Simone de Beauvoir: Frases sobre la Maternidad y el Feminismo
No son pocas las voces que se levantan a día de hoy para denunciar que el feminismo ha engullido el objeto de su defensa: la existencia de la mujer. El concepto “mujer” está hoy en jaque; tanto es así que otras tantas dicen que, en realidad, nunca hubo tal cosa. Para llegar hasta esta paradoja es necesario analizar las premisas secundarias, y éstas tienen que ver con una evolución concreta de la concepción del género en el seno del pensamiento feminista.
Dentro del pensamiento feminista, la palabra “género” ha sido una herramienta necesaria para obtener ciertos logros. En ocasiones, las diferencias entre los sexos se han entendido como diferencias de valor y se han traducido en roles rígidos y específicos para cada sexo, creando una jerarquía de superioridad e inferioridad a favor de los hombres. Sin el concepto de género como algo distinto del sexo, esas ideas sobre la mujer se naturalizan fácilmente y se consideran innatas e inevitables, en lugar de distorsiones de la cultura.
Las distorsiones culturales que generaron en muchos casos una encerrona existencial para las mujeres de la Inglaterra y la Francia de ese momento se vienen denunciando desde un potente escrito realizado en 1790 por Mary Wollstonecraft. Si se acepta que las mujeres poseen un alma inmortal, deben tener, como tarea de sus vidas, un entendimiento que perfeccionar. Y cuando … se las incita … a olvidar su gran destino, se contraría a la naturaleza, o sólo nacieron para procrear y consumirse.
Mientras que esta primera ola del feminismo se centró en denunciar esas distorsiones culturales que justificaban desigualdades educativas y jurídicas, el feminismo de la segunda ola con Simone de Beauvoir a la cabeza, añadió una diferencia cualitativa que cambió el rumbo del pensamiento feminista. No se nace mujer, llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino (De Beauvoir, 1969, p.). Por tanto, para que no siga habiendo dominación de un sexo sobre otro la diferencia psicosexual no debe seguir sosteniéndose. La disputa durará en tanto que hombres y mujeres no se consideren semejantes, es decir, mientras se perpetúe la feminidad como tal (1969, p.).
Las Premisas de Simone de Beauvoir sobre la Feminidad
Para Simone de Beauvoir hay tres premisas que hacen a la hembra de la especie humana ser mujer, es decir, revestirse de feminidad: la pasividad, la coquetería y la maternidad. Respecto de la coquetería, denuncia la objetualización de la mujer no sólo por los varones, sino especialmente, como ya reclamó Wollstonecraft mucho antes, por ella misma. Respecto de la pasividad, de Beauvoir se refiere a la ausencia de la acción o posibilidad de cambio en el mundo. Bajo mi punto de vista, esta premisa no se entiende si no se entra en la siguiente: el instinto maternal.
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Lo que pretendo defender aquí es que ambas están causalmente, unidas. Ciertamente, la definición del hombre y la mujer suele radicar en la asimetría generada por los potenciales roles reproductivos de cada sexo. sólo se trata de una ilusión porque la verdadera asimetría no está en el deseo sino en la procreación (de Beauvoir, 2018, p.). En lo que a la procreación se refiere, los mamíferos, también los mamíferos humanos, tenemos tareas distintas: empezando por el número total de producción de células sexuales, continuando por la predisposición genética que rodea a la hembra de la especie humana a gestar, dar a luz y criar -amamantar -y de la cual hemos venido todos, incluso los varones misóginos.
Asimetrías hay varias entre ambos sexos, pero ¿por qué la maternidad en concreto, lo más corporeizado, se considera como una vocación insuflada socialmente, o como una servidumbre de la que hay que liberarse? Esta pregunta encarna un supuesto que parece haber sido olvidado por los teóricos de la academia. Antes de llegar a él, veamos cómo describe de Beauvoir la preparación corporal de las niñas a la maternidad. Ésta, cuando asoma su potencialidad con la primera menstruación, “se le presenta como repugnante y humillante” (De Beauvoir, 1969, p. 58), cosa que a su vez transmiten las madres puesto que “ellas mismas sienten el horror de la servidumbre femenina” (Ibid.) o sienten “la equívoca maldición que pesa sobre ella(s)” (Ibíd., p. 48).
Críticas a la Maternidad y el Trabajo Productivo
Lo que ocurre con respecto a las evaluaciones sobre la maternidad hace que ya empecemos a navegar por otros mares, puesto que se trata una crítica que ancla sus principios al nivel corporal, cuyas condiciones no son tan fácilmente manipulables. La producción [trabajo] constituye su vida genérica laboriosa. Mediante ella aparece la naturaleza como obra suya, como su realidad […] contemplándose a sí mismo en un mundo creado por él (Marx, 1975, pág.). Marx odiaba la “labor”, es decir, las acciones destinadas a satisfacer nuestras necesidades de seres vivos, como son, utilizando su ejemplo, beber, comer y engendrar. Cualquier ser vivo, por tanto, que sea uno inmediatamente con su actividad vital, es un ser que “no se distingue de ella.
(N)o se hace posible sino cuando ésta puede participar en gran escala, en la producción y el trabajo doméstico no le ocupa sino un tiempo insignificante [a ella]. Esta condición sólo puede realizarse con la gran industria moderna (…) (Engels, 2017, p.). Resulta que ahora la industria es la estructura salvífica de la condición de esclavitud a la naturaleza a la que está sometida la hembra de la especie humana. Si el ideal antropológico de ser humano es el homo faber ideado por Marx, entonces las conclusiones de Beauvoir sobre la naturaleza del cuerpo de la mujer son bastante coherentes.
Engendrar, amamantar no son actividades, son funciones naturales; no suponen ningún proyecto; por esta razón no sirven a la mujer para una afirmación altiva de su existencia; sufre pasivamente su destino biológico. Los trabajos domésticos a los que se consagra, porque son los únicos que se pueden conciliar con las cargas de la maternidad, la encierran en la repetición y en la inmanencia.; se reproduce día tras día de forma idéntica que se perpetúa casi sin cambios de siglo en siglo, no producen nada nuevo. El caso del hombre [varón] es radicalmente diferente; no alimenta al grupo como las abejas obreras mediante un simple proceso vital, sino mediante actos que trascienden su condición animal (De Beauvoir, 2018, p.). Por eso dice ella que la mujer no actúa, no hace historia, o, lo que es lo mismo, no trasciende.
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Tras este panorama, se puede comprender ahora que para obtener reciprocidad del varón y de la sociedad, haya que negar muy especialmente la diferencia sexual que rodea a la maternidad. Pero, pensemos, ¿en qué momento puede una mujer adulta dedicarse a la industria y al amor libre de la misma manera que sus compañeros varones? Sólo puede hacerse con la ayuda de la tecnología anticonceptiva -control natal y aborto -como de Beauvoir expone en la conclusión de El Segunda Sexo; aunque se olvidó mencionar la necesidad de las horas extra de otro tipo de mujeres trabajadoras que pasan sus horas en las guarderías o limpiando casas de otras mujeres que salen a trabajar.
Esta tecnología permite separar la sexualidad de sus consecuencias para que una pueda ser trascendente, como los varones; para que una pueda ir a trabajar y hacer dinero, como los varones y para que le permita tener sexo cuando una quiera, como los varones -para ellos con más motivo porque se abre la barra libre. Sólo la concepción anticonceptiva, valga la paradoja, necesaria para que las mujeres actúen, permite abrir la puerta a otra premisa que introduce un cambio cualitativo en el pensamiento feminista.
Con un cierto toque del existencialismo francés de Sartre, se trata de que nuestro propio cuerpo es un proyecto cuya significación es elegible. Pero esta premisa teórica de una escuela francesa concreta puede tomar cuerpo justamente debido al argumento precedente en el que no parece que recabemos demasiado: la elevación a los altares al trabajo productivo como liberador de nuestra condición animal, ante el que los sacrificios que ofrecemos los devotos incluyen la manipulación de la fisiología del cuerpo de las sacerdotisas de su templo, que son las mujeres.
Otra de las consecuencias se relaciona con el tipo de vínculos que entablamos actualmente en sociedad. Vivimos, nos movemos y tenemos nuestras citas en una sociedad contraceptiva, “donde nuestros indicadores sexuales visibles ya no gesticulan hacia una nueva vida, sino que indican el prospecto de un placer estéril”. Puede que, a toro pasado, pensemos que sin esta revolución anticonceptiva no hubiera sido posible que las mujeres hubieran alcanzado el estatus que tienen ahora. Ahora bien, esto también ha llevado a pensadoras a preguntarse si las cosas no podrían haber sido de otra manera, y de hecho así fue, además de mostrar una de las incongruencias que a muchas defensoras de la mujer denunciantes del sexismo las lleva de cabeza. Tiene razón en que lo que tradicionalmente es masculino ha sido valorado consistentemente más que lo que se asocia a lo femenino. Desafortunadamente, su cosmovisión perpetúa este error (Ibíd., p.).
En efecto, en la organización de nuestras sociedades modernas tuvo prevalencia la concepción del ser humano fuerte, “capaz de ir a una fábrica y entrar en el ejército”, como proponía “el modelo de salud de las ciencias médicas del siglo XIX con conciencia social” (Bauman, 2017, p. 35). Es decir, hubo una prevalencia de las actividades que habitualmente realizaba el varón, el cual debía estar trabajando productivamente más de 8 horas al día fuera de las cuatro paredes del hogar. El trabajo productivo ha conquistado la mayoría de la esfera del espacio público y no admite rival. No obstante, cabe preguntarse “por qué siempre obtuvo más peso el trabajo que se vende y que se compra, que tiene un valor y, por lo tanto, puede exigir una remuneración monetaria” (Ibid., p. 147).
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Esta pregunta cuestiona un sistema androcéntrico que no ha tomado en cuenta, no sólo que gran parte de las mujeres necesitan de otros tiempos y formatos, espacios sociales o cumbre de aportación a la vida pública, sino que también su prole necesita de los cuidados de ambos, padre y madre. Las pensadoras de la primera ola junto con el llamado feminismo de la diferencia tienen razón en esta reclamación.
Ciertamente, las mejores obras, y las de mayor mérito para el público, han provenido de los hombres solteros y sin hijos. De nuevo, vemos en Bacon a un Hipólito moderno. Pero ella no tenía como objetivo generar una horda de hombres y mujeres solteros casi-iguales cuya capacidad productiva contribuyera a un progreso hacia ningún lugar. No, la mujer no es un estorbo.
Por tanto, tenemos una alternativa al igualitarismo de la segunda ola y una alternativa a la herramienta del “género”. Suena duro decirlo, pero bajo estos supuestos, nacer en un cuerpo sexuado de mujer -hembra - puede suponer una maldición y, por tanto, parte de la solución radica en anular lo que atañe al ciclo de la fertilidad para adaptarse a lo que es mejor: ser y actuar como varón. En segundo lugar, un cambio de paradigma exige un cambio de visión sobre la jerarquía de valores en el ideario personal y en el ideario social. ¿Es el trabajo productivo lo primero en la jerarquía de valores de nuestras vidas?
En esta línea, reclamar el cuidado y el apego que todos necesitamos para crecer de un modo sano, no es una cuestión de un “eterno femenino”, ni de machismo cultural, eso sólo son etiquetas distractoras.
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