¿Cuándo Nació Esopo? Biografía del Fabulista Griego

29.10.2025

Son tan escasas las noticias dignas de crédito conservadas por la Antigüedad acerca de la vida de Esopo que algunos han llegado a dudar de su existencia.

Uno de estos fue también Esopo, cuando del testimonio de Platón y de Aristófanes, de la constante tradición desde los tiempos más remotos hasta nuestros días y del examen de las obras que se le atribuyen, y que llevan un sello característico, personal y propio, deduce cualquier hombre sensato lo contrario.

Según la opinión más autorizada, este eminente fabulista nació en Amurio, en la Frigia, al oeste del Sangarino, unos 550 años a. C., siendo por tanto contemporáneo de los siete famosos sabios, de la apasionada poetisa lesbia Safo, de Creso, el rey de la Lidia, tan conocido por sus riquezas como por sus desdichas, de Pisístrato, el tirano ilustrado de Atenas, y de tantos otros celebérrimos personajes.

Se ignora por completo la causa de su aparición en Atenas desde los primeros años de su vida y la de su condición servil, no pudiéndose asegurar si en su niñez fue apresado en las costas de su patria por algún pirata griego o persa, o hecho cautivo en alguna guerra y llevado después a Atenas y vendido en ella.

Vida y Orígenes de Esopo

El personaje de Esopo ha quedado de tal manera envuelto en leyenda que es difícil separar en su biografía lo que pertenece a su vida real y lo que es producto de la ficción. Parece que vivió en el siglo VI antes de Cristo y que era natural de Frigia, en Asia Menor, o de Tracia, al norte de Grecia.

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Esopo como Esclavo

Su primer dueño fue el ateniense Demarco, quien lo vendió después al filósofo Janto de Samos, y este, más tarde, a Yadmón. Lo que parece probable es que su natural ingenio hubo de despertarse y desarrollarse en la culta capital del Ática, en donde pudo aprender no poco, oyendo, y acaso tratando a tantos hombres notabilísimos como florecieron en ella en este tiempo, y con el comercio del filósofo Janto y de sus discípulos, que hubieron de instruirle y de ejercitar su inteligencia.

Según dice Heródoto (cap. 134 del lib. II), sirvió a su último amo en compañía de la célebre cortesana Rodope, la fundadora de una de las pirámides de Egipto.

Su ingenio extraordinario, sus réplicas llenas de agudeza, sus singulares rasgos, que hacían resaltar su talento, viveza sin igual y profundo espíritu de observación de las cosas y de los hombres, y, finalmente, la originalidad y maestría con que daba al pueblo lecciones sapientísimas de moral, bajo la forma de apólogos o de fábulas, le granjearon de tal modo la estimación y la benevolencia de su dueño que obtuvo al cabo su libertad.

Fue esclavo, pero consiguió que su amo lo liberase, y tuvo una vida llena de peripecias. Sobre esos pocos datos se fue forjando desde muy pronto una biografía popular y anónima que conoció sucesivas versiones hasta el final de la Edad Media. Según estas, sirvió como esclavo para el filósofo Janto, con quien desarrolló la agudeza que después le haría famoso.

Viajes y Misiones Diplomáticas

De Samos se encaminó entonces al Asia Menor y a la corte de Sardes, en donde reinaba Creso, cuyo favor supo conciliarse muchos años de tal modo, que en distintas ocasiones le sirvió de embajador en Grecia, en donde, según dice Plutarco, asistió al banquete de los siete sabios, dado por Periandro, uno de ellos, a los otros seis, en su palacio de Corinto.

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Sin duda al desempeñar alguna de estas embajadas de Creso, y al pasar por Atenas, hubo de contar a los atenienses la fábula de Las ranas pidiendo rey, para que sufriesen con docilidad el gobierno de Pisístrato.

Una vez libre, actuó como consejero de reyes en Asia Menor y en Babilonia. Su reputación se extendió por toda Grecia, Oriente Próximo y Egipto.

La Trágica Muerte de Esopo

En otra de sus embajadas, que fue la última, se proponía ofrecer en Delfos a Apolo un soberbio sacrificio, en nombre de Creso, y dar a cada habitante una suma considerable de dinero. El embajador fabulista, hombre de rectitud y fiel servidor de su rey, conociendo a los delfios de cerca y observando en ellos una codicia insaciable, una perversidad poco común y todo linaje de vicios, sintió arder en su pecho tan profunda indignación que creyó interpretar los sentimientos de su soberano negándose a entregar a los habitantes de la ciudad el donativo de Creso, a quien devolvió el dinero en que consistía.

No contento con esto, reprendió ásperamente sus costumbres, y hasta se dice que compuso contra ellos la fábula de Los sarmientos flotantes. Los delfios, por su parte, ardiendo en ira y en espíritu de venganza, hicieron con él lo que con muy distinto propósito hizo José con sus hermanos, los hijos de Jacob. Ocultaron una copa de oro del templo entre los objetos de su pertenencia, acusáronlo de haberla robado, registraron sus efectos y la hallaron entre ellos.

En su consecuencia, fue acusado ante los jueces, quienes lo declararon culpable de robo sacrílego y lo condenaron a ser despeñado de la roca Hiampea.

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Legado Literario de Esopo

Aunque la fábula como subgénero literario ya tenía raigambre en Grecia, Esopo fue quien estableció el tipo clásico de la fábula y constituyó la primera colección de éstas. Muchas fábulas populares y de autoría incierta le fueron atribuidas desde muy pronto.

Las referencias de autores clásicos ponen de manifiesto que en el siglo V ya existía una obra escrita bajo su propio nombre.

El nombre de Esopo se utiliza para abarcar una larga tradición de fábulas que configuran de algún modo el origen del imaginario moral de la cultura europea. El presente volumen recoge todas las fábulas de tradición esópica que, aunque variada procedencia, fueron concebidas en griego.

Pertenecientes a un género antiquísimo y de duradera fortuna en nuestro ámbito cultural, las fábulas son composiciones generalmente breves que proporcionan una enseñanza práctica, un consejo moral o una regla de comportamiento.

Durante 25 siglos, las historias de animales conocidas como las Fábulas de Esopo han divertido e instruido a generaciones de niños y adultos. Hoy siguen siendo tan frescas y conmovedoras como lo fueron para los antiguos griegos.

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