Álvaro de Luna: Ascenso y Caída de un Noble Castellano

25.10.2025

Álvaro de Luna, aristócrata castellano de raíces aragonesas fallecido el tres de junio de 1453, es una de las personalidades más importantes en el confuso panorama de la Historia peninsular del siglo XV.

Orígenes Familiares y Primeros Años

Álvaro de Luna fue hijo ilegítimo de un noble aragonés del mismo nombre, señor de los territorios de Cañete, Jubera y Cornado. Álvaro de Luna nació en Cañete entre 1388 y 1390 (la fecha nunca ha podido establecerse con precisión, aunque tiende más hacia el último año que hacia el primero).

Su padre, del mismo nombre, perteneció a una de las grandes ramas de la nobleza aragonesa, emparentada de hacía poco con la poderosa familia castellana de los Albornoz y con importantes intereses en Castilla. Copero mayor del rey Enrique III, fue señor de las villas de Alfaro, Juvera, Cornago y Cañete, además de otros lugares menores.

Su madre fue una mujer del común, María Fernández de Jarana, hembra de rompe y rasga, amén de singular hermosura, esposa del alcaide de la fortaleza de Cañete, Nicolás de Cerezuela, quien tuvo que transigir cuando su señor Don Álvaro la requirió de amores, circunstancia bien común por aquellos tiempos.

Los adversarios del valido, con el correr de los años, incidieron sobre el hecho de la baja cuna de la madre, a la que calificaron como "mujer de conducta nada loable" a la vez que le adjudicaban el sambenito de María "La Cañeta" con el que ha pasado a la historia. Sea como fuere, el caso es que el episodio de Don Álvaro no fue el único desliz extramatrimonial de María Fernández, que tuvo (al menos que se sepa) otros dos hijos bastardos.

Lea también: Crónica Social según Rosa Villacastín

Nuestro personaje pasó su infancia en Cañete, residiendo probablemente en la fortaleza cuya tenencia ostentaba Nicolás de Cerezuela y teniendo como compañero de correrías al hijo legítimo del alcaide y La Cañeta, Juan de Cerezuela, que años después se beneficiará sobremanera del encumbramiento de su hermanastro.

Era Álvaro muchacho de cuerpo escaso, aunque no enclenque, y desde su primera niñez dio muestras de gran inteligencia y perspicacia. La muerte de su padre a los siete u ocho años supuso dejarle sin valedor, pero su tío Juan Martínez de Luna lo sacó de Cañete, se ocupó de que recibiese una educación de caballero y lo remitió al servicio de su también tío, el arzobispo de Toledo Pedro de Luna (el futuro Benedicto XIII, el Papa Luna).

A su tío el arzobispo se le debe su nombre definitivo, pues el joven Álvaro recibió al acristianar el nombre de Pedro, por el que fue conocido en Cañete durante todos sus años críos, y que el arzobispo le mudaría en Álvaro en su ceremonia de confirmación en honor a su padre el viejo caballero aragonés.

Ascenso al Poder

Unos años después, gracias a la sutileza de Don Álvaro y al peso de la familia, pasó a ser paje del joven rey Juan II (1405-1454) durante su minoría de edad. Acababa de cumplir 18 años. Aproximadamente quince años mayor que el rey, D. Álvaro supo ganarse de tal manera la confianza y el aprecio del monarca-niño que en pocos años estaba ya al corriente de asuntos de Estado y gozaba de un poder fáctico creciente en el turbulento mundo de la Corte de Castilla.

El panorama del momento es especialmente sombrío: una nación en crisis, desgarrada por la desmedida ambición de la nobleza, con un rey menor de edad cuya custodia se repartían las facciones sin que nadie parezca poder poner coto a los grandes señores. Entre estos se hallan los famosos Infantes de Aragón, D. Juan, D. Enrique y D. Pedro, cuñados del rey, hermanos de Alfonso V de Aragón y de Juan I de Navarra y dueños de inmensas heredades en Castilla. En las fronteras, las apetencias de Aragón y del reino navarro eran fuente de inestabilidad constante.

Lea también: El nacimiento de Einstein en Ulm

El 7 de marzo de 1419 el rey Don Juan es declarado mayor de edad con 15 años, comenzando un reinado efectivo de 35 años que se verá marcado por una guerra civil endémica y las calamidades derivadas de ella. Como los peores Trastámaras, Juan II se abstendrá de los asuntos de gobierno para dedicarse al cultivo de las artes, campo en el que destacó especialmente, llenando la Corte de literatos ilustres. Su abulia para reinar hará que gradualmente descargue en su amigo íntimo y consejero Don Álvaro las labores de gobierno.

Poco a poco, se va haciendo patente para todos en el reino que el privado del rey posee unas dotes políticas excepcionales, además de una considerable falta de escrúpulos y un ansia de medrar a toda prueba. Los primeros pasos de Don Álvaro en tareas de gobierno son sin embargo prudentes, buscando consolidar su emergente posición.

Así procura el consenso entre las diferentes banderías que hasta el momento se habían repartido el poder e intenta aparecer como conciliador y pacificador en nombre del monarca. Ello no le impide contribuir a socavar la posición del mayordomo mayor, Juan Hurtado de Mendoza (otro ilustre personaje relacionado con Cañete) a quien el rey había dejado nominalmente al cargo del gobierno, ayudando a su rápida caída.

Sin embargo, los buenos oficios de Álvaro de Luna no pueden evitar la guerra entre las dos principales facciones nobiliarias, encabezadas cada una por un infante de Aragón, Don Enrique y Don Juan, capaces de levantar sendos ejércitos de varios miles de hombres. El peligro para la monarquía es extremo pues el rey carece de fuerza para contrarrestar a los nobles, que pretenden su control para mantener su primacía en el reino como en los peores años de la minoría de edad.

Don Enrique, en un golpe de audacia, entra al frente de sus tropas la noche del 14 de julio de 1420 en Tordesillas, donde se encontraba la Corte, y secuestra al rey y a D. Álvaro. La situación se vuelve explosiva. El rey y Álvaro de Luna, fuertemente custodiados, inician un peregrinaje por ciudades afectas a Don Enrique (Segovia, Ávila y Talavera).

Lea también: Descubre el lugar de nacimiento de El Puma

Por su parte Don Juan de Aragón, al saber lo sucedido, reúne un gran ejército para enfrentarse a su hermano antes de que pueda extraer concesiones forzadas del rey. Sus miedos se cumplen: acobardado, Juan II accede a casar a Don Enrique con su hermana Catalina y a otorgarle el Señorío de Villena, enorme dominación fronteriza repleta de poderosas fortalezas. Mientras tanto Álvaro de Luna, en condiciones muy precarias, intriga y establece contactos para procurar la libertad del rey.

El primer triunfo para Don Álvaro se produce el 29 de noviembre. Ayudado por elementos leales consigue la fuga de Talavera del rey y unos pocos caballeros, que rápidamente perseguidos tienen que refugiarse en el gran castillo de Montalbán, cuya fidelidad se había asegurado Don Álvaro. La fortaleza es sitiada por Don Enrique y la guarnición, falta de tiempo para organizar el asedio, afirma que sólo tiene bastimentos para pocos días.

Con el tiempo en su contra, el favorito pacta con Don Juan su intervención para alejar de Montalbán a Don Enrique, a la vez que mantiene al rey prudentemente alejado del segundo infante de Aragón, a quien intenta lentamente atraerse con mercedes y prebendas. El año 1421 marca el crucial equilibrio de poderes entre la Corte (ahora dominada de manera omnímoda por Álvaro de Luna y apoyada por Juan de Aragón) y el infante Enrique, que sigue en rebeldía causando no pocos daños al reino.

En 1422 Don Álvaro culmina una de sus intrigas magistrales: con promesas de conciliación atrae a Don Enrique a Madrid con la excusa de atender sus demandas. Devolviendo al de Aragón la audacia de antaño le hace prender con todo su séquito, confisca sus propiedades y comienza por todo el reino la represión de sus partidarios. La mujer del cautivo, Doña Catalina, huye a Aragón poniéndose bajo la protección de Alfonso V. Es el triunfo de Don Álvaro, su encumbramiento definitivo.

Apogeo y Poder Absoluto

El periodo 1422-1425 marca un periodo de paz y aquietamiento del reino. Con Don Enrique preso y el rey ajeno al gobierno, Don Álvaro acumula un poder absoluto y suma unas rentas personales desmesuradas, incluyendo en su patrimonio personal un sinfín de villas y lugares. El valido comienza también a hacerse grandes enemigos en el universo despiadado de la alta política castellana.

En tanto, la situación con Aragón se deteriora gradualmente pues Alfonso V reclama con insistencia la liberación de su hermano, amenazando con desencadenar la guerra con Castilla. Ante la subida de tono de las reclamaciones aragonesas el de Luna decide finalmente la libertad de D. Enrique en 1425 y la restitución de buena parte de sus bienes. El tiempo se encargaría de demostrar lo erróneo de tal medida.

No obstante, tiene Don Álvaro de repente mayores problemas. Celosos de la preeminencia del favorito, una poderosa coalición de nobles fraguada en secreto pide al rey su destitución. Además del apoyo tácito del infante Don Juan de Aragón figuraban en la conspiración personajes de enorme peso: los maestres de Santiago, Calatrava y Alcántara, el Almirante de Castilla, el duque de Arjona, los condes de Haro, Benavente y Castro y algunos miembros influyentes del propio Consejo del Rey.

El golpe, que cuenta con los apoyos en la sombra de Aragón y Navarra, es del todo inesperado para Don Álvaro. También para Juan II, que no tiene coraje para defender a su favorito, a quien ya tanto debía. Juan II accede a que se nombre en Valladolid una comisión de arbitraje de cuatro miembros para decidir sobre la continuación del gobierno de Don Álvaro.

De ellos, tres son encendidos partidarios de la caída del favorito, que dictaminan con una premura casi escandalosa. El de Luna sin embargo reacciona de manera extraña: mientras sus opositores preparan sus tropas para hacer frente a la previsible reacción del favorito, éste rehuye el enfrentamiento, finge acatar la sentencia y se retira pese a los ruegos del rey a su villa de Ayllón. Allí parece abandonar del todo la política y se dedica a administrar sus recién adquiridos señoríos. Sus enemigos, en el fondo aliviados, se desentienden de él.

Regreso al Poder y Nuevos Conflictos

La maniobra está cuidadosamente calculada. Ante la aplastante superioridad de las fuerzas que se alzan contra él y consciente de que no puede contar con el rey, Don Álvaro se ha plegado al golpe. Pero también lo ha hecho porque conoce a sus adversarios. Efectivamente en pocos meses el gobierno del reino deviene en el caos más absoluto. Incapaces de crear un gobierno sólido y una jefatura única, los grandes nobles disputan entre ellos en la Corte y en un número inacabable de pequeñas guerras locales.

Al fin los daños a sus haciendas y su prestigio son tan grandes que acuerdan algo impensable dos años antes: pedir al rey que haga volver a Don Álvaro de Luna a su privanza, para evitar males mayores. La petición - hecho asombroso - está firmada por casi los mismos nobles que hace apenas meses propugnaban la eliminación del favorito. El rey Juan, que llevaba francamente mal la ausencia de su valido, aprobó inmediatamente la petición, aunque el de Luna se la hizo repetir por tres veces antes de aceptar e impuso a los nobles duras condiciones de sometimiento antes de volver al gobierno.

Cuando vuelve al poder, una gran recepción de los mismos nobles que lo habían depuesto le recibe triunfalmente en Turégano, en 1428. Comienza el segundo y más largo periodo de gobierno de Don Álvaro, que duraría hasta 1439.

Estos once años, sin embargo, no fueron de paz. El infante Enrique de Aragón, enemigo irreconciliable de D. Álvaro, continúa soliviantando los reinos aprovechando sus lazos familiares en Navarra y Aragón. En 1429 consigue que sus hermanos los reyes de ambos reinos invadan Castilla y ofrezcan la batalla en Cogolludo, extremo que llegó a evitarse.

Mientras tanto las fronteras arden y el Condestable penetra en Aragón con el ejército castellano causando numerosos estragos. No pierde el tiempo Don Enrique: con algunas tropas devasta Extremadura, adonde tiene que acudir también Don Álvaro en persona para expulsarle. Los daños en el reino son innumerables, y Juan II decreta la expulsión de Don Enrique y una nueva confiscación de todos sus bienes, así como de todas las propiedades que los reyes de Aragón y Navarra poseen en Castilla. Se firma con Aragón y Navarra una tregua por cinco años.

En pago a sus nuevos servicios, el favorito recibe el Maestrazgo de Santiago (1430) el segundo de sus grandes títulos. Aquietadas las fronteras, el inquieto Don Álvaro se vuelve hacia el reino de Granada. La tregua vigente con los moros granadinos expira en diciembre de 1430, y Don Álvaro estima conveniente romper hostilidades.

El motivo es triple: mantener ocupada en la guerra a la turbulenta nobleza, arrancar algún jirón territorial al vecino del sur, y hacer ostentación del impresionante poderío militar castellano de cara a los demás reinos peninsulares. Iniciados los combates por los capitanes de frontera, Juan II y Don Álvaro acuden a la campaña en la primavera de 1431 con un colosal ejército de 70.000 infantes y 10.000 jinetes, consiguiendo el día 1 de julio la victoria en la Batalla de La Higueruela y causando graves pérdidas al ejército nazarí. La guerra se prolongaría con menor intensidad hasta 1441, con diversos éxitos para los castellanos.

Esta batalla, en la que participó personalmente Don Álvaro, marca el apogeo del favorito, que cuenta con la confianza plena del rey, ha acumulado propiedades sin cuento y se ha convertido en el personaje más poderoso de la Península: Condestable de Castilla, Maestre de Santiago, Conde de Santiesteban, Duque de Trujillo y señor de setenta villas e innumerables lugares por los cuatro rincones del reino castellano. A manos llenas reparte mercedes entre sus partidarios que le suponen nuevas envidias y rencores. A su hermanastro Juan de Cerezuela, hijo del viejo alcaide de Cañete y compañero de sus días de infancia en la villa, lo nombrará arzobispo de Toledo, entre otros cargos.

Caída en Desgracia

Pero la nueva caída en desgracia de Don Álvaro no viene de la mano de su antiguo enemigo, sino de un nuevo adversario: el influyente Don Pedro Manrique, Adelantado de Castilla. Los orígenes de la enemistad no están claros del todo, pero ambos personajes se enzarzan a partir de 1438 en una pugna que vuelve a encender las turbulencias nobiliarias en el reino, tan trabajosamente sofocadas por el Condestable.

Don Pedro, político capaz, aglutina en torno a sí a todos los descontentos con el gobierno de Don Álvaro, que ya son legión. Los incombustibles Infantes de Aragón, atentos a la más mínima fisura en la defensa del favorito, se adhieren rápidamente a la Liga, atrayendo consigo el viejo fantasma de las interferencias navarras y aragonesas. Intimidado por el alcance de los acontecimientos, el asustadizo Juan II se aviene a firmar el Convenio de Castronuño (1439) por el cua...

Títulos y Honores de Álvaro de Luna

Título Cargo
Condestable de Castilla Jefe del ejército castellano
Maestre de Santiago Líder de la Orden de Santiago
Conde de Santiesteban Título nobiliario
Duque de Trujillo Título nobiliario

tags: #alvaro #de #luna #biografia

Publicaciones populares: