, pasando luego a narrar el desarrollo de la vida del hijo menor con sus alegrías y calamidades, tras una fuerte experiencia de pobreza material vuelve a casa, entonces se da un diálogo con su padre, pero el hijo mayor se enfada, y luego el padre habla de la misericordia.
En general, el estilo es sencillo y se entiende bien el mensaje; otra cosa es que se quieran ver matices, y eso entra más en otro estudio. El relato comienza al principio del cap. 15 en los vv.1-3 con la introducción del por qué Jesús luego propone a sus oyentes las tres parábolas de la misericordia. La articulación de los cuadros la he dividido en seis; no es difícil en las parábolas realizar esta división, pero no obstante puede ser algo aleatorio dependiendo de la subjetividad.
- 6º- v.28-32: El hijo mayor irritado y el padre le habla de su hermano con misericordia. La historia se ve en los cuadros como va ascendiendo en interés del lector sobre que sucederá con la calamidad del hijo menor que no se portó bien, que reacciones tendrán su padre y su hermano, incluso se deja algo en el aire al final del final: ¿entrará o no el mayor a celebrar la fiesta?
- Situación final: v.25-32, la conclusión de la misericordia del padre. La combinación de tramas, ya que se podría entender que desde el v.11 al v.24, es una trama y desde el v.25 al v.32, cuando aparece el hijo mayor, es otra,.
La trama se puede entender como de resolución pues se resuelve el problema planteado de la necesidad del hijo menor, pero quizás esto esté al servicio de la trama de revelación, que es más importante en este relato, que no se ve al principio y sí al final, y es el amor incondicional y misericordioso del padre a sus hijos.
En cuanto al tema de la prolepsis en los v.18-19 va a ocurrir la vuelta del hijo menor. Las focalizaciones: su juego en el relato, en el v.17-19 parece que se da en la focalización interna pues se nos permite entrar en la psicología del hijo menor, en su interioridad, en los vv.11-12, v.15, en vv.20b-21 y vv.25-27.
El lector implícito al que va dirigido el texto es un lector que pertenece a una comunidad cristiana y que tiene que ver con alegría que los excluidos forman parte también del Reino de Dios, de su Pueblo. El mensaje teológico que se nos ha querido transmitir por el autor del relato, después del análisis realizado, creo que sería este: “El Amor Misericordioso de Dios está por encima de todos los razonamientos y las verdades humanas”, pues sólo el Amor es digno de ser amado.
El Evangelio de Lucas, en su capítulo quince, nos ofrece las tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo pródigo. Todas estas parábolas tienen algo en común: algo sin mucha importancia se pierde, el dueño lo deja todo, hace lo imposible por encontrarlo y, cuando lo encuentra, lo celebra con una alegría desbordante.
En primer lugar, esta parábola se llama comúnmente “el hijo pródigo«. Pero muchas personas no saben lo que significa la palabra “pródigo”. “Pródigo” significa derrochador. Y la parábola se titula así porque el hijo pequeño, cuando pide la herencia a su padre, la derrocha de mala manera. Son muchos los autores que, a lo largo de la historia, han llamado la atención sobre el título de esta parábola. El protagonista no es el hijo derrochador, sino el padre, que es quien verdaderamente derrocha misericordia. La parábola, por tanto, ha de llamarse, no el hijo pródigo, sino “el padre misericordioso”.
En segundo lugar, quiero fijarme en ese hijo que se va, en la indigencia en que se ve envuelto. Llama mucho la atención que sea el hijo pequeño, no el primogénito, el que se atreve en vida a pedir a su padre la parte de la herencia que le corresponde. ¿No se trata de un gesto feo, no es como un decir “quiero que te mueras« o “solo me importa tu dinero«? Pero este padre es tan bueno que, efectivamente, le da la parte que le toca. ¿Qué clase de padre es este tan generoso? Pero el hijo lo estropea aún más. Cuando tiene el dinero, se va lejos de su casa. Y se va pensando que en un país lejano será mucho más feliz, lejos de su padre. Y cuando se lo ha gastado todo, entonces empieza a sufrir la indigencia. Esta es la misma esencia del pecado. Cuando te has ido lejos de Dios, creías que ibas a ser super feliz, que serías mucho más libre, que disfrutarías más de la vida, pero lo que obtuviste fue tristeza y vacío.
La parábola lo expresa muy bien diciendo que ese hijo acabó cuidando cerdos, que era el animal más impuro para los judíos; aún más bajo, acabó deseando comer lo que comen los cerdos. Pero entonces sucede algo en el corazón del hijo: recapacita, cae en la cuenta de su pecado, se arrepiente. Y decide volver a la casa del padre, se pone en camino.
En tercer lugar, quiero dirigir mi mirada al regreso de ese hijo que, arrepentido y tras sufrir mil carencias, ha decidido volver a la casa del padre. Un detalle increíblemente bello es el que señala el evangelista: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas y echando a correr se le echó al cuello y lo cubrió de besos”.
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio. ¿Cómo es posible? Porque lo estaba esperando. ¡Cuántas mañanas, cuántas tardes, cuántas noches, habría estado mirando el padre al horizonte esperando a que su hijo volviera! Y cuando lo ve aparecer, no se queda parado con los brazos cruzados dispuesto a recriminarle, sino que, como una madre apasionada por su hijo, echa a correr y cubre de besos a este hijo que se ha gastado toda su herencia. Lo más llamativo es que el hijo ni siquiera tiene tiempo para expresar la frase completa que había pensado. El texto da a entender que con esos besos y abrazos el padre no le deja siquiera excusarse. Lo importante ahora es que lo ha recuperado.
Si estos besos, abrazos, esta túnica, este anillo son de una generosidad, de una bondad y de un amor desbordante, todavía queda un detalle. Ese ternero que habían estado engordando todo el año, el padre lo recupera para celebrar una fiesta, porque ese hijo estaba perdido y lo ha recuperado. Sin embargo, el hermano mayor que ha vivido siempre con el padre no tiene esa capacidad de alegría.
¿Has sentido tú también alguna vez esos besos y abrazos tu Padre Dios cuando te has vuelto a él? Pues que este evangelio te lleve a admirarte de la increíble misericordia que Dios tiene con los pecadores y de la alegría que hay en el cielo cada vez que tú mismo te vuelves hacia Dios desde tu pecado.
En el Evangelio de este domingo -el capítulo 15° de san Lucas- Jesús narra las tres «parábolas de la misericordia». Cuando «habla del pastor que va tras la oveja perdida, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar» (Deus caritas est, 12) De hecho, el pastor que encuentra la oveja perdida es el Señor mismo que toma sobre sí, con la cruz, la humanidad pecadora para redimirla.
El hijo pródigo, en la tercera parábola, es un joven que, tras obtener de su padre la herencia, «se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino» (Lc 15, 13). Cuando quedó en la miseria, se vio obligado a trabajar como un esclavo, aceptando incluso alimentarse de las algarrobas destinadas a los animales. «Entonces -dice el Evangelio- recapacitó» (Lc 15, 17). «Las palabras que prepara para cuando llegue a casa nos permiten apreciar la dimensión de la peregrinación interior que ahora emprende…, vuelve “a casa”, a sí mismo y al padre» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 246). «Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo» (Lc 15, 18-19).
Queridos amigos, ¿cómo no abrir nuestro corazón a la certeza de que, a pesar de ser pecadores, Dios nos ama? Él nunca se cansa de salir a nuestro encuentro, siempre es el primero en recorrer el camino que nos separa de él. El arrepentimiento es la medida de la fe; y gracias a él se vuelve a la Verdad.
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