El Imperio Inca: Orígenes, Expansión y Legado
«En los siglos antiguos toda esta región de tierra que ves eran unos grandes montes y breñales, y las gentes en aquellos tiempos vivían como fieras y animales brutos, sin religión ni policía, sin pueblo ni casa, sin cultivar ni sembrar la tierra, sin vestir ni cubrir sus carnes [...]. Nuestro Padre el Sol, viendo los hombres tales como te he dicho, se apiadó de ellos, y envió del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos para que los doctrinasen en el conocimiento de Nuestro Padre el Sol [...] y para que les diesen preceptos y leyes en que viviesen como hombres en razón y urbanidad». Así recordaba el Inca Garcilaso de la Vega, a finales del siglo XVI, lo que un tío suyo le había contado en su niñez sobre los orígenes del pueblo inca.
Orígenes Míticos
Los protagonistas del relato eran una pareja de hermanos, Manco Capac y Mama Ocllo, nacidos a orillas del lago Titicaca, en plena cordillera de los Andes, quienes, por orden del Sol, emprendieron un viaje hasta fundar una nueva ciudad: Cuzco. De estos dos héroes fundadores nació la dinastía de los trece Incas.
No existen datos verdaderamente históricos relativos a los primeros de estos soberanos, los llamados Incas legendarios. En cualquier caso, sus dominios no sobrepasaron el área de Cuzco.
Expansión del Imperio
Fue en el siglo XV, bajo Pachacuti Inca Yupanqui, el noveno Inca, cuando se inició la expansión del Imperio con la derrota de los feroces chancas y la conquista de Cajamarca y la zona del Titicaca. Su hijo Tupac Inca Yupanqui amplió nuevamente las fronteras, venciendo a los pendencieros chachapoyas y apoderándose del territorio chimú.
Durante su reinado, los incas se anexaron el territorio de los actuales estados de Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina.
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Organización Social y Política
Este vasto espacio, que a principios del siglo XVI comprendía 12 millones de habitantes, se encontraba bajo la autoridad suprema del emperador: el Inca, el Hijo del Sol. Éste residía con su familia en Cuzco, en un palacio que cada soberano construía de nuevo, rodeado por sus esposas e hijos, los otros linajes reales, y sus ministros y sacerdotes.
La sucesión se realizaba de padre a hijo y, aunque no regía el principio de primogenitura, el heredero debía ser uno de los príncipes o auquis habidos con la esposa principal, la coya (o colla). Cuando aquél alcanzaba la mayoría de edad se iniciaba en las tareas de Estado. Lógicamente, el hecho de que hubiera varios candidatos al trono fomentaba las intrigas y las luchas de poder, sobre todo porque cada príncipe constituía un linaje propio, o panaca, que apoyaba sus intereses.
Es sabido que estas disensiones dinásticas propiciaron la conquista del Imperio inca en 1532 por Pizarro, quien supo aprovechar la situación de guerra civil entre los hermanos Huáscar y Atahualpa para imponerse.
Los principales cargos religiosos y administrativos eran ocupados por los miembros de las distintas panacas. Los españoles les llamaron «orejones» porque sus enormes pendientes distendían los lóbulos de las orejas exageradamente. Yupanqui, el décimo Inca. Manuscrito con imágenes de Poma de Ayala. Todos ellos gozaban de múltiples privilegios, como trasladarse en litera, vestir telas finas, protegerse con quitasoles, y tener concubinas y servidores, los yanaconas.
Por debajo se encontraba la gran masa de población, los hatunrunao «gentecomún». Eran ellos los que mantenían el Imperio con su trabajo, del que el Inca se apropiaba a través de una institución que perviviría bajo el dominio español: la mita, una prestación de trabajo o servicios por la comunidad.
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El Poder Militar Inca
El Imperio inca, también llamado incario, era un Estado militar. Contaba con un ejército poderoso y bien entrenado, que se nutría de la mita. Ésta permitía reclutar un elevadísimo número de soldados en la mejor edad para combatir. Los más jóvenes marchaban al frente, y los demás se dedicaban a labores de utillaje y abastecimiento; los soldados se renovaban mediante los turnos obligatorios y el ejército siempre estaba «descansado».
Además, el sistema vial facilitaba la comunicación entre los diferentes puntos del Imperio y permitía la circulación de las tropas con rapidez. Éstas podían abastecerse o descansar en los tambos o depósitos que salpicaban los caminos, donde se guardaban alimentos y armas. Las campañas militares podían ser de larga duración, y a veces estaban dirigidas por el Inca o por alguno de sus generales, aunque los responsables últimos eran, en la práctica, soldados cualificados.
Dominio y Control de los Pueblos Conquistados
Las conquistas del ejército inca daban pie a grandes celebraciones. Pachacuti, por ejemplo, a la vuelta de una exitosa campaña que había durado cuatro años, fue recibido por el enardecido pueblo de Cuzco, deslumbrado por una comitiva jamás vista, formada por jefes aliados, botín de guerra y prisioneros. Éstos fueron sacrificados en la plaza de Aucaypata y sus cráneos convertidos en vasos o keros para hacer su brindis al Sol.
Tras la conquista de un territorio se procedía a la incaización de sus habitantes a través de la imposición de la religión oficial, el culto al Sol, y el idioma quechua. Los dioses y curacas del pueblo vencido eran llevados a Cuzco. Sacsahuamán, a dos kilómetros de la ciudad de Cuzco, con sus 3.700 hectáreas, es el mayor complejo arquitectónico inca. Pachacuti lo empezó a contruir en el siglo XV, pero no fue acabado hasta un siglo más tarde, bajo el gobierno de Huayna Capac.
Si esto no bastaba para asegurar la fidelidad al Imperio, se ponía en práctica el sistema de mitimaes o traslados forzosos de poblaciones enteras que eran deportadas a tierras lejanas. El desarraigo quebraba los vínculos internos de los pueblos sometidos, lo que cortaba de raíz cualquier atisbo de rebelión.
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Administración del Imperio
Los territorios conquistados se mantenían unidos gracias a un sofisticado sistema administrativo. El Imperio estaba dividido en cuatro regiones o suyos para facilitar su administración; de hecho, el nombre que los incas daban a sus dominios, Tahuantinsuyu, significa «las cuatro regiones».
Cada suyo o región estaba gobernado por un suyoyocapu, que era un representante del soberano, generalmente un hermano o tío de éste. Los cuatro suyoyocapu formaban un consejo de gobierno que asesoraba al Inca. Cada suyo se dividía en territorios de 40.000 habitantes, gobernados por curacas que gozaban de cierta independencia política.
Sin embargo, la libertad de acción de estos curacas quedaba limitada por el hecho de que sus hijos residían en Cuzco como prueba de su fidelidad y porque, además, tenían a su lado a dos enviados directos del Inca: el apunchic o gobernador militar, y los tucuiricuc, una suerte de inspectores (su nombre en quechua significa «los que lo ven todo») que se ocupaban, en especial, del reclutamiento de los efectivos necesarios para el ejército y de los hombres que debían trabajar en los campos y las infraestructuras del Tahuantinsuyu.
Infraestructura y Comunicaciones
Para articular el Imperio, los incas tuvieron que vencer enormes obstáculos geográficos. Para comunicar tierras separadas por elevados montes e innumerables barrancos y quebradas se construyeron túneles y escaleras horadadas en la roca, o puentes colgantes, a más de 5.000 metros de altura, elaborados con fibras que ponían «cierto miedo cuando se miraban, por parecer medios tan flacos y frágiles», como refería el jesuita Acosta.
Disponían de un servicio de balsas pequeñas de totora (juncos) y otras más grandes llamadas oroyas que, a modo de transbordadores, transportaban personas y mercancías. Se creó una extensa red de caminos y un eficaz sistema de postas basado en los chasquis o mensajeros, capaces de llevar un mensaje de Quito a Cuzco en seis días, haciendo relevos cada seis kilómetros.
Economía y Distribución de Recursos
En el Imperio inca, el Estado lo controlaba todo. Todos los bienes productivos -principalmente la tierra, pero también el ganado- pertenecían al Inca, aunque en la práctica los recursos se dividían según el sistema que los especialistas denominan «tripartición».
En cualquier población, por pequeña que fuera, un tercio de los bienes se reservaba para el Inca, otro se destinaba al culto del Sol y el otro tercio quedaba en manos de la comunidad; esta proporción, sin embargo, podía variar en función de la riqueza de cada zona. Sólo existía la propiedad privada para las posesiones del Inca, quien podía transmitirlas a los miembros de su linaje real o panaca, y las hacía trabajar por sus yanaconas o sirvientes.
Los hatunruna, la «gente común», sostenían con su esfuerzo el incario. La base de la organización social era el ayllu, una comunidad amplia formada por las familias que descendían de un mismo ancestro, identificado generalmente con una divinidad tutelar propia. Los ayllu constituían la fuerza de trabajo y eran controlados por medio de un minucioso método de contabilidad basado en los quipus, registros en los que se consignaban las cosechas, los nacimientos, las muertes y los matrimonios, así como los efectivos del ejército y el número de quienes trabajaban en el campo y las obras públicas.
La Vida Cotidiana y el Trabajo
Los hatunruna tenían la obligación de trabajar para el Inca prácticamente desde que podían andar, según una división del trabajo por tramos de edad y por sexo, en función de la capacidad física. Los niños pequeños entregaban plumas y las niñas, flores que se utilizaban como tintes; también hacían recados o labores domésticas. Los ancianos cuidaban de los animales, y las mujeres tejían y se ocupaban de la familia y de la casa.
Pero quienes tenían más responsabilidades eran los varones casados o purej, de 25 a 50 años. Eran ellos quienes estaban sometidos a la mita, un trabajo temporal o por turnos (en quechua mita significa «turno») en beneficio del Inca, del cuerpo de sacerdotes o de los curacas de su comunidad. El trabajo se realizaba en el lugar de residencia o en otros señalados por el Estado, y podía ser muy diverso: en el campo, en la ciudad, en la alfarería, los textiles, la metalurgia, las obras públicas, etcétera.
También eran reclutados por turnos para servir en el ejército.
Control Estatal de la Vida
El Estado organizaba toda la vida de los hatunruna desde su nacimiento. No sólo se apropiaba de su fuerza de trabajo, sino que fijaba su lugar de residencia e incluso controlaba su vida conyugal. El matrimonio era obligatorio y debía realizarse dentro de cada ayllu.
Para evitar que los contrayentes fueran parientes directos -solamente el Inca podía casarse con su hermana-, el ayllu se dividía en hanan (arriba) y hurin (abajo), y se establecía que los de arriba se casaran con los de abajo y viceversa. La poligamia estaba permitida, pero únicamente a los nobles y a los curacas.
El matrimonio se realizaba en ceremonias estatales multitudinarias, en las que los jóvenes de 20 años y las jóvenes de 16 debían emparejarse. Si durante la fiesta no surgía el «flechazo», el curaca creaba parejas forzosas que convivían durante seis meses. Ese período se conocía como sirvinacuy, y si en su transcurso no florecía el amor cabía la posibilidad de separarse. Para formalizar el compromiso, según Acosta, el desposado debía poner a la joven «una otoja en el pie. ‘Otoja’ llaman el calzado que allá usan, que es como alpargate o zapato de frailes franciscanos, abierto.
Una vez casados, el Estado facilitaba a la joven pareja una vivienda con una parcela o tupu y una provisión de ropa. Cada año se revisaban las concesiones y si la pareja había tenido descendencia recibía más tierra: un tupu si era un hijo varón y medio si se trataba de una niña. El tamaño total del ayllu dependía, así, del número de parcelas de sus varones.
Cada matrimonio recibía también una pareja de llamas, cuya lana debía entregarse al Estado, aunque las crías podían ser utilizadas a voluntad. El ayllu, al basarse en el parentesco, favorecía la solidaridad entre sus miembros y proporcionaba protección a los más débiles: los discapacitados, las viudas y los ancianos.
Cada hombre cultivaba su parcela individualmente; pero si moría algún varón, el resto de la comunidad trabajaba la parcela del fallecido de manera altruista para que su familia pudiera mantenerse. Del mismo modo, los hombres que permanecían en el ayllu debían cultivar las tierras de quienes eran enrolados en el ejército.
Gracias a este sistema de organización, la agricultura andina alcanzó un grado muy notable de desarrollo. Para garantizar la provisión de agua se construyeron canales que la transportaban desde la sierra hasta la costa, regando en su recorrido las terrazas que con tanto esfuerzo los hatunruna edificaban en las laderas, las cuales, al estar situadas a diferente altitud, permitían obtener una gran variedad de productos.
Además de la agricultura, los incas tenían rebaños de llamas, que naturalmente eran distribuidas por el Estado con las mismas normas que se aplicaban a la tierra.
Religión y Rituales
Para la gente común, las obligaciones no terminaban con el Inca, sino que también debían honrar a los dioses del extenso panteón incaico participando en multitudinarias y complejas ceremonias en las que no faltaban la música ni la danza, y realizando ritos y ofrendas en las que se sacrificaban animales, principalmente llamas, y también seres humanos.
Como pueblo agrícola, las divinidades incaicas estaban relacionadas con las fuerzas de la naturaleza. Pero el dios principal era Inti o el Sol, cuyos rayos proporcionaban la vida y el sustento a todos los seres. Con el tiempo, la nobleza lo convirtió en el dios estatal y en padre del Inca. Como deidad suprema tenía un templo de piedra para honrarle en todos los lugares del Imperio. El más excepcional fue el Coricancha, construido en Cuzco, la capital imperial.
Sus paredes estaban revestidas de oro y una enorme imagen del Sol, también de oro y con incrustaciones de piedras preciosas, presidía la sala principal. El astro rey la iluminaba cada mañana, multiplicando sus rayos por las áureas paredes. Los españoles dilapidaron aquella gran obra; según Acosta, un soldado tomó «aquella hermosísima plancha de oro del sol, y como andaba largo el juego, la perdió una noche jugando».
Las capillas estaban recubiertas de metales preciosos, como la de la Luna, forrada de plata; las vajillas, los utensilios y las cañerías eran de oro y plata; y en el jardín que rodeaba el templo, los chimúes habían esculpido en oro árboles, frutos, hombres y animales a tamaño natural.
Profecías y Sacrificios
El ritual llegó a ser muy elaborado y en torno a él nació una jerarquía sacerdotal, cuyas funciones también incluían vaticinar el futuro. La respuesta la buscaban en las vísceras de las llamas, generalmente blancas, o en la atenta observación del fuego en un brasero sagrado, incluso en el movimiento de las arañas en cautividad.
El mismo Huayna Capac necesitó de estos servicios para designar a su sucesor, puesto que dudaba entre sus hijos Huáscar y Ninan Cuyochi. Para dilucidar el asunto se celebró la ceremonia de la Callpa, en la que l...
El Significado de Inti en la Actualidad
Los festejos por el primer año de la hija de Cazzu y Christian Nodal han empezado. El cumpleaños de Inti es el 14 de septiembre, sin embargo, la cantante ha decidido compartir este viernes 13 unas imágenes de lo que ha sido la celebración, la cual se ha llevado a cabo en Argentina, donde ambas residen. En las imágenes que compartió, se aprecia la decoración del festejo, el cual se llevó a cabo al aire libre. En tanto, la festejada lució un look en amarillo claro, quizá en un guiño al significado de su nombre. Inti, significa 'sol' en quechua, el idioma de los incas.
Las calcetitas de la niña así como los moños con los que llevó el pelo recogido eran de color amarillo encendido. El festejo contó además con una carpa, una estación de algodón de azúcar y un área para bebés. A pesar de que Cazzu decidió enfocar sus redes sociales en sus proyectos profesionales, borrando casi todas las fotos de su perfil, en esta ocasión ha hecho una excepción y ha decidido compartir unas cuantas fotos del festejo de su hija.
Mientras Cazzu celebra a su hija por su primera año de vida, Christian Nodal recientemente arrancó con su gira Pa'l cora en Estados Unidos. El tour arrancó el 11 de septiembre en Seattle y al día siguiente, el 12 de septiembre, tuvo un show en Kennewick. Su próximo concierto está pautado para el 20 de septiembre en San José, California, por lo que se desconoce si en estos días que tiene entre concierto y concierto, viajará a Argentina para unirse a los festejos de su hija.
Fue en mayo pasado cuando la expareja dio a conocer el fin de su relación, luego de casi dos años. Empezaron a salir en el verano de 2022 y en abril del año siguiente, Cazzu dio a conocer que estaba embarazada. Pareciera que fue ayer cuando Cazzu y Christian Nodal anunciaron emocionados el nacimiento de su hija Inti, pero ya ha pasado casi un año. Si bien hoy las circunstancias que rodean a la ahora expareja son distintas, lo que no ha cambiado es el inmenso amor que sienten hacia su bebé. La pequeña, quien nació en Argentina al igual que su famosa mamá, celebrará este 14 de septiembre su primer cumpleaños.
“La llegada de una nueva vida al mundo siempre es alegría. Este festejo, que se celebra en tal fecha en Argentina, fue la ocasión perfecta para compartir una tierna selfie. “GRACIAS por hacerme tu mamá. Feliz día a todas las mamis, a las mamás de mi familia, a mis amigas mamis y a mis fans mamitas. Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.
Inti Brand
Rebecca Lima se define así misma como una apasionada de la arquitectura y de la moda. Hasta el año2019, la relación entre Lima y España era prácticamente inexistente. Fue entonces cuando salieron a la luz unas fotografías de la diseñadora y el afamado chef Jordi Cruz paseando por las calles de Madrid, que evidenciaban el comienzo de un romance entre ambos.
Han pasado ya tres años, y una pandemia mundial de por medio, y el amor entre ambos sigue intacto y más reforzado que nunca. Cuando se trata de hablar de Cruz, Lima se deshace en halagos y demuestra sin ningún pudor todo el orgullo y respeto que siente por el trabajo de su pareja. Nacida en la capital de Brasil, Brasilia, ciudad donde se crió y vivió durante muchos años, Lima se trasladó a Barcelona justo cuando empezó el confinamiento.
Para la joven arquitecta, alejarse de su familia, con la que mantiene un gran lazo, no fue fácil; como tampoco emprender su primer negocio y perseguir su sueño profesional. “El cambio nos ayuda. No sabes dónde te puede llevar. Solo tienesque intentar disfrutar del camino y aprender”, afirma. “Mudarme de país, aventurarme a fusionar pasiones y confiar en que al público le gustará… ha sido un proceso de cambio continuo. Hoy me miro y no soy la Becca que era hace uno saños. ¡Cuánto he cambiado! Con luces y sombras, momentos difíciles y otros más felices. Hoy soy la mejor versión de mímisma.
Lamarca Inti Brand, su proyecto de moda, cumple ahora cinco años, pero Lima ya dio sus primeros pasos como emprendedora al cumplir la mayoría de edad. “Sabía que tenía que crear mi propio negocio. Al principio empecé a confeccionar prendas para mis amigas con la ayuda de una costurera”, explica Lima en un vídeo promocional de su firma.
No teníamos mucho dinero y al principio tuvimos que improvisar un pequeño taller en la primera planta de la casa de Gio. Así empezamos: dos chicas de 20 años con poca experiencia pero con todas las ganas del mundo”. Con el tiempo las ventas fueron creciendo y contrataron a su primera empleada. “Nuestro proyecto tomaba forma, ganamos cierta visibilidad y nos unimos a varios proveedores.
En noviembre del 2018, Rebecca Lima cumplió el sueño de abrir su primera tienda, un espacio lleno de arquitectura y modernidad donde acercar su universo a todo el público. Vestido Roberto Diz, bolso Dior, pendientes Aquazzura, anillos de Rabat, Dior, Alen Diony Roberto&Victoria.