Biografía de Don Álvaro de Luna

04.11.2025

Don Álvaro de Luna, aristócrata castellano de raíces aragonesas, fallecido el tres de junio de 1453, es una de las personalidades más importantes en el confuso panorama de la Historia peninsular del siglo XV. Álvaro de Luna fue hijo ilegítimo de un noble aragonés del mismo nombre, señor de los territorios de Cañete, Jubera y Cornado.

Orígenes y Juventud

Álvaro de Luna nació en Cañete entre 1388 y 1390. Su padre, del mismo nombre, perteneció a una de las grandes ramas de la nobleza aragonesa, emparentada con la poderosa familia castellana de los Albornoz y con importantes intereses en Castilla. Su madre fue una mujer del común, María Fernández de Jarana, esposa del alcaide de la fortaleza de Cañete, Nicolás de Cerezuela. Nuestro personaje pasó su infancia en Cañete, residiendo probablemente en la fortaleza y teniendo como compañero de correrías al hijo legítimo del alcaide, Juan de Cerezuela.

La muerte de su padre a los siete u ocho años supuso dejarle sin valedor, pero su tío Juan Martínez de Luna lo sacó de Cañete, se ocupó de que recibiese una educación de caballero y lo remitió al servicio de su también tío, el arzobispo de Toledo Pedro de Luna (el futuro Benedicto XIII, el Papa Luna). A su tío el arzobispo se le debe su nombre definitivo, pues el joven Álvaro recibió al acristianar el nombre de Pedro, por el que fue conocido en Cañete durante todos sus años críos, y que el arzobispo le mudaría en Álvaro en su ceremonia de confirmación en honor a su padre el viejo caballero aragonés.

Ascenso en la Corte de Castilla

Unos años después, gracias a la sutileza de Don Álvaro y al peso de la familia, pasó a ser paje del joven rey Juan II (1405-1454) durante su minoría de edad. Acababa de cumplir 18 años. Don Álvaro supo ganarse de tal manera la confianza y el aprecio del monarca-niño que en pocos años estaba ya al corriente de asuntos de Estado y gozaba de un poder fáctico creciente en el turbulento mundo de la Corte de Castilla.

Corría el año de 1419, cuando reunidas cortes en Madrid, el 7 de marzo, declararon mayor de edad, y tomó las riendas del gobierno don Juan II, rey de Castilla, entonces menor de catorce años. Durante la minoría del rey, había presentado en la corte el arzobispo de Toledo, don Pedro de Luna, a un joven sobrino suyo, pequeño de cuerpo, pero de apuesta figura, tan galán, expresivo y discreto, que al punto logró fijar la atención de todos.

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Poco tiempo bastó para que don Juan se le aficionase con tan extraordinario cariño, que ya no podía estar sin él y enfermaba si se le privaba de su compañía; fácil es explicar esta preferencia por quien tanto sobresalía entre sus compañeros, y tanto se aventajaba a todos los cortesanos en dotes amables, y en todas las prendas que constituían un perfecto caballero. Desde entonces se formó aquel lazo estrecho que tuvo unidos al rey y al vasallo todo el curso de su vida; aquella intimidad que de dos seres distintos no formaba más que uno solo; unión tal, que el uno parecía el alma del otro. Y así se vio que cuando esta alma faltó, no pudo sobrevivir el ser débil, que solo por ella alentaba.

Los medros de don Álvaro en palacio fueron rápidos, y en breve se pudo vislumbrar tanto su futura grandeza como la envidia y las asechanzas de que hasta su muerte había de estar rodeado. Aun antes de tener ningún título en la corte, tratábase con esplendor y aparato; y mero doncel todavía sacaba ya su hueste de hasta 300 hombres de armas, siguiendo su pendón mancebos de las más ilustres familias del reino.

Conflictos y Alianzas

Los infantes de Aragón, don Juan y don Enrique, primos del rey, tenían inmensos bienes y dignidades en Castilla; pero como la ambición del hombre nunca está satisfecha, aspiraban a más poder y a ser los árbitros exclusivos del reino. Al principio estaban divididos, y cada uno tenía su parcialidad que llenaba la corte de disturbios, y dio origen a las discordias civiles que por tantos años trabajaron el reino, y que puede decirse no concluyeron del todo hasta el advenimiento al trono de los reyes católicos.

Aprovechándose el infante don Enrique de la ausencia de su primo, don Juan, que había ido a casarse con una princesa de Navarra, se apoderó una noche del alcázar, estando la corte en Tordesillas, penetró hasta el dormitorio del rey, y se lo llevó como prisionero a Talavera o Ávila, pues sobre este punto hallamos divergencia en los autores. Don Juan suscribió a cuanto le plugo a su primo exigirle, y separaron de su lado a todas las personas que le rodeaban, menos don Álvaro que debió esta excepción al cariño que el rey le tenía y a su poca importancia política entonces.

Trataron de ganarle con seductoras promesas, mas él permaneció fiel y solo pensó en sacar de tan oprobiosa esclavitud a su soberano. Consiguiólo al fin, pues, aprovechando una ocasión, en que don Enrique estaba menos vigilante, con pretexto de una cacería, llevó a cabo la fuga del rey, y lo condujo al castillo de Montalbán, donde muy pronto acudió el infante con su gente. Duró el cerco ocho días, en los cuales fue tal el apuro de los sitiados, que una perdiz introducida furtivamente por la lealtad de un aldeano, fue un regalo de inestimable valor para el poderoso rey de Castilla.

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Por fin la firmeza que en aquella ocasión desplegó el rey, la actividad de don Álvaro, los socorros que por todas partes acudían, y la llegada del infante don Juan, hicieron desistir a don Enrique de su temerario empeño, y libre el rey pudo volver a la gobernación de sus estados. Uno de los parciales de don Enrique, y el que más le ayudó en su anterior atentado, fue el condestable don Rui López Dávalos, caballero por otra parte de recomendables prendas, honrado y generalmente bien quisto.

Larga y enojosa seria la relación de estas fatales revueltas, que menguaron lastimosamente el poder de Castilla, y ajaron el decoro de la corona. Las fuerzas que debían emplearse en destruir el poder musulmán en España, se volvieron contra la misma patria, y rasgando su seno hicieron en ella dolorosas heridas. Solo una vez el honor nacional suspendió la discordia civil, reunió a los próceres del reino alrededor de su monarca, y el rey don Juan se movió con poderoso ejército contra los moros.

Ya antes de esta expedición contra los moros había experimentado la fortuna de don Álvaro un sensible revés, presagio de otros muchos que le esperaban. Unidos los dos infantes que antes estaban separados en opuestos bandos, combinaron sus esfuerzos para derrocar al valido. Ardió la corte en intrigas, y estaban ya las cosas a punto de romper, cuando se acordó dejar la decisión de la contienda a una junta compuesta de cuatro compromisarios por cada una de las dos parcialidades.

El fallo de esta junta fue contrario al condestable, pues decidió que hubiese de salir de la corte, y permanecer año y medio desterrado de ella. Mas esta sentencia, al parecer tan contraria, se convirtió para él en triunfo. Entretanto el monarca, que no podía pasar sin verle, suspiraba por su regreso; las parcialidades de los que aspiraban a sucederle en el mando, promovían diariamente nuevos escándalos, y no bien habían pasado algunos meses, cuando todos aconsejaron a don Juan que le volviese a llamar: no deseaba otra cosa el débil monarca, a quien no habían visto con rostro alegre durante la ausencia de su favorito; y vencedor don Álvaro de todos sus enemigos, por solo el ascendiente de su genio y de su fortuna, ostentó en su primera entrevista con el rey, un aparato y magnificencia de que no había ejemplo.

Pero sus émulos y rivales no podían perdonarle esta victoria; y como su privanza y poderío aumentaban cada día, llegó al más alto grado el encono y la odiosidad, y promoviéronse nuevos desabrimientos que solo tuvieron tregua cuando los infantes, llamados por su hermano el rey de Aragón para acompañarle en sus expediciones a Italia, dejaron respirar a la infeliz Castilla, que alteraban con su ambición insaciable.

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Volvieron, sin embargo, y volvieron con ellos los bandos y los disturbios, y a pesar de que el infante don Juan era ya rey de Navarra, más atento a dominar en Castilla que a gobernar su reino, ora uniéndose a la corte, ora combatiéndola, fue el foco principal de las revueltas, que se complicaron todavía, tomando en ellas parte el rey de Aragón, que movió guerra al de Castilla, si bien con poca gloria suya, pues en ella llevó la peor parte, a lo que contribuyeron en gran manera el valor y pericia de don Álvaro.

Sin embargo, el privado a pesar de su grande influencia y superior talento, no siempre lograba sostenerse firme contra tan poderosos enemigos; pero estos reveses de fortuna eran vaivenes pasajeros que le procuraban al fin más estabilidad y firmeza en su puesto. Logró por último vencerlos completamente. Las parcialidades y bandos de la corte rompieron, como no podía menos de suceder, en una guerra civil. Los campos de Olmedo vieron combatir por un lado al rey y don Álvaro, y por otro a los príncipes aragoneses. Fuéle a estos la suerte funesta; vencidos y derrotados, tuvieron que huir; don Juan a su reino de Navarra y don Enrique a Aragón, donde murió a consecuencia de una herida que recibió en la mano.

La victoria de Olmedo elevó a don Álvaro a la cumbre del poder, y con ella sus rivales quedaron anonadados. Entre las mercedes que obtuvo fue la más importante el maestrazgo de Santiago, que había resultado vacante por la muerte de don Enrique, añadiéndose esta nueva dignidad con sus cuantiosas rentas a los numerosos títulos y tesoros que ya poseía. Desde entonces su ambición, su codicia y su orgullo no tuvieron coto; y en el desvanecimiento que produjo en él tan desmesurada grandeza, cometió faltas que al fin acarrearon su ruina.

Caída en Desgracia y Muerte

La reina doña María, primera esposa de don Juan, había sido siempre enemiga de don Álvaro. Quiso aquel contraer segundas nupcias, y aun cuando su inclinación era hacia la hija del rey de Francia, logró el favorito casarle a su despecho con doña Isabel, infanta de Portugal, creyendo que una reina, hechura suya, le sostendría en su privanza por agradecimiento.

Con efecto, el rey no veía ya en don Álvaro aquel joven seductor, aquel caballero tan brillante por sus sobresalientes prendas, tan superior a todos sus rivales, cual se mostraba en los primeros años. Era ya el condestable viejo, de carácter áspero y altanero, tan exigente con su rey, que hasta quería dirigir las acciones más ocultas de su vida privada, teniéndole, por decirlo así, en prisión perpetua, pues por todas partes y a todas horas se lo encontraba, y donde quiera se veía circundado de sus partidarios.

No se ocultó al maestre la traición de su ingrato criado, ni la trama que se le urdía; mas su honor le impedía huir, y su poder y el mucho amor que el rey le había tenido sostenían su esperanza. Pero se engañó; don Juan estaba ya resuelto a perderle: quiso matarle en Valladolid, en una comida que tuvo en el convento de San Benito; lo intentó también en Cigales en una partida de caza, y en Burgos, a donde fueron en la cuaresma de 1453, se intentó varias veces prenderle o matarle; pero don Álvaro avisado de todo, lo pudo evitar sin romper abiertamente con el rey.

Desconfiado, sin embargo, en vista del giro que tomaban los negocios de la corte, obligó a don Juan por medio de su ascendiente, antes del viaje a Burgos, a que le firmase en Simancas un salvo conducto que le hizo jurar sobre la hostia consagrada para poner a cubierto su persona que ya juzgaba en peligro. Con ánimo también de ver si quitada la causa principal del mal, el rey volvía a su antiguo amor, el Viernes Santo hizo precipitar desde la torre de su casa al ingrato Alonso Pérez de Vivero que murió en el acto, arrojando con él una de las barandillas del terrado que al intento se había dejado desclavada para que la caída pareciese casual.

Pero esto no hizo más que aumentar el enojo del rey y el deseo en sus enemigos de acabar cuanto antes con un hombre tan poderoso y temible. Conociendo don Álvaro el mal estado de sus asuntos, se rodeó de una numerosa guardia y tomó otras disposiciones; entre ellas, la de hacer trasladar a su fortaleza de Portillo dos arcas llenas de oro que tenía guardadas en el convento de San Benito de Valladolid, encomendando su custodia al alcaide de dicha fortaleza, Alfonso González de León y un hijo del mismo, que luego le fueron infieles.

El rey, viendo que de todos los lazos que le tendía se escapaba don Álvaro, le llamó, intimándole que saliese de su corte; pero él lo dilató so pretexto que el monarca no quedase solo sin tener quien le aconsejara, y entonces éste se decidió a prenderle a todo trance. Púsose de acuerdo al efecto con el alcaide del castillo de Burgos, que lo era don Íñigo de Zúñiga, y avisado el conde de Plasencia, hermano de éste para que acudiera con gente de armas, no pudo ir; pero envió a su hijo don Álvaro de Zúñiga, y en la noche del miércoles después pascua, 4 de abril de 1453, fue rodeada la casa de don Pedro de Cartagena, donde el condestable posaba, quien a pesar de tener muy pocos hombres, hizo una tenaz resistencia que duró hasta bastante entrado el día 5.

Bien hubiera podido don Álvaro escaparse, y aun salió de su posada por un postigo excusado, y después de haber andado algún trecho, se volvió, pareciéndole vergonzoso huir, lo cual causó su desgraciado fin, porque el rey que se hallaba al frente de alguna gente armada y con su pendón real, viendo que la casa de don Álvaro resistía tanto tiempo, envió a requerirle para que se entregase, y después de varios mensajes y de haberle don Juan dado palabra de que sería respetada su vida y la de los que con él estaban, determinó entregarse.

Antes arregló sus papeles, distribuyó grandes cantidades a sus criados y servidores, comió con mucha tranquilidad, montó a caballo armado de todas armas, y salía de su posada para presentarse al soberano, cuando con engaños lo volvieron a hacer entrar, y al momento fue desarmado y su casa ocupada por el rey, quien no solo retiró su palabra de respetarle la vida, sino que dio por nulo el seguro que le había expedido en Simancas.

Preso el condestable, don Juan partió a ocupar sus tierras, se dirigió a Portillo en busca del tesoro que le fue entregado, aunque ya muy disminuido; siguió a Maqueda y demás posesiones hasta llegar a Escalona, en que la esposa, hijo y parciales de don Álvaro le resistieron con valor. Veinte días hacía ya que el rey tenía cercada la villa, y viendo lo difícil y costoso que sería tomarla y la mucha necesidad que padecían sus soldados, porque el año era muy escaso de pan, reunió consejo de sus caballeros, y todos unánimes opinaron que se le diese muerte al condestable. El arzobispo de Toledo fue el único que por razón de su estado no quiso votar.

Confirmada la sentencia por el rey, se dio el encargo de notificarla y hacerla ejecutar a Diego López de Estúñiga, el cual salió al momento para Portillo, donde se hallaba preso don Álvaro. Al llegar allí le dijo, que el rey le mandaba conducirlo a Valladolid; pero en el camino le reveló su fatal destino el P. Fr. Alfonso Espina, con quien se confesó el condestable, y pasó toda la noche arreglando sus asuntos y preparando su alma.

He aquí como refiere la crónica sus últimos momentos. «Y a otro día muy en amanecido, oyó misa muy devotamente y recibió el cuerpo de nuestro Señor, y demandó que le diesen alguna cosa con que bebiese, y trajéronle un plato de guindas, de las cuales comió muy pocas, y bebió una taza de vino puro. Y en la plaza y en las ventanas había infinitas gentes que habían venido de todos los lugares de «aquella comarca a ver aquel acto, los cuales desque vieron al maestre así andar paseando comenzaron de hacer muy gran llanto»; y todavía los frailes estaban juntos «con él, diciéndole, que no se acordase de su gran estado y señorío y muriese como buen cristiano». Él les respondió que así lo hacía, y que fuesen ciertos que en la fe «parecía a los santos mártires». Y hablando en estas cosas alzó los ojos y vido a Barrasa, caballerizo del príncipe, y llamóle y díjole: Ven acá, Barrasa, tú estás aquí mirando la muerte que me dan; yo te ruego que digas al príncipe mi señor, que dé mejor galardón a sus criados, que el rey mi señor me mandó dar a mí. E ya el verdugo sacaba un cordel para at...

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