Historia y Propuestas para el Campo de Fútbol Viña del Andaluz en Paterna

30.10.2025

Compromís per Paterna ha propuesto hoy mejoras para diferentes instalaciones deportivas de la localidad, instalaciones que diariamente utilizan un gran número de usuarios, mayoritariamente niños y niñas de la localidad.

“Tenemos claro que la propuesta que realizamos se tiene que acometer con carácter de urgencia, no es aceptable que nuestros deportistas más jóvenes sufran las carencias que sufren hoy en día en un pueblo como Paterna”, señala el concejal de la formación Carles Martí.

Informan desde la formación que “en concreto esta propuesta hace referencia a la adecuación de los vestuarios, oficinas y urinarios en el campo de fútbol municipal Gerardo Salvador, la construcción de vestuarios y urinarios en los pabellones azul y naranja de la ciudad deportiva municipal y el cambio de la iluminación en los campos de fútbol de la Viña del Andaluz.

Nuestro fútbol ha visto apaños, chanchullos, trueques y transacciones más propias de trilero que de ejecutivo, no ya desde que desembarazándose de falsos pudores arrinconase el amateurismo marrón para abrazar la profesionalización, sino incluso antes, cuando, al menos en teoría, imperaban la autoestima y el amor a los colores.

Entonces, al igual que iba a ocurrir en decenios posteriores, resultaba poco menos que imposible demostrar la evidencia. ¿Quién, o quiénes iban a aportarla?. ¿Los mismos que se vendían?. ¿Y cómo?. ¿Confesando su indignidad?. ¿Devolviendo lo ingresado, hincándose de rodillas ante la afición y, naturalmente, haciendo las maletas de inmediato?. Javier Tebas, todo un experto en los pecados del fútbol. Seguro que no le faltaban razones para expresarse como lo hizo.

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Desde esta misma página se han apuntado situaciones mucho más que sospechosas, si bien carentes de esa «certeza jurídica».

Allá por los años 40 del pasado siglo, las competiciones de 2ª y 3ª División eran un puro galimatías. Con las infraestructuras en un estado calamitoso, autobuses quemando gasógeno y trenes que jamás llegaban a la hora, desde la FEF se entendió imprescindible recortar los traslados para el fútbol de bronce, ahorrándole, de paso, dispendios que su depauperada economía tampoco hubiese podido afrontar.

Consecuentemente, se formaron grupos reducidos, donde casi todos los choques serían de máxima rivalidad. Ligas, en resumen, con 10 competidores a doble vuelta, y 18 partidos. Competiciones tan breves que forzosamente debían complementarse.

Tras sumar 68 goles en la primera fase o Liga Regular, con un promedio próximo a los 4 por partido, obtuvo su clasificación, junto al Tomelloso, para la fase intermedia. Al término del primer tiempo vencían los leoneses con todo merecimiento por 3-1. Sin ser el suyo exactamente un paseo, lo cierto es que habían apabullado a los manchegos.

En el vestuario, las preceptivas filípicas del entrenador derrotado, alguna fugaz visita de directivos y un chorrito de agua milagrosa para los magullados. El grito de conjurados y otra vez a jugar. ¿A jugar?. No exactamente, al decir de los cronistas, por cuanto respecta a los muchachos de la Cultural. Su acometividad del primer tiempo parecía haberse esfumado.

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«En virtud del acuerdo del Comité de Competición, y por haber incurrido en faltas previstas en la Circular número 3 de la temporada 1945-46, epígrafe «sesiones de juntas-resultados irregulares», los clubs C. D. Leonesa y Albacete Balompié fueron excluidos de la competición cuando faltaba por jugar un partido, cuyos puntos se adjudicaron, según lo previsto en el art. 235 del Reglamento, a los respectivos contrarios, R. Valladolid y S.

Heridos en su orgullo, sintiéndose víctimas de una «grave injusticia», toda la localidad manchega se puso en pie de guerra. Cerraron los comercios, hasta 20.000 vecinos con pancartas contra la Federación o el Comité de Competición, y gritando «¡Injusticia, Injusticia!», se arracimaron en manifestaciones teóricamente espontáneas.

Algo semejante a lo ocurrido en Vigo y la ciudad de la Giralda sesentaitantos años después, cuando Sevilla C. F. y Real Club Celta fueron descendidos a 2ª por incumplimiento económico. Alcanzó tal nivel la revolera manchega que el propio gobernador civil, Antonio Rodríguez Costa, intervino para apaciguar a los manifestantes.

En realidad, el hombre estaba atrapado entre dos fuegos. En pleno franquismo de mano dura, con las manifestaciones prohibidas, si no eran jaleando al caudillo, tipificado como delito cualquier congregación de más de 6 personas en la vía pública, 20.000 enojados ciudadanos agitando pancartas podían ser vistos como una auténtica provocación.

Bien mirado, Rodríguez Costa sólo hubiera podido tomar dos caminos: el de la fuerza, perdiendo cualquier rasgo de representatividad ante sus administrados, o el de la templanza, aderezada de buenas palabras. Él mismo coordinó gestiones ante altas instancias del régimen, dando finalmente su visto bueno a una comisión del club deseosa de ser escuchada por miembros de la FEF y hasta -al menos así se pretendía- por el propio general Moscardó, Delegado Nacional de Deportes.

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Aún siendo aquellos tiempos de autocensura, de pensar muy bien lo que se escribía, puesto que entonces jefes de redacción y subdirectores leían cada texto antes de pasar a la linotipia, algunos diarios nacionales hicieron memoria sobre otros casos con implicación de clubes más poderosos, a los que no se aplicó tanto correctivo.

Entre tanto, conocedores de que desde altos estamentos políticos se pensaba levantar las sanciones para no enturbiar más los ánimos, la junta directiva de la FEF decidía presentar su dimisión, como protesta. El caso, en efecto, fue revisado, quedando sin validez la expulsión de manchegos y leoneses.

Porque la realidad fue que aquellos dos partidos suspendidos no se jugaron nunca, que Valladolid y Salamanca pasarían a la siguiente fase, en detrimento del Albacete, si bien ninguno de los dos alcanzara en primera instancia el ascenso a 2ª División.

Sólo de rebote, tras promocionar con el Real Santander -Franco había abolido las denominaciones extranjeras, como Sporting, Athletic o Racing-, los vallisoletanos pudieron colarse en el fútbol de plata por la gatera. Para mayor insatisfacción manchega, el secretario general, Sr.

Nunca pudo aclararse quién y a qué precio compró aquel partido en León, por más que aún faltando «convicciones jurídicas», como probablemente matizara hoy Javier Tebas, todo apunte a la existencia de compraventa.

Se dijo en voz no muy alta, esparciéndose luego como rumor, que el soborno pudo haberlo realizado un gran aficionado a la caza y la pesca, con cargo en los Sindicatos. Mario Rolando Castro Fernández, para el fútbol Rolando, acababa de aprobar las oposiciones de Magisterio y tuvo que trasladarse a Avilés, donde se le adjudicó destino.

Jesús Tartilán, entrenador de la actualmente aletargada Unión Deportiva Cacabelense, conocedor de sus virtudes sobre el césped, le animó a fichar por el equipo. Lógicamente sólo podría desplazarse a Cacabelos o donde los bercianos rindieran visita, el mismo día del partido.

Rolando, centrocampista organizador nada despreciable, sólo se incorporó a la U. D. Cacabelense bien avanzada la primera vuelta del Campeonato, pero aún así no se libraría de vivir un formidable esperpento.

Todo se produjo en los estertores de la competición, cuando S. D. Ponferradina, Deportivo Gijón y Real Avilés C. F. pugnaban por el primer puesto y los avilesinos debían visitar el campo de Cacabelos.

«Esa semana entrené con toda normalidad, aunque a lo largo de la misma surgieran bromas por parte de los jugadores del Avilés, diciéndome que no me esforzara demasiado -narró el protagonista, ya retirado, a José Cruz Vega Alonso-. Pero sin más trascendencia.

Llegó el día del partido y cuando Rolando entraba en el campo, un directivo asturiano se acercó a preguntarle si le interesaría jugar con ellos la siguiente temporada. Al contestar afirmativamente, puesto que iba a seguir otro curso académico en la villa avilesina, el directivo ya no anduvo por las ramas: «Pues mira, te prometo una buena ficha si durante el partido de hoy te inhibes lo suficiente y facilitas nuestro triunfo».

Si bien el muchacho empezó tomándoselo a chacota, la insistencia del directivo le hizo comprender que hablaba absolutamente en serio. Hallándose ya equipado, le llamó aparte el encargado de material del Avilés. Llevaba en la mano un talón con un buen importe, como prima para todos, y pese a escuchar otra negativa rogó lo comentase a sus compañeros, reiterando que el ofrecimiento de jugar con ellos la siguiente campaña seguía en pie.

Además de volver a rechazarlo, esta vez se lo contó todo a Tartilán, quien, veterano del fútbol -incluso había militado en la liga estadounidense finalizando los 60- le recomendó no ocultarlo a la plantilla, en evitación de posibles males mayores. Román Tomás López, Román en las alineaciones de esa misma temporada, corroboraba el testimonio: «Tartilán dijo que si aceptábamos, no se sentaba en el banquillo. Nos pusimos de acuerdo en que había que salir a por todas».

Y vaya si lo hicieron. Tras el pitido final, el mismo directivo que formulase la primera oferta, quién sabe si temeroso de que el affaire saltase a la luz, felicitó a Rolando por su actuación. «Además me pidió perdón, dando por bueno el resultado, porque creía que era mejor así.

La convivencia en cualquier vestuario, más aún si corresponde a clubes modestos, suele ser tan estrecha como para hacer difícil la observancia de secretos. Los futbolistas del Avilés no sabían nada entonces, pero acabaron conociéndolo todo.

Y puesto que aquella temporada no estaban al día en cobros, montaron en cólera. No había dinero para satisfacer sus fichas, ¿y resulta que sobraba para sobornar adversarios?. ¿Acaso no hubiese sido mejor tenerlos motivados cumpliendo lo contratado?. Debían considerarles poco, si veían imposible el ascenso no mediando ayudas bajo mano.

Resumiendo, la propia plantilla del Real Avilés acabaría aireando la mala ocurrencia de su directivo. Incontestable intento de soborno. Intento, nada más, porque quienes pudieron haberse vendido optaron por la honestidad, diciendo «no».

Pero, ¿y si hubiesen aceptado el talón?. ¿Cuántos talones o promesas económicas no habrán servido para amañar partidos?. Dos ejemplos tan sólo, entre cien sospechas cimentadas sobre hormigón armado. Dos «certezas morales» que como punta de iceberg esconden su silenciosa amenaza.

Quede a modo de moraleja que si al Albacete lo apartaron de la fase definitiva, tampoco el Real Avilés C. F. lograría ascender esa campaña. Sólo saboreó la miel en 1983, bajo la nueva denominación de Real Avilés Industrial.

Han sido varios los intentos por rebajar la edad media de nuestro fútbol en categorías catalogadas como «nodriza». Unas veces declarando «no profesional» a la 3ª División. Otras estableciendo techos de edad a los jugadores profesionales más alejados de la elite.

E incluso durante dos años, a partir del campeonato 1979-80, exigiendo la alineación de al menos 2 futbolistas Sub-20 en cada partido. Contempladas esas iniciativas desde la perspectiva que ofrece el tiempo, juez inmisericorde, apenas si cabe hallar algún beneficio.

Cuando durante el decenio del 50 se quiso convertir la 3ª en un paraíso «amateur», casi tuvo lugar una revuelta. Clubes con aspiraciones o caídos en desgracia deportiva, vieron en la fórmula un ardid para marginarlos a perpetuidad.

Sin buenos contratos, no podían nutrirse de veteranos procedentes de superior categoría. Sin esos refuerzos difícilmente tendrían soporte sus legítimas ansias de ascenso. Y sin el acicate de un mejor porvenir, ¿para qué sacrificarse como directivos, adelantar fondos personales o ejercer de avalistas ante entidades de crédito?

Paralelamente, los futbolistas también levantaron la voz, pese a carecer de representantes legítimos. Si el derecho de retención podía tenerlos atados indefinidamente a un club, y al ser desechados topaban con un mercado tan reducido, ¿pintaban algo en aquel teatro, pese a ser actores de tronío?

A toda prisa la Federación Española dio marcha atrás, procurando mantener el tipo y las formas. La veda oficial a profesionales en 3ª se mantenía, pero a los clubes se les brindaba la posibilidad de fichar «amateurs compensados».

Los techos de edad, ya en los 70, tuvieron un efecto más pernicioso. Quienes no podían jugar en 3ª por sumar excesivos cumpleaños, recalaban en el fútbol Regional, cerrando el camino a jóvenes con más ilusión pero menos experiencia.

Y eso precisamente en el vivero que debía nutrir a las categorías superiores muy a corto plazo, puesto que la 2ª B aún no existía y únicamente 80 clubes componían la 3ª. Hubo extranjeros sin oficio u ocupación laboral reconocida, militando en Regional. Y hasta exjugadores de 1ª viviendo en hoteles o pisos de alquiler, a 600 kilómetros de sus casas, mientras se batían el cobre por campos de tierra.

La sucesión de fracasos no pareció minar el ánimo de los federativos, porque para cuando echó a rodar el balón la temporada 1979-80 se descolgaron con la exigencia de alinear en cada partido a dos muchachos Sub-20. El argumento esgrimido apenas si ofreció novedades. Resultaba imperiosa la necesidad de conceder espacio a las jóvenes promesas.

Si no jugaban nunca, ¿cómo se iban a foguear?. El fútbol nacional necesitaba relevo, máxime después de que la apertura importadora decretada 5 años antes hubiese atiborrado de extranjeros demasiadas plantillas.

Si nadie ponía remedio, dentro de unos años la selección nacional estaría compuesta por jugadores de 2ª División, se aseguraba entonces. No corrían tiempos de bonanza para la escuadra roja, desde luego.

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