Historia de Santoña: Desde el Abad Paterno hasta la Villa Real
Santoña, una monumental villa marinera mundialmente famosa por sus conservas de anchoas y por ser parte del Camino del Norte, se encuentra en la zona oriental de Cantabria, en la comarca de Trasmiera. Está situada en la bahía de su nombre, al pie del monte Buciero, aproximadamente a 48 kilómetros de Santander.
Al estar rodeada de monte, marisma y ría, Santoña es como una isla en tierra firme. Cuenta con una hermosa bahía y dos playas, Berria al norte y el Arenal de San Martín al sur.
Orígenes y Edad Media
El topónimo de Santoña es anterior a la conquista romana. Tal denominación deriva de la tribu de los Santones o Sántonos, posiblemente de procedencia celta. Desde muy antiguo en los documentos que citan esta zona se habla de Santoña refiriéndose al monte, mientras que el núcleo de población que fue creciendo al amparo del primitivo cenobio respondía al nombre de Puerto.
Una centuria después, se documenta una población surgida en torno al monasterio de Santa María del Puerto. Este ejercía su autoridad sobre el puerto y su territorio. En la Alta Edad Media, Santoña tendría un núcleo de población muy probablemente alrededor de un primitivo cenobio. Históricamente, el monasterio de Santa María, eje del poblamiento medieval, aparece documentado desde el año 863. Abandonado en el siglo X, hacia 1038 y a instancias del abad Paterno, se reconstruyó el cenobio y en su entorno se fueron estableciendo los distintos barrios, articulados junto a solares y casas fuertes.
El Abad Paterno y el Resurgimiento de Santoña
En 1038, la localidad fue adquiriendo importancia y población gracias al abad Paterno. Muchos historiadores lo consideran el verdadero fundador de la villa por ser él quien llevó a cabo en el año 1038 el resurgimiento y restauración del monasterio de Puerto, la reorganización de su vida religiosa, la repoblación de gentes y la puesta en marcha de una importante economía agrícola.
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En 1047 el rey de Navarra García Sánchez III, el de Nájera, otorgó a la población el llamado 'Privilegio de Santoña', y el monasterio de Santa María de Puerto se hizo con el control de los cenobios que había en Escalante y de la mayor parte de los centros religiosos situados en la comarca de Trasmiera y el curso Asón. Un siglo más tarde, en 1136, el monasterio de Santa María de Puerto pasó a depender de Santa María la Real de Nájera, en virtud de una donación realizada por el rey Alfonso VII, y la abadía terminó siendo un priorato, perdiendo paulatinamente la preponderancia en la zona.
Santoña bajo la Corona: Villa Real
Durante toda la Edad Media, las ciudades, villas o núcleos de población regidos e integrados por monasterios eran lugares eclesiásticos y deudores de dichos abadengos, es decir, todas las ventas y derechos recaían sobre el monasterio. Así era la costumbre y así eran las leyes hasta el reinado de Felipe II.
La nobleza santoñesa y el abad de su convento lucharon por desvincularse de Nájera. De hecho, esta segregación tuvo lugar finalmente en 1579, cuando pasó a ser villa de realengo y se incorporó a las Juntas de Trasmiera. Felipe II firmó la Cédula Real, tras lo cual Santoña quedó incorporada a la Corona como Villa Real. El 4 de junio de 1579, Felipe II firmó la Cédula Real, tras lo cual Santoña quedó incorporada a la Corona como Villa Real. En 1579 la villa retornó a la jurisdicción real y firmó carta de hermandad con la Merindad de Trasmiera, junto a las villas de Argoños y Escalante.
Según la ley vigente, el Concejo y los vecinos de los lugares en venta o enajenación tenían el derecho de comprar a su vez la Jurisdicción Real y esto fue lo que hizo el Concejo de Santoña, que siguiendo estas normas y reuniendo el dinero necesario consiguió que se llevara a cabo el asiento de venta el 20 de mayo de 1579, entre Santoña y la Corona, representando al Concejo Pedro Solórzano y Juan del Castillo que entregaron a la Corona 16.000 maravedises por cada uno de sus vecinos, tanto del núcleo de la población como de los barrios y aldeas, pagando además una buena cantidad al monasterio de Nájera, que desde ese momento dejaba de tener poder sobre el abadengo de Santa María de Puerto.
Después de las firmas, el escribano Juan del Castillo y el comisario del rey Gonzalo de Salamanca convocaron al Concejo para su constitución en villa. Hubo una sesión especial en que se celebró una ceremonia de reconocimiento del Rey como señor de la villa, además de hacerse los repartos y nombramientos de varios justicias, oficios públicos, etc. El Concejo tomó posesión de los barrios de El Dueso, Piedrahita, Margotedo y Fuentecilla.
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Transcurrieron así 36 años pero por una mala economía y muchas deudas contraídas, la villa de Santoña se vio en la necesidad de vender y enajenar de nuevo la Jurisdicción, no sin gran oposición de un gran número de vecinos cuyo optimismo les llevaba a creer que podrían superar la crisis.
Desarrollo Posterior y Siglo XIX
En el siglo XVIII y bajo el reinado de Felipe V, la villa volvió a comprar la Jurisdicción Real por el importe de 12.000 ducados. Hasta la desaparición del Antiguo Régimen permaneció vinculada a este distrito administrativo, incluido en el Corregimiento de las Cuatro Villas de la Costa de la Mar, desde los Reyes Católicos. Durante aquel tiempo Santoña se enfrentó judicialmente en numerosas ocasiones con Laredo para librarse de su jurisdicción marítima. Estos pleitos hicieron que, a comienzos del XVII, la villa acumulara una deuda de 9.000 ducados.
Debido a constantes ataques franceses, especialmente a los saqueos ocurridos en 1639 por parte del arzobispo de Burdeos, la villa construyó dos fuertes defensivos. Uno es el Fuerte de San Martín y otro el Fuerte de San Carlos. Más tarde serían los propios franceses quienes hicieron de la villa un bastión franco durante la Guerra de la Independencia. Durante la Guerra de Independencia la plaza fue tomada en 1810 por 4.000 hombres al mando del conde Cafarely, responsable de las tropas francesas del norte de la Península, que advirtió de la posibilidad de que el lugar se convirtiera en un segundo Cádiz.
En los últimos años del siglo, Santoña empezó a declinar como plaza militar al revelarse inútil su sistema defensivo frente a los nuevos armamentos. En 1893 se redujo la guarnición, el Gobierno Militar de la provincia se trasladó a Santander y muchas de las instalaciones militares fueron vendidas a particulares.
A finales del siglo XIX se construyó en Santoña el actual puerto comercial. Este atrajo a industriales italianos que compraban anchoas en salazón para reelaborarlas en su país. La Primera Guerra Mundial afectó mucho a las exportaciones de esta industria. Como solución en pleno conflicto, en 1915 un italiano se puso a cortar las anchoas en filetes y a envasarlas en conserva. Desde entonces, muchos italianos inmigrarían a Santoña, desarrollando la industria conservera de la anchoa y el bonito. Ahora es una de las más importantes del mundo.
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Santoña en el Siglo XX
Santoña no quedó al margen de los avatares políticos que influyeron en el conjunto del Estado, y la Guerra Civil también afectó profundamente a la localidad, que fue escenario de un hecho que llegaría a alcanzar gran trascendencia política e ideológica: la rendición de los batallones nacionalistas vascos. La rendición se produjo en el marco del llamado 'Pacto de Santoña', que tuvo lugar en 1937.
Después de la Guerra Civil, Santoña y su industria pudieron recuperarse. En la década de los sesenta la flota contaba con alrededor de seiscientas embarcaciones y operaban 43 empresas conserveras.
Prensa Local
Desde fines del siglo XIX Santoña tuvo su propio periódico donde se escribía sobre la vida y acontecimientos del pueblo. Este periódico se llamaba El Eco de Santoña. Se estrenó el 10 de diciembre de 1891, siendo su propietario y director José Bravo. Salía cada 3 meses. Colaboraban Emilio Pascual y Luis, hijo de José Bravo. Los primeros 2 años la publicación salió de la imprenta de A. Quesada en Santander.
El Avisador se anunciaba como semanario de intereses de Santoña y su comarca y empezó a editar el 19 de mayo de 1895. Su director y propietario era Fermín Hernández. Uno de sus redactores fue Anselmo Ortiz Dou que escribía con el pseudónimo de Sancho Abarca. Su información se basaba sobre todo en los intereses de los pescadores.
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