¿Qué dice la Biblia sobre la Paternidad?
El objetivo principal es entender que la base de la vida cristiana descansa en la Paternidad de Dios.
I. La Paternidad de Dios Revelada
La paternidad de Dios se revela de diversas maneras:
- Por sí mismo: “Me llamaréis: Padre mío y no os apartaréis de en pos de mi” (Jeremías 3:19).
- Por los profetas: “Pero tú eres nuestro Padre…tú oh Jehová eres nuestro Padre; nuestro Redentor perpetuo es tu nombre” (Isaías 63:16).
- Por el Señor Jesucristo: ”El que me ha visto a mi ha visto al Padre; ¿Cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre?” (Juan 14:9). Jesús nos enseñó que al Orar nos dirigiéramos a Dios llamándole “Padre nuestro”.
Se hace difícil entender la faceta de la Paternidad de Dios por el limitado concepto que se ha formado debido a las experiencias dolorosas con los propios padres, pídele al Espíritu Santo que te revele a través de la Biblia y de tu diario vivir el verdadero tipo de Padre que Dios es y que puedas entender y disfrutar de tu identidad como hijo de Dios.
II. La Paternidad y Maternidad de Dios en Jesús
«A Dios nadie lo ha visto nunca». Sólo en Jesús podemos reconocerlo como Padre-Madre. Sólo por y en el Hijo nos descubrimos hermanos y hermanas. San Juan dice en el Prólogo de su Evangelio que “a Dios nadie le ha visto jamás” pero que “el Hijo único, que está en el seno del Padre”, Jesús, “él nos lo ha contado” (Jn 1,18). Nos ha explicado con su vida, sus palabras, con todas sus acciones, quién y cómo es ese Dios.
Dios se nos ha manifestado en Jesús: “Él es imagen del Dios invisible” (Col 1,15) y “resplandor de su Gloria” (Hbr 1,1). En Jesús contemplamos al Padre. Efectivamente, Jesús por eso se encarnó, para eso vino, “habitó, puso su tienda, entre nosotros/as” para contarnos, de forma comprensible, que Dios es nuestro Padre… Padre entrañable de cada uno y cada una de nosotros y nosotras…, y eso nos llena de seguridad, de amor y de confianza.
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“A Dios nadie lo ha visto jamás”, pero lo percibimos de mil maneras porque Él constituye el núcleo de todo cuanto existe. Él es amor, vida, el que todo lo invade y todo lo transciende. Es luz y es «oscuridad». Es experiencia y es misterio, misterio absoluto, inabarcable, insondable: “Mientras más conozcas a Dios, más te darás cuenta que menos puedes conocer quién es”.
No es lo mismo llamar a Dios «Juez», «Señor», «Rey», «Guerrero», «Señor de los ejércitos», «Soberano de temible fuerza»… -todos estos nombres hemos dado a Dios en la Biblia o/y en la Tradición-, que percibirlo como «Pastor», «Prometido/Esposo», «Amigo/a», «sueve brisa», ternura inefable, etc. No da igual pensar que Dios “corrige en su enojo”, “castiga en su furor” (cf. Sal 38,2), “vence a los enemigos”, etc., que sentirlo como “luz y salvación”, “refugio de mi vida” (cf. Sal 27,1); es distinto cuando escuchamos del mismo Dios “Yo te curaré y te consolaré y te daré ánimos…” (Is 57,18), que “es eterno su amor”…, es maravilloso saber que “das a su tiempo el alimento… y abres tu mano”.
Israel ya percibió algo de esto. Toda su historia está marcada por la experiencia de liberación en la salida de Egipto y en el acceso a la Tierra Prometida. El Libro del Éxodo es fundamental para entender la experiencia y la revelación que Israel recibe de Dios. Marcó el verdadero nacimiento del Pueblo.
Yahvé se compromete en alianza con su Pueblo en el amor y en la fidelidad permanente, y así Israel reconoce a su creador y Padre: “¿No es él tu padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó?”… (Dt 32,6b); pero además, continúa el texto, esto entraña un cuidado permanente y unas actitudes de Dios verdaderamente maternales: “…en tierra desierta le encuentra, en el rugiente caos del desierto. Y le envuelve, le sustenta, le cuida como a la niña de sus ojos.
Dios ejerce una protección llena de ternura que por analogía podemos llamar paterno-materna: ama, corrige y castiga como a un niño pero a la vez, se conmueve de amor y de compasión; está lleno de ternura y la manifiesta: “¡Si eres mi hijo Efraín, mi niño, mi encanto! “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66,13). “Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así es de tierno Yahvé para quienes le temen” (Sal 103,13).
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Jesús, como judío, recibió esta experiencia y esta convicción que Israel tenía, es cierto; pero además, Él se sabía «el Hijo» y en ese Hijo es precisamente donde se nos revela el Padre trinitario; “Él es el Hijo, imagen del Dios invisible”.
Jesús es manifestado como el Hijo del Padre y toda su vida es fidelidad y dependencia filial “para que el mundo crea” y para que sepan que “los has amado a ellos (a nosotros) como me has amado a mí”, con el mismo amor de Padre (Jn 17,23). Jesús es manifestación del Padre: “quien me ve a mí, ve al Padre; porque el Padre y yo somos una misma cosa” (Jn 14,7), y por eso vino a este mundo, para mostrarnos al Padre, porque: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Padre se lo quiera revelar” (Mt 11,27).
Es el Padre que está pendiente de sus criaturas, aún de las más pequeñas: de los lirios del campo, de los pájaros…, más aún, de todos y cada uno de los seres humano que valen más que la hierba del campo o las aves del cielo (Mt 6,25ss). Un Dios que libera de la angustia: “no os agobiéis pensando qué vais a comer o beber… Vuestro Padre celeste sabe de qué teneis necesidad”.
Nos muestra un Padre lleno de amor y de misericordia, que cuando vio llegar a su hijo pródigo “salió corriendo” y lo acogió “echándosele al cuello y cubriéndolo de besos” (Lc 15,20). Un Dios al que como Jesús podemos llamar «Abbá» con todo el cariño y desvelar así un Padre cargado de amor, de ternura, misericordia y compasión, con entrañas amorosas.
Así, en Él, en su vida y actuación, podemos descubrir los rasgos del Padre, porque Jesús y el Padre “son una misma cosa”. Él fue capaz de llorar conmovido por la muerte de su amigo Lázaro y por la ingrata Jerusalén… porque los amaba. Sintió compasión por la multitud hambrienta, se apiadó de los pobres, de los enfermos y de los marginados. Todas sus curaciones son signo de esa compasión misericordiosa y manifestación del consuelo de Dios. Ese es nuestro Padre, “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación” (2Co 1,3).
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Algunos exégetas observan que «misericordioso» y «maternal» se dicen en griego con la misma palabra y para algunos, “vuestro Padre es misericordioso significa: vuestro Padre es maternal”; es Padre y Madre, ama como una madre que «no calcula», que ama con todo el corazón.
El apóstol Santiago nos recuerda con energía en su epístola que “si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario y alguno de vosotros les dice: «Idos en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está muerta” (St 2,15-17).
Efectivamente, “a Dios nadie le ha visto nunca”, pero estamos viendo su imagen, muchas veces inmensamente dolorida y desfigurada en sus hijos/as. Él está ahí, en ellos y en ellas; en el dolor de cada ser humano y de la Tierra toda. Se identifica totalmente y Jesús, -el Hijo, el Hermano- nos lo dice con claridad en el Evangelio: “Lo que hicisteis a uno de esos mis hermanos, a mí me lo hicisteis” y “cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños también conmigo dejasteis de hacerlo” (Mt 25,40.45).
Sólo el amor salva al mundo, sólo el amor construye. En el Padre nuestro pedimos con insistencia: “Venga tu Reino”, pero el Reino de Dios “no es de este mundo”, que quiere decir, no es injusto, ni violento, no es orgulloso o lleno de avaricia, que es lo habitual en nuestros reinos. El suyo es un Reino de amor, de justicia y de paz…
El amor brota del Espíritu y conduce al Espíritu, esencial en esta transformación humana, en esta auténtica nueva creación de la humanidad que hermana razas, sexos, pueblos, religiones, etc., y los transforma “desde el útero de Dios”, “ex útero Patris”, como decía un Concilio de Toledo (675) refiriéndose a la Creación...
III. Paternidad Espiritual
Para Orígenes, el hombre «espiritual» es un hombre «práctico», porque el Espíritu se adquiere en la acción; y el Espíritu se manifiesta en sus operaciones. Hombre «espiritual» es, según Orígenes, aquel en el que se juntan «teoría» y «práctica», cuidado del prójimo y carisma espiritual en bien del prójimo.
Para ser Padre espiritual no se necesita ser varón. Muchas congregaciones religiosas femeninas tienen una hermosa costumbre: la de llamar «Madre» a la Superiora y a las demás, «Hermanas». Si en la vida espiritual fundamentalmente no hay diferencia entre el varón y la mujer, ¿por qué habría de haberla en la «paternidad espiritual», o sea, en la ayuda que unos nos prestamos a otros?
Más aún, la mayor parte de los «padres espirituales» en el antiguo monacato no eran sacerdotes, sino - como diríamos hoy en día - «laicos consagrados o religiosos». «El anciano era - nos dice García Colombás - o al menos tenía capacidad de ser un “padre espiritual”.
Finalmente, no era la edad lo que hacía abba o amma: un joven, muy joven, podía llegar a serlo, no entonces por su edad, sino por su experiencia espiritual, útil para sí mismo y para los otros.
Si esto es así, ¿qué se necesita para ser un abba o una amma? Es, para decirlo brevemente, el tener dos carismas: el que entonces se decía diakrisis y el de la «palabra».
Queremos garantizar información de calidad incluso online. El carisma de la diakrisis resultaría inútil - al menos para los otros - si no se tiene también el carisma de la «palabra» o, como decían los antiguos monjes, el carisma de la «profecía», entendiendo como tal, no el conocimiento del futuro, sino la comunicación de una experiencia espiritual personal.
El don de ser Padre o Madre espiritual se recibe - ya lo dijimos - por la humildad, abriéndose interiormente a uno que ya es Padre o Madre espiritual. De ahí la importancia que tiene, en orden a llegar a ser Padre o Madre espiritual, la dirección espiritual.
Dice san Ignacio que «cuando el enemigo de natura humana trae sus astucias y suasiones al ánima justa, quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; mas cuando las descubre - el que las padece a su buen confesor o a otra persona espiritual que conozca sus engaños y malicias, mucho le pesa, porque colige que no podrá salir con su malicia al ser descubiertos sus engaños» (EE 326).
IV. Misericordia y Paternidad
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). El atributo misericordioso ya existía en la Biblia aplicado muchas veces a Dios. Incluso en el Corán se dice que Dios es misericordioso. Todas las religiones hablan de un Dios misericordioso, pero también que es juez, que es justo y otras muchas cosas.
En cambio, en la Biblia Dios es Dios porque es misericordia. Lucas dice que Dios es misericordioso, utilizando una palabra que solo aparece como adjetivo dos veces más en el resto del Nuevo Testamento en St 5,11 y 2Cor 1,3. La palabra «misericordia» viene del griego, έλεος, que a su vez se traduce de la palabra hebrea ra·jamím (רַחֲמִים).
La traducción más exacta de este versículo de Lucas no es «ser misericordiosos», sino: «llegar a ser misericordiosos». Es decir, vuélvete «uterino» como es «uterino» tu Padre celestial. El útero materno tiene un doble movimiento. Por una parte, es el principio de la vida, engendra vida, dando origen a la alteridad. Por otra parte, acoge la vida, no juzga, no condena, sino que en cualquier caso acoge.
Entenderemos mejor a Dios desde este aspecto de ser un útero materno, donde la miseria misma es acogida y objeto de un amor mayor, donde el mal es redimido por un amor infinitamente mayor. Incluso podemos llegar a decir que en el mal se revela la generosidad y el amor absoluto del Padre.
Lucas usa un imperativo, conviértete en lo que eres. Y somos hijos de Dios, por lo tanto, iguales a Él. Y Dios es maternal. Nos convertimos en Dios según nos volvemos misericordiosos, uterinos, capaces de reconocer y acoger al otro como otro y no como una amenaza.
Por lo tanto, Dios aparece como Dios precisamente en la misericordia, no en otra parte. Todo el Evangelio de San Lucas es una declinación y explicación de este tema de la misericordia. Y mientras las demás religiones presentan un ascetismo, y una moral seria y justa, el cristianismo presenta una relación cuya esencia es la misericordia y que se expresa en el perdón.
Este texto nos habla de un amor gratuito e incondicional. La misericordia es una santidad superior a cualquier otra santidad. Es aceptar al otro como otro, en sus limitaciones, en su maldad, en su miseria. Negar esto es reducir el cristianismo a una religión.
V. Paternidad Responsable
La paternidad responsable suele reducirse a un pensamiento materialista que gira en torno al número de hijos que es “correcto” tener. Si vamos al tema que nos ocupa, los esposos, al casarse, son capaces y deben responder a la verdad del don que reciben. Es decir, a la verdad del regalo de la totalidad del don de sí mismos vivido en la sexualidad. Y sabemos que el acto conyugal, por su verdad misma, inscrita en el lenguaje del cuerpo del varón y de la mujer, tiene dos significados inseparables: el unitivo y el procreativo.
Responder a esta verdad del acto conyugal implica vivirlo en la plenitud y en la totalidad de la entrega, sabiendo que no somos nosotros quienes creamos este don inmenso, sino que nos es dado por el Creador, quien nos muestra el modo pleno y verdadero de amarnos. Esto implica conocer el cuerpo del cónyuge y el propio y la dinámica de la fertilidad en ambos.
Humanae Vitae define la paternidad responsable de la siguiente manera: “La paternidad responsable comporta, sobre todo, una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores”.
Vemos, por lo tanto, que la paternidad responsable subraya la dimensión de la respuesta. Es decir, del diálogo para con Dios. Puede observarse que Dios aparece en relación con el orden moral, en el plano de la acción humana. Por el contrario, se refiere a un reconocimiento de la voluntad del Creador, de un diálogo, de una oración entre los esposos ante Dios para saber qué espera de ellos en cada momento de la vida matrimonial.
Suele suceder que en esta oración y diálogo que mencionábamos, los esposos consideren que no es prudente abrirse a la posibilidad de una nueva vida en determinado momento del camino conyugal. Frente a esta situación, la Iglesia aconseja optar por la abstinencia en los días fértiles del ciclo femenino. Sabemos que no es fácil, pero sí posible, bueno y conveniente. El impulso sexual que viven los esposos puede y debe ser dirigido por la razón y la voluntad.
Cuando el acto conyugal está privado de “su verdad interior… cesa de ser un acto de amor”. En otras palabras, la irresponsabilidad frente a la ley natural inscripta en sus corazones provoca la ruptura de la comunión de amor, la cual tiende a convertirse en un mutuo “uso” de la persona.
Nótese que el Papa la adjetiva “periódica” por tratarse de un tiempo, no de un estado de vida. Este último punto se refiere a la generosidad que Dios pide a los matrimonios en sus entregas. Pues bien, Dios nos llama a ser generosos con la vida.
Finalmente, podemos decir que ser responsables en materia de paternidad significa aceptar con humildad la verdad sobre el amor y la sexualidad creados por Dios y saber responder al camino de santidad propio que nos propone a cada matrimonio.
VI. Fundamentos de la Educación según Deuteronomio 6:4-9
Deuteronomio 6:4-9 provee los fundamentos de la educación para los padres que desean criar a sus hijos para que sean adultos responsables, y ciudadanos del reino de los Cielos. Los padres deben:
- Reconocer a Dios (v. 4)
- Amarlo de corazón, mente y espíritu (v. 5)
- Atesorar su Palabra (v. 6)
- Compartirlo con los hijos (v. 7)
¿Cómo aplicar estos fundamentos?
- Inculcar / Hablar (v. 7)
- Instrucción formal: momentos dedicados a estudiar la Biblia (p.e.
- Atar / Escribir (v. 8-9)
Es fácil acusar a los padres de no haber educado correctamente a sus hijos. Los hijos toman sus propias decisiones y son los responsables últimos ante Dios por sus acciones. Necesitamos oración ferviente, amor y paciencia; y permanecer a su lado mientras lucha con Dios.
“Padres, ¿estáis obrando con energía incansable en favor de vuestros hijos? El Dios del cielo nota vuestra solicitud, vuestra labor ferviente, vuestra vigilancia constante. Oye vuestras oraciones. Con paciencia y ternura, educad a vuestros hijos para el Señor. Todo el cielo se interesa en vuestra obra. Los ángeles de luz se unirán a vosotros mientras lucháis por guiar a vuestros hijos hacia el cielo. Dios se unirá a vosotros y coronará de éxito vuestros esfuerzos. Cristo se deleita en honrar a la familia cristiana; porque tal familia es un símbolo de la familia del cielo”. Elena G. White (La oración, pg. 202).
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