Tragedias Familiares y Compromiso Político: El Legado de Carlos Castilla del Pino

27.10.2025

Carlos Castilla del Pino, figura emblemática del antifranquismo y reconocido psiquiatra, tuvo una vida marcada por el compromiso político y dolorosas tragedias familiares. Su historia se entrelaza con la de otros intelectuales y artistas de la época, cuyas vidas también fueron truncadas por la enfermedad y las adicciones.

La Generación Perdida: Hijos de Intelectuales en la Movida Madrileña

En el Madrid de principios de los ochenta, en plena Movida, la vida cultural bullía, pero también se enfrentaba a nuevas problemáticas. Marta Sánchez Martín, hija de los escritores Rafael Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite, y Carlos Castilla, hijo del psiquiatra Carlos Castilla del Pino, eran parte de esa generación.

Marta, apodada 'La Torci', estudió Filología Inglesa, tradujo a Truman Capote y participó en la fundación de una editorial. Carlos había heredado de su padre el compromiso antifranquista. La pareja se movía en los círculos culturales de la época, pero también se vieron afectados por la epidemia de heroína y el SIDA.

Marta murió de SIDA en 1985, y Carlos un año después. Fueron algunas de las primeras víctimas de la enfermedad en España, que se cebó con los hijos de la burguesía ilustrada. Al poeta José Ángel Valente se le fue Antonio... El periodista Eduardo Haro Tecglen perdió tres de sus seis hijos. A Castilla del Pino se le murieron cinco de siete.

El Dolor de la Pérdida: El Suicidio y las Circunstancias Traumáticas

Carlos Castilla del Pino, además de su compromiso político y su labor como psiquiatra, enfrentó la dolorosa pérdida de cinco de sus siete hijos. Reconoció que sus hijos y él se fueron convirtiendo en extraños, que hablar empeoraba las cosas y que, aunque el silencio pesaba mucho, su salvación fue el trabajo.

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El diario ABC publicó en primera página un supuesto diario del militante antifranquista Enrique Ruano del que, según el diario, se desprendían intenciones suicidas. Pero era mentira. Se trataba de trozos manipulados de una carta que el joven había escrito a su psicoanalista, Carlos Castilla del Pino.

Además, Castilla del Pino sobrevivió a cinco de sus siete hijos, muertos todos ellos en circunstancias traumáticas.

El Legado de un Psiquiatra Comprometido

Carlos Castilla del Pino nació en San Roque, en Cádiz, en 1922 y murió en 2009 a los 87 años. Contaba que con apenas 13 años vivió el trauma que le supuso la Guerra Civil, en cuyos albores tuvo que recoger en plena la calle los cuerpos de familiares suyos que fueron fusilados, ayudando a darles descanso en la tierra.

Políticamente perteneció al PCE, si bien nunca entendió episodios lacerantes del comunismo como el papel de la URSS o la Cuba castrista. Con todo, lo apodaron 'el psiquiatra rojo'. En 1996 apoyó a Felipe González, pero firmó un escrito contra la presencia de José Barrionuevo en las listas del PSOE a resultas del GAL. Ni en política ni en medicina quiso estar muy alineado. Por eso denunció que la 'psiquiatrización' de la sociedad en gran parte estaba promovida por la industria farmacéutica.

Psiquiatra a contracorriente, poderoso símbolo de la resistencia antifranquista, académico de la Lengua, dotado narrador y prolífico memorialista, el cáncer venció finalmente a Carlos Castilla del Pino. El 'psiquiatra rojo', como lo apodó la dictadura que combatió como activo militante comunista, murió en la madrugada del viernes, con 86 años, según confirmaron sus familiares.

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Muy respetado en el ámbito psiquiátrico, se distinguió por su intento de humanizar el tratamiento de los enfermos mentales y por su investigaciones sobre la incomunicación y la depresión.

Renovador de la psiquiatría, miembro de la RAE en la que ocupaba el sillón 'Q' que fuera de Camilo José Cela, Carlos Castilla del Pino nació en San Roque (Cádiz) el 15 de octubre de 1922, único hijo varón de un matrimonio con cuatro hijos. Trabajó cpm López-Ibor y luego en el Instituto Ramón y Cajal. Desde 1949 investigó en profundidad sobre la esquizofrenia y dirigió el Dispensario de Psiquiatría de Córdoba. Se convirtió en el máximo responsable de los servicios psiquiátricos y de higiene mental de la ciudad andaluza que dirigió hasta su jubilación en 1987.

La Evolución Intelectual y Profesional de Castilla del Pino

Castilla creció fascinado por la vida y obra de Ramón y Cajal (1852-1934) (18), a quien leyó por influencia de su preceptor, don Federico Ruiz Castilla, que perteneció a la Institución Libre de Enseñanza. Más tarde, siendo ya estudiante universitario, como alumno interno con López Ibor (1906-1991), y de forma clara desde que se licenció en Medicina e inició la andadura psiquiátrica, Castilla no dejó de evolucionar desde su entroncamiento inicial en su primera identidad neuropsiquiátrica, incluyendo su trabajo de tesis doctoral (20), para aplicarse después al estudio de las aportaciones de la fenomenología y el análisis existencial.

De acuerdo con algunos estudiosos de la obra de Castilla (22,23), y en particular con el trabajo de Díez Patricio (24), su producción psiquiátrica puede ser entendida en cuatro etapas: desde 1946, con la inicial identidad neuropsiquiátrica y fenomenológica, hasta la última, que se abre a partir de 1977. La transición con cambios radicales se dio entre la primera y la segunda etapa, que se inicia con la publicación de Vieja y nueva psiquiatría en 1963 (25,26).

Efectivamente, a raíz de verse obligado a abandonar su proyecto de vida académica por haber sido excluido por razones políticas, se incorporó en 1959 como director del Dispensario de Higiene Mental de Córdoba. Esto cambió radicalmente su vida y sus perspectivas profesionales: pasó del ambiente académico y el trabajo en un hospital universitario en Madrid a un centro ambulatorio en Córdoba sin tradición ni prestigio profesional alguno; partiendo de cero, en un contexto de aislamiento profesional, precariedad de medios y en contacto directo con la vida cotidiana de sus pacientes. Esto le produjo un gran impacto en su visión del mundo y de la profesión, pasando a interesarse mucho más por la perspectiva social e interpersonal: “entonces adquirí conciencia social”, confesará años más tarde al rememorar aquella época (27).

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En esa transición entre la primera y la segunda etapa, pasó desde su orientación neuropsiquiátrica positivista y fenomenológica hacia la sociológico-antropológica y hermenéutica.

Los años siguientes fueron de intensa actividad profesional. Su impacto social y profesional se incrementó notablemente, destacando la publicación de La incomunicación (32), Un estudio sobre la depresión.

Tras el giro radical de Castilla en la orientación de sus intereses intelectuales y de la nueva clínica (pegada al territorio y a la vida de sus pacientes), va profundizando en la antropología dialéctica y aumenta su interés por la obra de Marx, especialmente por la de su primera época, en la que escribió los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (34), y pronto se ve abocado a conectar con el amplio movimiento que se está dando en Europa, que pretende explorar la concordancia de las dos grandes propuestas del pensamiento crítico en el siglo xx, el psicoanálisis y el marxismo, configurado a raíz del trabajo de Reich (1897-1957) (35) y la escuela de Frankfurt (de la que inicialmente también formó parte el psicoanalista Fromm (1900-1980)) como freudomarxismo.

Como quedó dicho, en el cambio de trayectoria iniciado por Castilla a principios de la década de los sesenta había demostrado su interés por el método dialéctico y su capacidad para operar con él en los territorios de la clínica, construyendo su propuesta de antropología dialéctica. No es de extrañar por tanto que poco después, siguiendo la trayectoria previa, se acercara más de lleno a la exploración de estas dos teorías/ cosmovisiones, lo que se materializó en el libro Psicoanálisis y marxismo (33).

En este libro, Castilla analiza con herramientas hermenéuticas-interpretativas la axiología de ambas propuestas (33). Encuentra algunos puntos de coincidencia, como la subjetividad del valor del objeto, ya como mercancía-objeto fetichista, en terminología marxista, ya como valor normativo, en la medida en que el sujeto introyecta las normas emanadas del superyó, en la versión psicoanalítica.

De hecho, en “Psicoterapia e ideología” (1), Castilla se ocupa de desgranar algunas cuestiones conceptuales, como por ejemplo cuando considera la diferencia entre teoría e ideología y su importante influencia para entender fenómenos sociales e interpersonales (entre otros, la psicoterapia), o como la aproximación al estudio del dogmatismo.

Castilla aborda esta cuestión de una forma un tanto sui géneris, con una gramática muy personal en la que predomina la elaboración de ideas destiladas de trabajos previos e incorpora aportaciones de la sociología norteamericana sobre la actitud. En esta ocasión, se acerca al encuadre de lo ideológico desde el reconocimiento de dos formas radicalmente distintas de abordar y tratar un problema, como son la adopción de una actitud abierta o una actitud cerrada (4). Tatar una cuestión con una actitud cerrada es ideologizar, y el mecanismo psicológico mediante el cual alguien o algunos hacen ideología se denomina racionalizar. La racionalización, que es un mecanismo de defensa bien conocido por el psicoanálisis, es la forma de llegar a un pensamiento ideológico contrario al científico propiamente dicho, tras el cual no es posible sino el logro de una falsa conciencia: la ideología y su correspondiente falsa conciencia es el resultado de un proceso de racionalización.

Al abordar el dogmatismo distingue entre teoría, científicamente producida, e ideología, adoptada mediante procesos no científicos e irracionales, paradójicamente denominados como de racionalización. A su vez, en esas páginas, definió muy claramente las características que debe tener toda teoría científicamente producida, como efecto de la actividad de razonar: debe ser abierta, comunicable y verificable.

En la consideración de la racionalidad (ideas) e irracionalidad (creencias) de la producción mental, recurre a Ortega y Gasset (1883-1955), quien acertó al subrayar de forma muy gráfica que las ideas se tienen mientras que en las creencias se está (42,43). Las ideas se mantienen mediante el ejercicio de la razón, mientras que las creencias nos vienen dadas en gran parte como herencia del pasado, de modo que nos acogen y configuran.

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