Atenea: Diosa de la Sabiduría, la Guerra y el Mito Fundacional de Atenas
Diosa de la sabiduría y la acción, Atenea fue la hija de Metis, encarnación de la prudencia, y Zeus.
El Nacimiento Inusual de Atenea
Antes de estar casado con Hera, Zeus conoció a la oceánide Metis, quien fue de hecho su primera esposa. Urano y Gea auguraron a Zeus que el segundo hijo de su unión con Metis le destronaría, así que Zeus se tragó a esta, embarazada y todo. Pero cuando esta se encontraba encinta, Zeus recibió una profecía de Urano y Gaia: «de ella tendrás primero una hija, la más sabia de todas, pero el segundo hijo que Metis engendre contigo estará destinado a gobernar el mundo».
Aquejado por unos dolores de cabeza insoportables, el dios hacía temblar el mundo con sus gritos. Pero desde que Zeus se tragase a Metis estando embarazada, el dios del rayo sufría de terribles dolores de cabeza, que con el tiempo se hacían más y más insoportables. Zeus, resuelto a acabar con ellos, le pidió a Hefesto que le abriera la cabeza de un hachazo, en aquel punto donde el dolor era más punzante. Hermes llamó a Hefesto y le pidió que abriera de un hachazo la cabeza de Zeus, de la cual surgió, ya adulta y totalmente armada, Atenea. Tras el golpe, de la cabeza de Zeus surgió su hija, la diosa Atenea ya adulta, vistiendo una armadura, blandiendo una lanza y profiriendo un poderoso grito de guerra. Así pues, Zeus evitó que la profecía se cumpliera, al tiempo que ganó a una fiel aliada que le ayudó en su batalla contra los gigantes.
Atenea: Virtudes y Conflictos
Aunque sensata y justa, la diosa, como todos los olímpicos, tenía su carácter. Cuando la cizañera Discordia lanzó la manzana de oro en el Olimpo con la leyenda “para la más hermosa”, no dudó en aspirar al título junto con Hera y Afrodita. El juicio de Paris.
“La de los ojos de lechuza”, como la llamó Homero en la Ilíada, fue una diosa prolífica, representante de la civilización en su lado más práctico. Pilar de la civilización. Atenea era una maestra en el arte de la guerra, pero detestaba la violencia gratuita y mediaba en los conflictos con la voluntad de ponerles fin mediante la prudencia
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Atenea y la Ciudad de Atenas
Como es sabido, Atenas toma el nombre de la diosa Atenea, que, según la mitología, compitió con Poseidón sobre quién reinaría sobre la ciudad. Para ganarse el favor de Cécrope (rey de Atenas antes de que existiera y juez de la contienda o éris divina), el dios hizo manar agua salada (fuente Erecteida), mientras que la diosa entregó a la ciudad el olivo. Por un voto femenino de ventaja, Atenea conquistó el título de diosa políada.
Erictonio: El Hijo de la Tierra Criado por Atenea
Cierto día que se paseaba por la Acrópolis, fue deseada por Hefesto, el dios de las herrerías. La diosa virgen fue forzada pero no vencida, de modo que el semen del dios cayó a tierra y engendró a Erictonio. Según la mitología, el primer ateniense, Erictonio, pertenecía a una estirpe divina: en la noche de los tiempos, el fogoso Hefesto había perseguido a Atenea, pero como ella consiguió rechazarlo, el esperma se deslizó por su hermosa pierna hasta caer en la tierra de la que brotó Erictonio. Erictonio es, por tanto, hijo sin madre, aunque nacido de Gea, la tierra, y criado y educado por Atenea, su nodriza. Al hacerse mayor, Erictonio funda las Panateneas y da a la ciudad el nombre de Atenas por el nombre de su protectora, pero esta historia se confunde con la de Erecteo.
Este “hecho” justifica, según la mitología, o simboliza, por seguir la interpretación de Hegel, por ejemplo, que no haya un nombre para las habitantes de Atenas, como lo hay para las de otras ciudades griegas, así como que la política sea exclusivamente cosa de hombres. Atenas es, pues, femenina en el significante, pero masculina en el significado. Las mujeres, por razones mitológicas, quedan excluidas de la polis, de la política de la ciudad. No tienen voz, son solo un regalo, como Pandora, al servicio de la generación, aunque solo los hombres serán considerados los verdaderos engendradores, como lo fue Hefesto de Erictonio. Así, la exclusión política de la mujer queda establecida como una consecuencia derivada del origen, del mito de autoctonía. Su única función será la maternidad, aunque ni siquiera se le otorga oficialmente el nombre de madre. “El mito -concluye Loraux- explica que las atenienses no existen”, como no existen la ciudadanas, pues simplemente existen las mujeres.
La Persistencia del Mito en la Sociedad Ateniense
En estos ensayos, Nicole Loraux nos invita a releer el mito fundacional de la cuna de la cultura de Occidente para mostrarnos cómo dialogaba el orden mitológico con el imaginario político de los atenienses, y hasta qué punto la legitimación del poder de los hombres y la exclusión de las mujeres de los círculos de poder atestiguaba el temor de los hijos de Atenea a «la raza de las mujeres», un miedo tan ancestral como persistente.
La comunidad ateniense asegura su identidad a través de los mitos. Sin duda alguna el lógos filosófico se complica, pero para hablar del origen existe, al servicio de la ciudad, un idioma en el que la familia es una metáfora de la pólis, en el que el parentesco sirve para nombrar la patria: me refiero al mito, a los mitos mediante los que una comunidad se asegura su identidad, reconociéndose a sí misma desde un principio.
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Existe una primera serie de mitos para explicar el nombre de la ciudad que, sin otro recurso, los atenienses hacían derivar del de Atenea. Un primer relato dice que la diosa dio su nombre a la ciudad como consecuencia de un conflicto con Poseidón por la posesión del Ática, conflicto arbitrado por los propios atenienses -o por el rey primordial Cécrope- en beneficio de Atenea; nos interesa especialmente la versión de esta historia en que son las mujeres quienes toman la decisión, votando todas por la diosa, mientras que los hombres eligen a Poseidón; ya sabemos que siempre hay una mujer de más, y eso es lo que sucedió aquel día.
Otra narración cuenta que Erictonio, el autóctono nacido del suelo ateniense y «criado» por Atenea, puso nombre a la ciudad a partir del de la diosa.
La Dualidad en el Corazón de Atenas
Así, por un lado, tenemos a las mujeres; por el otro, a Erictonio. Las mujeres: privadas de todo poder en la ciudad histórica, y de las que el mito sólo nos cuenta su poder de antaño para quitárselo para siempre, precisamente en el día de su victoria; Erictonio: el autóctono, el rey fundador de la pólis gracias al cual el presente de la ciudad hereda sin rupturas el pasado inmemorial. Erictonio o la legitimidad que ya está establecida; las mujeres, vencidas en su victoria y privadas de cualquier nombre, tanto del que transmitían a sus hijos como, sobre todo, del de «las atenienses», que ellas habían contribuido a inventar. («¿Qué es una ateniense?». Para mayor satisfacción de Wilamowitz y de otros autores, el mito responde: «Algo que no existe»).
Por un lado Erictonio, por otro lado las mujeres: en el corazón de esta asimetría, atrapado entre las ciudadanas humilladas y el feliz inventor de lo político, se encuentra el nombre de Atenas.
Pero sobre todo se encuentra Atenea, a la que estrechos lazos unen a la vez con el autóctono ateniense y con la «raza de las mujeres», por intermedio de quien fue su antepasada: Pandora. En cuanto que divinidad políada, Atenea protege a la criatura real nacida del suelo ático; como diosa dotada de mêtis, dispone con cuidado el atuendo seductor de la primera mujer y la sitúa junto al telar. Ahora bien, no resulta indiferente para nuestra argumentación que, sobre la Acrópolis de Atenas, el primer ateniense y la primera mujer, pareja en apariencia asimétrica, ocupen el mismo lugar, a los pies de la diosa y bajo su protección: al describir la estatua crisoelefantina de Atenea Partenos, Pausanias observa de un solo vistazo que a sus pies hay una serpiente que «sería Erictonio» y que «en la base de la estatua está esculpido el nacimiento de Pandora […], la primera mujer, pues antes de su nacimiento […] la raza de las mujeres no existía».
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Por un lado Erictonio, por otro las mujeres: atrapado entre las ciudadanas humilladas y el feliz inventor de lo político, se halla el nombre de Atenas
No sorprende en absoluto la presencia de Erictonio sobre la colina sagrada donde las Panateneas celebran periódicamente su nacimiento. La de Pandora sorprende al principio: porque entre la mujer, ese artificio, producto de una operación artesanal, y el autóctono, enraizado en el mismo suelo que lo ha traído al mundo, la distancia parece irreductible: porque es cierto que la primera mujer funda un génos, pero no es de ninguna ciudad, o por lo menos ninguna otra ciudad griega parece haber querido apropiárselo.
Los atenienses frente a las mujeres: el dêmos Athēnaíōn que encarna la ciudad frente al génos gynaikôn, cuyo fantasma la tragedia toma prestado de buen grado de Hesíodo. Estableciendo como objetivo esta disimetría, inscrita tanto en los mitos de origen como en el espacio religioso de la ciudad, quisiéramos tratar de sustraer la persistente pregunta del «estatus de la mujer en Atenas» de la encrucijada jurídico-sociológica en la que periódicamente desemboca. Si la oposición entre lo masculino y lo femenino estructura la sociedad ateniense, si la ciudad democrática ha intentado dar una interpretación en primer lugar política de la división de sexos, le correspondía al mito ofrecer a esta división desigual la sanción de lo inmemorial: operación imaginaria al tiempo que cívica. Pero además, entre la creencia en la autoctonía, mito fundador de la ciudad de los hombres, y la necesaria integración de las mujeres en la pólis, entre la celebración del antepasado Erictonio y la aparición de la primera mujer en la Acrópolis, el imaginario cívico elabora la figura de Atenea, pues, ¿quién mejor que el epónimo de Atenas, diosa virgen e hija sin madre del padre de los dioses y de los hombres, podría conferir unidad a ese complejo mítico que fundamenta la ortodoxia ateniense en materia de nacimiento y de ciudadanía?
Atenea: Diosa Guerrera y Protectora
A la diosa Atenea, posiblemente una de las deidades más importantes y poderosas del panteón griego, no se la debía tomar a la ligera, como lo demuestra la transformación de la joven Medusa en una terrible Gorgona debido a la profanación de su templo, o el castigo que la diosa infligió a la hilandera Aracne por su soberbia. Y es que Atenea tenía un implacable sentido de la justicia y castigaba sin contemplaciones los actos impíos, tal como ocurrió con los héroes griegos que tras la caída de Troya habían osado profanar su santuario en la ciudad de Príamo.
Entre su epítetos, Atenea era conocida como Pallas (niña) y Parthenos (virgen) y, al igual que Ártemis, la diosa virgen hermana de Apolo, destacaba entre los demás dioses por no haber mantenido nunca relaciones sexuales ni con otras divinidades, ni con semidioses ni con mortales. Promachos (de la guerra), Ergane (de los oficios) o Niké (victoria) eran otros de los epítetos por los cuales era conocida la diosa Atenea. También era adorada en muchos lugares como señora y protectora de las artes y la artesanía.
Atenea también fue reconocida por el papel que desempeñó en hacer que se cumplieran los preceptos del recato sexual y fue una firme protectora de los cultos mistéricos.
El Rol de Atenea en la Guerra y la Protección de Héroes
Su vertiente guerrera y de protectora de héroes queda patente en diversos mitos. Perseo también se beneficio de la ayuda de la diosa al recibir el escudo con el que vencería a Medusa. Por su parte, el héroe griego Aquiles contó con la inestimable ayuda de Atenea para derrotar al príncipe troyano Héctor. Aunque no cabe duda de que el héroe favorito de Atenea fue Ulises, rey de Ítaca, quien se benefició de la sabiduría de la diosa durante su regreso a su patria. También Jasón se vio favorecido por el ingenio de Atenea cuando animó a Argo a construir el barco que llevaría a los argonautas a su conquista del vellocino de oro en la lejana Cólquida.
Atenea fue asimismo una de las principales protagonistas de la Ilíada de Homero, prestando su apoyo a los griegos, especialmente a Aquiles, a quien dio sabios consejos; a Menelao, rey de Esparta y esposo de Helena, a quien salvará de la flecha del hábil arquero Pándaro, y a Diomedes, cuya lanza desvió para herir al propio Ares, el dios de la guerra.
Atenea era una divinidad que siempre estaba dispuesta para el combate, aunque, a diferencia de su hermano Ares, el dios que representaba el horror de la guerra, Atenea no sentía atracción por la guerra en sí misma, sino que gustaba de la estrategia, y enseñaba a los hombres a ejercer el combate con inteligencia y habilidad.
Atenea como Inventora y Promotora de la Civilización
Aunque no solo era una deidad belicosa. A Atenea se le atribuyen asimismo inventos beneficiosos para la humanidad, muchos de ellos relacionados con la agricultura, como el olivo, el arado y el rastrillo. También le gustaba la ciencia y el hilado (en el cual era muy diestra).
Y es que Atenea se distinguía claramente de otros dioses por todos estos rasgos civilizadores. Así, aunque Poseidón poseía el dominio de los mares y también fue el creador del primer caballo, sería Atenea quien enseñó a los hombres a construir barcos y a domar a estos orgullosos animales. Asimismo, su hermano Hermes tenía, entre otras atribuciones, hacer crecer los rebaños, pero era la diosa quien enseñaba a los hombres, por ejemplo, cómo cardar la lana.
Equivalentes de Atenea en Otras Mitologías
Los romanos asociaban a la diosa griega Atenea con Minerva, la cual también era una diosa virgen de la sabiduría, la civilización, las ciencias, la justicia, la medicina y las artes. Pero había ciertas diferencias. Aunque era la protectora de Roma y la patrona de los artesanos, a Minerva no se la relacionaba con la estrategia militar ni con el valor de los héroes, rasgos que los romanos atribuían a otra diosa, Belona, una divinidad de la guerra y esposa del dios Marte (equivalente al Ares griego). Otras diosas que podrían equipararse a la diosa griega Atenea las encontramos lejos de Grecia, como por ejemplo la diosa mesopotámica Ishtar, o Anat, la diosa caldea de la fertilidad. En el norte de Europa también hallamos divinidades parecidas, como por ejemplo Freya. Aunque sus atributos nada tienen que ver con los de Atenea, a la diosa nórdica del amor, la belleza, la fertilidad, la guerra, la muerte y la magia también se la relaciona con esta importante divinidad griega. Por otra parte, en el antiguo Egipto existe una diosa guerrera, Neith, la diosa patrona de la ciudad de Sais, en el delta del Nilo, una divinidad asociada a la guerra y la caza, pero también a la sabiduría e incluso a los inventos.
Elementos Relacionados con Atenea
La diosa Atenea tiene un animal sagrado, el mochuelo, símbolo de la sabiduría, y también un árbol sagrado, el olivo. Asimismo, en el arte a Atenea siempre se la representa con una armadura, un casco de oro, un escudo y sosteniendo una lanza. De hecho, fue precisamente al héroe Perseo a quien Atenea encargó la casi imposible misión de decapitar a la terrorífica Medusa, una criatura capaz de petrificar a todo aquel que osara mirarla. Tras aparecérsele, Atenea aconsejó a Perseo que se acercara al monstruo guiándose por el reflejo de Medusa en la égida, el escudo que la diosa había prestado al héroe. Así, cuando Perseo la tuvo a su alcance, y estuvo libre de su mirada mortal, la decapitó.
La diosa Atenea está estrechamente ligada con Atenas, sobre todo después de que sus habitantes la escogieran como patrona de la ciudad tras recibir como regalo de la diosa un olivo, que simboliza la paz y la abundancia. Con su lanza y su escudo, Atenea es considerada una diosa protectora de las ciudades. En este contexto, uno de sus epítetos más conocidos era Polias o Poliouchos, que significa la diosa "de la ciudad" o "protectora de la ciudad". De este modo, muchas eran las ciudades griegas que dedicaban su templo principal a la diosa Atenea. Atenea fue asimismo ampliamente representada. Tal vez una de sus representaciones más famosas sea, sin duda, la monumental estatua de oro y marfil de doce metros de altura esculpida por Fidias que se encontraba en el interior del Partenón de Atenas, en la cella, su espacio más sagrado.
La celebre estatua criselefantina de Atenea atribuida al famoso escultor la muestra vestida con el peplo, una especie de túnica sin mangas, mientras que en su mano derecha sostiene a la diosa alada Nike, la encarnación de la victoria, mientras que con la izquierda sujeta un escudo, en cuyo interior se alojaba una aterradora serpiente que tal vez hacía referencia a Erecteo, el mítico rey de Atenas.
Otras representaciones de Atenea las encontramos en el Erecteion, un templo griego proyectado por los arquitectos Mnesicles y Filocles.
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